Cadáveres de la libertad de expresión entrecomillada

Desde no hace mucho la libertad de expresión se está viendo entrecomillada, la entrecomillan otros, y nosotros, prisioneros de algo parecido al síndrome de Estocolmo, no le quitamos las comillas porque hemos llegado a comprender los motivos de quien las pone e incluso llegamos a justificarlas, no importa que dichos motivos sean dudosos e inextricables. Eso es lo peor y lo menos ético que podemos hacer, dar nuestro consentimiento al censor. Otras veces, sencillamente nuestra apatía o complacencia acrítica y acomodaticia nos enajena y permitimos sin rechistar que se entrecomille o entrebarrote ese derecho fundamental que es la libertad de expresión como sujeto y objeto vital de la libertad y la democracia. Esta es una anomalía de la democracia, como también lo es que ya la censura no sólo se ejerza desde los aparatos represivos, sino además desde los nuevos medios de intercomunicación que conforman las redes sociales y los movimientos sociales. Sin darnos cuenta con un like que damos o evitamos podríamos empezar a ser cómplices de una voluntad y unas razones que justifican el crimen contra la libertad. Lo hemos visto a lo largo de la historia de las sociedades, da igual que estas hubieran sido democráticas o no, siempre hay gente que encuentra motivos para justificar la limitación o prohibición de la libertad, ya sea por conveniencia tácita o táctica del poder o porque desde el poder se hace una interpretación interesada o errónea. No me atrevería a decir que peligra la libertad de expresión, la historia de la democracia está plegada por esos retrocesos puntuales que siempre son remontados en el avance social. Son pliegues que obstaculizan el desarrollo normal de las relaciones de valores y son constitutivos de la inusitada capacidad de absorción de las democracias. En uno de esos pliegues de la historia están apostados los oportunistas, los manipuladores, los ignorantes y los obedientes.

Hoy esas comillas a la libertad de expresión son parte de una ola reaccionaria que convive cómodamente con su contrario, la ola revolucionaria que recorre el mundo, el “todo vale” postmoderno podría servir entonces para amparar tanto una cosa como su contraria, pero no sucede así. El “todo vale” con visos de anarquía que sorprendió a muchos que creyeron que la tabla de valores jerarquizados por la tradición, la autoridad cultural, los requisitos intrínsecos y otras nimiedades, estaba siendo destruido, ha venido a sucumbir bajo esta ola que quiere imponer juicios, actitudes y valores por la simple razón de que lo consideran justo, bueno y necesario. Es la nueva evangelización que va de la mano de partidos y movimientos sociales y participan tanto la derecha como la izquierda ideológicas con sus extremos. Estamos padeciendo una imposición disfrazada de obligación moral, no un diálogo, aunque formalmente esta imposición tenga una estructura similar al diálogo en las redes. Parece que nos dicen desde esas plataformas que el fin justifica los medios. Aunque no crea que peligre la libertad de expresión, sí me parece un peligro que dejemos que sean otros, sobre todo quienes practican el intrusismo, los que interpreten y dictaminen lo que es bueno y malo y cuál derecho ciudadano prevalece sobre los demás. Por ejemplo, si no somos médicos no nos atrevemos a decir cómo y cuándo hay que intervenir una apendicitis, sin embargo hay multitud de neófitos e improvisados en lingüística y política que nos quieren obligar a llamarle “hieno” al macho de la hiena, no importa que sea un epiceno y que tampoco entiendan porqué “polla” es también el femenino de “pollo” sin ser denigrante y, además porqué “polla” siendo femenino es una denominación del “pene” que, por cierto, no es el masculino de “pena”. La historia una y otra vez ratifica que los pueblos no son más que poblaciones de borregos altamente cualificadas socialmente, que sin embargo se dejan conducir por hienas, no digo por lo otro para no ofender. Más que un peligro a la libertad de expresión, lo que veo es el peligro de que la política esté en manos de políticos que han dejado de conducir, para ponerse delante de movimientos sociales emergentes o efímeros y usar las pancartas en vez de las ideas.

En estos tiempos en que los medios de comunicación van a la zaga de la
difusión libérrima y desestructurada de las redes conformando la parafernalia de intercomunicación, que ha llegado a la automatización comunicativa mediante los bots, la libertad de expresión se ha convertido en la más frágil de las instituciones democráticas. La libertad de expresión y difusión de algunos se impone contra la libertad de otros. Es un proceso inédito en el que apenas interviene la autoridad del conocimiento ni de ningún tipo, sino la de la cantidad sobre la calidad, no son las ideas las que importan, sino la cantidad de veces que se repite una información y más peso tendrá cuanto menos racionalidad implique. Así lo vemos, por ejemplo, en los discursos de obligación del lenguaje inclusivo de feministas y “feministos”, en la salvación de la mujer que pretende el movimiento #me too importado a España desde un país social y culturalmente distinto, secundadas pero también duramente contestadas por otras que no son sospechosas de esclavitud machista, en las prohibiciones a desnudos artísticos consagrados por su calidad donde de pronto se han descubierto oscuras connotaciones machistas e impúdicas, en la censura que impone Facebook y la manipulación de la opinión en las redes, en la condena a un joven porque sube a Instagram una imagen de quien se conoce por Cristo pero con el rostro suyo, en la cruzada de feminización de algún partido que llama “ellas” a los varones no precisamente gays, en las penalizaciones por opiniones en las redes sociales y la reciente condena a un libro y un rapero. Muchas de estas expresiones de nueva censura que a veces no prohíbe porque no puede pero sí impone e inhibe,
son la versión española de esta ola represiva que se instaló bajo la sombra de la “ley mordaza”, esgrimida por el partido de Gobierno cuando creyó que la contestación social del 15-M terminaría en el asalto de la Moncloa. El
atentado contra la libertad de expresión tiene doble vía, la que corre desde el poder resentido por tanta libertad de la que hace uso la sociedad, y la libertad que se han tomado los nuevos medios de intercomunicación social para imponer y amedrentar por usos y costumbres desde el lenguaje hasta las relaciones personales, incluso del ámbito privado. Estamos viendo y viviendo una socialización de la imposición que no tiene parangón ni en las dictaduras. Tal vez sea la nueva dictadura la de la mayoría, que ha pasado del desarrollo geométrico y horizontal del mercado al consumismo y la banalización de las noticias en el nuevo mercado digital.

Vivimos en una ola reaccionaria que abarca múltiples aspectos de la vida económica, social y política, tanto dentro como fuera del país. Y no es reaccionaria por conservadora ya que no siempre lo conservador es reaccionario. La misma está conformada por elementos dispares, contradictorios e incluso tradicionalmente antagónicos. No es ideológica, ni ética, es social, y participan tanto la izquierda como la derecha que ya no se enfrentan conceptualmente como en otros tiempos de posguerra. En esta posrealidad que vivimos en el poscomunismo el enfrentamiento entre ambas es formal. Esta ola no se mueve conceptualmente sino a golpe de etiquetas, hashtag emocionales, sociales, con los cuales nos identificamos y justificamos adhesión o rechazo. La izquierda y la derecha han creado un statu quo de conservadurismo económico que se ha trasladado a lo político y social con el fin de defenderse de las tendencias radicales de izquierda y derecha que comenzaron a florecer con la última crisis económica. La izquierda, extraviada en el marasmo de las reivindicaciones sociales y el adoctrinamiento cívico (veáse la publicidad de Podemos en el gobierno de Madrid), ha perdido el norte del verdadero problema. Zapatero, ese presidente que no paraba de reír como un idiota aún cuando estuviera haciendo sin permiso una enmienda a la Constitución, y sus ideólogos todavía en boga descubrieron
que la izquierda era social, mientras olvidaban que para que sea social primero tiene que ser económica. Entonces hicieron todo tipo de disparates como el llamado Ministerio de Igualdad que se dedicaba a confeccionar consignas y que parece haber sido el prototipo del activismo político de la izquierda hasta la fecha. No se ha dicho, pero Zapatero podría considerarse el ideólogo de esta reformulación del socialismo español y de toda la izquierda actual, a la que Sánchez e Iglesias intentan liderar en España compitiendo en hashtags.

Ese legado no es difícil de apreciar en la que se supone la izquierda de la izquierda, Podemos: el tiempo y los recursos que dedican a hacer política sobre el lenguaje, la obligación de sonreír, la doctrina de la feminización, la ideologización del género, el reciclaje de la basura, la educación formal y cívica los hacen parecer más una asociación vecinal que un partido que represente al segmento más dañado de
la población por las políticas económicas y represivas del Gobierno de
derechas. Esta ola conservadora de la que participa la izquierda que da pábulo al feminismo radical, promueve la ideología de género mientras apoya a los gobiernos represores de la libertad de expresión como Cuba y Venezuela o juega con el sentimentalismo independentista catalán, lo abarca todo y está presente en universidades, museos, medios de prensa, editoriales y la industria del cine, por poner solo algunos ejemplos. Lo más significativo y visible es el acento que se pone en las relaciones entre los hombres y las mujeres, bajo sospecha desde que las reivindicaciones justas de igualdad empezaron a quedar supeditadas a la hiperbolización de aquellos aspectos negativos de la forma en que se relacionan ambos sexos, a tal punto que el mensaje de justicia se vuelve impreciso, como si en caso de que no hubiera perversión en las formas de relacionarse también dejaría de haber explotación y discriminación hacia la mujer. Incluso las relaciones de los niños en las escuelas, que empiezan a verse amenazados de no poder relacionarse entre ellos libremente, ya que donde ellos no sienten ni ven actitudes trasgresoras o riesgo los adultos y sobre todo los profesionales de la educación están haciendo una lectura preventiva de la forma en que se comunican. Así funciona la ola, se elige un tema de gran sensibilidad social pendiente de resolver, se elabora un hashtag, se pone encima de la ola y se mueve desde las redes conformando un movimiento social.

No creo que peligre la libertad de expresión, la libertad en democracia sobrevivirá a pesar de la crisis que vivimos, pero hay que defenderla, no dejarla sola para que no se enferme. Hay muchos que ya empiezan a sentirse enfermos de esa ola conservadora que peligrosamente sí podría convertir en víctimas a gran parte de la sociedad que ha avanzado en sus libertades, la resaca de un fenómeno como este puede ser devastadora para el movimiento de tolerancia sexual que incluye a los homosexuales y adláteres. También a ciertas tendencias de la literatura y el arte como el “realismo sucio”, el erotismo, la nueva canción, y sobre todo lo alternativo que está por venir y no sabemos aún qué acento tendrá, por citar ejemplos de disrupción asimilada. De hecho ya algunos se empiezan a sentir víctimas desde que tienen que autocensurar su libertad de expresión donde antes no habían pecado. Ya podemos decir que hay un montón de cadáveres a este tusami: gran parte del cine español y mundial, de la literatura y el arte desde
la antigüedad. Es un deber dialéctico decir no a tanta estupidez con vistas a alcanzar justicia y equilibrio, la justicia sin equilibrio no es un camino en
la democracia. La mejor de las justicias sociales no se logra con la condena de lo otro y diferente, sino con la mejoría de lo desfavorecido para alcanzar ese equilibrio inherente a la tolerancia. Ni siquiera es la discriminación positiva lo que solucionará el problema de la discriminación, lo que sí podemos asegurar es que al final, cuando pase esta ola, puede que entre los cadáveres se hallen algunas de las cosas que se quisieron salvar. Esta ola, en la que sale perjudicada la libertad de expresión y donde la libertad de expresión es una de las consecuencias más inmediatas, no acabará cuando Lolita vuelva a pasearse delante de los ojos de Nabokov, pero sí podría decirse que otra víctima, aunque sea de la ficción, ha sido restituida en su valor. Ojalá pueda decirse lo mismo de otras víctimas, cadáveres ya, que flotan a la deriva, hinchados, apestando, como señales de peligro.

Acerca de León De la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed, 2017 3ª ed.). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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