Patria o Muerte o Patria y Vida (II)

“Patria y Vida” ha generado un debate pendiente de la sociedad cubana dentro y fuera de la isla entre dos visiones contrapuestas de la ideología política por las cuales existe un éxodo, inclasificable después que cambiara la política migratoria que permite la salida y la entrada del país bajo condiciones. Al mismo tiempo nos ha permitido ver una contestación sin precedentes dentro del país sin que todavía podamos determinar su grado y consecuencias. La densidad del discurso ideológico, la opacidad de las relaciones sociales y la represión impiden ver con claridad cuál es el tamaño de la fractura incipiente de la unidad que tradicionalmente mostraba la sociedad junto al poder. Sin embargo son claras las señales de un cambio de percepción de una parte de la sociedad, que al menos no encuentra adecuadas las respuestas del Gobierno a los problemas cada vez más acuciantes generados por la escasez, el respeto de las diferencias y las libertades. El rumbo de ese cambio de percepción que afecta la credibilidad de las políticas gubernamentales no se puede prever, pero lo que si se puede asegurar es que un cambio de percepción implica una transformación de la interpretación del papel del Gobierno y las justificaciones que este ofrece para evitar un juicio político de sus actuaciones. Dicho de otro modo, la falta de resolución de los problemas que originan la insatisfacción de las necesidades básicas de la población y las libertades, unida a la reiteración de la retórica de la justificación, abren las vías para una nueva interpretación política del papel del Gobierno y su contestación. Tampoco se puede saber cuánto pueden demorar el cambio de percepción en convertirse en demanda de cambio ni cómo será la misma, aunque podemos asegurar que vendrá de las nuevas generaciones.

Lo que podría ser una discusión intrascendente sobre moral entre dos interpretaciones o variaciones de un mismo tema, sin ninguna aplicación práctica para la convivencia, la estabilidad y el desarrollo de un país que disfrutara de cierta normalidad democrática, el debate de “Patria o Muerte” o “Patria y Vida”, sin embargo, transparenta no sólo un problema político sin resolver derivado de la manera de solucionar las diferencias invisibilizadas dentro de la sociedad cubana —anteriormente más homogeneizada por el discurso único sobre la finalidad de la política y las cercanías generacionales entre sus destinatarios—, sino que también crea dudas sobre la existencia de aquello para lo cual se define la política y si en caso de que fuera real es necesario cómo lo que tiene hacerse y cómo debe entenderse. Las interrogantes sobre estas cuestiones y la falta de respuestas convincentes están en el meollo de una inconformidad que se irá extendiendo hasta naturalizarse políticamente. Todo parece indicar que la política de continuismo, “continuidad” como se le llama eufemísticamente, es un acto fallido no sólo porque teóricamente es insostenible en la actualidad, sino porque en la práctica ha sido un fracaso, de ese modo se ha convertido en la retórica política de un ideal que ha perdido casi todos sus componentes de representación en el imaginario nacional. En ese orden podemos pensar que las políticas del Gobierno no sólo son inútiles, sino inmorales como parte de la doble moral sostenida por preceptos infundados o descontextualizados destinados a mantener el estatus quo. No tendría mayor importancia la equivocación de la política si la misma hubiera podido ser enrutada, en definitiva la política como conjunto de rutinas destinadas a conseguir algo puede ser adaptada, rehecha o renovada, si la concebida para conducir al país hacia un objetivo no ha dado el resultado esperado, y no se justifica por su finalidad ni utilidad el sacrificio material y humano para conseguirlo. Pero difícilmente podría haber un cambio de política, si pensamos que la política cubana está sujeta a un modelo estático que depende de una realidad construida por el discurso, de modo que las variaciones para la adaptación implica un cambio de la justificación ideológica que determinaría un cambio de la finalidad política.

Si realmente “Patria y Vida” hubieran puesto en evidencia un cambio en la percepción de una parte de la población, podríamos pensar que la narrativa empleada para construir e idealizar la finalidad de la ideología de “patria o muerte” ha empezado a llegar a su fin. Además del declive de la ideologización política de la identidad, la razón práctica nos dice que ni ahora, ni en el futuro, Cuba puede seguirse narrando como hasta hoy desde el pasado solamente, ni escribiendo con las palabras de Martí, ni de ningún otro mártir, héroe o líder, aún menos con palabras entresacadas, elegidas y descontextualizadas de la historia para justificar el comportamiento político del Gobierno actual o el de mañana, da igual qué muerto sea, con hagiografía o sin ella, y de cuál santoral ideológico se trate. Habrá que abandonar la explicación de la sociedad y los comportamientos por ideales maquetados en pies de cita o pies forzados políticos e intelectuales de los textos sagrados de la nación, como sucede con las ideologías religiosas en las cuales una verdad preestablecida condiciona la adaptación de la realidad a un ideal que prescribe cómo debe ser la misma. Un país en el que la gente para expresar su opinión habla con la voz de otro, como suele hacer con los textos sagrados el discurso nacional para explicarse, puede tener un grave problema de identidad malograda por la manipulación política, la pereza intelectual y la falta de libertad para elegir de la realidad propia y ajena los elementos que componen la construcción identitaria de una nación, una obra vinculada a la evolución de la sociedad y estructurada en marcos flexibles muy diferentes a los propuestos por la dirección del régimen cubano. Si la escritura de la realidad cubana es ideológica, el lenguaje es un reflejo vivo de esa identidad ideológica, adquirida de la identidad política de la Revolución mediante la cual se ignora o reprime otras identidades, y se reinterpreta lo que somos como país e individuos. La repetición de ese discurso ideológico fragmentado y diseminado en la sociedad ha implantado una forma de ver y expresar la realidad, condicionando los comportamientos de aquellos que se sienten identificados o se ven obligados o actúan por una pauta de conveniencia. El proceso cubano visto desde el lenguaje es una de las tareas más estimulantes que pudieran emprender un lingüista, un psicólogo y un sociólogo para entenderlo.

Donde el lenguaje es un reflejo de la identidad social, también lo es de la construcción ideológica con la cual el cubano ha estructurado su personalidad, basada en una ideología política interiorizada aun sin ser consciente, junto con una enorme dosis del machismo cultural heredado que contribuye a la personalidad del sujeto colectivo. De todo el vocabulario ideológico que sustenta la doctrina política del Gobierno, “Patria o Muerte” es el ideologema que mejor representa la moral del argumentario de la ideología de la guerra sin la cual difícilmente existiría el Sancta Sanctorum de la Revolución. Muestra de ello es la apelación constante a la “valentía” y el “enfrentamiento” como su correlato, aunque no se trate de un contexto en el que la vida y la muerte sean una elección, ni haya un peligro, ni siquiera se trate de un conflicto y haya otras soluciones diferentes que no sean “combatir”, “batallar” y “enfrentar”, por ejemplo. El lenguaje político, y el de la comunicación en general está minado de expresiones donde se impone el coraje frente al problema y no una resolución de la inteligencia o el talento para elaborar la respuesta. De hecho la apelación al valor generalmente sustituye de manera automatizada la elaboración racional. Sin dudas, “Patria o Muerte” no es una consigna cualquiera y está fuertemente vinculada a una identidad ideológica interiorizada por una parte de la sociedad cubana como identidad cultural, el Gobierno se ha ocupado de que sea así convirtiéndola en el santo y seña de la Revolución. Aunque no se comparta como ideología política, “Patria o Muerte” es parte de una de las formas de ser del cubano, trasuntada y transubstanciada en una actitud con la cual se enfrenta a los problemas, y de la cual el lenguaje y la comunicación política son una expresión que diferencia a la sociedad cubana de otras sociedades y países. Como la palabra de la eucaristía lo hace con el vino y los pueblos primitivos reviven el espíritu en la palabra, “Patria o Muerte” forma parte del ritual donde Martí es la expresión apostólica del sacrificio y el milagro, y debería poder compartir y convivir con “Patria y Vida” en el espectro ideológico de Cuba.

No obstante, el “valor colectivo” que es el que importa, necesita y apela el Gobierno, como sabemos tiene enormes diferencias con el “valor individual”, aunque uno y otro están estrechamente relacionados. El mensaje de “Patria o Muerte” corresponde a una lectura de la idea de la patria que en otro tiempo tenía como receptor a un sujeto colectivo caracterizado por la uniformidad de estímulos y experiencias similares, al contrario de lo que sucede ahora frente a una sociedad más heterogénea y más informada por vías alternativas, por ello cada vez más dividida en grupos e individuos más diversos. Además, el contexto nacional y geopolítico donde habían tenido lugar las políticas de la ideología de la guerra eran propicios y podían justificar tanto las políticas como la finalidad de las mismas que mutuamente se podían corresponder. Hoy día un ejemplo de diferenciación entre lo individual y lo colectivo de una incipiente sociedad civil nueva se puede ver en la conformación de grupos de identidades nuevos relativos a derechos como el de los animales o el género, una de las características de las sociedades contemporáneas estudiadas por F. Fukuyama en Identidad. Esa diferenciación correlativa a nuevas sensibilidades, necesidades y apreciaciones de la realidad que el Gobierno es incapaz de estructurar en una política nueva es un sujeto de cambio. La pérdida de motivación del valor de una cosa o por un objetivo para defender lo que el Gobierno ha consagrado con el “Patria o Muerte”, puede cambiar por otra que justifique el sacrificio al individuo e incluso un grupo de personas. Así que desde el punto de vista del individuo vivir en una conducta de sacrificio por ciertos objetivos relacionados con una idea que es de la patria, en este caso, puede servir del mismo modo para defender otra idea de la patria que ha adquirido otro significado. Dicha diferenciación de la apreciación constituye el principal enemigo del discurso único de la patria, que ha servido al Gobierno para racionalizar su experiencia errática de convertir a la Revolución en objeto de la finalidad política con la cual se identificó y aún se identifica la idea de patria, a pesar de que esta revolución con minúscula fue respaldada como sujeto de cambio y no como objeto, aún menos como finalidad en contra de la propia tradición democrática de una parte de la sociedad histórica del país.

La situación es de un franco deterioro de la fundamentación ideológica de la política del Gobierno, que una parte de la sociedad se replanteé el “Patria o Muerte” desde la perspectiva de una antitésis como es “Patria y Vida”, muestra un cambio importante en la apreciación de la idea de la patria que no puede pasar inadvertida. Hoy el presente se ve con otra mirada y el futuro depende de que la patria que se defienda y por la cual se exige la vida sea la misma o cambie por otra con la cual el individuo se sienta representado y le merezca dar la vida, esa es la verdadera dicotomía. Dicha diversidad de estructuración del concepto con diferente información, necesidad y explicación posibilita y exige una reconceptualización del discurso del poder y el de la patria que el Gobierno no tiene. El problema que tiene el Gobierno es que el estímulo correspondiente con la patria ideológica que representa “Patria o Muerte” ha sido asimilado y disuelto por la falta de renovación que ha vaciado de significado el concepto inicial en un contexto nuevo. Se puede inferir que así como hay gente dispuesta a enfrentar la disyuntiva de morir si la patria corre el peligro de dejar de ser lo que ha creído y con lo cual se representa a sí mismo, también puede dejar de hacerlo si la patria deja de ser eso que compromete su identidad o si puede identificarse con otro concepto que cumpla con sus expectativas. La campaña del Gobierno en contra de las alternativas nuevas de identidad con la patria se han convertido en su principal enemigo, y la dificultad para enfrentarlas proviene de que les cuesta relacionarlas con el enemigo tradicional, a pesar de que revista a los jóvenes artistas y opositores en general con el traje de mercenarios y otros disfraces.

La construcción de la identidad ha estado basada en un concepto ideológico dicotómico de la patria que expulsa de sí misma a quienes la sienten y piensan diferente. No sólo es una patria errática, frágil, falsa, sino que facilita la manipulación de la sociedad, que puede ser dirigida hacia objetivos poco patrióticos apelando a la fidelidad, el miedo y la identidad organizada en esquemas binarios y maniqueos de bueno y malo, amigo y enemigo, guerra y paz, independencia y colonia, valor y miedo, fiel y traidor, que tipifican identidades, comportamientos y estereotipos de la ideología de la guerra. Podríamos mostrar múltiples ejemplos que ilustren esta movilidad del concepto, pero podría ser suficiente recordar cuando hace unos años la patria era atea antes de que se “legalizara” la profesión de fe, un individuo religioso, y aún más si practicaba su creencia, podía darse por amortizado socialmente. Muchos creyentes tuvieron que irse del país sin ser contrarios al régimen porque temieron a las represalias y no estuvieron de acuerdo en ocultar su fe. La gran mayoría la escondió, de la misma manera que muchos otros ocultaron sus dudas, críticas, disidencias, lecturas, gustos, sexualidades, opiniones, y cualquier cosa que no fuera afín a la política de unidad del Partido y defensa de un concepto de patria que se igualó a Revolución como sistema, de cuyo objetivo se sirvió para destruir las diferencias que conforman y caracterizan la identidad cultural de cualquier nación. No fue el resultado de una elaboración cultural, más bien lo fue de una ideología política mediante la cual la cultura colectiva y su sujeto fueron obligados a modearse bajo un patrón, confiriéndole al cubano una identidad nueva con aquello que la política había decidido era lo válido para ser cubano. Todo aquello que no sirvió a este concepto fue eliminado, silenciado o puesto en pausa, a pesar de que formaba parte de la identidad múltiple forjada a lo largo de la historia de creación de la nacionalidad.

Las diferentes oleadas migratorias desde 1959 hasta hoy, después del cambio de política que permite la salida y entrada del país, podrían dejarse ver como un mapa de los cambios que ha sufrido esa patria ideológica en estas seis décadas. La estratificación del exilio por ideología política, intereses y comportamientos podría dar una visión proporcional a la evolución de la política interna con su adecuación a los diferentes momentos en que para el Gobierno era mejor una patria u otra. Inicialmente la sustitución de un régimen por otro significó una transformación de las relaciones de la sociedad con el poder que partió al país, dando lugar a un exilio identificado por su negación y oposición a la Revolución. La radicalización y su deriva a sobrevivir como un régimen totalitario del bloque comunista que caracterizó los años sesenta originó una explosión migratoria, la extenuante transformación y consolidación de un Estado comunista en la década de los setenta acabó en el parto del Mariel, la frustración de las expectativas de una mejoría por la corrección del sistema en los 80 dieron un portazo a mediados de los 90 con la caída del bloque socialista y la intransigencia de la dirección del país dio lugar a una migración más heterogénea de lo que el Gobierno caracterizó como los “quedaítos”, hasta que la nueva política migratoria produjo un flujo sin parangón ideológico, reproduciendo en una parte del exilio de forma especular la patria ideológica que une e identifica paradójicamente a ese segmento con la política del “Patria o Muerte”. La personalidad del exilio está relacionada con la evolución del concepto de la patria ideológica, unas veces más excluyente que otras, según el contexto y las necesidades de dotarla de un marco más flexible a su esencia totalitaria.