GASTÓN BAQUERO Y LA EDUCACIÓN PÚBLICA EN LA CUBA PRERREVOLUCIONARIA / Felipe Lázaro

Sólo por la poesía se libera el hombre.

Gastón Baquero

Hace algunos años, leí un discurso del ya enfermo y jubilado Fidel Castro en la Universidad de La Habana, donde le brindaban un homenaje por haber estudiado en dicha casa de altos estudios de la capital cubana, a finales de los años 40. De más está decir, que fue un acto repleto del todavía vigente culto a la personalidad -en la más pura tradición estalinista- , aunque ya no ostentaba el poder (total). Pero lo que más me llamó la atención  fueron sus aseveraciones sobre la educación en la Cuba anterior a 1959; haciendo hincapié en ese mal entronizado por el castrismo en nuestra patria, que es el adanismo (que consiste en  que toda la historia cubana comenzó el primero de enero del 59 y que los años republicanos (1902-1958) se pueden resumir diciendo que la Isla era una colonia yanqui, un país de los más subdesarrollados del mundo, donde existía un racismo equivalente al del sur de los EE UU, sin apenas educación ni salubridad pública). Además, la propaganda gubernamental todavía recalca, el “excesivo” porcentaje de analfabetismo nacional que en 1953 rondaba el 23 %, cuando en España y en Italia era del 40%. Pero nada más alejado de la realidad,  Cuba -aunque no era un paraíso  y existía una fuerte desigualdad social, una diferencia campo-ciudad, mucho desempleo temporal y, sobre todo, una gran corrupción político-administrativa en esos 57 años fundacionales- logró, precisamente, después de la Revolución del 33 y del período democrático de la Constitución del 40 (1940-1952)  convertir a esa joven República en uno de los países más prósperos, como demuestran casi todos los indicadores socio-económicos internacionales de entonces (CEPAL, ONU, etcétera) con una pujante clase media (destruida en los años sesenta, precisamente, por el castrismo).

En ese extenso discurso del todavía Comandante en Jefe (en la sombra), Fidel habló de sus inicios escolares en su Oriente natal, posteriormente su bachillerato  en La Habana hasta sus años como universitario habanero; matizando que si él pudo estudiar en esa Cuba prerrevolucionaria fue porque era hijo de rico, porque su padre era un terrateniente millonario y que de haber sido pobre no hubiese podido estudiar en esa Cuba del pasado. Como si en nuestra Isla no hubiese existido jamás la educación pública desde el mismo inicio de la República en 1902.  Por lo tanto, Fidel Castro mintió descaradamente -como un bellaco- en ese discurso ante los aplausos y ovaciones de los universitarios habaneros, porque hay suficientes datos y documentos que demuestran  todo lo contrario de sus mentiras:  Hay constancia de miles de profesionales e intelectuales cubanos (pobres) que se escolarizaron en escuelas públicas por todo el territorio nacional (primaria y secundaria) que posteriormente ingresaron y se graduaron de médicos y abogados, dentistas e ingenieros (y de otras profesiones) en la Universidad de La Habana, en la de Oriente o la de Las Villas, etcétera… En cualquiera de las universidades publicas cubanas que existían antes del 59, además de las privadas.

Un ejemplo paradigmático de esa escolarización pública en la Cuba anterior a la Revolución es el caso de Gastón Baquero.  De familia muy humilde, el autor de Memorial de un testigo se escolarizó tarde, pues -desde muy niño-  tuvo que trabajar para ayudar a su madre, aunque sí estudió parte de la primaria en una escuela pública de su pueblo natal (Banes), estudios que más tarde terminaría en La Habana (en otro centro público) hasta terminar el Bachillerato, en otra entidad pública, y lograr graduarse en la Universidad de la Habana de ingeniero agrónomo y Doctor en Ciencias Naturales. Por lo tanto, ese niño y adolescente Gastón -aunque era pobre-  accedió a su educación primaria y secundaria gracias al sistema de educación pública imperante en esos años 20 al 30 en Cuba. Mientras que el padre de Fidel le pagó los estudios de primaria en un colegio privado de Santiago de Cuba (Dolores) y, posteriormente, le costeó la Secundaria en uno de los colegios más caros (y prestigiosos) de la Isla (Belén). Y si bien es verdad que Don Ángel (padre de Fidel) pagó  a su hijo las bajas matrículas de la Universidad de La Habana le resultarían a todas luces baratísimas para su alta posición económica. No obstante, queda patente que un juvenil Fidel Castro con un padre pobre hubiese podido escolarizarse en esos años cubanos y graduarse de abogado en la colina universitaria habanera. ¡Nada se lo impedía!

Además, esa Universidad -como todas las demás instituciones superiores cubanas de esa época- donde estudió Gastón y Fidel no estaba limitada por la lapidaria frase fidelista de “La Universidad es para los revolucionarios”.  Las Universidades republicanas (públicas y privadas) de entonces eran plurales…y democráticas. Baste recordar los movimientos y luchas estudiantiles de los años 30 y 50 para corroborar esta aseveración de unas instituciones universitarias libres.

Pero ese Gastón de familia humilde y mestiza no solo pudo estudiar en la Cuba republicana, además ejerció su profesión de ingeniero agrónomo, triunfó  en el periodismo nacional como un reconocido columnista y gran polemista (hay que recordar su controversia literaria con el intelectual comunista Juan Marinello en 1944) hasta llegar a la cima del periodismo cubano (hispano) al convertirse en Subdirector del prestigioso periódico habanero Diario de la Marina. Si a sus estudios y trabajos, sumamos  su labor como poeta y colaborador de revistas literarias cubanas (Nadie parecía, Verbum, Poeta, Orígenes…) nos da una medida de la figura trascendente  -y reconocida- que ya era Gastón Baquero antes de exiliarse en abril de 1959.Respecto a su precipitada salida de Cuba, poco se ha escrito: Gastón no tuvo problemas al inicio de la revolución del 59, aunque había sido senador de la República anterior y asesor de Batista (como lo fue el dirigente comunista Carlos Rafael Rodríguez) y siguió en su alto cargo del periódico más prestigioso de Cuba y jamás se le acusó de “batistiano”. De haberlo sido hubiese caído preso en ese inicial 59… Lo que pasó es que Gastón siguió escribiendo sus  ya famosos artículos en su periódico, textos de matiz conservador como correspondía a un hombre de derecha y parece que sus trabajos irritaron al comandante Ernesto Guevara y a Baquero le llegó una advertencia de que el Che había dado la orden de detenerlo. Como en esos días, el argentino estaba al mando de la Fortaleza de a Cabaña, fusilando a diestra y siniestra, Baquero optó (no lo que quedó más remedio) que salir huyendo de su país,  escoltado por  tres embajadores latinoamericanos que le acompañaron al aeropuerto Rancho Boyeros (José Martí) hasta la escalerilla del avión que le llevó a  Ecuador donde el presidente  ecuatoriano, el profesor Velasco Ibarra (amigo de Gastón), lo recibió con una gran hospitalidad y le ofreció asilo político antes de proseguir su viaje a España, donde vivió todo su exilio vitalicio (1959-1997).

De todas maneras, hay que resaltar que Gastón Baquero no se exilia de Cuba perseguido por ser “batistiano” ni siquiera por conspirar contra el nuevo régimen, sino por sus ideas, por sus punzantes artículos en Diario de la Marina, por sus textos conservadores (en los primeros meses de 1959…) en contra de la algarabía totalitaria. Ejemplo, de estos textos es su recomendable artículo en el que se despide de sus lectores, último texto que publicará  en su país. Después de su exilio, ya se sabe el destino de el Diario de la Marina: sus ejemplares fueron quemados por las turbas castrista, el periódico confiscado y clausurado para siempre (aunque renacería en Miami en 1960, por poco tiempo).

El poeta y profesor cubano Jorge Luis Arcos (Universidad de Bariloche) ha resaltado seis condiciones vitales de Baquero: pobre y mulato, homosexual y provinciano, poeta y exiliado.  Pero,  “ese pobre señor, gordo y herido, / que lleva mariposas en los hombros / oculta tras la risa y el olvido / la pesadumbre de todos los escombros”, como él se describió en su poema “Retrato”, fue algo más que todo eso. Poseedor de un físico de patricio del siglo XIX cubano, la cubanidad le salía por los poros y la contagiaba con su palabra. Quienes le conocimos, nos consta que fue un gran conversador, un hombre de letras  -con un saber enciclopédico-  y un apasionado lector con una memoria prodigiosa. Además, como buen criollo de principios del siglo pasado, fue una persona sumamente educada y fina, respetuosa y sencilla. Un hombre sumamente elegante (siempre le recuerdo de traje, corbata y sombrero), amante de la buena mesa, solidario y siempre hospitalario.

 Lo que sí queda claro, en su trayectoria cubana, es que nada le impidió estudiar y trabajar, prosperar y triunfar en la Cuba de los años 20 a los 50 del pasado siglo XX cubano. Como poeta y periodista, como ensayista y por su ejemplo de amor a la poesía y a Cuba, Gastón Baquero se ha convertido en uno de las grandes voces de las Letras cubanas e hispanoamericanas. Hoy en día él es el decano (o santo patrón) de los exiliados políticos cubanos y es un claro ejemplo de que el adanismo castrista ya es una gran mentira enterrada por la Historia.

Como una vez le escuché a Don Gastón, más o menos, decir: “cuando se hable dentro de cien años de Fidel Castro, se dirá: ‘Dictador del Caribe que gobernó durante los años que el excelente poeta y escritor cubano José Lezama Lima escribió su inmensa obra’ “. (Por lo que es oportuno recordar que Lezama terminó su Secundaria en el Instituto (público) de La Habana (1928) y años más tarde se graduaría (1938) de abogado en la Universidad de La Habana.)  Lo mismo se podrá decir de Baquero, pues estos dos hombres ilustres del siglo XX cubano son un genuino producto del sistema educativo público de la Cuba prerrevolucionaria.

Toledo, 2021 y mayo. En el 24ª Aniversario de la muerte de Gastón Baquero (Banes, 1914 – Madrid, 1997). 


Felipe Lázaro (Güines, 1948). Poeta y editor cubano. Dirige la casa editora Betania, desde 1987. Su último título publicado es su antología poética Tiempo de exilio (Betania, 2020).

Ilustración: The Librarian (1566), de Giuseppe Arcimboldo.