Elogio a la limosna

Por León de la Hoz

La limosna es, quizás junto al coito, una de las formas de comunicación más antiguas de la humanidad, incluso hay coitos en forma de limosna. La propia religión católica que establece en el ayuno, la oración y la limosna los tres pilares de la vida religiosa, tiene en la costilla de Adán su primer acto de limosna, además de incubación, fecundación y procreación asistida. Hoy esa comunicación se está reproduciendo a niveles alarmantes y disputa la supremacía en el diálogo de poder a las redes sociales que se mueven de forma caótica en la sociedad. Así las cosas, qué podemos esperar de los días que vivimos que, como dice mi madre, se parecen a aquellos en los cuales Cristo fue sacrificado.

Nadie está exento de dar y recibir limosna, de ser un interlocutor de esas relaciones de poder. En los tiempos que vivimos se hace más evidente cuando la precariedad tiene una expectativa poco luminosa para el futuro. Vivimos en la limosna y de la limosna y eso es lo que se deduce del discurso que los políticos transmiten continuamente en sus discursos sociales. Hay unos que tienen más o que les sobra, dígase personas, instituciones o Estado, y hay otros que tienen menos o no tienen nada. Como siempre, sólo que las soluciones no pasan de repartir óbolos a una población que crece en la carencia, en vez de crear soluciones que permitan a cada cual vivir de un trabajo dignamente remunerado o sencillamente de un trabajo digno, que no es lo mismo.

La limosna es dúctil, amorfa y se camufla de múltiples maneras sobre todo de filantropía, solidaridad, caridad, etc. Puede ser económica, social, política o de cualquier tipo, pero en ella siempre está la misma estructura de la comunicación tradicional del que da, el que pone la mano y la necesidad. A veces la necesidad es mutua: el que da lo hace para beneficio ya se político, social, económico, psicológico o espiritual. Y el que recibe lo hace simplemente porque lo necesita. Para los católicos es una necesidad capital en la medida en que de ello depende en gran medida el beneficio del Paraíso, aunque Dios llenó de un contenido moral su significado y en tal sentido exigió de los creyentes un comportamiento.

En nuestro mundo todo parece limosna. El poder económico, político y social reparte limosna como si no mereciéramos otra cosa, y todavía hay quienes creen que los que carecen de todo o tienen menos no debieran ejercer su derecho a estirar la mano. Se dice que eso alimenta la holgazanería o que no resuelve el problema de quien pide. Ya me gustaría ver a esos campeones de la ética social, sobre todo de izquierda, viviendo sin vivir de lo poco que dan los otros porque se han quedado en la calle o no tienen trabajo, sobre todo ahora que llega el frío.

Tengo una amiga que va por ahí con su cámara al hombro, que siempre me decía que cuando regalaba algo tenía doble valor porque ella no tenía para regalar. En personas como ella la limosna honra a quien da y a quien la recibe, era el concepto ético que traslucían las palabras de Cristo y San Pablo. Sin embargo no es así en nuestros tiempos. Todos miramos de soslayo al que pide, ya sea el que pide un trabajo en la cola del desempleo, comida en los comedores de la iglesia, ropa en los centros de Caritas, o una moneda en la puerta del mercado. Esos son los malditos desheredados que afean la ciudad e incomodan el paso. Dios, ampáranos de la hipocresía.

A pesar de todo yo abogo por la limosna para quienes por cualquier causa han perdido el trabajo, la familia o su casa y no tienen medio ni sostén. La limosna del Estado. Y la limosna nuestra. También para aquel que la pide a través de su web http://www.ciberlimosna.com/ y para aquellos que sentados en Callao con un portátil entre las piernas la piden descaradamente para comer, beber y fumar. Para quienes la piden en una calle de Nueva York o La Habana y aquellos que ruegan un rayo de luz en las cárceles como el personaje de Milagro de Milán. Todo el mundo tiene y merece una limosna ya sea por su resurrección o para sobrevivir en este mundo de mierda. Yo también necesito la de mi hijo cada quince días y por él he escrito este poema.

Stipe precaria victitare*

Hoy es el día y la hora en el lugar de la salvación.
Soy puntual, estoy aseado y con el alma limpia.
El  sol es todavía hermoso en el cielo de otoño,
aunque este viento arroja largas hojas afiladas
como el cuchillo con que mi madre me dio vida.
Yo espero con mi cruz y mi bolsa de limosnas.
Bajo los árboles camina la madre de mi hijo.
Viene feliz con un paño negro sobre el pecho
donde antes hubo un pájaro rojo que cantaba.
Se ve que hizo el ayuno y vomitó una oración
a pobres, viudas, huérfanos y extranjeros. Amén.
Se acerca con un grillo zumbón a la espalda.
Debajo del brazo trae a mi hijo que sonríe
al caer tintineando en mi bolsa de limosnas.

*Vivir precariamente de limosnas
15 de octubre, 2010