Gastón Baquero, la Cuba que nos falta

Él está aquí, su canto ha precedido

en astros y en silencio a su caída.

Ahora escuchamos aquel suave canto

que el ruiseñor construye cuando olvida.

              “Epitafio”. Gastón Baquero

Para Rita y Carlos

Hoy se cumple un año más de la muerte de Gastón Baquero, ya son veintiuno sin él. Si de su ausencia nada puede borrar su presencia, confirmando la definición de la poesía que le gustaba hacer. “La poesía es lo que no se ve”, aludiendo a esa parte llena de misterio que se siente, se percibe, pero no se ve, y que pesa como el oro en cualquier poema u obra de belleza de cualquier tipo que se precie. Entonces, ¿qué nos falta de Gastón si tenemos su poesía y con su poesía al poeta? Nos falta su compañía que no puede ser sustentada por ningún poema, aunque su poesía nos quede para ayudarnos a remediar su ausencia y nuestra soledad. Una cosa es su presencia y otra peor es su ausencia.

Hace veintiún años, cuando entré en la habitación del hospital el cuerpo de Gastón todavía estaba tibio y a su lado estaba el mejor de sus amigos. Había muerto a las tres de la tarde, solo. Nosotros no habíamos llegado a tiempo. A pesar de la admiración, el cariño y el respeto que le sentía la comunidad del exilio, su Rita, y el propio país donde había vivido después de haber salido de Cuba más temprano que nadie, murió solo en medio de su campo de batalla que había sido el exilio y las palabras, como Martí bajo las balas en otro mayo. Ese día la ciudad que lo había acogido celebraba a su patrono San Isidro, santo agricultor. Gastón era Ingeniero Agrónomo, aunque Vicente Aleixandre dijo que podía haber sido cualquier cosa y habría sido el mejor. Llovía, llovía mucho y era jueves, como si uno de sus poetas más admirados, César Vallejo, le hubiera transferido el cumplimiento del deseo de morir un jueves con aguacero. Vallejo había vivido en la misma calle de Gastón pero en otra época. Y Gastón era el poeta de las migraciones y las transfiguraciones. Todos sabíamos quién era, pero nunca sabríamos que había sido antes y que podría llegar a ser después que su cuerpo sin vida fuera comido por un pez.

Ese día pleno de coincidencias que revelaban la realidad de la poesía y cómo Gastón empezaba con su muerte a ser misterio, comprendí de golpe que si bien la presencia del poeta era un dato, digamos estadístico de su poesía, su ausencia comenzaba a ser inabarcable, y que el único modo de reducirla era con su presencia, o sea, con su poesía. Gastón ya no estaba y no sería lo mismo conversar con su poesía que con sus manos delante como si quisiera alcanzar uno de esos pasteles exquisitos hechos con mantequilla de vaca y vino blanco que se hacen en Boñar, el mejor regalo que se podía hacer a un verdadero gourmet de Las Antillas. Si las ausencias son dolorosas e irreparables en cualquier circunstancia, en el exilio son tremendamente más profundas. El exilio, aún peor sin familia, crea unos rituales que sirven para aferrarse a lo poco que queda a las personas que lo padecen, Gastón los cultivó y él mismo se convirtió de tanto hacerlo en una isla en la que los recuerdos fueron sedimentando el lugar donde estar, y esa isla que era Gastón fue al mismo tiempo la isla que algunos necesitábamos para que las raíces no se desperdigaran en otros aires.

Ese Gastón de todos los días es el que empecé a necesitar aquel 15 de mayo. Vivir lejos de la isla tuvo un antes y un después. La otra isla llamada Gastón que se había forjado a si misma, una piedra negra sobre otra blanca, había dejado de existir y nuestra soledad sería todavía mayor. Gastón era Cuba como nunca se podría haber sentido ni siquiera mientras se vivía allá lejos en medio del mar. Una isla hecha de haber vivido y construida como el lugar donde solamente se podía vivir. Hoy cobra sentido para mí aquel reproche que hacía a la gente que lo visitaba para hacerse una foto de recuerdo con él —un selfie se llamaría hoy—, decía quejoso y con sorna: la gente cree que soy el Morro. Así es, era como el Morro de La Habana. Si uno quería sentirse cerca de Cuba lo mejor que podía hacer, si podía acceder, era ir a ver a Gastón. Era una enciclopedia sentimental, emocional, histórica y testimonial de lo que podemos llamar la cubanía desde la gastronomía a la poesía, desde la poesía a la política. No había nada relevante que no supiera, incluyendo los entresijos, sobre todo de la etapa republicana. Y ese ciclo de la cubanidad lo completó cuando conoció la poesía joven y a los poetas que vivían todavía dentro de la Isla.

Una vez le pregunté porqué no escribía sus memorias, ya que sería bueno volver a escribir la historia que se había mutilado desde la óptica de la Revolución, y me dijo: No puedo porque le haría daño a Cuba. Cuba fue su amor y su vida y de tanto amarla se parecía a ella. Lamentablemente Gastón nos privó de su compañía, aunque no de su presencia. La cultura cubana y la poesía de la lengua ganó para siempre uno de sus máximos representantes, pero sus allegados perdimos hace veintiún años la compañía de Cuba y por segunda vez a la isla. Cuando veo esa foto que publicó El País, donde el poeta aparece empotrado entre parte de sus libros, vislumbro la isla que hizo para sobrevivir, y lo recuerdo poniendo otra silla para la charla, dejándonos así arribar para salvarnos en la Cuba que él hizo de si mismo y que nos falta.

Discurso de la rosa en Villalba

Yo vi una rosa en Villalba:
era tan bella, que parecía la ofrenda hecha a las rosas
para festejar la presencia de las rosas en la tierra.

Yo creía haber visto ya todas las rosas: marmórea en Bogotá,
llamativa en Amsterdam como un domingo aldeano,
primigenia en Haití, melancólica en la melancolía de Viena,
falsa como de nieve y alambre en una calleja de Manhattan,
túrgida y breve bajo las campanas de Florencia,
radiante como un verso de Ronsard en un jardín de Francia;
yo creía haber soñado ya todas las rosas, y las no vistas sobre todo:
la rosa de la India ciñendo a los leopardos,
la del Japón labrada en oro, la mística de Egipto,
la imperiosa como un guerrero bajo el sol africano,
la silvestre de Nueva Zelanda, que se abre al escuchar una melodía
y muere cuando la música fenece: yo creía haber visto ya todas las rosas.

Pero yo vi la rosa en Villalba;
su geometría imperturbable
era una respuesta de lo Impasible a la Desesperación,
era la indiferencia ante el caos y ante la nada,
era el estoicismo de la belleza, que se sabe perdurable,
era el sí y el rechazo a la ávida boca de la muerte.

Yo vi la rosa, tan pura y sorprendente,
que borraba el hastío de su nombre profanado
y no aparecía ya el lugar común de la rosa gastada:
era otra vez la Creación en su día inicial, coronada por el estupor de Adán,
recorrida por la inmensa alegría de saborear la luz y por el asombro de sentirse vivir.
Estaba allí, en Villalba, impávida y absoluta, como si perteneciese
a un rosal personalmente sembrado por Dios en el propio jardín del Paraíso.

Y ante ella sentí la piedad que siempre me ha inspirado
la contemplación de la belleza efímera. ¡Que esta geometría vaya a confundirse
con el cero del limo y con la espuma del lodo!

No quise mirar más la rosa perfectísima,
la que debió ser hecha eterna o no debió ser nacida.
De espaldas al dolor de su belleza, la rescataba intacta
en ese rincón final de la memoria que va a sobrevivirnos
y a mantener en pie la luz de nuestra alma cuando hayamos partido.
Negándome a mirarla, la llevaba conmigo.

Y dije adiós a la rosa de Villalba.

(De Memorial de un testigo, 1966)

 

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el cambio cubano es un asunto de familia

Capitolio de La Habana apuntalado. Fue construido en 1929 para albergar el Parlamento cubano. Foto de Ramsés León.

En cualquier país normal con un sistema normal y una vida normal el cambio de un presidente por otro no habría ocupado más que varias gacetillas informativas, pero en Cuba, donde la falta de transparencia ha sido una condición de la política y la política ha estado dirigida por la voluntad de una persona que era en sí misma un partido, inmortal, además, pues un cambio de este tipo tiene que leerse con especial cuidado. Evidentemente el cambio de un Castro por un no Castro tiene una enorme trascendencia y sobre todo produce gran expectativa, aún mayor que la producida por la muerte del hermano mayor al frente del país durante varias generaciones, que al paso del tiempo hemos comprobado han sido más bien degeneraciones. Hasta que finalmente pudo ver desde el lecho de muerte cómo su hermano rectificaba parte de su legado idealista. El hecho en sí de que los Castros viejos y los dirigentes históricos por imperativo del tiempo se vean obligados a pensar en dar un paso al lado, va acercando la política a escenarios y desenlaces a veces inesperados. La opacidad informativa, la represión de la libertad de prensa y la connivencia de los medios nacionales e internacionales presentes en la isla hacen difícil la explicación del pasado, incluso del presente, y aún más difícil un diagnóstico del devenir y abren un espacio a la especulación e incluso a la ficción. Dicho lo propio, la idea de la conspiración y la lucha por el poder no tiene que ser descabellada como tampoco que la misma pueda suponerse una ficción, una lectura no ortodoxa de la historia de los últimos veinte años de política doméstica en Cuba nos puede revelar una lucha de poder dentro de una misma familia dividida en dos y representada por dos hermanos, que dicen algunos testimonios son en realidad dos medio hermanos. Una de las enfermedades crónicas de la izquierda siempre ha sido la división y la lucha interna por poder y Cuba no tiene porqué ser una excepción, de hecho la lucha casi paranoica de Fidel por la unidad pone en evidencia esta último término. A veces la historia de la política no es otra cosa que la vida de la gente, una novela adornada con grandes y grandilocuentes ideales e ideologías, la de Cuba está por escribir, y no podemos saber cuándo podrá escribirse teniendo en cuenta la opacidad de esas vidas ocultas por el secretismo.

El cambio de la jefatura de Gobierno en Cuba no se puede ver como un cambio, sino como el alargamiento y la horizontalización del poder en las castas pertenecientes a las oligarquías que se han ido conformando y que detentan privilegios económicos fuertemente vinculados a la política y las familias, son estos estamentos los que se han convertido en el motor del cambio del tipo que definió Lampedusa en uno de los ya clásicos axiomas del oportunismo político: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. Un país como Cuba en las actuales condiciones nacionales e internacionales es imposible que se sostenga sin cambiar y la supervivencia de las oligarquías depende de esos cambios. La jugada que ha hecho Raúl Castro de abandonar el cargo ejecutivo para reservarse la máxima dirección política del país no es una cesión de poder. En realidad es un movimiento lógico del octogenario líder por cuidar hasta el mínimo detalle un proceso de empoderamiento de las oligarquías que se han reproducido al amparo de las viejas familias fieles al castrismo. Del mismo modo que los éxodos del Mariel (1980) y el Maleconazo (1994) fueron hitos que cambiaron el relato político de la adhesión social, el actual enrroque de tronos cubanos viene precedido por un largo proceso marcado también por tres hitos que cambiaron el relato tradicional del traspaso del poder de la Revolución, estos hitos son: 1. Las purgas relacionadas con el caso del general Ochoa (1989), 2. las purgas de altos dirigentes no históricos (2009), y, 3. el acelerado deterioro de la salud de Fidel desde la caída en un mitin (Santa Clara, 2004) que propició, finalmente, el revelo de un Castro por otro a mediados de 2016. Las purgas no solo incluyen a destacados mandos militares y civiles, también a otros de segunda línea que articulaban las decisiones; además, y esto quizás sea aún más importante, introdujeron en las relaciones de las cúpulas de poder sectoriales un sentimiento de miedo y prevención donde antes podía funcionarse con cierta impunidad.

Raúl Castro ha cedido su puesto de presidente de Cuba a Miguel Díaz-Canel, un burócrata del Partido ajeno a las familias políticas y lejos de la vida palaciega, a quien cuidó y protegió para llegar a este momento, pero sigue con la mano en el timón. Así ha culminado un largo proceso de penetración y control de las estructuras más sensibles del poder que poseía su hermano Fidel, a raíz de la crisis originada en el Ministerio del Interior con el caso Ochoa, que involucró a altos mandos como al propio Ministro José Abrantes, muerto en la cárcel después de ser condenado a 20 años. Entonces el hijo de Raúl, Alejandro Castro Espín, hoy coronel del Ministerio del Interior, fue nombrado para gestionar tareas contra la corrupción que había servido de excusa para la gran purga, y más tarde, para terminar la configuración de un nuevo poder a la sombra fue designado al frente del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, un organismo desde donde se coordina y dirige todo el potente sistema de seguridad cubano. Según parece, y en contra de lo que suponen algunos, el protagonismo del único hijo varón de Raúl nada tiene que ver con sustituir al padre ni ahora ni en el futuro cercano, sino con el control de los aparatos de poder y la seguridad del sistema que garantice la estabilidad y el desarrollo de la supervivencia del régimen adaptado a las nuevas condiciones nacionales e internacionales, sin menoscabo de una oligarquía que sea la garante de este futuro nuevamente diseñado por los Castro, los otros Castro de nueva generación. Un recambio dentro de la propia familia sería un error de incalculables consecuencias para la parte de la sociedad que todavía cree en el discurso oficial de la Revolución, tampoco los mandos históricos o de nuevas generaciones verían con buenos ojos un remedio tan radical del nepotismo. Díaz-Canel es el perfecto comodín sin autoridad política, sin ascendencia, sin autonomía, con un gran valor que se concentra en su capacidad para servir a la Revolución y su fidelidad.

En realidad, al contrario de lo que pudiera parecer, lo que estamos viendo con el relevo es una consolidación del poder de Raúl, que desde la dirección política en un segundo plano podría fortalecer los cambios que se han estado realizando tímidamente con la oposición silenciosa de parte de la vieja guardia pretoriana que ha sido incapaz de adaptarse a las nuevas realidades. Esos otros ancianos que lo han dado todo por la Revolución, pero que también han cogido de todo sin menoscabar la fidelidad y la unidad. La mejor de las virtudes para sobrevivir en la nomenclatura. Esta supuesta reposición del mandatario cubano es el acto final de una puesta en escena del poder paralelo que orquestó desde dentro de las Fuerzas Armadas, dotándolo de una autonomía insólita con la que incluso se introdujo y operó en la sociedad civil de forma encubierta, fundamentalmente a través de las empresas civiles-militares que se dice ayudaban a sostener la economía militar. Antes de que Fidel enfermera y traspasara el poder a su hermano, cuando los militares se quitaron los uniformes y sin dejar de ser militares ni militantes del Partido hicieron con éxito el primer ensayo del país que vendría después, el de ahora, Fidel había comenzado a perder la dirección del país. El Ejercito, que se había ganado el prestigio y la autoridad moral en las campañas internacionales en África, también dentro del país se labró un espacio en la economía productiva y de servicios, contraponiendo la eficiencia de su gestión a la desastrosa administración del sistema por parte de Fidel. Al principio fue la diversificación de empresas y luego fueron los mandos militares que adoptaban la vida civil. De hecho, está por ver el papel que en esta lucha de poder tuvieron los acontecimientos relacionados con el Caso Ochoa, ya que si realmente, como parece ser, no hubo intencionalidad política expresa en los protagonistas de la trama, sí tuvo un origen en la corrupción y la corruptela de personas relacionadas con el poder político y las alternativas económicas paralelas de los militares que más tarde desarrollaría a escala nacional el Ejercito. Si bien el atestado contra Ochoa habla de errores y no de intención política, esta si es tácita en la interpretación que se hace de la pena. De cualquier manera el Caso Ochoa está plagado de interrogantes no sólo por testimonios de familiares, sino por el propio procedimiento, la relación de los protagonistas con los Castro y la ritualización que se hizo del pecado, la culpa y el castigo.

Es difícil creer que Fidel y Raúl no supieran lo que hacían Ochoa, Abrantes, los hermanos La Guardia y otros jefes militares en cuanto a actividades relacionadas con corrupción, enriquecimiento y vida disoluta, otra cosa es que fueran considerados tolerables mientras no se pusiera en riesgo la autoridad y el poder de los Castro. Hay muchos ejemplos de generales y altos mandos relacionados con hechos de ese tipo que nunca fueron castigados. De modo que no es del todo irracional conjeturar que hay uno o varios motivos relacionados con la lucha por el poder los que llevaron a sacrificar de una manera tan trágico y teatral a aquellas personas del Caso Ochoa. Recordemos que el proceso judicial está afincado en operaciones económicas ilícitas de empresas ilegítimas que actuaban legítimamente y libremente con personas legitimadas por su historial político pero que supuestamente cometieron el error de poner en riesgo el prestigio de la Revolución, léase a los Castro. Era un sistema paralelo con objetivos similares a los que justificaron el desarrollo del sistema de empresas militares tanto del Ministerio del Interior como del Ejercito y que estos últimos terminaron monopolizando. Para decirlo de otra manera, puede que no hubiera una conjura política para destronar el poder de los Castro, pero sí había una conjura de acumulación de poder que ponía en peligro la autoridad de Fidel. La relación de los implicados con la droga y la posibilidad de que se vinculara a los hermanos Castro directa o indirectamente no era el peor de los males, el peor de los males venía de la autonomía que esas estructuras habían tomado y de la discusión de la autoridad con que se jactaban improvisando decisiones contrarias al criterio político de los Castro. Otros casos, como el del ideólogo Carlos Aldana, tercer hombre en la nomenclatura, confirman la relación entre la supervivencia, la obediencia y la autonomía; Aldana creyó que su papel era hacer la ideología cuando en realidad estaba para ser una mera correa de transmisión, y acabo apartado de su cargo.

El segundo paso dentro de esta operación que podría haberse llamado “desmontar al caballo” –“el caballo” solía llamársele popularmente a Fidel–, fue la destrucción de todo el entramado renovador que el hermano mayor había estado preparando pacientemente y que tuvo su eje en el llamado Grupo de Apoyo, conformado por jóvenes escogidos por su preparación, capacidad y fidelidad para desarrollar responsabilidades futuras, después de pasar varios años trabajando a su lado como parte de la formación de los mismos. Cuando se produce la purga de los dirigentes no históricos que parecían destinados a asumir o comandar el cambio, el poder de Raúl se había consolidado y no tenía vuelta atrás. Fidel comenzaba el calvario de su enfermedad y según se lee en sus artículos ya sufre una debilidad que trasciende lo físico. La capacidad que se creyó tener para ser una referencia de poder sin cargo, que no sólo fuera simbólica, la había perdido. Lo que le faltaba a Raúl era descabezar a esa generación que cometió el error de creerse lo que parecían dentro de un contexto de cambio de los socialismos: la bisagra de un cambio real para el país. La perestroika y la glasnot se habían convertido en el peor enemigo de los líderes históricos y los más jóvenes dirigentes simpatizaban. Carlos Lage, Felipe Pérez Roque, Carlos Valenciaga, eran la cabeza visible de una generación que esperaba su momento dentro de los propios despachos desde los cuales se dirigía el país, otros menos mediáticos y situados en segunda línea también sufrieron suertes parecidas. La caída de estos dirigentes jóvenes del entorno fidelista supuso la muerte y la negación por tercera vez de Fidel por parte de Raúl. Sin embargo, al contrario de lo pasó con Ochoa y los implicados en aquella purga, el motivo de las destituciones sí aluden directamente a las aspiraciones de poder de los condenados. Es precisamente Fidel quien refiere las supuestas pretensiones de los implicados en su artículo el día después de la destitución, cuando dice “La miel del poder  (…) despertó en ellos ambiciones que los condujeron a un papel indigno”, dejando claro dos cosas que han regido la actitud de la dirigencia cubana desde 1959: la infidelidad o incluso la sospecha de la misma tiene el precio más alto entre todos los delitos y la ambición de poder es la peor de todas las formas de infidelidad por amenazar la unidad de mando en torno a una sola persona.

Solo imaginando un proceso de lucha por la conservación del poder se puede analizar la construcción continua de estructuras, aparatos y relatos que justifican la improvisación permanente de los máximos representantes de la Revolución con el objetivo de no perder el control. La actual situación de cambio está sujeta a ese paradigma. Estamos aún lejos de ver un cambio sustancial en Cuba y este siempre estará condicionado por la distribución y el mantenimiento del poder de las oligarquías que continuarán fortaleciéndose, al mismo tiempo que se diluya del imaginario colectivo la idea de la Revolución. Poder que antes se limitaba fundamentalmente a las influencias y los privilegios, y en la actualidad tienen un fuerte contenido económico y financiero relacionado con los negocios y, usando un vocablo de la mecánica, reversible a los miembros de las cúpulas. Hace ya tiempo que la Revolución comenzó a generar un camino contrario al de los ideales románticos que sirvieron para el respaldo de gran parte del pueblo y Raúl con el Ejercito ha sido el activo fundamental de una reestructuración a la medida de su traje de general. La historia de la Revolución de los últimos veinte años no puede verse sin incluir la dinámica de la lucha por el poder donde los hermanos de una familia han ejercido de protagonistas. La idea de unidad siempre se vio que no era en torno de una filosofía, sino de una persona, y que la unidad no era un concepto sino una orden. Solo respetando esa norma era posible sobrevivir en la nomenclatura. Mientras escribo no dejo de preguntarme porqué algunos altos dirigentes, incluso históricos, le tenían tanto miedo a Raúl y porqué uno de los hombres más notables del país delante de cierta persona dijo que prefería equivocarse con Fidel en relación con los cambios del mundo comunista, mientras que en privado decía lo contrario. La respuesta a esas preguntas son las mismas que motivan este artículo, el cambio es un movimiento, no un cambio de estado, y no puede hacerlo otro que quien ha impuesto una forma diferente de gobernar para que nada cambie, desmontado a la Revolución del caballo. Todo parece indicar que el cambio de Cuba es simplemente una cuestión de familia.

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Tú no eres feminista, entonces eres machista

Foto de León De la Hoz

A la dominación, el control y la regulación del derecho de expresión que ejerce el estado como una de las funciones de los poderes en democracia, ahora se suma un nuevo regulador que no está institucionalizado, carece de un contenido determinado y formalmente es anárquico, se trata del censor social. Ambos de diferentes manera y objetivos se han convertido en una preocupación creciente para la libertad de expresión. Hace unos días, alguien me increpó con visible enfado al escuchar mi elogio a un artículo de Javier Marías en el cual este aludía críticamente al desbordamiento de cierto feminismo. “Entonces, tú no eres feminista” Afirmó mi interlocutora con estupor. Le respondí que no lo era, a sabiendas de lo que podía pensar. Me miró como si hubiera levantado una piedra del suelo, debajo de la que yo estaba. Inmediatamente me espetó en tono incriminatorio: “¡Eres un machista!”. Dos conclusiones que definen el talante del censor social que ha surgido recientemente de las nuevas correlaciones sociales surgidas durante la reciente crisis, donde aparentemente hay unos que luchan por la justicia social imponiendo un discurso y unos modales que según nos hacen creer les da la paternidad de la justicia social. La cosa funciona así: Si no eres lo que debieras o yo quisiera que fueses, seguro eres lo contrario, per se mi contrario. Si no coincides con los valores que yo defiendo es que tomas partido por los valores antagónicos. Y si no adoptas mi discurso, sus objetivos y la forma de alcanzarlos no eres de los míos, por consecuencia eres enemigo. Los juicios del censor no admiten matices. Por ejemplo, eres de derecha o de izquierda, y después de serlo tienes que asumir ese ser sin fisuras y la adhesión es incondicional. No puedes estar en la izquierda o la derecha, tienes que ser de una u otra. No se puede titubear, no se puede ser de izquierda y poner en duda ideas o actitudes de cierto feminismo en boga, por ejemplo. Tampoco puedes ser de derecha y decir que te gusta la boina de Che Guevara. Eres o no eres, to be or not to be, esa es la lección.

Ni siquiera se puede decir, yo estoy en la derecha o en la izquierda, lo que sería más razonable teniendo en cuenta las variables que nos pueden hacer cambiar la preferencia política según cambien nuestras ideas o las de la izquierda o la derecha, en un contexto en el que el intercambio de roles ideológicos no solo es natural sino sano para la estabilidad. Esa actitud de pertenencia y membresía a las ideas con la consecuente demanda de disciplina a las mismas —en vez de simpatía, empatía, racionalidad e identificación con ellas— es una de las rutas que conducen del centro ideológico a los extremos, que pululan y se alimentan de la frustración de los ciudadanos en las sociedades democráticas. Creer como ha sido tradicional de la ideología política que las ideas son armaduras con las que nos vestimos para hacer frente a una realidad, que hoy se mueve más que nunca , es una entelequia fortalecida por el monopolio de las ideas que han tenido los partidos. Si las ideas son flexibles y adaptables a esa realidad movediza de trasvases ideológicos porqué le exigimos a los ciudadanos lealtad a las ideas que son patrimonio de los partidos, y otras agrupaciones más abiertas como las asociaciones y los movimientos sociales. La realidad social y política es cada vez más cambiante y está sometida a factores totalmente inéditos que la condicionan como nunca antes. Sin embargo seguimos evaluando la relación de las ideas políticas con los ciudadanos del mismo modo a cómo se relacionaban en el siglo XIX. Nos han hecho creer que siendo fieles a las ideas políticas, o sea, correligionarios, éramos portadores de un santo y seña con una misión similar a los mensajes de “evangelización” o “islamización”, por citar los más contundentes, cuando en realidad lo que hemos hecho es ceder una parte de nuestra libertad individual para convertirnos en rehenes de ideologías y partidos.

El problema de la intolerancia, asociado al conservadurismo reaccionario que históricamente fue patrimonio de la derecha, aunque, en todo caso, no por ello tenga de forma vitalicia los derechos de propiedad que le disputa el dogmatismo de la izquierda, hoy es un fenómeno que desborda a los partidos, a la sociedad en general e incluso a ley. Sería bueno recordar a esta izquierda que parece ver un enemigo en todo aquel que no piensa como ella, que la historia social y política de la izquierda, tanto con poder como sin poder, está jalonada de dogmatismo, a tal punto que no se podría hacer una historia seria del pensamiento social y político sin contar con eso. Aunque parezca paradójico, es la izquierda, dominada por un imaginario libertario que no admite dudas de su finalidad social quien más a atentado contra la libertad de expresión desde la Revolución bolchevique. Sin embargo hoy no se puede decir que la intolerancia tenga un origen ideológico, ni político, ni siquiera que nazca en la inconformidad que sí es un factor que la conforma. Parece ser que son múltiples causas asociadas a la desinhibición social que facilitan los medios digitales de intercomunicación mediante las diferentes y disímiles plataformas, por el otro lado están los aparatos represivos de los estados que aún no han sabido encajar esta desinhibición social que los contesta como responsables públicos y directos de la frustración y la falta de soluciones a sus problemas individuales que como nunca antes están más colectivizados en las redes sociales y otros medios.

En otros tiempos la censura de la libertad de expresión era asociada al estado, en la actualidad además de la institucional ha surgido la censura social. El primero se caracteriza por la desproporción de los castigos y su dudosa aplicación, la creación de nuevas figuras legales de represión como el caso de la “ley mordaza” española, la falta de actualización de la ley frente a nuevos fenómenos de contestación, la improvisación y la creciente politización de las decisiones judiciales. A pesar de la alarma que supone la reiteración del funcionamiento errático del estado y las instituciones en materia de la libertad de expresión, no es la primera vez que la sociedad democrática se encuentra en una situación de adaptación a situaciones nuevas, que la obligan a reescribirse y corregirse para solucionar una anomalía de su funcionamiento. La capacidad de absorción de los conflictos es una de las características más importantes de la democracia, al contrario de las dictaduras que son reactivas, para hallar mediante el consenso y la tolerancia la respuesta adecuada aunque no sea la definitiva, incluso cuando muchas expresiones de contestación ponen en tela de juicio el estado de derecho y aspiran a un cambio de régimen social y político, y a pesar de la respuesta mediocre de los representantes del pueblo y las instituciones. Las instituciones cuentan con un regulador primario de sus excesos y errores que es el electorado y el equilibrio de poderes indispensable en las democracias, y otro secundario que son los aparatos represivos encargados de escribir, impartir y hacer cumplir la ley.

Sin embargo el censor social es el que más alarma, al censor institucional lo conoces, sabes dónde está porque esta localizado en el poder y los mecanismos de defensa como la autocensura se pueden manejar con mayor destreza o cinismo. Pero esa voz del censor social, casi insignificante, que antes no tenía casi ninguna relevancia y que hoy se ha reproducido con éxito, gracias a las redes sociales y la difusión de las tecnologías de intercomunicación, es como la paloma de una plaza cualquiera que se enfrenta a cien ejemplares de Pseudolynchia canariensis o moscas cojoneras. No se trata de que antes no existiera la censura social, la censura social ha existido siempre y es uno de los mecanismos de autorregulación más poderosos de la democracia. Lo que no era relevante era el censor social que es ese individuo que al amparo de una identidad difusa se convierte en juez de conflictos, conciencia crítica de un problema y a veces verdugo de otros. Es un individuo que abusa de intromisión en asuntos que no conoce o del que se cree especialista porque generalmente cree saber de todo por los hilos de las redes o las tertulias y en su defecto de esos nuevos diletantes o bufones de la era de internet a los que se les ha bautizado “yutuber”. Lo peor del censor social no es que exista, sino que se manifiesta bajo una identidad opaca y al amparo del derecho que le confiere la democracia a la libertad de expresión. Y aún peor todavía, si cabe, no sólo se acoge a ese derecho, sino que se multiplica en las redes sociales generalmente con enorme virulencia y contaminación. Y si esto fuera poco, el censor social virtual puede llegar a no existir cuando es creado mediante la automatización de los bots que los robotizan para crear estados de opinión y tendencias convirtiéndolos en un peligro real contra la estabilidad social, política e incluso económica si se quisiera desestabilizar el mercado introduciendo tendencias que desequilibren el consumo y los valores.

El censor institucional a pesar de su renovada e inquietante actividad está en franca decadencia frente a este censor social al que también se enfrenta. Es un elemento nuevo en una coyuntura inédita de crisis de valores de todo tipo que va a suponer un cambio en la sociedad y un estadio diferente. Ese es el resultado de las crisis y la consecuente asimilación de los conflictos que se producen en democracia. Posiblemente haya llegado para no irse nunca y habrá que aprender a convivir con él en una permanente lucha porque su derecho a la libertad de expresión no coarte el nuestro. La renovada carrera de las mujeres por alcanzar de una vez la igualdad de derechos con los hombres ha creado las condiciones para visualizar con mayor nitidez a este censor radiografiado en la izquierda, que no tiene una fisonomía específica, su medio de subsistencia son las redes y su razón de ser el exhibicionismo. Generalmente el nuevo censor no solo discrepa, sino que acompaña su discrepancia con la negación del otro y actúa como si el discrepante no existiera o dependiendo de quién se trate convierte la simple discrepancia de opiniones en un asunto del que parece que depende su supervivencia. Esa manera de defender la opinión ha encontrado en lugar perfecto en las redes sociales. Va a ser un largo y tortuoso camino para la libertad de expresión y lo mejor que podemos hacer para defenderla es no callar y defender con razón y razonamientos el derecho a expresarnos aunque sea equivocándonos. Por ejemplo, en un contexto con los sentimientos a flor de piel puede que sea difícil y costoso decir que se puede no ser machista de acción y pensamiento sin ser feminista, pero no estaría mal empezar a quitarle la escopeta al francotirador que en todas partes ve un enemigo que se mueve.

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Cadáveres de la libertad de expresión entrecomillada

Desde no hace mucho la libertad de expresión se está viendo entrecomillada, la entrecomillan otros, y nosotros, prisioneros de algo parecido al síndrome de Estocolmo, no le quitamos las comillas porque hemos llegado a comprender los motivos de quien las pone e incluso llegamos a justificarlas, no importa que dichos motivos sean dudosos e inextricables. Eso es lo peor y lo menos ético que podemos hacer, dar nuestro consentimiento al censor. Otras veces, sencillamente nuestra apatía o complacencia acrítica y acomodaticia nos enajena y permitimos sin rechistar que se entrecomille o entrebarrote ese derecho fundamental que es la libertad de expresión como sujeto y objeto vital de la libertad y la democracia. Esta es una anomalía de la democracia, como también lo es que ya la censura no sólo se ejerza desde los aparatos represivos, sino además desde los nuevos medios de intercomunicación que conforman las redes sociales y los movimientos sociales. Sin darnos cuenta con un like que damos o evitamos podríamos empezar a ser cómplices de una voluntad y unas razones que justifican el crimen contra la libertad. Lo hemos visto a lo largo de la historia de las sociedades, da igual que estas hubieran sido democráticas o no, siempre hay gente que encuentra motivos para justificar la limitación o prohibición de la libertad, ya sea por conveniencia tácita o táctica del poder o porque desde el poder se hace una interpretación interesada o errónea. No me atrevería a decir que peligra la libertad de expresión, la historia de la democracia está plegada por esos retrocesos puntuales que siempre son remontados en el avance social. Son pliegues que obstaculizan el desarrollo normal de las relaciones de valores y son constitutivos de la inusitada capacidad de absorción de las democracias. En uno de esos pliegues de la historia están apostados los oportunistas, los manipuladores, los ignorantes y los obedientes.

Hoy esas comillas a la libertad de expresión son parte de una ola reaccionaria que convive cómodamente con su contrario, la ola revolucionaria que recorre el mundo, el “todo vale” postmoderno podría servir entonces para amparar tanto una cosa como su contraria, pero no sucede así. El “todo vale” con visos de anarquía que sorprendió a muchos que creyeron que la tabla de valores jerarquizados por la tradición, la autoridad cultural, los requisitos intrínsecos y otras nimiedades, estaba siendo destruido, ha venido a sucumbir bajo esta ola que quiere imponer juicios, actitudes y valores por la simple razón de que lo consideran justo, bueno y necesario. Es la nueva evangelización que va de la mano de partidos y movimientos sociales y participan tanto la derecha como la izquierda ideológicas con sus extremos. Estamos padeciendo una imposición disfrazada de obligación moral, no un diálogo, aunque formalmente esta imposición tenga una estructura similar al diálogo en las redes. Parece que nos dicen desde esas plataformas que el fin justifica los medios. Aunque no crea que peligre la libertad de expresión, sí me parece un peligro que dejemos que sean otros, sobre todo quienes practican el intrusismo, los que interpreten y dictaminen lo que es bueno y malo y cuál derecho ciudadano prevalece sobre los demás. Por ejemplo, si no somos médicos no nos atrevemos a decir cómo y cuándo hay que intervenir una apendicitis, sin embargo hay multitud de neófitos e improvisados en lingüística y política que nos quieren obligar a llamarle “hieno” al macho de la hiena, no importa que sea un epiceno y que tampoco entiendan porqué “polla” es también el femenino de “pollo” sin ser denigrante y, además porqué “polla” siendo femenino es una denominación del “pene” que, por cierto, no es el masculino de “pena”. La historia una y otra vez ratifica que los pueblos no son más que poblaciones de borregos altamente cualificadas socialmente, que sin embargo se dejan conducir por hienas, no digo por lo otro para no ofender. Más que un peligro a la libertad de expresión, lo que veo es el peligro de que la política esté en manos de políticos que han dejado de conducir, para ponerse delante de movimientos sociales emergentes o efímeros y usar las pancartas en vez de las ideas.

En estos tiempos en que los medios de comunicación van a la zaga de la
difusión libérrima y desestructurada de las redes conformando la parafernalia de intercomunicación, que ha llegado a la automatización comunicativa mediante los bots, la libertad de expresión se ha convertido en la más frágil de las instituciones democráticas. La libertad de expresión y difusión de algunos se impone contra la libertad de otros. Es un proceso inédito en el que apenas interviene la autoridad del conocimiento ni de ningún tipo, sino la de la cantidad sobre la calidad, no son las ideas las que importan, sino la cantidad de veces que se repite una información y más peso tendrá cuanto menos racionalidad implique. Así lo vemos, por ejemplo, en los discursos de obligación del lenguaje inclusivo de feministas y “feministos”, en la salvación de la mujer que pretende el movimiento #me too importado a España desde un país social y culturalmente distinto, secundadas pero también duramente contestadas por otras que no son sospechosas de esclavitud machista, en las prohibiciones a desnudos artísticos consagrados por su calidad donde de pronto se han descubierto oscuras connotaciones machistas e impúdicas, en la censura que impone Facebook y la manipulación de la opinión en las redes, en la condena a un joven porque sube a Instagram una imagen de quien se conoce por Cristo pero con el rostro suyo, en la cruzada de feminización de algún partido que llama “ellas” a los varones no precisamente gays, en las penalizaciones por opiniones en las redes sociales y la reciente condena a un libro y un rapero. Muchas de estas expresiones de nueva censura que a veces no prohíbe porque no puede pero sí impone e inhibe,
son la versión española de esta ola represiva que se instaló bajo la sombra de la “ley mordaza”, esgrimida por el partido de Gobierno cuando creyó que la contestación social del 15-M terminaría en el asalto de la Moncloa. El
atentado contra la libertad de expresión tiene doble vía, la que corre desde el poder resentido por tanta libertad de la que hace uso la sociedad, y la libertad que se han tomado los nuevos medios de intercomunicación social para imponer y amedrentar por usos y costumbres desde el lenguaje hasta las relaciones personales, incluso del ámbito privado. Estamos viendo y viviendo una socialización de la imposición que no tiene parangón ni en las dictaduras. Tal vez sea la nueva dictadura la de la mayoría, que ha pasado del desarrollo geométrico y horizontal del mercado al consumismo y la banalización de las noticias en el nuevo mercado digital.

Vivimos en una ola reaccionaria que abarca múltiples aspectos de la vida económica, social y política, tanto dentro como fuera del país. Y no es reaccionaria por conservadora ya que no siempre lo conservador es reaccionario. La misma está conformada por elementos dispares, contradictorios e incluso tradicionalmente antagónicos. No es ideológica, ni ética, es social, y participan tanto la izquierda como la derecha que ya no se enfrentan conceptualmente como en otros tiempos de posguerra. En esta posrealidad que vivimos en el poscomunismo el enfrentamiento entre ambas es formal. Esta ola no se mueve conceptualmente sino a golpe de etiquetas, hashtag emocionales, sociales, con los cuales nos identificamos y justificamos adhesión o rechazo. La izquierda y la derecha han creado un statu quo de conservadurismo económico que se ha trasladado a lo político y social con el fin de defenderse de las tendencias radicales de izquierda y derecha que comenzaron a florecer con la última crisis económica. La izquierda, extraviada en el marasmo de las reivindicaciones sociales y el adoctrinamiento cívico (veáse la publicidad de Podemos en el gobierno de Madrid), ha perdido el norte del verdadero problema. Zapatero, ese presidente que no paraba de reír como un idiota aún cuando estuviera haciendo sin permiso una enmienda a la Constitución, y sus ideólogos todavía en boga descubrieron
que la izquierda era social, mientras olvidaban que para que sea social primero tiene que ser económica. Entonces hicieron todo tipo de disparates como el llamado Ministerio de Igualdad que se dedicaba a confeccionar consignas y que parece haber sido el prototipo del activismo político de la izquierda hasta la fecha. No se ha dicho, pero Zapatero podría considerarse el ideólogo de esta reformulación del socialismo español y de toda la izquierda actual, a la que Sánchez e Iglesias intentan liderar en España compitiendo en hashtags.

Ese legado no es difícil de apreciar en la que se supone la izquierda de la izquierda, Podemos: el tiempo y los recursos que dedican a hacer política sobre el lenguaje, la obligación de sonreír, la doctrina de la feminización, la ideologización del género, el reciclaje de la basura, la educación formal y cívica los hacen parecer más una asociación vecinal que un partido que represente al segmento más dañado de
la población por las políticas económicas y represivas del Gobierno de
derechas. Esta ola conservadora de la que participa la izquierda que da pábulo al feminismo radical, promueve la ideología de género mientras apoya a los gobiernos represores de la libertad de expresión como Cuba y Venezuela o juega con el sentimentalismo independentista catalán, lo abarca todo y está presente en universidades, museos, medios de prensa, editoriales y la industria del cine, por poner solo algunos ejemplos. Lo más significativo y visible es el acento que se pone en las relaciones entre los hombres y las mujeres, bajo sospecha desde que las reivindicaciones justas de igualdad empezaron a quedar supeditadas a la hiperbolización de aquellos aspectos negativos de la forma en que se relacionan ambos sexos, a tal punto que el mensaje de justicia se vuelve impreciso, como si en caso de que no hubiera perversión en las formas de relacionarse también dejaría de haber explotación y discriminación hacia la mujer. Incluso las relaciones de los niños en las escuelas, que empiezan a verse amenazados de no poder relacionarse entre ellos libremente, ya que donde ellos no sienten ni ven actitudes trasgresoras o riesgo los adultos y sobre todo los profesionales de la educación están haciendo una lectura preventiva de la forma en que se comunican. Así funciona la ola, se elige un tema de gran sensibilidad social pendiente de resolver, se elabora un hashtag, se pone encima de la ola y se mueve desde las redes conformando un movimiento social.

No creo que peligre la libertad de expresión, la libertad en democracia sobrevivirá a pesar de la crisis que vivimos, pero hay que defenderla, no dejarla sola para que no se enferme. Hay muchos que ya empiezan a sentirse enfermos de esa ola conservadora que peligrosamente sí podría convertir en víctimas a gran parte de la sociedad que ha avanzado en sus libertades, la resaca de un fenómeno como este puede ser devastadora para el movimiento de tolerancia sexual que incluye a los homosexuales y adláteres. También a ciertas tendencias de la literatura y el arte como el “realismo sucio”, el erotismo, la nueva canción, y sobre todo lo alternativo que está por venir y no sabemos aún qué acento tendrá, por citar ejemplos de disrupción asimilada. De hecho ya algunos se empiezan a sentir víctimas desde que tienen que autocensurar su libertad de expresión donde antes no habían pecado. Ya podemos decir que hay un montón de cadáveres a este tusami: gran parte del cine español y mundial, de la literatura y el arte desde
la antigüedad. Es un deber dialéctico decir no a tanta estupidez con vistas a alcanzar justicia y equilibrio, la justicia sin equilibrio no es un camino en
la democracia. La mejor de las justicias sociales no se logra con la condena de lo otro y diferente, sino con la mejoría de lo desfavorecido para alcanzar ese equilibrio inherente a la tolerancia. Ni siquiera es la discriminación positiva lo que solucionará el problema de la discriminación, lo que sí podemos asegurar es que al final, cuando pase esta ola, puede que entre los cadáveres se hallen algunas de las cosas que se quisieron salvar. Esta ola, en la que sale perjudicada la libertad de expresión y donde la libertad de expresión es una de las consecuencias más inmediatas, no acabará cuando Lolita vuelva a pasearse delante de los ojos de Nabokov, pero sí podría decirse que otra víctima, aunque sea de la ficción, ha sido restituida en su valor. Ojalá pueda decirse lo mismo de otras víctimas, cadáveres ya, que flotan a la deriva, hinchados, apestando, como señales de peligro.

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Hart personal

De derecha a izquierda, Armando Hart, Carlos Martí, León de la Hoz y Abel Prieto. En la sala Villena de la UNEAC, durante una de las reuniones que discretamente se realizaron con los jóvenes a solicitud de Hart, para conocer de primera mano el motivo por el cual se habían convertido en blanco de la invectiva de algunos sectores del poder político.

Ha muerto Armando Hart Dávalos, los obituarios se han encargado de resaltar todo aquello que justifica sin ambages su prominente lugar en la jerarquía política cubana, pero lo que no pueden decir es aquello que a mí me justifica para escribir por primera vez un elogio sobre un líder de la Revolución. No solo es un acto de justicia personal con un hombre que lo merece según mi punto de vista, también es un acto de fe en que pueda haber otros como él en la Isla, sin que podamos verlos detrás de los papeles que les toca representar, incluso cuando ya la obra por la cual debutaron, y en muchos casos amaron, ha dejado de existir, aunque el escenario conserve de antaño la decoración y los discursos empolvados. A mi modo de ver, las cualidades de Hart que motivan mi homenaje, y con el mismo una reflexión como le hubiera gustado que fuera, no son precisamente las que forman parte del patrimonio de los gobernantes cubanos, tampoco de muchos de sus enemigos políticos del exilio. Lo que yo más apreciaba de Hart era precisamente una virtud que reúne esas cualidades y que los extremos políticos conocen, pero practican poco: la tolerancia.

No éramos amigos ni mucho menos, pero la intensa relación que sostuvimos mientras yo dirigía La Gaceta de Cuba y luego cuando me pidió ponerme al frente del Consejo Técnico Asesor del Ministerio de Cultura, creó una estrecha complicidad dentro y fuera de los despachos en momentos de enorme tensión entre la política y la cultura, entre las instituciones y los artistas y escritores. Esa cercanía me hizo testigo privilegiado en los corredores donde se diseñan los escenarios de la política, en una de las etapas más complejas e interesantes de la política cubana, seguramente donde se pudo haber movido alguna pieza para el cambio si no se hubiera temido a la renovación. Eran los años 80 y una generación de creadores irrumpía con desparpajo en la vida social, más allá de los tradicionales consumidores del arte y la literatura, con un punto de vista nada complaciente que disparó las alarmas del poder político. Fue el propio Hart, siempre le llamé así en lugar de ministro, quien quiso verificar directamente con los jóvenes las acusaciones que se les hacían desde medios de comunicación e instituciones no culturales, por alejarse, según decían los voceros de los sectores más dogmáticos y politizados, de los preceptos revolucionarios y socialistas de la Revolución.

Sin desconocer las consecuencias, incluso para él, Hart convirtió esa virtud, la tolerancia, que debería ser inherente a cualquier político, en un arte para dialogar e intentar vertebrar los propósitos de las generaciones más jóvenes con el proyecto de los más viejos. En las reuniones que se realizaron a petición suya con diferentes representantes de los jóvenes y no tan jóvenes creadores e intelectuales, estos tuvieron el privilegio de poder expresar abiertamente al ministro lo que pensaban, sin cortapisas ni condicionantes que no fuera la propia autocensura, fue entonces cuando se abrió la primera trinchera de un frente nuevo, desde la cultura, en una problemática social y política que se insinuaba en la creación y el pensamiento de esos años, pero que formaba parte de un problema general de inadaptación del “hombre nuevo”, demandado por el discurso del poder, que no encontraba encaje entre los viejos uniformes en una realidad social que tuvo su primer capítulo en el Mariel (1980) y continuó en el conato de revuelta llamado Maleconazo (1994). El Mariel no fue sólo un éxodo masivo de inadaptados y desafectos, sino que significó la más grave señal de alarma de una enfermedad que durante mucho tiempo el Gobierno mantuvo bajo control con aspirinas, cuando el enfermo lo que necesitaba era un cambio de tratamiento y una intervención de choque con antibióticos, que el equipo médico de cabecera no haría nunca mientras pudiera imponer su diagnóstico.

En ese contexto de inflexión social y cuando se debieron adoptar medidas políticas de normalización y articulación de la misma, Hart asumió la representación de los jóvenes y convirtió al Ministerio de Cultura en el refugio de aquellas voces que corrían el peligro de convertirse en víctimas de un sector de la burocracia política a causa de su inadaptación y crítica social. Se enfrentó directa e indirectamente a altos cargos de primera línea del Partido, organizaciones sociales, periodistas y escritores, que hablaban en nombre del poder desde los medios de comunicación y las instituciones, contra una manera menos ortodoxa de ver la creación artístico-literaria de un movimiento alternativo de las artes plásticas, la literatura y el teatro, fundamentalmente. En aquellas reuniones “privadas e informales” Hart pudo darse cuenta de que había dos concepciones enfrentadas no sólo en cuanto a la creación, sino también en la concepción del mundo. Era una lucha ideológica con alcances más profundos que los que reflejaban las anécdotas de represión, censura y acusaciones contra los jóvenes creadores. En aquellos años, previos a la implosión de la Unión Soviética, en Cuba comenzaba a generarse un cambio generacional que implicaba un cambio en la sociedad y de la forma de relacionarse. El bloqueo, la complacencia política del autobloqueo que alimentaba el victimismo, la falta de subvenciones del desparecido bloque socialista y la falta de medidas de ventilación comenzaban a convertir al país en una olla a la que de cuando en cuando se le mueve la válvula para que no reviente. Ese, en definitiva, es el patrón de conducta de la política de los gobernantes cubanos. Pensábamos entonces que no era una olla, sino una bomba de tiempo que se debía manejar de otra manera.

Los escritores y artistas fueron la punta visible de un problema más profundo que terminaría por pasarle factura al país con el incremento de la desafección que ya no era solo ideológica y política, sino también sentimental. Esa especie de “no exilio” del que hoy disfruta una parte de los llamados emigrantes económicos que viven en un limbo donde no sienten ni padecen a la Revolución. El cambio posible fue aplastado por el discurso en una sola dirección del miedo, el enfrentamiento y la supervivencia que a Fidel Castro siempre le dio buen resultado y que acabó con la posibilidad de una reposición generacional, social y político coherente, sin traumas. A la postre, políticos jóvenes de enorme valía fueron desmontados de la primera línea con acusaciones ridículas, sobre todo si miramos críticamente la descomposición de las familias que componen la nueva oligarquía. Aquel periodo en que se fraguaba un debate social, ya que no era cultural solamente, de enorme transcendencia para la vida del país, concluyó con la cancelación del diálogo intergeneracional a la vista de los sucesos del bloque socialista que acabaron con su autodestrucción. Sin embargo, aquellos gérmenes contra los que se rebeló la conciencia de buena parte de los jóvenes de entonces, dieron lugar a estas enfermedades que sobreviven a pesar de los paliativos: la doble moral, el discurso viciado de los enemigos como culpables de todo, el desgaste generacional, la corrupción, el monoteísmo ideológico, la degradación de la vida, la vuelta de males propios de la etapa prerrevolucionaria, por ejemplo, y ha creado otros que ponen en tela de juicio los ideales por los que mucha gente dio la vida.

Mientras pudo, Hart se enfrentó a aquella tendencia reaccionaria que intentaba ahogar los deseos de los jóvenes de cambiar las cosas, lo hizo con energía y valor, pero también con la inteligencia y la astucia que había acumulado en su larga vida política. José Martí decía que la política es lo que no se ve, lo mismo que pensaba mi querido amigo Gastón Baquero de la poesía, ambas definiciones son las que mejor ilustran a mi modo de ver el trabajo que hizo Hart desde su cargo de ministro. Es habitual creer que una persona en el desempeño de un puesto como aquel pudiera arreglar todas las cosas que eran de su competencia, pero eso no sucede en ningún país del mundo y menos podía pasar en Cuba, esa creencia forma parte de la idea falsa del poder y de nuestros representantes en el mismo. Como joven que fui y padecí junto a mis compañeros de generación en aquellos años y por la información privilegiada que tuve, después de su desaparición física puedo decir que el norte de su vida entonces fue facilitar la libertad de expresión, crear las condiciones para el desarrollo del pensamiento, la integración generacional en las instituciones, fiel a la idea de que la disensión no era contrarrevolución y que José Martí era y debió haber sido siempre el referente moral, cívico, patriótico y democrático. Cuando me pidió que dirigiera y restructurara el Consejo Técnico Asesor lo hizo con la intención de poner la primera piedra de una revolución en ese sentido, que tendría un enorme impacto en la política cultural conocida y marcada por las Palabras a los intelectuales de Fidel.

Hoy viene al caso poner un poco de color a la figura de Hart que justamente ha sido resaltada por los medios oficiales y oficialistas cubanos de la Isla, pero el color es el de siempre, sin tener en cuenta los matices que a mi entender son los que marcan la diferencia entre unos hombres y otros. Siempre lo recordaré como un político a quien vi poner sus energías, infatigables, en querer cambiar las cosas a favor de las nuevas generaciones, Cambiar las reglas del juego, como un amigo me recuerda que llamó a uno de sus libros. Nunca me dio la espalda cuando nos encontramos casualmente después de haberme ido del país como sí lo hicieron algunos colegas escritores, y fue en un momento determinado quien me alertó con honestidad sin precedente que ya no podríamos seguir haciendo las cosas que pensábamos y me dio permiso para renunciar. A propósito de la tolerancia, recuerdo que en una de las dos ocasiones en que le ofrecí mi renuncia fue porque algunos burócratas partidistas, yo no pertenecía al Partido, argüían la sospecha de que yo perteneciera a la CIA –eso puede suceder en Cuba de la misma manera de que afuera te acusen de ser de la Seguridad, pero dentro es de suma gravedad–, y no obstante me pidió que me quedara porque prefería la actitud crítica a la complaciente de aquellos. Pocos jefes son capaces de pensar de esa manera. Ahora que ya no está hay muchas cosas que me gustaría contar y que reivindican su figura frente al esquematismo de los de dentro, los de afuera y los que ignoran, pero por el momento solo quiero dejar constancia de mi respeto por un hombre que no fue mi amigo, sin embargo siempre se portó como si lo fuera, a pesar de nuestras diferencias. Que por fin descanse en paz.

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