Lectura y presentación de la tercera edición de Vidas de Gulliver

El sábado que viene la editorial Betania en la persona de su editor y poeta Felipe Lázaro presentará mi libro Vidas de Gulliver (3ª edición). Debería decir que están todos invitados, pero se trata de un lugar pequeño donde no cabríamos, no obstante es un sitio que desborda el encanto que pone la mano del tiempo encima de las cosas. Ese es el motivo de que haya aceptado la invitación de Chago (Santiago Méndez Alpízar). Pensé, ya que no tengo La Habana cerca, no está mal ir a La Fugitiva.

Hace años comprendí que los “actos literarios” no tienen nada que ver con la literatura, sino con la vanidad. La literatura nada tiene que ver con otros géneros de la creación artística y la creación artística tampoco tiene que ver con los géneros menores y la degeneración a que son sometidos por el mercado, la publicidad y el mercadeo en las redes sociales. Entonces, después de haber presentado mi novela La semana más larga, decidí no presentar ningún libro más en lugares que no vivieran al margen del mundo oficial, el brillo, la apariencia, la banalidad y la representación de la literatura.

La intimidad de la librería café La Fugitiva es uno de esos sitios adonde volvería con mis amigos y aquellos que sin serlo quisieran la amistad del poeta y la poesía que huyen de la representación de la literatura. A esos, aquí les dejo la invitación.

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20 años de Gastón Baquero reaparecido en todas partes

José Lezama Lima al borde izquierdo de la foto, Gastón Baquero al otro lado en la derecha.

A veces nos sorprendemos de la forma en que el tiempo nos revela que existe. La rutina de la existencia es de una crueldad de la que no tenemos verdadera conciencia. Incluso podemos ser incapaces de ver nuestras arrugas cuando nos miramos al espejo después de veinte años. A veces necesitamos un acontecimiento que nos sirva de brújula, nos oriente en medio de la maraña de horas y nos ponga a pensar en que el tiempo existe. Hoy es uno de esos días. Han pasado veinte años desde que el poeta y amigo Gastón Baquero nos dejara físicamente. Apenas nos habíamos percatado que ya ha pasado una vida. Hay gente que a los veinte años ya ha vivido todo cuanto debía vivir.

Era un día gris, con la lluvia en la ventana, era triste y aún no sabíamos porqué, aunque la ciudad celebraba a su patrono San Isidro. Seguramente a Gastón le hubiera gustado saber que iba a morir ese día del santo labrador y habría hecho una sarcástica lectura oblicua, al decir de Lezama Lima, porque él, ingeniero agrónomo, había torcido su destino por la poesía y el arte de pensar. Se habría ido al otro mundo con una sonrisa, una vez más, después de haberse convertido tantas veces en literatura alterando el sentido del tiempo viviendo en otros mundos. Nadie como Gastón jamás había escrito tanto y con tanta originalidad sobre el destino y la trascendencia creando un nuevo misticismo sobre la vida, que nada tiene que ver con su credo católico, sino más bien con la magia y la reencarnación. Vida y muerte unidos por el principio de la trascendencia como transformación de la materia y la superposición del tiempo, en contra del principio del idealismo católico.

Si fuéramos a ser fieles al poeta este día en el que lo recordamos con más fuerza, seguramente después de veinte años podríamos imaginarlo sobrevivido en cualquiera de sus transfiguraciones: un tigre, un leopardo, un príncipe de Abisinia, un pez o un niño. Yo siempre lo recuerdo en aquellos tiempos en los que nos veíamos casi a diario para hablar de lo humano y lo divino, bastón en mano y sombrero al alcance como a punto de salir a un viaje sin regreso. Donde quiera que pueda estar quiero agradecerle la hermosa e intensa amistad que me dio en el último tramo de su vida, y sobre todo disculparme por no parecer tan devoto suyo como debiera, seguramente él sí lo entenderá, lo sabe, como supo el profundo cariño, admiración y respeto que nos tuvimos. De cualquier modo y a pesar de algunos, Gastón ya sobrevive en la poesía del mundo y en su caudaloso río. Su sobrevida empezó antes de morir y no nos necesita. Gastón está en todas partes.

 

Breve viaje nocturno

Según la leyenda africana, el alma del durmiente va a la luna

 

Mi madre no sabe que por la noche,

cuando ella mira mi cuerpo dormido

y sonríe feliz sintiéndome a su lado,

mi alma sale de mí, se va de viaje

guiada por elefantes blanquirrojos,

y toda la tierra queda abandonada,

y ya no pertenezco a la prisión del mundo,

pues llego hasta la luna, desciendo

en sus verdes ríos y en sus bosques de oro,

y pastoreo rebaños de tiernos elefantes,

y cabalgo los dóciles leopardos de la luna,

y me divierto en el teatro de los astros

contemplando a Júpiter danzar, reír a Hyleo.

Y mi madre no sabe que el otro día,

cuando toca en mi hombro y dulcemente llama,

yo no vengo del sueño: yo he regresado

pocos instantes antes, después de haber sido

el más feliz de los niños, y el viajero

que despaciosamente entra y sale del cielo,

cuando la madre llama y obedece el alma.

 

Fábula

Mi nombre es Filemón, mi apellido es Ustáriz.

Tengo una vaca, un perro, un fusil y un sombrero;

vagabundos, errantes, sin más tierra que el cielo;

vivimos cobijados por el techo más alto;

ni lluvias ni tormentas, ni océanos ni ríos,

impiden que vaguemos de pradera en pradera.

Filemón es mi nombre, Ustáriz es mi apellido.

No dormimos dos veces bajo la misma estrella;

cada día un paisaje, cada noche otra luz,

un viajero hoy nos halla junto al río Amazonas,

y mañana es posible que en el río Amarillo

aparezcamos justo al irrumpir el sol.

Somos como las nubes, pero reales, concretos:

un hombre, un perro, una vaca, un sombrero,

apestamos, queremos, odiamos y nos odian,

vagabundos, errantes, sin más tierra que el cielo

-Filemón es mi nombre, Ustáriz mi apellido-;

los míos me acompañan, lucientes o sombríos,

pero con nombres propios, con sombras bien corpóreas,

seres corrientes, sueños, efluvios de una magia

que hace de lo increíble lo solo de que creemos.

Filemón es mi nombre, Ustáriz  mi apellido;

somos materia cierta, cifras, humareda,

llevados por el viento, hambrientos de infinito,

un perro, una vaca, un palpable sombrero;

simples y sin misterios seguiremos el viaje:

por eso yo declaro al tomar el camino,

que es Filemón mi nombre y Ustáriz mi apellido,

que la vaca se llama Rosamunda de Hungría,

y que al perro le puse el nombre de una estrella:

le digo Aldebarán, y brinca, y ríe, y canta,

como un tenor que quiere romperse la garganta.

 

Retrato

Ese pobre señor, gordo y herido,

que lleva mariposas en los hombros

oculta tras la risa y el olvido

la pesadumbre de todos los escombros.

 

Él dice que lo tiene merecido

porque aceptó vivir, que no hay asombro

en flotar como un pez muerto y podrido

con la cruz del vivir sobre los hombros.

 

Cenizas esparcidas en la luna

quiere que sean las suyas cuando eleve

su máscara de hoy. No deja huellas.

 

Sólo quiere una cosa, sólo una:

descubrir el sendero que lo lleve

a hundirse para siempre en las estrellas.

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La enfermedad de castigar, una epidemia social

el-castigadoxUna de las cosas que más me llama la atención de los padres y profesores es el uso y la concepción del castigo. La siguientes reflexiones son el resultado de esa observación, son las reflexiones de un padre y en ese sentido tienen las virtudes y los defectos propias de esa condición, seguramente otros podrán hacer las suyas diferentes. He sido ojo y oído ante un problema al que se enfrentan a diario unos y otros y que en el fondo lo que probablemente encontremos sea un dilema de autoridad.

El castigo es el recurso más socorrido, el más primitivo, para regular las conductas y alcanzar determinados objetivos. Lamentablemente el castigo solo se mira desde el lado de la psicología, si se analizara desde el punto de vista de la sociología, diferentes serían los derroteros y más graves las conclusiones, ya que en realidad no somos más que la representación simbólica del poder para hacer cumplir ciertas normas y ejecutar el castigo de las mismas. Piezas de un puzle del poder en el que actuamos como defensores de una estrategia social determinada. Este orden empieza en la familia y en la escuela donde nos forman más que lo que nos educan.

Entre los muchos errores de la educación actual uno de sus puntos neurálgicos es la falta de preparación para pensar y para la felicidad. Se enseña para ser útiles, eficientes y dóciles. Sin embargo todos estamos contentos porque nunca la sociedad nos ha demandado un papel tan relevante con nuestros hijos y educandos. Ver el castigo desde el punto de vista de lo que representa como estrategia de poder no es mi cometido en este artículo, pero sí es necesario tenerlo en cuenta para profundizar en nuestro papel y pensar que el castigo es una manipulación y como tal no debería existir. El castigo como se concibe en general es una práctica que deberíamos desterrar de nuestras relaciones con los hijos y los educandos, que fundamentalmente genera dolor, frustración y resentimiento; que puede variar la conducta pero no enfrenta la causa que la generó.

No está de más decir que la primera referencia que recuerdo del momento en el cual empecé a preocuparme por este tema fue cuando me tentaron a leer una biblia de los padres primerizos, donde el método principal era dejar llorar a los niños hasta que se agotaran. Ese libro me mostró hasta que punto la crueldad puede ser argumentada por especialistas y consentida por quienes nunca nos preguntamos nada y esperamos las respuestas de otros como sumisos actores.

Si el lector es de los que cree que el castigo es necesario, me gustaría decirle que el principal responsable de que tenga que aplicar un castigo es él mismo, seguramente porque la relación de autoridad con su hijo o el educando ha sido mal enfocada. Si de cualquier modo no puede evitarlo, lea antes estas siete razones antes de castigar para que el castigo sea lo menos insano posible.

  1. Hablar, oír, razonar, entenderlos. El castigo que es eficaz con un niño no tiene porqué serlo con otro, tampoco es buena idea comparar un niño con otro para imponer el castigo. Los niños deben conocer las normas y respetarlas, pero la aplicación del castigo varía según las características de cada niño. Un niño es un ejemplar único, una persona distinta a todos, incluso a los propios padres. El castigo debe estar condicionado no sólo por la falta, sino también con el motivo de la misma, las características del niño, el contexto, y si hay reteración. Es indispensable prestar atención a los argumentos del niño, empatizar, entenderlo y crear una relación de respeto en ambas direcciones. La autoridad mal entendida suele desconocer este principio. Se debe explicar hasta la comprensión las razones del castigo, las consecuencias de los actos y el beneficio de un buen comportamiento. Escuchar al niño y no castigar sin oír su versión del motivo por el que va a ser sancionado. Hacer caso de lo que otros dicen y tomar medidas sin considerar su opinión de los hechos desacredita al niño y lo predispone a mentir, afectando valores de su personalidad.
  1. Más racionalidad y menos improvisación. La impulsividad es mala para tomar decisiones de cualquier tipo y el castigo es una muy importante porque afecta a nuestros niños. Si después de castigar invade un sentimiento de culpa, puede ser que no hayamos pensado bien antes de decidir el castigo, y nos arrepintamos para luego levantarle el castigo con la consecuente pérdida de autoridad. Un buen consejo es no castigar a la primera y menos si estamos cansados, enojados o agotados. Hay una relación estrecha entre el castigo y la autoridad, y la autoridad no se forja con castigos. La autoridad de padres y maestros se forja en un proceso complejo y a largo plazo, donde el factor fundamental es el respeto y no el miedo. Si funciona la autoridad el castigo tiende a desaparecer. La relación castigo-miedo es perjudicial. La improvisación al castigar es negativa para la configuración de la autoridad y se corre el riesgo de cometer errores. Es mejor esperar el momento adecuado o hacer un aparte con el niño antes que dejarnos llevar por la espontaneidad. Un castigo es una decisión que puede afectar muchas facetas del menor como su autoestima, por tanto conviene no improvisar si usted es de los que prefiere castigar a hablar y dar ejemplos.
  1. Los castigos físicos son totalmente inapropiados. Ya nadie duda que los castigos físicos son contraproducentes, cuando no crueles. No obstante un “buen azote” es algo que casi todos ven con displicencia, cuando es una forma encubierta de nuestra impotencia y de violencia de baja intensidad y similar a la verbal. Ni siquiera pegues a los niños un azote si lo puedes evitar. Sus efectos a largo plazo si son continuados pueden ser negativos. Es un patrón a erradicar de nuestra herencia cultural y desterrar de las conductas. Aún hay quienes dan por bueno el azote, pero sólo puede arreglar una situación puntual, una descarga mutua de adrenalina entre el adulto y el niño que devuelve la situación al punto cero, pero no va a la solución del problema y refleja más la frustración del adulto que una enseñanza para el niño.
  1. Los castigos deben ser una herramienta excepcional. El castigo es un instrumento para corregir y enseñar, no está al servicio del escarmiento. Tampoco debe ser una amenaza cómo se oye a menudo a padres y educadores. Nunca debe convertirse en el elemento regulador de la conducta que a largo plazo puede crear un círculo vicioso muy nocivo, en el que adultos y niños se transforman en prototipos de una violencia implícita, víctima y victimario, en el que cada uno aprende un rol que puede ocasionar enormes costos para la vida futura del niño. Demasiados castigos deben hacernos sospechar que no lo estamos haciendo bien. Por otro lado, puede que el niño estuviera llamando la atención por algún problema desconocido por nosotros y por lo general más grave. En ese caso, debemos corregir la adopción de los castigos y, si es necesario, pedir ayuda externa de un especialista en conducta. El castigo es dañino si no es educativo. No se debe castigar sin buscar alternativa, hay que hacer entender el motivo del castigo, si no es mejor no hacerlo. Castigar es la última opción, debe ser racional y tiene que verse claramente la relación causa-efecto.
  1. El objetivo primordial es que el niño entienda las relaciones de causa-efecto entre la falta y el castigo. Si un niño incumple con alguna de sus obligaciones o comente cualquier falta, lo primero es saber si merece el castigo o si es suficiente con una amonestación. El castigo no solo trata de poner límites, sino de que el niño entienda por qué existen esos límites. De esa manera aprenderá a evitar por si solo las conductas que le acarrearán consecuencias negativas. También es bueno advertir antes de que pueda cometer la falta: “si haces esto, te ocurrirá lo otro”, pero no en relación con el castigo sino con las consecuencias de sus actos. El castigo tiene una función reguladora y como tal educativo, si no es educativo es el adulto quien debiera ser castigado. La relación antecedente-conducta-consecuencia es fundamental para ayudarlo a visualizar qué es lo que se quiere de él y cómo puede solucionarlo. Cuando hay una buena relación de autoridad puede ser suficiente con que el niño medite y entienda este esquema con la ayuda de nosotros.
  1. Proporcionalidad. No debemos imponer castigos excesivamente duros, ni tan complicados de cumplir, ni difíciles de supervisar. Hay castigos que pueden convertirse en suplicios tanto para el niño como para el adulto, ya que sobrepasan la racionalidad y al final terminan produciendo una situación problemática a veces insostenible en torno a la propia medida. Por ejemplo, “No juegas durante un mes”… “No te levantas de la cama durante el fin de semana”… El castigo debe ser consecuente y proporcional con la falta. En vez de un castigo largo es mejor fraccionarlo para evaluar el efecto a corto plazo y moderar su aplicación al cumplimiento del objetivo con el que se impone. Tenemos que ayudar al niño a ser capaz de evaluar su propia conducta para evitar la reiteración de la misma. La supervisión permanente del castigo y la conducta es una buena medida para centrar la atención de manera ponderada en la causa-efecto. Uno de los problemas que enfrentamos a menudo es el de los castigos duros de los padres blandos, son aquellos que convierten el castigo en una rutina porque lo terminan sin que el niño haya cumplido el objetivo. El castigo pierde sentido y los padres o maestros la autoridad. También hay castigos contraproducentes, por ejemplo: a un niño que disfruta al tocar un instrumento musical no debemos prohibírselo de forma indiscriminada porque es su necesidad, la extroversión de su libertad y del deseo. El peor de los castigos es el intento de prohibir el deseo, que es algo imposible de prohibir. Un castigo excesivo o equivocado puede causar un resultado contrario al que buscamos.
  1. Resulta mucho más eficaz fortalecer las conductas positivas que erradicar las negativas. El castigo debe ser ponderado no solo en sí mismo, sino también con el fortalecimiento de las áreas donde el niño mejor se desenvuelve o donde más lo necesita. Si es perezoso para los deberes, pero se levanta enseguida para ir al colegio o es diligente para otras tareas, elogiarle esas fortalezas. Debemos mostrarle el amor que sentimos por ellos, cuando el castigo está rodeado de amor es mucho más comprensible y visible el objetivo que nos proponemos, pero no el amor que a veces mostramos en regalos materiales, sino aquel que premia las virtudes y se expresa comprensivo con sus flaquezas y lo apoya para ayudarle a vencer sus dificultades. Esa es la mejor manera de expresarle amor a un niño. Mucho cariño y pocos castigos. Felicitar y celebrar los aciertos presentes evita los errores futuros.

Ni la educación funciona como una ciencia exacta, ni los niños se comportan como autómatas de respuestas siempre previsibles, ni son los mismos en todas las edades. Los niños son personas y deberíamos ponernos en sus zapatos a la hora de hablar con ellos y decidir un castigo: ni permisivos, ni verdugos. La disciplina y la autoridad, la confianza y el amor, la racionalidad y el sentido común, la creatividad para relacionarnos con ellos y para hacerlos pensar y entenderlos son piezas fundamentales de un difícil equilibrio de convivencia, que en cualquier caso han de servir para elaborar el castigo inevitable. Tampoco debemos ceder a la tentación de castigar como lo hacían nuestros padres, ni trasladar nuestras frustraciones a la decisión de castigarlos, ni hacernos cómplices de una agresión que proviene de nuestra civilización y que eufemísticamente llamamos estrés. Mucho enfermo por castigar anda suelto y va repitiendo un patrón que terminará por enfermar a sus hijos y educandos.

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Brillante y emotivo discurso de Meryl Streep por la dignidad

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Un año más de Revolución cubana y también uno menos

96af96f9-6a4b-4a87-8b36-2aab641902dbSegún la lógica de la existencia, cuantos más años se cumplen, menos años de vida nos quedan. La Revolución Cubana cumple ahora cincuenta y ocho y no es una excepción. Es el primer aniversario sin su líder y autor.  Su muerte es el colofón de un largo proceso de deterioro de la Revolución que alcanzó su punto crítico en la autodestrucción del mundo socialista, con quien Cuba mantenía una estrecha dependencia económica y condicionados lazos políticos. Fidel fue el último en sostener los telones de una trama que él escribía al mismo tiempo que se representaba. Su objetivo era fingir la felicidad, no obstante hoy el país enfrenta la peor crisis por la supervivencia.

Todavía en vida de Fidel, lejos del poder activo, poco a poco el sistema se fue distanciando de sus ideales doctrinarios y fundadores, a cambio de la conservación de una oligarquía que al fin ha encontrado el modo de legitimar su modo de subsistencia mediante la duplicidad del propio sistema: dos economías pero una misma doctrina. Dos imágenes de un mismo sistema que sirven tanto para mantenerlo como para cambiarlo. Esa oligarquía que ha sobrevivido al autor de la obra de la Revolución tiene el imperativo de incluir aportes en la trama de modo que se aseguren una vida más, es decir, la suya propia sin la presencia del tramoyista mayor.

Aún es muy pronto para especular, aunque no parece que la muerte de Fidel Castro vaya a significar también la muerte de la Revolución. Ya estaba muerta. A ella me refiero por el conjunto de valores que representaron el discurso ideológico, político y moral del país que empezó a morir con el envejecimiento de los protagonistas del drama, sobre todo de quien la escribía mientras la actuaba. Su propia decadencia vital desinfló sus palabras.

El fallecimiento de Fidel podría facilitar la revitalización de un segmento del poder desideologizado, carente de las aspiraciones programáticas típicas del ideario de sus predecesores, a pesar de sus profundos vínculos políticos e incluso familiares, tan necesarios para afianzar su poder económico y establecer un paradigma nuevo. Ese segmento del poder actual constituye una élite perfectamente visible y establecida. Es el verdadero motor del cambio cubano con una visión pragmática configurada por la dependencia inevitable de la política, pues de ella depende su destino.

En Cuba las aspiraciones de un ciudadano cualquiera y las de esa élite no son muy distintas a priori. Ambos son sobrevivientes y actores que desempeñan distintos papeles en la narrativa de la Revolución que su autor ya había dejado de escribir. Los diferencia el acceso a los privilegios, a las fuentes de financiación de sus deseos y a la capacidad de transformar las tramas del guión original. Cuanto más se alejen la política y la economía de la Revolución hasta hoy conocida, mejor será para el candidato a resolver sus necesidades por cuenta propia en la base de la pirámide social y también para la élite. Esta necesita formalizar y legitimar sus ambiciones aunque deban disfrazarlas con las palabras del difunto. La presente Revolución es la gran enemiga de amplios sectores, que no sienten lo mismo que los envejecidos protagonistas de la Revolución, porque no creen en ella o porque han sido expulsados del proceso sin ninguna compensación, siquiera moral.

La peor de las crisis que vive la Revolución es la de credibilidad moral, pues socava a la sociedad de abajo hacia arriba. Es la crisis de los valores que preservaron al sistema con eslabones invisibles, convenientemente alargados y recortados por el poder. La gran disyuntiva a la que se enfrenta la élite es la siguiente: cómo sostener en las actuales condiciones la Revolución que a ellos le conviene, debido a que la propia Revolución les resulta necesaria y suficiente para conservar el estatus de oligarcas herederos. O sea, cómo reescribir el drama de manera que ellos continúen detrás de las bambalinas con nuevos actores y bajo otra dirección de la que podrían participar de forma emergente.

Es una paradoja que se ha empezado a resolver no sin una enorme dosis de cinismo: cuanto menos Revolución, mejor para esa élite, mayor el espacio para vivir de ella. En verdad, es la negación de la Revolución pero bajo la condición de que ciertas argumentaciones antiguas son imprescindibles para la sobrevida de esa nueva clase. Si cayera de golpe y porrazo sería una tragedia. Si se derrumbara sin parecerlo, la oligarquía podría salvarse. De ahí que el cambio sin cambiar es la garantía suprema de la salvación. Ahora bien, el problema radica en hasta dónde se arriesgarían a llegar, y cuál debería ser la naturaleza de dicho cambio.

En este punto habría que tomar en consideración la experiencia acumulada en los países de los acabados regímenes socialistas del Este europeo, así como los procesos en China y Vietnam. Cuba no tiene porqué ser una excepción aunque los transformaciones estén apareciendo tardíamente, a paso lento y con timidez, de modo que la reescritura del drama parezca menos torcida y riesgosa. La verticalidad de la sociedad cubana condiciona la forma en que esos cambios se expresan. Todo cambio es un cálculo ordenado de arriba hacia abajo. La única forma de evitar el quiebre de tal verticalidad consiste en hacer las maniobras acorde con dicha estructura, absolutamente tolerada por la sociedad, sin perder ni el mando ni el control, para evitar que el edificio donde han vivido se venga al suelo.

Por eso la oligarquía cubana es el principal agente de cambio y una aliada fundamental para lograrlo, matiz que aún hoy los analistas al uso no han sabido entender, ya que ven el papel de ese sujeto como los viejos marxistas-leninistas veían las renovaciones sociales: se obtenían a golpe de martillazos y mediante la lucha de clases. En ese sentido, no serán los intelectuales tradicionales la vanguardia encargada de los cambios, sino la oligarquía  que usa el periódico Granma como rosario del partido tradicional, mientras compone las verdaderas oraciones del relato que le interesa imponer. Dichos analistas piensan: cuanto más hambre haya, más rápido caerá el sistema, sin tener en cuenta determinadas características de la cultura política que implantó el exitoso relato de la Revolución durante muchos años.

En las condiciones actuales, determinadas por un cambio de ciclo social, político, económico y de protagonistas dentro de un régimen moribundo, renuente a pasar página, resignado a fallecer pero a su manera y de modo que sus herederos sigan viviendo, posiblemente lo mejor que se puede hacer no sea darles una razón armada sino un pedazo de pan con la posibilidad de crédito renovable.

La nueva administración de los Estados Unidos debería tener en cuenta estos factores a la hora de decidir una política diferente a la que inició el presidente Obama. Debe pensar en una adaptación que permita la movilización de iniciativas políticas por parte de los gobernantes cubanos. Sabemos que no será fácil. Volver a la confrontación sería darles lo que Cuba no necesita. Sus gobernantes, acorralados en la esquina del ring, saben moverse mejor que nadie. No obstante, cuando se les amplía el cuadrilátero nunca han sabido mover los pies si no ha sido para volver a la esquina. Y volver allí no está en los planes de la  nueva oligarquía. Tampoco el pueblo agotado que, no obstante, al cabo de más de medio siglo de Revolución todavía es capaz de descansar y esperar. Esperar es una actitud que el cubano ha logrado cultivar hasta convertirla en arte.

Los próximos años serán determinantes para saber si la nueva oligarquía cubana ha logrado convencer de que menos Revolución será la mejor manera de sobrevivir a su autor y máximo líder. Se cumplen cincuenta y ocho años, un año más pero también otro menos en la vida de la Revolución y del pueblo cubano. El inmenso cartel que desplegaron ayer durante el desfile de celebración en La Habana: “Somos Fidel”, es una oración del primer párrafo de la nueva versión del relato de la Revolución que se empieza a escribir.

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