Tú no eres feminista, entonces eres machista

Foto de León De la Hoz

A la dominación, el control y la regulación del derecho de expresión que ejerce el estado como una de las funciones de los poderes en democracia, ahora se suma un nuevo regulador que no está institucionalizado, carece de un contenido determinado y formalmente es anárquico, se trata del censor social. Ambos de diferentes manera y objetivos se han convertido en una preocupación creciente para la libertad de expresión. Hace unos días, alguien me increpó con visible enfado al escuchar mi elogio a un artículo de Javier Marías en el cual este aludía críticamente al desbordamiento de cierto feminismo. “Entonces, tú no eres feminista” Afirmó mi interlocutora con estupor. Le respondí que no lo era, a sabiendas de lo que podía pensar. Me miró como si hubiera levantado una piedra del suelo, debajo de la que yo estaba. Inmediatamente me espetó en tono incriminatorio: “¡Eres un machista!”. Dos conclusiones que definen el talante del censor social que ha surgido recientemente de las nuevas correlaciones sociales surgidas durante la reciente crisis, donde aparentemente hay unos que luchan por la justicia social imponiendo un discurso y unos modales que según nos hacen creer les da la paternidad de la justicia social. La cosa funciona así: Si no eres lo que debieras o yo quisiera que fueses, seguro eres lo contrario, per se mi contrario. Si no coincides con los valores que yo defiendo es que tomas partido por los valores antagónicos. Y si no adoptas mi discurso, sus objetivos y la forma de alcanzarlos no eres de los míos, por consecuencia eres enemigo. Los juicios del censor no admiten matices. Por ejemplo, eres de derecha o de izquierda, y después de serlo tienes que asumir ese ser sin fisuras y la adhesión es incondicional. No puedes estar en la izquierda o la derecha, tienes que ser de una u otra. No se puede titubear, no se puede ser de izquierda y poner en duda ideas o actitudes de cierto feminismo en boga, por ejemplo. Tampoco puedes ser de derecha y decir que te gusta la boina de Che Guevara. Eres o no eres, to be or not to be, esa es la lección.

Ni siquiera se puede decir, yo estoy en la derecha o en la izquierda, lo que sería más razonable teniendo en cuenta las variables que nos pueden hacer cambiar la preferencia política según cambien nuestras ideas o las de la izquierda o la derecha, en un contexto en el que el intercambio de roles ideológicos no solo es natural sino sano para la estabilidad. Esa actitud de pertenencia y membresía a las ideas con la consecuente demanda de disciplina a las mismas —en vez de simpatía, empatía, racionalidad e identificación con ellas— es una de las rutas que conducen del centro ideológico a los extremos, que pululan y se alimentan de la frustración de los ciudadanos en las sociedades democráticas. Creer como ha sido tradicional de la ideología política que las ideas son armaduras con las que nos vestimos para hacer frente a una realidad, que hoy se mueve más que nunca , es una entelequia fortalecida por el monopolio de las ideas que han tenido los partidos. Si las ideas son flexibles y adaptables a esa realidad movediza de trasvases ideológicos porqué le exigimos a los ciudadanos lealtad a las ideas que son patrimonio de los partidos, y otras agrupaciones más abiertas como las asociaciones y los movimientos sociales. La realidad social y política es cada vez más cambiante y está sometida a factores totalmente inéditos que la condicionan como nunca antes. Sin embargo seguimos evaluando la relación de las ideas políticas con los ciudadanos del mismo modo a cómo se relacionaban en el siglo XIX. Nos han hecho creer que siendo fieles a las ideas políticas, o sea, correligionarios, éramos portadores de un santo y seña con una misión similar a los mensajes de “evangelización” o “islamización”, por citar los más contundentes, cuando en realidad lo que hemos hecho es ceder una parte de nuestra libertad individual para convertirnos en rehenes de ideologías y partidos.

El problema de la intolerancia, asociado al conservadurismo reaccionario que históricamente fue patrimonio de la derecha, aunque, en todo caso, no por ello tenga de forma vitalicia los derechos de propiedad que le disputa el dogmatismo de la izquierda, hoy es un fenómeno que desborda a los partidos, a la sociedad en general e incluso a ley. Sería bueno recordar a esta izquierda que parece ver un enemigo en todo aquel que no piensa como ella, que la historia social y política de la izquierda, tanto con poder como sin poder, está jalonada de dogmatismo, a tal punto que no se podría hacer una historia seria del pensamiento social y político sin contar con eso. Aunque parezca paradójico, es la izquierda, dominada por un imaginario libertario que no admite dudas de su finalidad social quien más a atentado contra la libertad de expresión desde la Revolución bolchevique. Sin embargo hoy no se puede decir que la intolerancia tenga un origen ideológico, ni político, ni siquiera que nazca en la inconformidad que sí es un factor que la conforma. Parece ser que son múltiples causas asociadas a la desinhibición social que facilitan los medios digitales de intercomunicación mediante las diferentes y disímiles plataformas, por el otro lado están los aparatos represivos de los estados que aún no han sabido encajar esta desinhibición social que los contesta como responsables públicos y directos de la frustración y la falta de soluciones a sus problemas individuales que como nunca antes están más colectivizados en las redes sociales y otros medios.

En otros tiempos la censura de la libertad de expresión era asociada al estado, en la actualidad además de la institucional ha surgido la censura social. El primero se caracteriza por la desproporción de los castigos y su dudosa aplicación, la creación de nuevas figuras legales de represión como el caso de la “ley mordaza” española, la falta de actualización de la ley frente a nuevos fenómenos de contestación, la improvisación y la creciente politización de las decisiones judiciales. A pesar de la alarma que supone la reiteración del funcionamiento errático del estado y las instituciones en materia de la libertad de expresión, no es la primera vez que la sociedad democrática se encuentra en una situación de adaptación a situaciones nuevas, que la obligan a reescribirse y corregirse para solucionar una anomalía de su funcionamiento. La capacidad de absorción de los conflictos es una de las características más importantes de la democracia, al contrario de las dictaduras que son reactivas, para hallar mediante el consenso y la tolerancia la respuesta adecuada aunque no sea la definitiva, incluso cuando muchas expresiones de contestación ponen en tela de juicio el estado de derecho y aspiran a un cambio de régimen social y político, y a pesar de la respuesta mediocre de los representantes del pueblo y las instituciones. Las instituciones cuentan con un regulador primario de sus excesos y errores que es el electorado y el equilibrio de poderes indispensable en las democracias, y otro secundario que son los aparatos represivos encargados de escribir, impartir y hacer cumplir la ley.

Sin embargo el censor social es el que más alarma, al censor institucional lo conoces, sabes dónde está porque esta localizado en el poder y los mecanismos de defensa como la autocensura se pueden manejar con mayor destreza o cinismo. Pero esa voz del censor social, casi insignificante, que antes no tenía casi ninguna relevancia y que hoy se ha reproducido con éxito, gracias a las redes sociales y la difusión de las tecnologías de intercomunicación, es como la paloma de una plaza cualquiera que se enfrenta a cien ejemplares de Pseudolynchia canariensis o moscas cojoneras. No se trata de que antes no existiera la censura social, la censura social ha existido siempre y es uno de los mecanismos de autorregulación más poderosos de la democracia. Lo que no era relevante era el censor social que es ese individuo que al amparo de una identidad difusa se convierte en juez de conflictos, conciencia crítica de un problema y a veces verdugo de otros. Es un individuo que abusa de intromisión en asuntos que no conoce o del que se cree especialista porque generalmente cree saber de todo por los hilos de las redes o las tertulias y en su defecto de esos nuevos diletantes o bufones de la era de internet a los que se les ha bautizado “yutuber”. Lo peor del censor social no es que exista, sino que se manifiesta bajo una identidad opaca y al amparo del derecho que le confiere la democracia a la libertad de expresión. Y aún peor todavía, si cabe, no sólo se acoge a ese derecho, sino que se multiplica en las redes sociales generalmente con enorme virulencia y contaminación. Y si esto fuera poco, el censor social virtual puede llegar a no existir cuando es creado mediante la automatización de los bots que los robotizan para crear estados de opinión y tendencias convirtiéndolos en un peligro real contra la estabilidad social, política e incluso económica si se quisiera desestabilizar el mercado introduciendo tendencias que desequilibren el consumo y los valores.

El censor institucional a pesar de su renovada e inquietante actividad está en franca decadencia frente a este censor social al que también se enfrenta. Es un elemento nuevo en una coyuntura inédita de crisis de valores de todo tipo que va a suponer un cambio en la sociedad y un estadio diferente. Ese es el resultado de las crisis y la consecuente asimilación de los conflictos que se producen en democracia. Posiblemente haya llegado para no irse nunca y habrá que aprender a convivir con él en una permanente lucha porque su derecho a la libertad de expresión no coarte el nuestro. La renovada carrera de las mujeres por alcanzar de una vez la igualdad de derechos con los hombres ha creado las condiciones para visualizar con mayor nitidez a este censor radiografiado en la izquierda, que no tiene una fisonomía específica, su medio de subsistencia son las redes y su razón de ser el exhibicionismo. Generalmente el nuevo censor no solo discrepa, sino que acompaña su discrepancia con la negación del otro y actúa como si el discrepante no existiera o dependiendo de quién se trate convierte la simple discrepancia de opiniones en un asunto del que parece que depende su supervivencia. Esa manera de defender la opinión ha encontrado en lugar perfecto en las redes sociales. Va a ser un largo y tortuoso camino para la libertad de expresión y lo mejor que podemos hacer para defenderla es no callar y defender con razón y razonamientos el derecho a expresarnos aunque sea equivocándonos. Por ejemplo, en un contexto con los sentimientos a flor de piel puede que sea difícil y costoso decir que se puede no ser machista de acción y pensamiento sin ser feminista, pero no estaría mal empezar a quitarle la escopeta al francotirador que en todas partes ve un enemigo que se mueve.

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Cadáveres de la libertad de expresión entrecomillada

Desde no hace mucho la libertad de expresión se está viendo entrecomillada, la entrecomillan otros, y nosotros, prisioneros de algo parecido al síndrome de Estocolmo, no le quitamos las comillas porque hemos llegado a comprender los motivos de quien las pone e incluso llegamos a justificarlas, no importa que dichos motivos sean dudosos e inextricables. Eso es lo peor y lo menos ético que podemos hacer, dar nuestro consentimiento al censor. Otras veces, sencillamente nuestra apatía o complacencia acrítica y acomodaticia nos enajena y permitimos sin rechistar que se entrecomille o entrebarrote ese derecho fundamental que es la libertad de expresión como sujeto y objeto vital de la libertad y la democracia. Esta es una anomalía de la democracia, como también lo es que ya la censura no sólo se ejerza desde los aparatos represivos, sino además desde los nuevos medios de intercomunicación que conforman las redes sociales y los movimientos sociales. Sin darnos cuenta con un like que damos o evitamos podríamos empezar a ser cómplices de una voluntad y unas razones que justifican el crimen contra la libertad. Lo hemos visto a lo largo de la historia de las sociedades, da igual que estas hubieran sido democráticas o no, siempre hay gente que encuentra motivos para justificar la limitación o prohibición de la libertad, ya sea por conveniencia tácita o táctica del poder o porque desde el poder se hace una interpretación interesada o errónea. No me atrevería a decir que peligra la libertad de expresión, la historia de la democracia está plegada por esos retrocesos puntuales que siempre son remontados en el avance social. Son pliegues que obstaculizan el desarrollo normal de las relaciones de valores y son constitutivos de la inusitada capacidad de absorción de las democracias. En uno de esos pliegues de la historia están apostados los oportunistas, los manipuladores, los ignorantes y los obedientes.

Hoy esas comillas a la libertad de expresión son parte de una ola reaccionaria que convive cómodamente con su contrario, la ola revolucionaria que recorre el mundo, el “todo vale” postmoderno podría servir entonces para amparar tanto una cosa como su contraria, pero no sucede así. El “todo vale” con visos de anarquía que sorprendió a muchos que creyeron que la tabla de valores jerarquizados por la tradición, la autoridad cultural, los requisitos intrínsecos y otras nimiedades, estaba siendo destruido, ha venido a sucumbir bajo esta ola que quiere imponer juicios, actitudes y valores por la simple razón de que lo consideran justo, bueno y necesario. Es la nueva evangelización que va de la mano de partidos y movimientos sociales y participan tanto la derecha como la izquierda ideológicas con sus extremos. Estamos padeciendo una imposición disfrazada de obligación moral, no un diálogo, aunque formalmente esta imposición tenga una estructura similar al diálogo en las redes. Parece que nos dicen desde esas plataformas que el fin justifica los medios. Aunque no crea que peligre la libertad de expresión, sí me parece un peligro que dejemos que sean otros, sobre todo quienes practican el intrusismo, los que interpreten y dictaminen lo que es bueno y malo y cuál derecho ciudadano prevalece sobre los demás. Por ejemplo, si no somos médicos no nos atrevemos a decir cómo y cuándo hay que intervenir una apendicitis, sin embargo hay multitud de neófitos e improvisados en lingüística y política que nos quieren obligar a llamarle “hieno” al macho de la hiena, no importa que sea un epiceno y que tampoco entiendan porqué “polla” es también el femenino de “pollo” sin ser denigrante y, además porqué “polla” siendo femenino es una denominación del “pene” que, por cierto, no es el masculino de “pena”. La historia una y otra vez ratifica que los pueblos no son más que poblaciones de borregos altamente cualificadas socialmente, que sin embargo se dejan conducir por hienas, no digo por lo otro para no ofender. Más que un peligro a la libertad de expresión, lo que veo es el peligro de que la política esté en manos de políticos que han dejado de conducir, para ponerse delante de movimientos sociales emergentes o efímeros y usar las pancartas en vez de las ideas.

En estos tiempos en que los medios de comunicación van a la zaga de la
difusión libérrima y desestructurada de las redes conformando la parafernalia de intercomunicación, que ha llegado a la automatización comunicativa mediante los bots, la libertad de expresión se ha convertido en la más frágil de las instituciones democráticas. La libertad de expresión y difusión de algunos se impone contra la libertad de otros. Es un proceso inédito en el que apenas interviene la autoridad del conocimiento ni de ningún tipo, sino la de la cantidad sobre la calidad, no son las ideas las que importan, sino la cantidad de veces que se repite una información y más peso tendrá cuanto menos racionalidad implique. Así lo vemos, por ejemplo, en los discursos de obligación del lenguaje inclusivo de feministas y “feministos”, en la salvación de la mujer que pretende el movimiento #me too importado a España desde un país social y culturalmente distinto, secundadas pero también duramente contestadas por otras que no son sospechosas de esclavitud machista, en las prohibiciones a desnudos artísticos consagrados por su calidad donde de pronto se han descubierto oscuras connotaciones machistas e impúdicas, en la censura que impone Facebook y la manipulación de la opinión en las redes, en la condena a un joven porque sube a Instagram una imagen de quien se conoce por Cristo pero con el rostro suyo, en la cruzada de feminización de algún partido que llama “ellas” a los varones no precisamente gays, en las penalizaciones por opiniones en las redes sociales y la reciente condena a un libro y un rapero. Muchas de estas expresiones de nueva censura que a veces no prohíbe porque no puede pero sí impone e inhibe,
son la versión española de esta ola represiva que se instaló bajo la sombra de la “ley mordaza”, esgrimida por el partido de Gobierno cuando creyó que la contestación social del 15-M terminaría en el asalto de la Moncloa. El
atentado contra la libertad de expresión tiene doble vía, la que corre desde el poder resentido por tanta libertad de la que hace uso la sociedad, y la libertad que se han tomado los nuevos medios de intercomunicación social para imponer y amedrentar por usos y costumbres desde el lenguaje hasta las relaciones personales, incluso del ámbito privado. Estamos viendo y viviendo una socialización de la imposición que no tiene parangón ni en las dictaduras. Tal vez sea la nueva dictadura la de la mayoría, que ha pasado del desarrollo geométrico y horizontal del mercado al consumismo y la banalización de las noticias en el nuevo mercado digital.

Vivimos en una ola reaccionaria que abarca múltiples aspectos de la vida económica, social y política, tanto dentro como fuera del país. Y no es reaccionaria por conservadora ya que no siempre lo conservador es reaccionario. La misma está conformada por elementos dispares, contradictorios e incluso tradicionalmente antagónicos. No es ideológica, ni ética, es social, y participan tanto la izquierda como la derecha que ya no se enfrentan conceptualmente como en otros tiempos de posguerra. En esta posrealidad que vivimos en el poscomunismo el enfrentamiento entre ambas es formal. Esta ola no se mueve conceptualmente sino a golpe de etiquetas, hashtag emocionales, sociales, con los cuales nos identificamos y justificamos adhesión o rechazo. La izquierda y la derecha han creado un statu quo de conservadurismo económico que se ha trasladado a lo político y social con el fin de defenderse de las tendencias radicales de izquierda y derecha que comenzaron a florecer con la última crisis económica. La izquierda, extraviada en el marasmo de las reivindicaciones sociales y el adoctrinamiento cívico (veáse la publicidad de Podemos en el gobierno de Madrid), ha perdido el norte del verdadero problema. Zapatero, ese presidente que no paraba de reír como un idiota aún cuando estuviera haciendo sin permiso una enmienda a la Constitución, y sus ideólogos todavía en boga descubrieron
que la izquierda era social, mientras olvidaban que para que sea social primero tiene que ser económica. Entonces hicieron todo tipo de disparates como el llamado Ministerio de Igualdad que se dedicaba a confeccionar consignas y que parece haber sido el prototipo del activismo político de la izquierda hasta la fecha. No se ha dicho, pero Zapatero podría considerarse el ideólogo de esta reformulación del socialismo español y de toda la izquierda actual, a la que Sánchez e Iglesias intentan liderar en España compitiendo en hashtags.

Ese legado no es difícil de apreciar en la que se supone la izquierda de la izquierda, Podemos: el tiempo y los recursos que dedican a hacer política sobre el lenguaje, la obligación de sonreír, la doctrina de la feminización, la ideologización del género, el reciclaje de la basura, la educación formal y cívica los hacen parecer más una asociación vecinal que un partido que represente al segmento más dañado de
la población por las políticas económicas y represivas del Gobierno de
derechas. Esta ola conservadora de la que participa la izquierda que da pábulo al feminismo radical, promueve la ideología de género mientras apoya a los gobiernos represores de la libertad de expresión como Cuba y Venezuela o juega con el sentimentalismo independentista catalán, lo abarca todo y está presente en universidades, museos, medios de prensa, editoriales y la industria del cine, por poner solo algunos ejemplos. Lo más significativo y visible es el acento que se pone en las relaciones entre los hombres y las mujeres, bajo sospecha desde que las reivindicaciones justas de igualdad empezaron a quedar supeditadas a la hiperbolización de aquellos aspectos negativos de la forma en que se relacionan ambos sexos, a tal punto que el mensaje de justicia se vuelve impreciso, como si en caso de que no hubiera perversión en las formas de relacionarse también dejaría de haber explotación y discriminación hacia la mujer. Incluso las relaciones de los niños en las escuelas, que empiezan a verse amenazados de no poder relacionarse entre ellos libremente, ya que donde ellos no sienten ni ven actitudes trasgresoras o riesgo los adultos y sobre todo los profesionales de la educación están haciendo una lectura preventiva de la forma en que se comunican. Así funciona la ola, se elige un tema de gran sensibilidad social pendiente de resolver, se elabora un hashtag, se pone encima de la ola y se mueve desde las redes conformando un movimiento social.

No creo que peligre la libertad de expresión, la libertad en democracia sobrevivirá a pesar de la crisis que vivimos, pero hay que defenderla, no dejarla sola para que no se enferme. Hay muchos que ya empiezan a sentirse enfermos de esa ola conservadora que peligrosamente sí podría convertir en víctimas a gran parte de la sociedad que ha avanzado en sus libertades, la resaca de un fenómeno como este puede ser devastadora para el movimiento de tolerancia sexual que incluye a los homosexuales y adláteres. También a ciertas tendencias de la literatura y el arte como el “realismo sucio”, el erotismo, la nueva canción, y sobre todo lo alternativo que está por venir y no sabemos aún qué acento tendrá, por citar ejemplos de disrupción asimilada. De hecho ya algunos se empiezan a sentir víctimas desde que tienen que autocensurar su libertad de expresión donde antes no habían pecado. Ya podemos decir que hay un montón de cadáveres a este tusami: gran parte del cine español y mundial, de la literatura y el arte desde
la antigüedad. Es un deber dialéctico decir no a tanta estupidez con vistas a alcanzar justicia y equilibrio, la justicia sin equilibrio no es un camino en
la democracia. La mejor de las justicias sociales no se logra con la condena de lo otro y diferente, sino con la mejoría de lo desfavorecido para alcanzar ese equilibrio inherente a la tolerancia. Ni siquiera es la discriminación positiva lo que solucionará el problema de la discriminación, lo que sí podemos asegurar es que al final, cuando pase esta ola, puede que entre los cadáveres se hallen algunas de las cosas que se quisieron salvar. Esta ola, en la que sale perjudicada la libertad de expresión y donde la libertad de expresión es una de las consecuencias más inmediatas, no acabará cuando Lolita vuelva a pasearse delante de los ojos de Nabokov, pero sí podría decirse que otra víctima, aunque sea de la ficción, ha sido restituida en su valor. Ojalá pueda decirse lo mismo de otras víctimas, cadáveres ya, que flotan a la deriva, hinchados, apestando, como señales de peligro.

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Hart personal

De derecha a izquierda, Armando Hart, Carlos Martí, León de la Hoz y Abel Prieto. En la sala Villena de la UNEAC, durante una de las reuniones que discretamente se realizaron con los jóvenes a solicitud de Hart, para conocer de primera mano el motivo por el cual se habían convertido en blanco de la invectiva de algunos sectores del poder político.

Ha muerto Armando Hart Dávalos, los obituarios se han encargado de resaltar todo aquello que justifica sin ambages su prominente lugar en la jerarquía política cubana, pero lo que no pueden decir es aquello que a mí me justifica para escribir por primera vez un elogio sobre un líder de la Revolución. No solo es un acto de justicia personal con un hombre que lo merece según mi punto de vista, también es un acto de fe en que pueda haber otros como él en la Isla, sin que podamos verlos detrás de los papeles que les toca representar, incluso cuando ya la obra por la cual debutaron, y en muchos casos amaron, ha dejado de existir, aunque el escenario conserve de antaño la decoración y los discursos empolvados. A mi modo de ver, las cualidades de Hart que motivan mi homenaje, y con el mismo una reflexión como le hubiera gustado que fuera, no son precisamente las que forman parte del patrimonio de los gobernantes cubanos, tampoco de muchos de sus enemigos políticos del exilio. Lo que yo más apreciaba de Hart era precisamente una virtud que reúne esas cualidades y que los extremos políticos conocen, pero practican poco: la tolerancia.

No éramos amigos ni mucho menos, pero la intensa relación que sostuvimos mientras yo dirigía La Gaceta de Cuba y luego cuando me pidió ponerme al frente del Consejo Técnico Asesor del Ministerio de Cultura, creó una estrecha complicidad dentro y fuera de los despachos en momentos de enorme tensión entre la política y la cultura, entre las instituciones y los artistas y escritores. Esa cercanía me hizo testigo privilegiado en los corredores donde se diseñan los escenarios de la política, en una de las etapas más complejas e interesantes de la política cubana, seguramente donde se pudo haber movido alguna pieza para el cambio si no se hubiera temido a la renovación. Eran los años 80 y una generación de creadores irrumpía con desparpajo en la vida social, más allá de los tradicionales consumidores del arte y la literatura, con un punto de vista nada complaciente que disparó las alarmas del poder político. Fue el propio Hart, siempre le llamé así en lugar de ministro, quien quiso verificar directamente con los jóvenes las acusaciones que se les hacían desde medios de comunicación e instituciones no culturales, por alejarse, según decían los voceros de los sectores más dogmáticos y politizados, de los preceptos revolucionarios y socialistas de la Revolución.

Sin desconocer las consecuencias, incluso para él, Hart convirtió esa virtud, la tolerancia, que debería ser inherente a cualquier político, en un arte para dialogar e intentar vertebrar los propósitos de las generaciones más jóvenes con el proyecto de los más viejos. En las reuniones que se realizaron a petición suya con diferentes representantes de los jóvenes y no tan jóvenes creadores e intelectuales, estos tuvieron el privilegio de poder expresar abiertamente al ministro lo que pensaban, sin cortapisas ni condicionantes que no fuera la propia autocensura, fue entonces cuando se abrió la primera trinchera de un frente nuevo, desde la cultura, en una problemática social y política que se insinuaba en la creación y el pensamiento de esos años, pero que formaba parte de un problema general de inadaptación del “hombre nuevo”, demandado por el discurso del poder, que no encontraba encaje entre los viejos uniformes en una realidad social que tuvo su primer capítulo en el Mariel (1980) y continuó en el conato de revuelta llamado Maleconazo (1994). El Mariel no fue sólo un éxodo masivo de inadaptados y desafectos, sino que significó la más grave señal de alarma de una enfermedad que durante mucho tiempo el Gobierno mantuvo bajo control con aspirinas, cuando el enfermo lo que necesitaba era un cambio de tratamiento y una intervención de choque con antibióticos, que el equipo médico de cabecera no haría nunca mientras pudiera imponer su diagnóstico.

En ese contexto de inflexión social y cuando se debieron adoptar medidas políticas de normalización y articulación de la misma, Hart asumió la representación de los jóvenes y convirtió al Ministerio de Cultura en el refugio de aquellas voces que corrían el peligro de convertirse en víctimas de un sector de la burocracia política a causa de su inadaptación y crítica social. Se enfrentó directa e indirectamente a altos cargos de primera línea del Partido, organizaciones sociales, periodistas y escritores, que hablaban en nombre del poder desde los medios de comunicación y las instituciones, contra una manera menos ortodoxa de ver la creación artístico-literaria de un movimiento alternativo de las artes plásticas, la literatura y el teatro, fundamentalmente. En aquellas reuniones “privadas e informales” Hart pudo darse cuenta de que había dos concepciones enfrentadas no sólo en cuanto a la creación, sino también en la concepción del mundo. Era una lucha ideológica con alcances más profundos que los que reflejaban las anécdotas de represión, censura y acusaciones contra los jóvenes creadores. En aquellos años, previos a la implosión de la Unión Soviética, en Cuba comenzaba a generarse un cambio generacional que implicaba un cambio en la sociedad y de la forma de relacionarse. El bloqueo, la complacencia política del autobloqueo que alimentaba el victimismo, la falta de subvenciones del desparecido bloque socialista y la falta de medidas de ventilación comenzaban a convertir al país en una olla a la que de cuando en cuando se le mueve la válvula para que no reviente. Ese, en definitiva, es el patrón de conducta de la política de los gobernantes cubanos. Pensábamos entonces que no era una olla, sino una bomba de tiempo que se debía manejar de otra manera.

Los escritores y artistas fueron la punta visible de un problema más profundo que terminaría por pasarle factura al país con el incremento de la desafección que ya no era solo ideológica y política, sino también sentimental. Esa especie de “no exilio” del que hoy disfruta una parte de los llamados emigrantes económicos que viven en un limbo donde no sienten ni padecen a la Revolución. El cambio posible fue aplastado por el discurso en una sola dirección del miedo, el enfrentamiento y la supervivencia que a Fidel Castro siempre le dio buen resultado y que acabó con la posibilidad de una reposición generacional, social y político coherente, sin traumas. A la postre, políticos jóvenes de enorme valía fueron desmontados de la primera línea con acusaciones ridículas, sobre todo si miramos críticamente la descomposición de las familias que componen la nueva oligarquía. Aquel periodo en que se fraguaba un debate social, ya que no era cultural solamente, de enorme transcendencia para la vida del país, concluyó con la cancelación del diálogo intergeneracional a la vista de los sucesos del bloque socialista que acabaron con su autodestrucción. Sin embargo, aquellos gérmenes contra los que se rebeló la conciencia de buena parte de los jóvenes de entonces, dieron lugar a estas enfermedades que sobreviven a pesar de los paliativos: la doble moral, el discurso viciado de los enemigos como culpables de todo, el desgaste generacional, la corrupción, el monoteísmo ideológico, la degradación de la vida, la vuelta de males propios de la etapa prerrevolucionaria, por ejemplo, y ha creado otros que ponen en tela de juicio los ideales por los que mucha gente dio la vida.

Mientras pudo, Hart se enfrentó a aquella tendencia reaccionaria que intentaba ahogar los deseos de los jóvenes de cambiar las cosas, lo hizo con energía y valor, pero también con la inteligencia y la astucia que había acumulado en su larga vida política. José Martí decía que la política es lo que no se ve, lo mismo que pensaba mi querido amigo Gastón Baquero de la poesía, ambas definiciones son las que mejor ilustran a mi modo de ver el trabajo que hizo Hart desde su cargo de ministro. Es habitual creer que una persona en el desempeño de un puesto como aquel pudiera arreglar todas las cosas que eran de su competencia, pero eso no sucede en ningún país del mundo y menos podía pasar en Cuba, esa creencia forma parte de la idea falsa del poder y de nuestros representantes en el mismo. Como joven que fui y padecí junto a mis compañeros de generación en aquellos años y por la información privilegiada que tuve, después de su desaparición física puedo decir que el norte de su vida entonces fue facilitar la libertad de expresión, crear las condiciones para el desarrollo del pensamiento, la integración generacional en las instituciones, fiel a la idea de que la disensión no era contrarrevolución y que José Martí era y debió haber sido siempre el referente moral, cívico, patriótico y democrático. Cuando me pidió que dirigiera y restructurara el Consejo Técnico Asesor lo hizo con la intención de poner la primera piedra de una revolución en ese sentido, que tendría un enorme impacto en la política cultural conocida y marcada por las Palabras a los intelectuales de Fidel.

Hoy viene al caso poner un poco de color a la figura de Hart que justamente ha sido resaltada por los medios oficiales y oficialistas cubanos de la Isla, pero el color es el de siempre, sin tener en cuenta los matices que a mi entender son los que marcan la diferencia entre unos hombres y otros. Siempre lo recordaré como un político a quien vi poner sus energías, infatigables, en querer cambiar las cosas a favor de las nuevas generaciones, Cambiar las reglas del juego, como un amigo me recuerda que llamó a uno de sus libros. Nunca me dio la espalda cuando nos encontramos casualmente después de haberme ido del país como sí lo hicieron algunos colegas escritores, y fue en un momento determinado quien me alertó con honestidad sin precedente que ya no podríamos seguir haciendo las cosas que pensábamos y me dio permiso para renunciar. A propósito de la tolerancia, recuerdo que en una de las dos ocasiones en que le ofrecí mi renuncia fue porque algunos burócratas partidistas, yo no pertenecía al Partido, argüían la sospecha de que yo perteneciera a la CIA –eso puede suceder en Cuba de la misma manera de que afuera te acusen de ser de la Seguridad, pero dentro es de suma gravedad–, y no obstante me pidió que me quedara porque prefería la actitud crítica a la complaciente de aquellos. Pocos jefes son capaces de pensar de esa manera. Ahora que ya no está hay muchas cosas que me gustaría contar y que reivindican su figura frente al esquematismo de los de dentro, los de afuera y los que ignoran, pero por el momento solo quiero dejar constancia de mi respeto por un hombre que no fue mi amigo, sin embargo siempre se portó como si lo fuera, a pesar de nuestras diferencias. Que por fin descanse en paz.

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La independencia catalana, un suflé envenenado

Hace unos años un amigo me llamó para colaborar como analista en la campaña de un candidato a la presidencia, pero cuando le emití algunas críticas a la gestión que estaban haciendo me despidió diciéndome que yo no podía entender la política española por haber nacido en otro país. Al final terminaron perdiendo a pesar de que el candidato era formidable, no porque no tuvieran en cuenta mis opiniones, por supuesto, si bien la idea de que ser nativos españoles otorga una visión más realista de los problemas domésticos es un error. Puede que por el mismo motivo las opiniones de uno como yo sobre el actual conflicto catalán no tengan ningún valor, aunque mutatis mutandis de igual manera la mejor historia escrita de España quedaría huérfana porque algunos de sus mejores escritores han sido extranjeros, aquí incluyo al cubano Pablo de la Torriente Brau, muerto en Majadahonda en 1936 durante la defensa de Madrid y del que nunca han aparecido sus restos. De cualquier modo, como sujeto político me siento aludido y con derecho a opinar sobre un asunto que es político, nos concierne a todos y en último caso todos deberíamos decidir.

La dificultad para hablar del conflicto catalán radica en la complejidad que aporta al problema la manipulación de los sentimientos que conforman el catalanismo, mediante la politización de los mismos por políticos nacionalistas de izquierda y derecha. Y no menos importante las fundamentaciones históricas que hacen de las razones independentistas un batiburrillo de datos contradictorios y tan deterministas como lo es la descendencia a la realeza. De hecho a veces no sabemos acorde a las causas que exponen si son independentistas o secesionistas, que comportan dos problemas distintos. No es que los catalanes sean más patriotas de la patria catalana que los gallegos de su Galicia o los vascos de su Euskadi, tampoco creo que se trate de un viejo problema sin resolver entre el resto de España y los catalanes, más bien puede que sea un viejo problema por resolver primero de los catalanes con ellos mismos, luego de España con el resto de sus nacionalidades, incluyendo la catalana. Este problema que podría estar más cerca de la psicología social y el psicoanálisis que de la desigualdad y la discriminación, junto a las frustraciones que no han contado con las respuestas que esperan los catalanes del Gobierno central acorde con sus expectativas, constituyen el núcleo real del conflicto que dirigentes catalanes quieren resolver con la independencia, arrastrando tras de sí a un notable por ciento de la población catalana, mucha de la cual ignoramos si son catalanes por doctrina, igual que no podemos saber si detrás del exceso independentista se ocultan otras motivaciones.

No hay una sola causa de cualquier tipo que no sea la ideológica que justifique la independencia. Mal estaríamos si pensáramos que la independencia es un deseo, no una necesidad. ¿Realmente el independentismo se sustenta en una necesidad del pueblo catalán como la hubo en el pasado que no sea la generada por una ideología del patriotismo extemporáneo y démodé? ¿Y en caso de que hubiera necesidad, la misma tiene en cuenta al resto de los pueblos y los ciudadanos españoles que, no importa el porcentaje, pueden sentirse catalanes como andaluces o gallegos en la medida en que son parte de un todo? Esa necesidad no es real y ese todo sí existe de partes articuladas y legalizadas por la Constitución, si bien esa articulación no es perfecta y seguramente sí tiene la necesidad de otra escritura. El independentismo en las actuales condiciones, no sólo es ridículo, sino que es injusto, egoísta y narcisista, en el que destaca de modo significativo la idea de la diferencia y por tanto de la exclusión. No se trata tanto de los errores o las dificultades de la integración del mapa territorial español, que no es perfecto y debe adaptarse a los cambios que se han producido en el desarrollo de las regiones y la ciudadanía, sino de la idea que algunos puedan tener de sí mismos. El catalanismo no es un problema para la estabilidad política de España, sino el uso político de ese sentimiento legítimo y enriquecedor de la diversidad española. El problema no es antropológico, ni cultural, ni económico, aunque sus causas sean antiguas y estén en la base del patriotismo catalán, sino de índole política, y sus razones ideológicas.

Quienes hemos podido ver a España desde fuera antes de verla por dentro, nos resulta difícil de entender el nacionalismo catalán y aún menos el independentismo. Desde fuera España se ve por lo que más destaca, Gaudí es una de esas cosas junto a un conjunto de valores y géneros de toda su geografía. Gaudí y la Sagrada Familia son tan españoles como Cervantes, Picasso, el cante o el flamenco. Si los catalanes se vieran como se les ve desde fuera, dentro de un todo, tal vez serían menos independentistas, aunque esta visión es diferente de la que se tiene desde fuera de Cataluña sin salir de España. Esta visión española arroja un conjunto de tópicos que dan una imagen de trazos gruesos, no exenta de errores, en la que los catalanes no llevan la mejor parte, porque está más cerca de lo que dijo Quevedo que de lo que dicen los líderes independentistas. Lo peor de la situación actual no es la independencia que es una utopía, es que se está creando un conflicto falso entre unos españoles con otros, catalanes y no catalanes, y de eso no hablan las estadísticas ni la prensa porque como suele suceder se oculta el sentimiento fratricida que deriva de la oposición de los nacionalismos. Se delinea un perfil anticatalán que también han ayudado a generar los propios nacionalistas. En Cuba, sin embargo, donde hubo una importante comunidad catalana de prestamistas, algunos de los cuales desarrollaron la banca en los años veinte del siglo pasado y donde se inició uno de los tramos históricos del independentismo de la mano de Francesc Masià, la gente solía tener una idea peculiar del hombre de negocios catalán, y les llamaba popularmente “judíos”, sin embargo no hay anticatalanismo porque muchos de estos fueran usureros, se enriquecieran a su costa y luego construyeran parte de modernismo barcelonés con ese dinero. Eso me hace suponer que no sólo el nacionalismo mal enfocado por los independentistas en negativo para la convivencia, sino que no tienen otro modo de argüir un discurso ideológico.

El producto que han logrado los independentistas manipulando sentimientos reales de pertenencia a una cultura y a una región es una mezcla explosiva cuando se crea un enemigo, que en este caso es el Gobierno central, al que se le acusa de los problemas de todo tipo que solo se pueden resolver con la ruptura de los vínculos que le unen al mismo. La ideología independentista no es posterior a los problemas actuales como búsqueda de alternativas a las soluciones, o sea, no es una consecuencia, sino una causa que apela a extraer del pasado motivos reales asociados con la identidad. Pocas ideas que no sean las historicistas se suman a la manipulación de los sentimientos que una base popular sostiene y sobre la que se interpreta que una consulta popular es la vía democrática para resolver el problema. Si la democracia fuera únicamente un fin en sí misma y nada menos que un asunto técnico y formal, entonces no sería la democracia el sistema adonde hemos llegado para mejorarlo, sino una especie de anarquía “rousseauniana”. La democracia no puede ser ni es la justificación de todas las cosas, igual que no todo puede estar permitido más allá del interés de todos y de las normas, que pueden ser cambiadas. En todo caso si hubiera consulta popular debería hacerse desde la idea de que Cataluña y el resto de los españoles somos parte de un todo. El referéndum no es el Ave María de la democracia y la interpretación de quiénes somos es una discusión histórica pendiente que debería empezar a hacerse. Seguramente un replanteamiento de la memoria histórica que aborde críticamente lo que somos, en vez de la justicia histórica que es lo que se hace y debería llamarse, nos permitiría reconocernos como lo que somos realmente.

Según el independentismo actual y su fórmula manipuladora del pasado que mezcla derechos, valores y sentimientos, podría parecer que España y Cataluña se hallan todavía en la Edad Moderna o en el difícil siglo XIX español cuando surgen los nacionalismos, incluso todavía más acá en el XX donde fraguan y consolidan los nacionalismos y los independentistas. A este movimiento le gusta ignorar que después de ese largo tiempo oscuro de España, en 1978 “la indisoluble unidad de la nación española” y el derecho a la autonomía de las “nacionalidades y regiones que la integran” plasmada en la Constitución alcanzó el respaldo del  90,5 por ciento de los votantes catalanes. No obstante la Constitución no es un texto sagrado que no se pueda tocar para adaptarlo a la realidad y si fuera necesario se debería hacer para mejorar la funcionalidad del tejido nacional español, ya sea como conjunto de autonomías y regiones o como federación o cualquier ecuación posible sin poner en riesgo al conjunto de España. Cuidado con la acriticismo histórico del que padecemos y que a veces nos impide ver con perspectiva el presente y el futuro.

No es ocioso decir, aunque sea de paso, que el independentismo y la voz del pueblo que se imposta desde las tribunas no siempre son una solución para los problemas, véase el caso de Cuba a lo largo de su historia colonial, republicana y revolucionaria después de 1959. También sirve de ejemplo el reciente referéndum no vinculante en Puerto Rico que optó por la anexión a los Estados Unidos, después de haber contado ese país con uno de los movimientos independentistas más añejos del hemisferio primero contra España y luego contra Estados Unidos. Incluso la credibilidad de la voz del pueblo en la que ponen el acento los populismos no es más que un argumento político más, no hay ninguna evidencia de que eso que llaman “el pueblo” tenga razón o sea garantía de la verdad o el triunfo de una opción política. Esa voz no sólo es heterogénea, sino también voluble e incluso puede sintonizarse acorde a intereses que no son los suyos. Por defecto, cuando para justificar un discurso político me dicen que las bases, el pueblo, piensan, quieren, dicen; saco mi estilográfica y escribo un párrafo contra los populismos.

El independentismo catalán es un suflé envenenado tanto para Cataluña como para España. El descontento catalán no se resuelve en las urnas del modo que lo plantean los independentistas, a no ser que el Estado incurra en una irresponsabilidad política creando un antecedente legal negativo y peligroso de cara al futuro de la integridad territorial. Si hay consulta que sea de todos los españoles, si no siempre se puede parchear la Constitución que es la letra por la cual nos regimos, aunque la música a veces la pongan otros. Como diría José Ortega y Gasset en las Cortes republicanas en mayo de 1932, posiblemente “el problema catalán es un problema que no se puede resolver, que solo se puede conllevar”. Y, además nos advirtió que un Estado decadente es aquel que fomenta los nacionalismos, me gustaría apostillar que de igual modo los políticos decadentes son aquellos que manipulan y promueven el nacionalismo estéril de unos contra otros, ya sea desde del poder o no, de un lado u otro del espectro ideológico. El derecho nacionalista por encima del derecho ciudadano será siempre un peligro no importa si de izquierda o derecha, la historia está plagada de injusticias y crímenes en su nombre.

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LA RESURRECCIÓN DE PEDRO SÁNCHEZ

Foto de León de la Hoz

Hace unos días se produjo uno de los hechos más insólitos que pueden ocurrir en política, se trata de la resurrección. Crucificar a alguien como lo hicieron con Pedro Sánchez es fácil y no deja de ser habitual en política, sobre todo en la española, pero que se produzca la resurrección es un milagro. El exsecretario general del PSOE y excandidato a la presidencia había tenido que renunciar a su escaño de diputado y portavoz del socialismo en el Parlamento por un golpe de estado en el partido, acusado de haber perdido las elecciones con el peor resultado de la historia, de haber dividido al partido, de acercarse temerariamente al populista Pablo Iglesias y de atentar contra la estabilidad de la nación, más otras fruslerías y polémicas argumentaciones sustentadas en las medias verdades y la manipulación, a la que contribuyeron viejos líderes como el expresidente y renovador del PSOE en su momento Felipe González y medios de comunicación como el diario El País. Además de haber sido negado en más de tres ocasiones por miembros de su Ejecutiva y dirigentes territoriales y traicionado por su sombra.

Nunca antes un político había sido tan acosado por propios y extraños para su derribo, todos lo querían muerto, y lo lograron, con lo que no contaron fue conque el muerto fuera a resucitar como en las grandes narraciones mitológicas gracias a la creencia de que era el salvador. Ese será de ahora en lo adelante y en primer lugar el gran capital de Sánchez, gran parte de sus correligionarios creen que es la persona que ha logrado interpretar el sentir del pueblo y las señales de los tiempos. Y en segundo lugar, como consecuencia de lo dicho, ha renacido sin la tutela de las vacas sagradas del partido y contra la burocracia del aparato partidista que desde hacía tiempo estaba siendo fuertemente criticado por la corrientes renovadoras, que no tuvieron otra respuesta que las declamaciones paternalistas de la nomenclatura. Haber vuelto de entre los muertos de esta manera lo convierte en un jefe de partido con un enorme poder y una gran capacidad de resolución, incluso mayor que la que tuvo Felipe González para dar un golpe de timón al partido al centro que le permitió la integración plena dentro de la socialdemocracia europea.

El problema de Sánchez es cómo administrar ese capital frente al otro partido que le ha robado por la izquierda gran parte del electorado decepcionado. El secreto está en la masa. Sánchez no puede alejarse de su electorado, que pide cambios de actitud en el PSOE acorde a los tiempos de corren, pero tampoco puede acercarse al partido que mejor ha sabido interpretar la crisis que viven los partidos tradicionales. Lo peor que podría ocurrírsele a Sánchez sería una alianza con el Podemos de Pablo Iglesias, que es una agrupación que va perdiendo fuelle en la medida en que el movimiento social que lo sostiene empieza a ver que al joven partido le falta aliento para las distancias largas y se comporta como un botiquín de socorrista. Sin embargo los problemas que dieron lugar a la disensión de buena parte de los afines del PSOE no se han acabado, de modo que una política inteligente y sensibilizada con dichos problemas podría ser la base de un cambio verdadero que devuelva la ilusión. Precisamente ese discurso de articulación con las bases ha sido el revulsivo que dio a Sánchez la resurrección. La clave para ganar no está en la corrupción alarmante e inmoral del partido de Gobierno, como podría ser en una sociedad sana que no es la nuestra, sino en quitarle los papeles a Podemos y volver a escribir el guión de la oposición.

Posiblemente la mejor manera de volver a dominar la izquierda desde el centro sea volver a los orígenes, no para hacer una oposición “útil” que los ideólogos de la utilidad llenaron de utilitarismo para contentar a todos, sino para hacer una oposición ilusionante, ya que la política no es cosa de utilidades, sino de ideas que describen, explican y argumentan la ilusión por un objetivo. El miedo a la ideología es uno de los fenómenos que mejor revelan la enajenación actual de la política tradicional y su crisis de credibilidad. La política nueva, acorde con los tiempos, debería dejar de ser un instrumento en manos de la tecnocracia política y recuperar los argumentos de los hechos y las razones que dan sentido al poder como una forma de dominación. La ideología podría volver a ser el argumento de la ilusión, el relato que sustentara los hechos nuevos. Los nuevos populismos de izquierda y derecha no han hecho otra cosa que dar sentido a su discurso con una ideología, eso sí, revenida. La ideología no ha muerto, pero sí murieron determinadas ideologías que fueron la argumentación de otra época. Ha sido un error de la izquierda, desaconsejable hoy día, asumir el rol de alter ego de la derecha como hizo el PSOE, motivo por el cual sus votantes desilusionados se han marchado a otras filas. El socialismo debería poder escribir un relato diferente de la política lejos de la ambigüedad de la utilidad y más cercano a la identidad.

En esta dirección es donde el PSOE debería situar su análisis para convertir la resurrección de Pedro Sánchez en la resurrección del partido y con ello ponerse a la cabeza de concepciones y políticas nuevas que devuelvan a Europa los valores del pragmatismo que le valieron la admiración del mundo a lo largo de la postguerra. La vuelta de Pedro Sánchez en hombros de la militancia socialista tiene especial significado porque se produce en un momento crítico no sólo para la izquierda española, sino también para la socialdemocracia y en general para la democracia europea, uno de los bastiones de la democracia que había alcanzado su mayor relevancia a este lado del muro o cortina de hierro, como se solía llamar, frente a las sociedades comunistas al este del continente. La continuada involución de la socialdemocracia con el fracaso de la tercera vía y de sus críticos, además de los excesos del neoliberalismo, ha llevado a la democracia a un callejón sin salida que pone en peligro a las sociedades frente a riegos derivados de la globalización de las tecnologías, las finanzas y las crisis económico-financieras. La última de estas crisis puso de manifiesto la culminación de un peligroso proceso de enajenación de la política, alejada de los ciudadanos y del pensamiento político.

La misión de Sánchez no será fácil y puede que necesite más de un milagro. Sin embargo muchos esperan que si ha logrado la resurrección, darle una segunda vida al PSOE no tenga porqué ser imposible. Está en el semáforo que controla el semaforero sin cabeza y solo habrá una vía que lo lleve a la salvación, tal vez debiera ir con la señal prohibida.

 

 

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