Carta abierta al presidente de Colombia

IMG_9563iix copiaMientras en Europa nos llevamos las manos a la cabeza y tiramos del pañuelo al ver las imágenes de las familias que huyen de sus países en guerra, continúa la crisis migratoria y los países se deshacen en el caos y el terror. Hasta nosotros llega el hedor de los cuerpos untados de sudor y barro cuando la televisión nos muestra los campamentos de refugiados. Es un rato en el que nuestros corazoncitos se estrujan, sin embargo esos miserables siguen sufriendo la misma situación día a día y cada hora a la espera de que las naciones hagan algo más que alimentar nuestra hipocresía. Estados Unidos también vive una triste situación con las deportaciones que separan y destruyen las familias, hijos nacidos en el país donde sus padres no pudieron acceder a una green card son separados, suponiendo una terrible secuela.

Cuba no vive una situación tan diferente a otros países exportadores de hombres y mujeres que huyen, aunque sí más desconocida. La isla es un enorme portaviones lleno de personas ansiosas de volar o llegar a alguna parte, la isla misma se movería hacia algún lugar si pudiera desenclavarse de los arrecifes y la multitud de cayos. Ya todos sabemos que no es el mejor de los mundos posibles, aunque todavía cierta izquierda escorada y encallada en el pasado no se atreva a reconocerlo. Cuba, receptora de grandes flujos migratorios, se ha convertido desde 1959 en una gran productora de emigrantes, obligados por la política en sus inicios y últimamente por la desesperanza, que de cualquier modo es política cuando sus raíces tienen lugar en un régimen arruinado ideológica, política y económicamente.

La historia de ese exilio cubano, que es larga y compleja, a veces sólo se recuerda por el éxito del mismo, sobre todo en Miami gracias al papel que los Estados Unidos han desempeñado como refugio y segunda casa para los cubanos. Se olvida entonces que la inmigración es también una historia de dolor. Hoy mismo esa historia continúa en miles de cubanos que vagan por Centroamérica después de haber huido de la isla con la intención de cambiar sus vidas. La historia se repite y repetirá hasta el fin de la situación que origina el deseo de huir. En Europa se sabe poco de estos parias cubanos, sin embargo esencialmente son iguales a aquellos que huyen del caos terrorista de países como Siria, también a los sudamericanos que se juegan la vida en la frontera mexicana por pasar a Estados Unidos aunque luego puedan deportarlos si sobreviven. Los cubanos no sólo huyen porque ansían un mundo mejor, sino porque huyendo aminoran el dolor, ese en fin es principio del que huye.

A continuación la Carta abierta que ha llegado a mi buzón con la intención de que sea divulgada por todos los medios y que yo suscribo.

Carta abierta al presidente Juan Manuel Santos

Presidente, ayúdelos a pasar.

Señor presidente,

En la población de Turbo, cerca de la frontera de Panamá, hay unos 1270 cubanos que intentan desplazarse hacia Estados Unidos. Se amparan en un principio explícito de la Declaración Universal de Derechos Humanos suscrita por todos los países que conforman la ONU: Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.

En este momento el gobierno colombiano los controla y vigila. Piensa deportarlos hacia Cuba o hacia Ecuador, de donde proceden muchos de estos emigrantes cubanos. Entre esas personas hay numerosos niños, ancianos y mujeres desvalidos.

Estos cubanos, como tantos otros, no desean vivir en Cuba. Conocen el socialismo real, saben exactamente el horror de ese sistema y, como no pueden hacer nada diferente, porque no hay democracia ni otras opciones disponibles, votan con los pies. Huyen.

En Estados Unidos encuentran la manera de trabajar, estudiar y rehacer sus vidas, beneficiados por la llamada Ley de Ajuste, que les permite acceder a la residencia al año y un día de haber arribado al país por alguna frontera. Al poco tiempo se incorporan a esa sociedad y la inmensa mayoría se convierten en ciudadanos productivos obedientes de la ley.

Colombia es un país de más de 46 millones de habitantes que puede ejercer la compasión con este pequeño grupo de inmigrantes. ¿Qué sentido tiene obstaculizar los planes de estos cubanos? Ayúdelos a proseguir su camino, presidente Santos, pactando con México la salida a ese país, como en el pasado han hecho Costa Rica y Panamá. No interrumpa las ansias de libertad de estas personas. No se convierta en su carcelero ni en la persona que troncha sus sueños.

Presidente, ayúdelos a pasar.

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Votar con el corazón o la razón política

Robert Gober, Sin título (2003-2005)

Robert Gober, Sin título (2003-2005)

Mañana los españoles volverán a ir a las urnas para intentar una vez más dar gobierno al país. Estamos casi en la misma situación en cuanto a la posibilidad de que gane el Partido Popular y con igual expectativa de que no pueda gobernar porque no tenga los escaños necesarios que ordena la legislación española. Según parece nadie podría gobernar tampoco esta vez si no es con la colaboración de otros partidos y no sabemos si esos partidos se podrán poner de acuerdo. Lo único que parece cierto en esta situación inédita es que nadie quiere gobernar con quien ha sido presidente y es juzgado pésimamente.

El único dato, llamémosle distintivo, es que esta vez Unidos Podemos, la coalición de Podemos e Izquierda Unida podría superar en votos al PSOE y tenerlo como báculo para gobernar. Si este fuera el escenario posiblemente habrían otras negociaciones en las que el PSOE pediría en primer lugar que Unidos Podemos limara el radicalismo de algunas de sus propuestas para poder apoyar la investidura de ese partido. En ese caso lo que no sabemos es si el PSOE aceptaría desempeñar ese papel de estar en el Gobierno sin gobernar. En el otro lado estaría la derecha, bastante maltrecha, ya que el Partido Popular es la novia con la que nadie quiere bailar a causa de la herencia con la que ningún partido quiere verse contaminado. Ni siquiera Ciudadanos que es su más cercano ideológicamente.

En esta situación, a pocas horas de la votación, muchos ciudadanos aún no están seguros a quién votar, sobre todo los votantes de izquierda. La derecha tiene un seguro de vida en los votantes rehenes que siempre votarán al PP pase lo pase, son los incondicionales que cierran los ojos ante la corrupción porque es mayor el miedo que tienen a la izquierda, sobre todo a Unidos Podemos. El problema de la duda está en la izquierda. Una buena parte de esa izquierda compuesta por votantes tradicionales del PSOE ha movido su fiel un poco más hacia la izquierda a causa del compromiso de este partido con actitudes de derecha. De hecho hay una buena parte de ciudadanos de izquierda que acusan a los socialistas de pertenecer a la derecha, olvidando el origen del PSOE y el papel del mismo en la transición y el desarrollo del país post dictadura. Es cierto de alguna manera, en el PSOE ha primado la tendencia más moderada, si eres socialdemócrata y moderado lindas con la derecha, y aún es difícil saber si el discurso actual ha encarrilado su derechización o tolerancia a las políticas de derecha europeas que han motivado la desestabilización actual.

La otra izquierda que protagoniza Unidos Podemos, la que se mueve más a la izquierda de la tendencia socialdemócrata representada por el PSOE, goza de la simpatía de gran parte del electorado descontento. Esta coalición de Podemos e Izquierda Unida es la suma de la indignación de la ciudadanía representada en grupos de diversa índole, si Izquierda Unida ha sido la tabla de salvación del Partido Comunista, Podemos ha jugado el mismo papel para Izquierda Unida. Podemos como partido es la derivación de una facción de Izquierda Unida e ideológicamente es parangón del Partido Comunista. Esa paternidad ideológica de Podemos no sería ningún problema para la izquierda socialdemócrata, si no fuera porque Podemos que es la suma de partes temáticas de la desafección social, ha interpretado el malestar de la sociedad y sobre todo de la izquierda quitándole al PSOE la iniciativa social.

Yo sigo creyendo que una democracia madura como la española es capaz de asimilar mediante sus instituciones cambios que incluso vayan en contra de valores fundamentales, las reformas son las claves de la adaptación a los cambios. La capacidad de absorción de las instituciones puede ser sorprendente si las autoridades adoptan políticas adecuadas a las exigencias de la sociedad. En ese sentido creo que ni Podemos ni cualquier otro partido de corte populista y antisistema sea correspondiente con el miedo de los ciudadanos. Lo que si es cierto es que Unidos Podemos tiene enormes probabilidades para crear una situación de inestabilidad por razones de querer anteponer el idealismo a la realidad y no de hacer corresponder la realidad a su idealismo. La ideologización de las labores de gobernanza pudieran ser una remora peligrosa para una sociedad heterogénea. Y no menos importante es la facción extremista dentro de ese partido que lucha por imponer una visión maniquea de la historia y de las relaciones sociales y económicas.

Así las cosas, uno se pregunta si la izquierda debe votar con el corazón o el sentido común, con los sentimientos o la razón política. A este país le hace falta un revulsivo y lo está teniendo en Podemos, lo que uno se pregunta es si también Unidos Podemos puede ser el partido que conduzca al país adecuadamente mediante los cambios que exige la sociedad. Yo soy de los que sigue prefiriendo a Podemos en la oposición, al mismo tiempo que ve indispensable su existencia para mejorar el equilibrio de políticas nuevas. Las campañas electorales son un muestrario de fanfarronadas y no me vale que ahora hayan llegado a decir que son socialdemócratas cuando ayer apaleaban a la socialdemocracia. El día que Unidos Podemos condene sin ambages a las dictaduras y dictablandas que sobreviven y amenazan los derechos humanos que conocemos, así como a las expresiones más aberrantes de las sociedades idealizadas por la izquierda radical, además de aclarar su discurso sobre la unidad de España autonómica o federal y otros aspectos que parecen más ajustes de cuentas que justicia histórica, entonces merecerá ser tenido en cuenta para gobernar.

Mañana los que vayan a votar por la estabilidad tendrán que pensar si es la estabilidad inestable de la derecha lo que desea, esa pretendida estabilidad que nos ha arrojado a la actual inestabilidad. Y los que vayan a votar por el cambio deberán pensar cuál cambio desean, el realista que proponen el PSOE en la izquierda moderada y Ciudadanos en el centro derecha o el de Unidos Podemos con sus adláteres extremistas y populistas. Mañana habrá que votar con el corazón o la razón política, cada uno en la izquierda o la derecha sabrá a quien. Luego sabremos si nos han vuelto a sacrificar.

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¿realmente los cubanos quieren ser libres?

El muro infinito, de León de la Hoz

El muro infinito, de León de la Hoz

Hace unos días terminó el Congreso del Partido Comunista de Cuba con una gran decepción para ciertos analistas que esperaban de la noche a la mañana un cambio de régimen, son parte de los mismos que después de la visita de Obama esperaban algo similar, un milagro. De alguna manera no dejan de ser los mismos que han criticado duramente la visita del presidente norteamericano porque con ello suponen un balón de oxígeno para el gobierno de los Castro. Aunque no sean las mismas personas, sí es la misma mentalidad alimentada por la realidad y el deseo, sin embargo la frustración no debe dejar que los acontecimientos se interpongan al sentido que rige a estos acontecimientos y que obedece a otras reglas. No se trata de una segunda intervención de los Estados Unidos como dijo Fidel Castro en su carta que no merece responderse. Tampoco se trata de qué es lo mejor para Cuba, sino de qué es lo mejor para una oligarquía política generacional consolidada en el poder y sustentada en un discurso ideológico sin ninguna renovación desde 1959, que ahora necesita asegurar su continuidad en un contexto diferente. En ese sentido podría inscribirse la política de cambios y maquillaje que el Gobierno de Raúl Castro lleva a cabo y sus expectativas.

No hay que esperar otra cosa de la voluntad del Gobierno. El espíritu de la Revolución ha sido derrotado doblemente, primero cuando traicionaron el ideario democrático para asumir in extremis el socialismo soviético y ahora que el idealismo revolucionario está siendo suplantado por el pragmatismo chino. El problema que tiene Castro no es la supervivencia de la Revolución ni de Cuba como nación, sino de cómo legitimar su derrota ante la casta conque mutuamente se sostienen en una complicidad que alcanza a todos los sectores de la vida social. Los Castro no se van a rendir y menos sin dar la impresión de que no han sido derrotados, eso es lo que está detrás de la gesticulación del régimen. Es una dinámica que Fidel Castro descubrió desde el desembarco del Granma en 1956, incluso antes cuando fue derrotado en el cuartel Moncada. La historia de la Revolución está marcada por esa dinámica de no aceptar las derrotas, ni siquiera cuando se es derrotado, y no es más que una de las especulaciones que mejor definen el espíritu de Fidel. El Congreso del partido no ha sido más que una puesta en escena destinada a marcar un antes y un después de la Revolución, pero sin poner en peligro la maquinaria que ya está en marcha para la continuidad de la oligarquía política.

A pesar de la frustración que sienten muchos cubanos fuera de Cuba por lo que suponen una derrota del exilio causada por las reanudaciones de las relaciones entre los enemigos históricos, como consuelo puedo decirles que no menos sienten muchos cubanos dentro de la isla que ven también una derrota al ceder ante el “monstruo” martiano, los Estados Unidos. Aunque públicamente no esté permitido decirlo, en Cuba todos saben que los cambios implican una grave concesión a los principios socialistas que han sustentado históricamente a la Revolución: el discurso del miedo por el enemigo representado en los Estados Unidos y el exilio, y la propiedad privada como antítesis. Y lo peor es que parte de esos cubanos, aunque sea una ínfima parte afín, tienen el poder y la influencia suficiente para ser tenidos en cuenta, de modo que para Raúl es mejor tenerlos como aliados en el proceso de “salvar a la Revolución” con una nueva vuelta de tuerca política, no solo porque pudieran poner en peligro sus planes, sino porque los cambios se mantienen dentro de esa lógica de “convertir la derrota en victoria”. Y en ese sentido el Congreso comunista refuerza la idea de la resistencia y el triunfo, aunque para ello tenga que hacer retoques a la Constitución socialista.

En el peor de los casos y en tanto imaginamos que esta puede ser la lógica del pensamiento de los hermanos Castro, si bien el proceso de relaciones con los Estados Unidos no significa una inminente caída del régimen cubano como muchos quisieran, sí constituye la única vía en el contexto actual para desestructurar el pensamiento de plaza sitiada y enemigo único mediante el cual el Gobierno cubano había erigido toda una filosofía política tanto de carácter nacional como internacional. En algo podemos estar de acuerdo, durante más de 50 años la vía de la confrontación no sirvió para otra cosa que no fuera reforzar esa filosofía que había convertido a Cuba en un cuartel y alimentar el empobrecimiento espiritual y material de la nación. Todavía es pronto para saber cuáles serán las medidas que adoptará el régimen cubano para adaptar la economía, ni sí esas medidas serán de carácter progresivo o radical, tampoco podemos saber cuáles serán las consecuencias inmediatas o mediatas sobre la sociedad civil. Una cosa sí podemos creer y es que ellos procurarán mantener las riendas, incluso en un escenario que no les sea favorable.

El futuro de Cuba en las actuales condiciones no sólo depende de las relaciones económicas que puedan establecerse entre Cuba y Estados Unidos, depende sobre todo de la actitud del gobierno de la isla para asimilar los cambios que esas relaciones exijan, así como de las medidas que permitan que el incipiente mercado privado a manos de los pequeños empresarios llamados “cuentapropistas” se desarrolle de forma autónoma e independiente del estado. En un estado con un poder tan omnímodo las cosas corren a favor de quien gobierna y sólo si no se ve amenazado podrán progresar las relaciones económicas que se han empezado a establecer de forma primitiva. El estado cubano cuenta conque si esas relaciones nuevas permiten darle de comer a la gente, entonces las relaciones superestructurales podrán conservarse en lo fundamental y dar lugar a un cambio de gobernantes sin afectar la estabilidad social y política que favorezcan la continuidad de su oligarquía. Ellos no piensan que el pueblo puede desear la libertad que se conoce en las sociedades democráticas y quizás no están equivocados si vemos el caso del modelo chino. Si la demanda de democracia, libertad de prensa y división de poderes no es la principal preocupación de los ciudadanos entonces no tiene porqué ser difícil, aunque sí complejo, establecer un marco reducido de convivencia de dos sistemas, una dictadura política y un régimen de propiedad privada limitada.

En caso de que esto fuera así, aquellos que aspiran a un cambio de sistema tendrían razón para mostrar su frustración, pero, sin embargo, los gobernantes podrían contentar a aquellos sectores de la sociedad y el poder que ven la necesidad de resolver los problemas materiales sin reconocer que la Revolución ha sido derrotada. En este supuesto lo único que podría destrozar los planes del Gobierno cubano sería que los cubanos dentro de la isla sintieran la necesidad de un régimen político diferente y que los cambios destinados a paliar el descontento por motivos materiales acumulados generación tras generación no fueran suficientes. Entonces se me ocurre pensar en algo que nunca ponemos en cuestión cuando expresamos el deseo de ver a Cuba integrada plenamente a la comunidad de países democráticos, ¿realmente los cubanos quieren ser libres? De cualquier manera las nuevas relaciones de Cuba con los Estados Unidos, y los cambios que el Gobierno cubano tendrá que hacer para perfilar su modelo, nos permitirán ver más tarde o más temprano al recién terminado Congreso del Partido como una pantomima más para legitimar los cambios que legalicen una Cuba castrista sin los Castro. No importa que el muro nos parezca infinito.

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fracaso de los partidos y humillación de los votantes

apagafuegosx

Foto de León de la Hoz

A pesar de la normalidad que vive el país gracias a la fortaleza de las instituciones que garantizan la estabilidad democrática, España es como un tren en marcha que se mueve con todo el convoy de forma automática o, mejor dicho, con el piloto automático de Bruselas. Hace más de 100 días que vive con un Gobierno provisional que aunque ganó las últimas elecciones del 20 de diciembre no ha podido gobernar por no contar con los escaños suficientes en el Parlamento ni el apoyo de los otros partidos para formar nuevamente gobierno. Vivimos en un país sin gobierno que antes sufrimos por estar desgobernado y ahora está gobernado por la inercia democrática. Y todavía no sabemos si habrá elecciones nuevamente, en las que todo parece indicar que se repetiría un escenario similar de pactos y consensos.

La situación podría ser hilarante si no fuera porque la actuación de los partidos que podrían dar la gobernanza sitúan al electorado en un papel secundario, deslegitimando la soberanía del voto para elegir Gobierno. No son los partidos los derrotados sino los ciudadanos que han dado su voto para que se cumpla uno de los cometidos fundamentales de la Constitución democrática, el gobierno del país de forma democrática, o sea, para todos y con todos. Como consecuencia la situación actual pone en evidencia una de las cosas que mejor trasluce el resultado electoral con la irrupción de dos nuevas fuerzas políticas, Podemos y Ciudadanos, se trata de la necesidad de cambiar las reglas del juego. Unas reglas blindadas por el bipartidismo con el fin de la repartición del poder entre los partidos que se hacen llamar con “responsabilidad de Estado”, dígase PSOE-PP. Lo primero sería cambiar la actual ley electoral y de partidos, así como el funcionamiento de las cámaras del Parlamento.

No es justo que todavía la gente tenga que esperar para ver cómo el país echa a andar bajo las expectativas en las cuales han fundado su voto, después de una legislatura plagada de corrupción en el partido gobernante, además de medidas restrictivas y coercitivas de las economías familiares y las libertades, y el atentado del estado de bienestar. La actual composición del Parlamento es el resultado del impacto de las políticas llevadas a cabo por el PSOE y por el PP, el cual parece gozar de una posición privilegiada a más de cien días de Gobierno en funciones, en un limbo desde el cual le es más fácil sortear los continuos escándalos de corrupción, al mismo tiempo que compromete aún más la situación social y económica de la dependencia a las políticas europeas de sacrificio. Y lo peor es que esta situación podría extenderse incluso después de nuevas elecciones de confirmarse los pronósticos post electorales.

La fractura del espectro político no es más que la contestación de los ciudadanos a una realidad que afecta el crédito ideológico de los partidos. La actual composición del Parlamento que impide un Gobierno que no sea de alianzas y pactos es el resultado de esa fractura que afecta tanto a la izquierda como a la derecha, de modo que lo más razonable sería un Gobierno de amplio espectro que respondiera a la necesidad de rectificar las políticas que han llevado al descrédito de los partidos tradicionales. Esa sería una imagen más cercana a la realidad del electorado que espera un Gobierno. Sin embargo hasta hoy no parece que pueda salir un gobierno acorde con las posiciones de los tres partidos que debieran llamados del “cambio”. La ideología, más que la política es el común denominador del fracaso. La política es el arte del entendimiento y las buenas maneras para lograr algo, y este no parece que sea el caso.

Los votantes hicieron su demanda en la urnas, pero los partidos sin ninguna responsabilidad interpretan el voto como un asunto partidista, cuando el Gobierno es una cuestión de consenso, como nunca antes, dada la nueva composición del espectro político que obedece a una nueva realidad en la que gobernar presenta una tendencia más democrática que en épocas precedentes. Los partidos están obligados a entenderse desde esa posición para no humillar a los votantes que decidieron por el cambio cada uno a su manera, que es tan legítimo como necesario en democracia. Esperemos que no nos tengan que decir que nos hemos equivocado y que haya un acuerdo para crear Gobierno, sin estridencias populistas y sin el Partido Popular, que no tome el cielo por asalto, pero que cambie lo que es necesario y posible cambiar.

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la voluntad política de desnombrar las cosas

Image-1Hay cierta izquierda que tiene un grave problema con las palabras, de hecho a esa izquierda le encantaría poder administrar nuestro vocabulario y entrar con los tanques en el edificio de la Real Academia como si fuera el Palacio de Invierno. Esa izquierda entraña una paradoja esencial que no ha sabido resolver por ignorancia o exceso de “libertarismo”. Mientras se hace paladín de la libertad quiere prohibir aunque para ello tengan que destruir, incluso podría decirse que destruir forma parte de su agenda para imponer su libertad o lo que ellos llaman para “el pueblo” o “los trabajadores”, conceptos que en la actualidad han evolucionado drásticamente desde el siglo XIX hasta nuestros días con los cambios industriales, tecnológicos y demográficos, acusando una transversalidad ideológica desconocida hasta ahora. No se puede administrar la libertad como si se fuera dueño de ella por razón de que otros la hayan mutilado o por las víctimas. La mayor de las responsabilidades en democracia es crear las condiciones para que la libertad no tenga color ideológico. Si por cualquier motivo se quisiera desnombrar las cosas habría que desnombrar gran parte del pasado y nos quedaríamos sin palabras.

Todos los regímenes intentan hacer suyo el lenguaje, adaptando conceptos según la ideología y los intereses políticos, incluso son capaces de crear un lenguaje con el objetivo de transmitir su ideología y determinados mensajes políticos, en algunos casos ese lenguaje se sobrepone a la realidad con la idea de robarla o escamotearla. España tuvo uno de los momentos más relevantes en los que se puso en evidencia esta sustitución de la realidad por el lenguaje cuando empezó a darse a conocer la reciente crisis económica a la que los políticos en el poder, los socialistas, intentaron desvirtuar más con mensajes políticos que con medidas prácticas. Tanto la izquierda como la derecha se han esforzado para que leamos la realidad según su lenguaje como un modo más de dominación. En Cuba, por poner otro ejemplo, donde la propaganda ideológica alcanza cotas asfixiantes, la sociedad civil ha adoptado en gran medida el lenguaje de la propaganda en el que priman verbos que representan el discurso de supervivencia y enfrentamiento contra los Estados Unidos: luchar, sacrificar, enfrentar, entre otros. El poder tiene su lenguaje y con él se ayuda para sus propósitos.

En los últimos meses y en coincidencia con el protagonismo de Podemos, en España se han producido dos fenómenos en torno a las palabras y el lenguaje, sin tener en cuenta lo que parece la adopción definitiva de lo políticamente correcto con la fórmula inclusiva de género a la que los políticos se apuntan. El primero de estos fenómenos es el endulzamiento de las palabras que hacen los políticos de Podemos, sobre todo su líder Pablo Iglesias cuando se refiere al “pueblo” con una poetización de sus enunciados al más vivo estilo de un padre que habla a sus hijos. Yo lo preferiría bronco a esos otros momentos en los que se toma el orfidal de la deferencia poética. Puede que llegue a ser un buen político, pero poeta no es precisamente su fuerte. Me recuerda aquella eclosión de las guerrillas latinoamericanas patrocinadas por el gobierno cubano en la que surgió un lenguaje poético para el discurso social, y después con gobiernos compuestos por políticos a los que les dio por hablar poesía con mejor suerte que Iglesias, sobre todo los sandinistas y más tarde en Chiapas el comandante Marcos. En el caso de Iglesias es lamentable porque es como si Corín Tellado se hubiera propuesto escribir Guerra y Paz.

El segundo fenómeno es de querer llamarle a las cosas de otro modo como si con eso pudieran borrar el motivo que les dio origen, no son elipsis o circunloquios. Para ello se proponen cambiar el nombre de calles, plazas o monumentos, de las festividades o de cualquier evento que recuerde el pasado político o ideológico de etapas anteriores. La excusa de que se valen es que dichas cosas fueron nombradas en homenaje a personalidades y hechos que representan valores de una época e instituciones que no tienen cabida en la sociedad actual. Es cierto, sin embargo no tienen en cuenta una de las cuestiones más elementales de la semiótica, que los signos o símbolos se vacían de contenido por el desuso o el exceso indiscriminado de su uso. Por ejemplo, el Valle de los Caídos, ese monumento que se hizo construir el dictador Francisco Franco para albergar sus restos mortales, es visto desde cualquier lugar de la sierra de Madrid pero casi nadie cuando lo ve desde su ventana piensa en lo que es. No obstante la alcaldesa de Madrid, correspondiente con Podemos, ha propuesto que se llame el Valle de la Paz, que es casi como honrar ideológicamente la idea del dictador que yace en ese lugar. La lista de dislates de este tipo empieza a ser alarmante.

Lo peor de esta tendencia del romanticismo revolucionario de cierta izquierda no es el lenguaje almibarado, empalagoso y cursi, sino que haciendo tábula rasa de la herencia de lo que no nos gusta estamos privando a parte de la sociedad de algo que también les pertenece, es un raro modo de ejercer la libertad prohibiendo, en vez de educar a la sociedad a comprender para que hechos intolerables no se repitan ni por admiración ni imitación. La memoria histórica no debiera ser un acto de venganza, sino de justicia, aplicando tanto la memoria positiva como la negativa. El pasado no se borra de un plumazo burocrático pero sí se puede asimilar críticamente en la evolución de la sociedad. Recuerdo en La Habana aquella importante avenida que se llamó Carlos III y que la Revolución cambió por Salvador Allende, pero que la gente le siguió llamando Carlos III sin saber siquiera quién era y lo que representaba. Si fuéramos a borrar o sustituir todo aquello asociado a lo que recriminamos, aunque sea cambiando sus nombres, yo no podría ir ahora a escuchar unas arias de Tristán e Isolda. Lo bueno, lo malo, lo que nos gusta y lo que no también forman parte de la vida y la memoria, no hay que renunciar a ellos, sino explicarlo.

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