Culos habaneros, de Jorge Posada

Acabo de leer Culos habaneros (2017), de Jorge Posada, publicado por la editorial Hypermedia. Hacía tiempo que no leía un libro que se pareciera tanto a su autor, posiblemente son más los libros buenos que se parecen a su autor que aquellos que basan su excelencia en la diferencia. No es menos cierto que aunque no sea un valor literario las similitudes entre obra y autor otorgan un atractivo peculiar. Quizá la pobreza actual de la literatura cubana, repleta de imitadores y buscadores de tesoros, tenga que ver con esto: la falta de autenticidad literaria y personal. Cuando yo leo a Bukowski tengo la sensación de estar leyendo su vida, en el otro extremo me sucede lo mismo con Lezama Lima. Mientras leía me parecía estar oyendo a Posada, a tal punto que en algún momento si cierta construcción de la prosa tambaleaba era porque éste no había hecho ninguna concesión a su forma de hablar, que en Posada es la manera en que escribe. Posada escribe como habla. Leerlo es oírlo.

Es un libro que se lee de un tirón y desde el primer párrafo en que el protagonista del primer relato confiesa “Mi mamá tenía uno de los culos que más tráfico pararon en toda La Habana”, ya es imposible abandonarlo. Muy pocos escritores cubanos se atreverían a referirse al culo de su madre como leitmotiv, aún menos llamarle culo a lo que los cubanos llamamos nalgas. No hace falta mucho más para saber que estamos ante un libro distinto desde su propio título y que al abrirlo nos disponemos a una aventura lectora a la que no estamos acostumbrados. Seguramente este libro escrito hace más de veinte años podía haberse situado en los preliminares de lo que luego se llamó “realismo sucio”, en ocasiones asqueroso, chato y que en nada se parece a sus autores, muy lejos de lo que escriben.

Hay tres cosas, sin que importe el orden, que me parecen relevantes en los tres relatos que componen Culos.

Primero, que es un libro testicular, esto no gustará nada a las feministas. No es poca cosa en un mundo en el que se juzga negativamente a los autores por la cantidad de testosterona, del mismo modo que en el Socialismo real se juzgaba por la cantidad de compromiso y valor obrero o patriótico. Para muchos la testosterona es proporcional a la calidad, igual que lo fuera el compromiso en el realismo socialista. Cambiando una cosa por la otra es la misma tontería simplista que hace peligrar la libertad artística y la capacidad provocadora y contestataria de ciertas obras. Posada no se corta un pelo y habla con una franqueza que estremece. Su relación con las mujeres en un libro donde el sexo conduce como un hilo la trama del protagonista es lo que se ha dado en llamar machista del mismo modo que fue un depravado Nabokov a través del profesor Humbert obsesionado por Lolita. El personaje de Posada o los personajes de sus tres relatos actúan con una libertad tan desmesurada que hacen añicos lo llamado “políticamente correcto”. Da igual que se trate de la actitud sexual, la descripción de las escenas de este tipo o las palabras que utilice, y si no fuera por los diferentes niveles de lenguaje y sintaxis podría parecernos que estamos en la barra de un bar después de un partido de futbol oyendo las historias de un parroquiano.

Segundo, el lenguaje del narrador que continuamente nos está enfrentando a una realidad narrativa nueva: letras de canciones, palabras gruesas, alusiones literarias, cinematográficas, arrastrándonos a una permanente intertextualidad cultural, social y política. Ninguno de los libros cubanos había aprovechado mejor el desenfado heredado de Guillermo Cabrera Infante y la metaforización de lo que hemos llamado “lo cubano” como lo hiciera Lezama Lima en su Paradiso. Una mezcla explosiva que nos retrata. El lenguaje adquiere una dimensión protagonista frente al acontecer narrativo. Hacía tiempo que no leía un libro donde el lenguaje se convirtiera en el portador de tanta fuerza alusiva. En los relatos no es más importante lo que sucede, sino lo que se infiere y alude.

Tercero, es uno de los retratos más críticos de un momento crucial de la sociedad y la Revolución cubana. La descripción mediante la enumeración de elementos que componen la vida diaria del cubano de entonces en la peor época de Cuba (los años 70), caracterizada por la represión y la escasez, son la mejor de las medicinas contra el olvido de unos años que tuvieron poca literatura que no fuera la exaltación patriótica o del sacrificio revolucionario. Sin embargo es un libro divertido porque todo es centrifugado por el humor, generalmente ácido y sustentado en relaciones culturales, sobre todo literarias, cinematográficas y musicales. Es difícil encontrar un solo pasaje que no esté desdoblado por otra experiencia generalmente de tipo cultural, otorgando a la lectura un fuerte carácter connotativo.

Culos habaneros no es un libro de culos, es un libro sobre Cuba y nosotros, a pesar de la carga erótica con que el autor nos describe las relaciones de los personajes en las que el sexo parece el ojo apacible de un huracán que todo lo destroza alrededor. Lo que más importa, tal vez, es lo que se mueve con nostalgia y dolor en torno a este remanso y que conforma un cuadro de un lugar donde se amontona todo aquello que unos quisieron y otros despreciaron. Muchos hemos sobrevivido a aquellos años, volver a mirar lo que éramos y teníamos es un buen ejercicio para no olvidar y asegurarnos de que nada de lo que pasó valió la pena porque no nos hizo más felices. Y quizás como el personaje de uno de los relatos, los únicos a quienes deberíamos agradecer es a Los Beatles porque “después que los conocimos nunca más volvimos a ser los mismos”.

 

 

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Democracia con menos teatro

Foto de León de la Hoz

Una de las características de la democracia está representada por la siguiente paradoja: a más crisis, mayor democracia. Yo diría que esta paradoja es la piedra angular del sistema y la diferencia fundamental con todos los demás, si no se cumpliera la misma no podríamos estar hablando de una democracia plena y real, y estaría mostrando su primera vulnerabilidad que es no cumplir la paradoja. Pero para que se produzca es imprescindible que se cumpla una ley básica de acción y reacción similar a la tercera ley del movimiento o de la mecánica: a una determinada cantidad de fuerza ejercida sobre un objeto le corresponde la misma magnitud de fuerza y dirección a la producida pero en sentido contrario. O sea, a toda acción siempre le sucede una reacción igual y contraria. El desarrollo de la democracia depende de esta relación o ley de proporcionalidad entre la sociedad civil y las instituciones, entre la política y lo político, siendo la política el qué y el cómo se hace y lo político el objeto y la razón de ser de la política, así la política sería todo cuanto se hace para representar lo político. Para decirlo de un modo más profano, la política es el reflejo de lo político. Lo político puede ser la igualdad entre hombres y mujeres, por ejemplo, mientras que la política es la forma, el tipo de acción o la imagen en que se realiza lo político. Si comparamos lo que hacen dos gobiernos con diferentes concepciones sobre la igualdad, digamos para ilustrar mejor y con un contraste más claro, uno de derechas y otro de izquierdas, veremos que cuanto distingue a una política de la otra para alcanzar el objetivo no es solo la forma en que se aborda, sino también la calidad de lo político. La idea de la igualdad no es la misma para la derecha que para la izquierda, no digo que una sea mejor que la otra, y la política será según su calidad el reflejo más o menos fiel de lo político. La política adopta a lo político en su afán de comprenderlo y lo político se adapta a la política mientras se ralentizan los conflictos. No es solo una cuestión de adaptación de la política a lo político que es la baza del populismo, sino de adopción.

Todas las relaciones que permiten que se cumpla la paradoja de que a una determinada cantidad de crisis corresponde igual cantidad de democracia son una relación de conflicto. Sin embargo cuando hablamos de conflicto la gente tiende a llevarse las manos a la cabeza, hay una parte de la sociedad que es propensa a ver en el conflicto un motivo de crisis, en la crisis un principio de cambio y en el cambio la pérdida de la estabilidad, la identidad o cualquier aspecto de su estatus, aunque eso sólo pueda suceder cuando se deteriora el equilibrio entre las instituciones y la sociedad civil. Ahora bien, si partimos del presupuesto teórico de que esa relación de acción y reacción mutuas es de conflicto, tendremos que aceptar que de la resolución del mismo depende la eficacia de la política, y no solo eso, sino que así como sea la eficacia y la eficiencia de la política, así será la calidad de la ideología. Una política es eficaz en la medida en que soluciona el conflicto. Así mismo, el conflicto es inevitable incluso cuando la política sea capaz de prevenir el conflicto porque lo político es portador del conflicto emanado de las contradicciones propias e internas de la acción y la reacción a niveles elementales e individuales a veces imperceptibles. El conflicto es inherente a lo político y es necesario como premisa democrática. Una ideología es acertada cuando es capaz de sostener con su discurso una política adecuada para el conflicto. En este sentido cabe recordar el análisis de uno de los pensadores más notables de la democracia contemporánea, el filósofo Giovanni Sartori, en relación con el marxismo: el marxismo está derrotado como ideología, pero no como filosofía. Tradicionalmente la ideología, que es un cuerpo teórico para racionalizar lo político, ha degenerado en determinados contextos y grupos sociales en una creencia y eso ha ayudado a la banalización de la ideología. Ser de derechas e izquierdas se ha convertido en una profesión de fe, y a veces no importa que la política y la ideología vayan por sendas descaminadas, los correligionarios siempre van a seguir los diferentes ideologemas que los sitúa en un lado y otro de la raya que separa ambos campos de contingencia política. Tal vez la responsabilidad de esta actitud de corderos que se mueven en la oscuridad no la tengan los correligionarios de las ideologías, sino la confusión que los propios políticos han hecho interesadamente de la ideología, la política y lo político con la creación de la partidocracia que se ha enquistado como un cáncer en el cuerpo de la democracia.

En contra de lo que suelen decir algunos críticos neoliberales de la democracia, no es la fortaleza de las instituciones la causa de las dificultades de la democracia, la democracia descansa en las instituciones y de la fuerza de las mismas depende su estabilidad. Se confunde la fuerza de las instituciones con el volumen de las mismas, la proliferación parásita de la burocracia y la consecuente ineficiencia de las mismas que les impide reflejar de forma activa los conflictos nuevos. Lo cierto es que tanto la izquierda como la derecha han enajenando las funciones de las instituciones con la adaptación que hacen de ellas a la medida de intereses personales, coyunturales o partidistas. Ese es precisamente uno de los problemas más graves de la democracia, no son las instituciones el problema. La corrupción que tanto lastima la credibilidad de la democracia y que fue el motor de las movilizaciones que dieron lugar al movimiento 15M español hasta la caída del Gobierno de la derecha con la moción de censura reciente tiene su origen en esa enajenación. Cuantas más grandes sean las instituciones mayor será la lentitud de la democracia, que es la incapacidad para responder eficientemente a las demandas de una sociedad cada vez más compleja. La fuerza de las instituciones no es proporcional a su tamaño, sino a la capacidad de responder a la acción de la sociedad, adaptándose y asimilando la fuerza ejercida por esta en sentido contrario. Sería un error creer que la cantidad de personas, departamentos, funciones y normas pueden ser la garantía de la proporcionalidad democrática que es la ley fundamental que debe cumplir la sociedad. En la medida en que la fuerza de las instituciones sea proporcional a la demanda de la sociedad entonces podemos decir que la democracia está siendo capaz de cumplir la paradoja que le permite reflejar las nuevas relaciones de los conflictos. Sin esta fuerza las instituciones serían incapaces de enfrentar uno de los retos desconocidos hasta ahora que es la cada vez mayor participación de la “sociedad de la opinión” en la democracia virtual que corre paralela a la real.

El dilema que vive hoy la democracia es aquel que surge de su propia fortaleza, no de su debilidad como proclaman teóricos y políticos del nuevo populismo de izquierda y derecha. Lo único que hace posible la existencia de la contestación, incluso de lo marginal y alternativo, como una fuerza con derecho a la reivindicación es la democracia, cuanto más sólidas sus instituciones mejor. La falta de respuestas adecuadas está llegando tarde o no llegan acorde con las nuevas e inéditas necesidades de la sociedad. Si los partidos y la política fueron en otra época los agentes del cambio, de un tiempo a esta parte no sucede así. Los partidos y los políticos se han quedado anticuados por la falta de respuestas y las nuevas vías que la sociedad ha encontrado para encaminar su descontento y sus demandas. La política, los políticos y las instituciones no se han actualizado todavía al reciente pero veloz cambio de realidad donde nuevos actores se identifican con demandas inéditas surgidas de unas relaciones diferentes de la sociedad, dominadas por la demanda frente a la poca oferta del poder político. El problema que no logra resolver la democracia es la paridad entre esa demanda y la oferta, y su resolución es cada vez más difícil, porque quienes demandan una política más útil de las instituciones a su servicio, han adquirido una voz propia mediante nuevos medios de intercomunicación que han sustituido a los tradicionales medios de comunicación como agentes de poder. Esa voz mediante las redes o soportes como Change. Org, por ejemplo, son capaces de movilizar de manera geométrica y horizontal a miles de personas en pocas horas y sin gastos de ningún tipo. Va a ser cada vez más difícil hacer una política realista y no populista sometidos al escrutinio y la movilización permanente de la sociedad.

Los cambios de las relaciones entre la sociedad y las instituciones son un retrato en movimiento de la democracia que vendrá, la democracia estupefacta ha devenido en una democracia de protagonismo, esperemos que en la representación de la sociedad en las instituciones haya un poco más que teatro.

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El útimo Alcides, agradecido como un perro

Foto: havanatimes.org

Alcides era uno de los apodos de Hércules y el diminutivo de Alceo que significa valor, disciplina, sinceridad, amor y fuerza. Por si esto fuera poco, además de poseer todas esas virtudes, tan escasas en nuestros días, Rafael Alcides es uno de los poetas más representativos de la poesía cubana del siglo XX y de la generación de los 50 a la que pertenece. Acaba de morir, dicen, y seguramente será así, sin embargo la prensa del país donde vivía, su país, nuestro país, no ha dicho nada. Cualquier país normal sentiría orgullo de un poeta de su envergadura, la pérdida habría llenado las primeras planas de los periódicos o en su defecto, ya que en Cuba hay pocos periódicos pero no hay periodismo, el espacio que hay entre la tierra y el cielo, que es el lugar apropiado donde las patrias acogen a los grandes hijos como Alcides. Así paga el actual Gobierno cubano la sinceridad y la valentía de un hombre que se caracterizó por decir siempre lo que sentía, a veces con una ingenuidad peligrosa en un país donde la doble moral es una condición lógica para sobrevivir y de eso sabemos bien los que sobrevivimos. Lo cierto es que Alcides ha muerto y yo me quedé por recibir una vez más uno de esos abrazos que él daba como nadie.

Después de saber la triste noticia he llamado al poeta Manuel Díaz Martínez. Cuando uno está lejos de todo a veces lo poco que tiene es poder hablar con un amigo con quien pueda recordar el camino de vuelta a casa, y eso hicimos Manolo y yo. Recordamos aquellos años en que a pesar de que yo era muy joven me juntaba, en contra de la opinión de la Brigada Hermanos Saíz de imberbes escritores y artistas, con aquel grupo de escritores de la generación de los 50 que habían sido castigados con penas más o menos largas y duras después del Congreso de Educación y Cultura en 1971, a veces por discrepar o por ser sospechosos, o sencillamente porque escribir incluso dentro de la Revolución era un oficio peligroso a merced de quienes trazaban las líneas del fuera de juego. Fueron años duros para estos escritores, parafraseando a Jesús Díaz, y de esos tiempos quedó un reguero de víctimas, mis amigos eran parte de ellas. La lista de aquellos castigados era larga y sus penas estaban coronadas con el silencio. La política del silencio ha sido el mejor de los castigos que el Gobierno ha manejado con los escritores y buena parte de ellos lo ha sufrido de alguna manera como parte de la terapia revolucionaria y el tratamiento sanitario a quienes movieron un pie fuera de la línea que trazara Fidel Castro en 1961, “Dentro de la Revolución, todo. Contra la Revolución, nada”.

Conocí a Alcides a principio de los 80, no recuerdo exactamente cuando pero sí puedo decir que fue antes de 1984 porque aún yo no había ganado el David de ese año, quizá cuando acababa de publicar Agradecido como un perro (1983). Creo que nuestro primer encuentro se produjo en la casa de Malecón, la casa de César López donde nos veríamos todas las semanas para hablar mal del Gobierno y los gobernantes, políticos e intelectuales. Luego algunos de aquellos silenciados fueron nuevamente aceptados e incluso integrados después de un proceso paulatino de desactivación. Sin embargo Alcides, terco en la sinceridad sobre lo que había creído y de lo que se sentía traicionado, no se dejó seducir por el juego de espejos que proponía el Gobierno otorgándole identidades nuevas a aquellos que antes fueron víctimas de la represión ideológica. Se sentía traicionado por la Revolución y actuó en consecuencia. Habrá mucha gente que lo recordará por sus poemas y por su actitud, pero otros también lo recordaremos por la ternura conque templaba su vehemencia. Era un hombre muy amoroso con los amigos, que gesticulaba abriendo los brazos y las manos como si hablara también con ellos, y a todos los encuentros ponía esa voz radiofónica que acompasaba su voz de poeta que parecía salido de una forja.

Alcides ha muerto, yo lo recordaré, su familia lo recordará, los amigos y los lectores lo recordarán y lo querrán. No importa que el Gobierno de su país no haya cumplido con el deber de recordarlo, este Gobierno y sus representantes, incluyendo los de la cultura, pasarán, pero Alcides posiblemente quedará para siempre en la memoria del país. Era un hombre bueno, digno y un poeta excelente, virtudes cada vez más necesarias en un país que posiblemente haya perdido a su último Alcides.

El agradecido

A Nati Revuelta

Toda mi vida ha sido un desastre
del que no me arrepiento.
La falta de niñez me hizo hombre
y el amor me sostiene.

La cárcel, el hambre, todo;
todo eso me ha estado muy bien:
las puñaladas en la noche,
y el padre desconocido.

Y así de lo que no tuve
nace esto que soy:
bien poca cosa, es verdad,
pero enorme, agradecido como un perro.

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La lentitud de la democracia

Más que preocuparnos de lo que pasará después de una crisis en la democracia, lo mejor y más útil sería que lo hiciéramos por las causas que dan lugar a esa crisis. Una de las consecuencias lógicas de la crisis institucional que vive la democracia es que habrá más democracia más tarde o más temprano, pero sería bueno saber las causas porque según sean así seguramente será la naturaleza de las consecuencias. No es lo mismo una crisis con origen en el modelo productivo con un efecto directo sobre el empleo, el poder adquisitivo y la liquidez interna, que otra en que la causa sea la corrupción de los políticos con resultados sobre el valor de la política, la confianza de los ciudadanos y la legitimidad de las instituciones, aunque ciertamente varios podrían ser los orígenes y también las consecuencias. Conocer las causas tiene una doble importancia para prevenir, facilitar las soluciones y evitar la repetición de las mismas, pero eso solo será posible si la clase política decide sacrificarse por la democracia abandonando el modus operandi endogámico que pervierte las instituciones y los discursos. La dificultad en España es que en la crisis se conjugan causas que afectan a la estructura del sistema y que han dado lugar a una longeva partitocracia que hunde sus raíces en la transición. A pesar de lo que se diga sobre la debilidad de las instituciones donde la burocracia política a medrado creando complicidades corruptas —uno de los grandes problemas que dan origen a la contestación—, el problema de la democracia es más grave porque sus fallos son multifuncionales, y solo se le podrá restituir la salud si los partidos hacen determinadas renuncias y acometen un conjunto de reformas que perfilen mejor la autonomía y la independencia de los poderes, terminen con el clientelismo partidista, haya más transparencia, se corrijan los espacios de complicidad societarios donde la corrupción se justifica y se penalice la cohabitación de funciones. La corrupción empieza antes de que un señor decida apropiarse de dinero público o financiar su discurso político con dinero mal habido. Esa es la verdadera debilidad de la democracia y no nace fuera de las instituciones, si así fuera la crisis habría alcanzado el punto crítico en que los valores corren peligro de revertirse.

La democracia española está en problemas pero no es la única. Ahora bien, si hipotéticamente las causas de la crisis están en la disfunción política de las instituciones, ¿por qué no se evita? Lo más preocupante en el contexto de esta crisis de la democracia es la baja calidad de las políticas para contribuir al rediseño de las instituciones, que incapaces de poder garantizar la absorción y asimilación de las disrupciones alimentan la conflictividad entre ellas y la sociedad civil. Si las políticas no fueran el reflejo de la forma en que las instituciones se miran a sí mismas y miraran a los lados y sobre todo hacia abajo, con seguridad las cosas serían diferentes. Los continuos errores de las decisiones, las aptitudes y actitudes de los políticos, la preminencia de intereses partidistas de la burocracia política, la misma falta de ética que tuvieron algunos protagonistas de la crisis económica y financiera, junto a problemas objetivos y difíciles de resolver si no son con la colaboración y un cambio radical de las relaciones interregionales para enfrentar juntos nuevos retos de la reconfiguración regional, hacen de la actual crisis una de las más complejas para la democracia española y europea, y ralentizan su resiliencia. Es inquietante ver cómo los populismos se aprovechan de esta circunstancia y cómo la ganancia de adeptos aunque sea a título emocional y transitorio crean o recrean nuevos ideologemas, que satisfacen las necesidades de amplios sectores y grupos que alimentan los movimientos sociales con una clara tendencia política de desafección al orden y el estado. Una de las cosas que más llama la atención en este proceso de involución es la explotación que hacen los partidos tanto de izquierda como de derecha de los sentimientos de los ciudadanos sin ningún escrúpulo, con el objetivo de hacerlos rehenes de sus intereses ideológicos y políticos, es un principio documentado y teorizado que atenta contra la racionalidad y la ética que da sentido a la relación entre la política y lo político. Racionalidad y ética que están en el eje de una reformulación de la democracia

Hay mucha gente de derechas que rehuye de la democracia las contestaciones sociales y políticas porque no hay quien tema más a las disrupciones que la derecha política, mientras en el otro lado del espectro hay gente de izquierdas que alientan las disrupciones poniendo a prueba los límites de las instituciones, son dos lógicas propias de la naturaleza de la derecha y la izquierda, sin llegar a ser los extremistas de ambas ideologías que son quienes podrían poner en peligro la democracia y contra quienes el sistema tiene o debiera tener los instrumentos legales y materiales para evitarlo. A cincuenta años de la rebelión de “Mayo del 68” que se está conmemorando a bombo y platillo con sus luces y sombras, y del comienzo de la aceleración de los movimientos sociales que irrumpieron en todo el mundo, nunca se había visto peor la capacidad de la democracia para absorber todo aquello que la pone a prueba, y asimilarlo para luego institucionalizarlo y normalizarlo. Muchos jóvenes pueden creer que los derechos que disfrutan venían escritos en sus partidas de nacimiento, pero no es así, son el fruto de la acción y la reacción entre la sociedad civil y el poder institucional que condicionan la propia estabilidad del sistema. Sin esta correlación de contrarios la democracia no sería lo que debe ser y aún es a pesar de la mediocridad de la política y los políticos que ven en el conflicto entre las políticas y lo político una razón para demonizar las contestaciones y movimientos sociales y políticos alternativos. Si miramos hacia atrás podemos decir que no son las reivindicaciones sociales, políticas o económicas, las que han generado crisis que pusieron en peligro el sistema democrático, sino la atrofia de la correlación entre los poderes que originó fenómenos como la Alemania nazi o revoluciones totalitarias como la cubana. Los movimientos sociales ensanchan, fortalecen y enriquecen la democracia. El poder de la democracia radica en el equilibrio que todas las partes introducen asimilando la fuerza de la sociedad civil, pero las instituciones no son solo estamentos reglados por formas, sino bisagras que deben ser engrasadas o cambiadas si no funcionan bien. La democracia es una pesada carga, que camina lenta, y si no es con todos difícilmente sabrá llegar a la otra orilla. Su lentitud no tiene que ver con la velocidad, sino con la densidad de la representación que hacen de nosotros quienes hemos elegido.

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Gastón Baquero, la Cuba que nos falta

Él está aquí, su canto ha precedido

en astros y en silencio a su caída.

Ahora escuchamos aquel suave canto

que el ruiseñor construye cuando olvida.

              “Epitafio”. Gastón Baquero

Para Rita y Carlos

Hoy se cumple un año más de la muerte de Gastón Baquero, ya son veintiuno sin él. Si de su ausencia nada puede borrar su presencia, confirmando la definición de la poesía que le gustaba hacer. “La poesía es lo que no se ve”, aludiendo a esa parte llena de misterio que se siente, se percibe, pero no se ve, y que pesa como el oro en cualquier poema u obra de belleza de cualquier tipo que se precie. Entonces, ¿qué nos falta de Gastón si tenemos su poesía y con su poesía al poeta? Nos falta su compañía que no puede ser sustentada por ningún poema, aunque su poesía nos quede para ayudarnos a remediar su ausencia y nuestra soledad. Una cosa es su presencia y otra peor es su ausencia.

Hace veintiún años, cuando entré en la habitación del hospital el cuerpo de Gastón todavía estaba tibio y a su lado estaba el mejor de sus amigos. Había muerto a las tres de la tarde, solo. Nosotros no habíamos llegado a tiempo. A pesar de la admiración, el cariño y el respeto que le sentía la comunidad del exilio, su Rita, y el propio país donde había vivido después de haber salido de Cuba más temprano que nadie, murió solo en medio de su campo de batalla que había sido el exilio y las palabras, como Martí bajo las balas en otro mayo. Ese día la ciudad que lo había acogido celebraba a su patrono San Isidro, santo agricultor. Gastón era Ingeniero Agrónomo, aunque Vicente Aleixandre dijo que podía haber sido cualquier cosa y habría sido el mejor. Llovía, llovía mucho y era jueves, como si uno de sus poetas más admirados, César Vallejo, le hubiera transferido el cumplimiento del deseo de morir un jueves con aguacero. Vallejo había vivido en la misma calle de Gastón pero en otra época. Y Gastón era el poeta de las migraciones y las transfiguraciones. Todos sabíamos quién era, pero nunca sabríamos que había sido antes y que podría llegar a ser después que su cuerpo sin vida fuera comido por un pez.

Ese día pleno de coincidencias que revelaban la realidad de la poesía y cómo Gastón empezaba con su muerte a ser misterio, comprendí de golpe que si bien la presencia del poeta era un dato, digamos estadístico de su poesía, su ausencia comenzaba a ser inabarcable, y que el único modo de reducirla era con su presencia, o sea, con su poesía. Gastón ya no estaba y no sería lo mismo conversar con su poesía que con sus manos delante como si quisiera alcanzar uno de esos pasteles exquisitos hechos con mantequilla de vaca y vino blanco que se hacen en Boñar, el mejor regalo que se podía hacer a un verdadero gourmet de Las Antillas. Si las ausencias son dolorosas e irreparables en cualquier circunstancia, en el exilio son tremendamente más profundas. El exilio, aún peor sin familia, crea unos rituales que sirven para aferrarse a lo poco que queda a las personas que lo padecen, Gastón los cultivó y él mismo se convirtió de tanto hacerlo en una isla en la que los recuerdos fueron sedimentando el lugar donde estar, y esa isla que era Gastón fue al mismo tiempo la isla que algunos necesitábamos para que las raíces no se desperdigaran en otros aires.

Ese Gastón de todos los días es el que empecé a necesitar aquel 15 de mayo. Vivir lejos de la isla tuvo un antes y un después. La otra isla llamada Gastón que se había forjado a si misma, una piedra negra sobre otra blanca, había dejado de existir y nuestra soledad sería todavía mayor. Gastón era Cuba como nunca se podría haber sentido ni siquiera mientras se vivía allá lejos en medio del mar. Una isla hecha de haber vivido y construida como el lugar donde solamente se podía vivir. Hoy cobra sentido para mí aquel reproche que hacía a la gente que lo visitaba para hacerse una foto de recuerdo con él —un selfie se llamaría hoy—, decía quejoso y con sorna: la gente cree que soy el Morro. Así es, era como el Morro de La Habana. Si uno quería sentirse cerca de Cuba lo mejor que podía hacer, si podía acceder, era ir a ver a Gastón. Era una enciclopedia sentimental, emocional, histórica y testimonial de lo que podemos llamar la cubanía desde la gastronomía a la poesía, desde la poesía a la política. No había nada relevante que no supiera, incluyendo los entresijos, sobre todo de la etapa republicana. Y ese ciclo de la cubanidad lo completó cuando conoció la poesía joven y a los poetas que vivían todavía dentro de la Isla.

Una vez le pregunté porqué no escribía sus memorias, ya que sería bueno volver a escribir la historia que se había mutilado desde la óptica de la Revolución, y me dijo: No puedo porque le haría daño a Cuba. Cuba fue su amor y su vida y de tanto amarla se parecía a ella. Lamentablemente Gastón nos privó de su compañía, aunque no de su presencia. La cultura cubana y la poesía de la lengua ganó para siempre uno de sus máximos representantes, pero sus allegados perdimos hace veintiún años la compañía de Cuba y por segunda vez a la isla. Cuando veo esa foto que publicó El País, donde el poeta aparece empotrado entre parte de sus libros, vislumbro la isla que hizo para sobrevivir, y lo recuerdo poniendo otra silla para la charla, dejándonos así arribar para salvarnos en la Cuba que él hizo de si mismo y que nos falta.

Discurso de la rosa en Villalba

Yo vi una rosa en Villalba:
era tan bella, que parecía la ofrenda hecha a las rosas
para festejar la presencia de las rosas en la tierra.

Yo creía haber visto ya todas las rosas: marmórea en Bogotá,
llamativa en Amsterdam como un domingo aldeano,
primigenia en Haití, melancólica en la melancolía de Viena,
falsa como de nieve y alambre en una calleja de Manhattan,
túrgida y breve bajo las campanas de Florencia,
radiante como un verso de Ronsard en un jardín de Francia;
yo creía haber soñado ya todas las rosas, y las no vistas sobre todo:
la rosa de la India ciñendo a los leopardos,
la del Japón labrada en oro, la mística de Egipto,
la imperiosa como un guerrero bajo el sol africano,
la silvestre de Nueva Zelanda, que se abre al escuchar una melodía
y muere cuando la música fenece: yo creía haber visto ya todas las rosas.

Pero yo vi la rosa en Villalba;
su geometría imperturbable
era una respuesta de lo Impasible a la Desesperación,
era la indiferencia ante el caos y ante la nada,
era el estoicismo de la belleza, que se sabe perdurable,
era el sí y el rechazo a la ávida boca de la muerte.

Yo vi la rosa, tan pura y sorprendente,
que borraba el hastío de su nombre profanado
y no aparecía ya el lugar común de la rosa gastada:
era otra vez la Creación en su día inicial, coronada por el estupor de Adán,
recorrida por la inmensa alegría de saborear la luz y por el asombro de sentirse vivir.
Estaba allí, en Villalba, impávida y absoluta, como si perteneciese
a un rosal personalmente sembrado por Dios en el propio jardín del Paraíso.

Y ante ella sentí la piedad que siempre me ha inspirado
la contemplación de la belleza efímera. ¡Que esta geometría vaya a confundirse
con el cero del limo y con la espuma del lodo!

No quise mirar más la rosa perfectísima,
la que debió ser hecha eterna o no debió ser nacida.
De espaldas al dolor de su belleza, la rescataba intacta
en ese rincón final de la memoria que va a sobrevivirnos
y a mantener en pie la luz de nuestra alma cuando hayamos partido.
Negándome a mirarla, la llevaba conmigo.

Y dije adiós a la rosa de Villalba.

(De Memorial de un testigo, 1966)

 

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el cambio cubano es un asunto de familia

Capitolio de La Habana apuntalado. Fue construido en 1929 para albergar el Parlamento cubano. Foto de Ramsés León.

En cualquier país normal con un sistema normal y una vida normal el cambio de un presidente por otro no habría ocupado más que varias gacetillas informativas, pero en Cuba, donde la falta de transparencia ha sido una condición de la política y la política ha estado dirigida por la voluntad de una persona que era en sí misma un partido, inmortal, además, pues un cambio de este tipo tiene que leerse con especial cuidado. Evidentemente el cambio de un Castro por un no Castro tiene una enorme trascendencia y sobre todo produce gran expectativa, aún mayor que la producida por la muerte del hermano mayor al frente del país durante varias generaciones, que al paso del tiempo hemos comprobado han sido más bien degeneraciones. Hasta que finalmente pudo ver desde el lecho de muerte cómo su hermano rectificaba parte de su legado idealista. El hecho en sí de que los Castros viejos y los dirigentes históricos por imperativo del tiempo se vean obligados a pensar en dar un paso al lado, va acercando la política a escenarios y desenlaces a veces inesperados. La opacidad informativa, la represión de la libertad de prensa y la connivencia de los medios nacionales e internacionales presentes en la isla hacen difícil la explicación del pasado, incluso del presente, y aún más difícil un diagnóstico del devenir y abren un espacio a la especulación e incluso a la ficción. Dicho lo propio, la idea de la conspiración y la lucha por el poder no tiene que ser descabellada como tampoco que la misma pueda suponerse una ficción, una lectura no ortodoxa de la historia de los últimos veinte años de política doméstica en Cuba nos puede revelar una lucha de poder dentro de una misma familia dividida en dos y representada por dos hermanos, que dicen algunos testimonios son en realidad dos medio hermanos. Una de las enfermedades crónicas de la izquierda siempre ha sido la división y la lucha interna por poder y Cuba no tiene porqué ser una excepción, de hecho la lucha casi paranoica de Fidel por la unidad pone en evidencia esta último término. A veces la historia de la política no es otra cosa que la vida de la gente, una novela adornada con grandes y grandilocuentes ideales e ideologías, la de Cuba está por escribir, y no podemos saber cuándo podrá escribirse teniendo en cuenta la opacidad de esas vidas ocultas por el secretismo.

El cambio de la jefatura de Gobierno en Cuba no se puede ver como un cambio, sino como el alargamiento y la horizontalización del poder en las castas pertenecientes a las oligarquías que se han ido conformando y que detentan privilegios económicos fuertemente vinculados a la política y las familias, son estos estamentos los que se han convertido en el motor del cambio del tipo que definió Lampedusa en uno de los ya clásicos axiomas del oportunismo político: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. Un país como Cuba en las actuales condiciones nacionales e internacionales es imposible que se sostenga sin cambiar y la supervivencia de las oligarquías depende de esos cambios. La jugada que ha hecho Raúl Castro de abandonar el cargo ejecutivo para reservarse la máxima dirección política del país no es una cesión de poder. En realidad es un movimiento lógico del octogenario líder por cuidar hasta el mínimo detalle un proceso de empoderamiento de las oligarquías que se han reproducido al amparo de las viejas familias fieles al castrismo. Del mismo modo que los éxodos del Mariel (1980) y el Maleconazo (1994) fueron hitos que cambiaron el relato político de la adhesión social, el actual enrroque de tronos cubanos viene precedido por un largo proceso marcado también por tres hitos que cambiaron el relato tradicional del traspaso del poder de la Revolución, estos hitos son: 1. Las purgas relacionadas con el caso del general Ochoa (1989), 2. las purgas de altos dirigentes no históricos (2009), y, 3. el acelerado deterioro de la salud de Fidel desde la caída en un mitin (Santa Clara, 2004) que propició, finalmente, el revelo de un Castro por otro a mediados de 2016. Las purgas no solo incluyen a destacados mandos militares y civiles, también a otros de segunda línea que articulaban las decisiones; además, y esto quizás sea aún más importante, introdujeron en las relaciones de las cúpulas de poder sectoriales un sentimiento de miedo y prevención donde antes podía funcionarse con cierta impunidad.

Raúl Castro ha cedido su puesto de presidente de Cuba a Miguel Díaz-Canel, un burócrata del Partido ajeno a las familias políticas y lejos de la vida palaciega, a quien cuidó y protegió para llegar a este momento, pero sigue con la mano en el timón. Así ha culminado un largo proceso de penetración y control de las estructuras más sensibles del poder que poseía su hermano Fidel, a raíz de la crisis originada en el Ministerio del Interior con el caso Ochoa, que involucró a altos mandos como al propio Ministro José Abrantes, muerto en la cárcel después de ser condenado a 20 años. Entonces el hijo de Raúl, Alejandro Castro Espín, hoy coronel del Ministerio del Interior, fue nombrado para gestionar tareas contra la corrupción que había servido de excusa para la gran purga, y más tarde, para terminar la configuración de un nuevo poder a la sombra fue designado al frente del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, un organismo desde donde se coordina y dirige todo el potente sistema de seguridad cubano. Según parece, y en contra de lo que suponen algunos, el protagonismo del único hijo varón de Raúl nada tiene que ver con sustituir al padre ni ahora ni en el futuro cercano, sino con el control de los aparatos de poder y la seguridad del sistema que garantice la estabilidad y el desarrollo de la supervivencia del régimen adaptado a las nuevas condiciones nacionales e internacionales, sin menoscabo de una oligarquía que sea la garante de este futuro nuevamente diseñado por los Castro, los otros Castro de nueva generación. Un recambio dentro de la propia familia sería un error de incalculables consecuencias para la parte de la sociedad que todavía cree en el discurso oficial de la Revolución, tampoco los mandos históricos o de nuevas generaciones verían con buenos ojos un remedio tan radical del nepotismo. Díaz-Canel es el perfecto comodín sin autoridad política, sin ascendencia, sin autonomía, con un gran valor que se concentra en su capacidad para servir a la Revolución y su fidelidad.

En realidad, al contrario de lo que pudiera parecer, lo que estamos viendo con el relevo es una consolidación del poder de Raúl, que desde la dirección política en un segundo plano podría fortalecer los cambios que se han estado realizando tímidamente con la oposición silenciosa de parte de la vieja guardia pretoriana que ha sido incapaz de adaptarse a las nuevas realidades. Esos otros ancianos que lo han dado todo por la Revolución, pero que también han cogido de todo sin menoscabar la fidelidad y la unidad. La mejor de las virtudes para sobrevivir en la nomenclatura. Esta supuesta reposición del mandatario cubano es el acto final de una puesta en escena del poder paralelo que orquestó desde dentro de las Fuerzas Armadas, dotándolo de una autonomía insólita con la que incluso se introdujo y operó en la sociedad civil de forma encubierta, fundamentalmente a través de las empresas civiles-militares que se dice ayudaban a sostener la economía militar. Antes de que Fidel enfermera y traspasara el poder a su hermano, cuando los militares se quitaron los uniformes y sin dejar de ser militares ni militantes del Partido hicieron con éxito el primer ensayo del país que vendría después, el de ahora, Fidel había comenzado a perder la dirección del país. El Ejercito, que se había ganado el prestigio y la autoridad moral en las campañas internacionales en África, también dentro del país se labró un espacio en la economía productiva y de servicios, contraponiendo la eficiencia de su gestión a la desastrosa administración del sistema por parte de Fidel. Al principio fue la diversificación de empresas y luego fueron los mandos militares que adoptaban la vida civil. De hecho, está por ver el papel que en esta lucha de poder tuvieron los acontecimientos relacionados con el Caso Ochoa, ya que si realmente, como parece ser, no hubo intencionalidad política expresa en los protagonistas de la trama, sí tuvo un origen en la corrupción y la corruptela de personas relacionadas con el poder político y las alternativas económicas paralelas de los militares que más tarde desarrollaría a escala nacional el Ejercito. Si bien el atestado contra Ochoa habla de errores y no de intención política, esta si es tácita en la interpretación que se hace de la pena. De cualquier manera el Caso Ochoa está plagado de interrogantes no sólo por testimonios de familiares, sino por el propio procedimiento, la relación de los protagonistas con los Castro y la ritualización que se hizo del pecado, la culpa y el castigo.

Es difícil creer que Fidel y Raúl no supieran lo que hacían Ochoa, Abrantes, los hermanos La Guardia y otros jefes militares en cuanto a actividades relacionadas con corrupción, enriquecimiento y vida disoluta, otra cosa es que fueran considerados tolerables mientras no se pusiera en riesgo la autoridad y el poder de los Castro. Hay muchos ejemplos de generales y altos mandos relacionados con hechos de ese tipo que nunca fueron castigados. De modo que no es del todo irracional conjeturar que hay uno o varios motivos relacionados con la lucha por el poder los que llevaron a sacrificar de una manera tan trágico y teatral a aquellas personas del Caso Ochoa. Recordemos que el proceso judicial está afincado en operaciones económicas ilícitas de empresas ilegítimas que actuaban legítimamente y libremente con personas legitimadas por su historial político pero que supuestamente cometieron el error de poner en riesgo el prestigio de la Revolución, léase a los Castro. Era un sistema paralelo con objetivos similares a los que justificaron el desarrollo del sistema de empresas militares tanto del Ministerio del Interior como del Ejercito y que estos últimos terminaron monopolizando. Para decirlo de otra manera, puede que no hubiera una conjura política para destronar el poder de los Castro, pero sí había una conjura de acumulación de poder que ponía en peligro la autoridad de Fidel. La relación de los implicados con la droga y la posibilidad de que se vinculara a los hermanos Castro directa o indirectamente no era el peor de los males, el peor de los males venía de la autonomía que esas estructuras habían tomado y de la discusión de la autoridad con que se jactaban improvisando decisiones contrarias al criterio político de los Castro. Otros casos, como el del ideólogo Carlos Aldana, tercer hombre en la nomenclatura, confirman la relación entre la supervivencia, la obediencia y la autonomía; Aldana creyó que su papel era hacer la ideología cuando en realidad estaba para ser una mera correa de transmisión, y acabo apartado de su cargo.

El segundo paso dentro de esta operación que podría haberse llamado “desmontar al caballo” –“el caballo” solía llamársele popularmente a Fidel–, fue la destrucción de todo el entramado renovador que el hermano mayor había estado preparando pacientemente y que tuvo su eje en el llamado Grupo de Apoyo, conformado por jóvenes escogidos por su preparación, capacidad y fidelidad para desarrollar responsabilidades futuras, después de pasar varios años trabajando a su lado como parte de la formación de los mismos. Cuando se produce la purga de los dirigentes no históricos que parecían destinados a asumir o comandar el cambio, el poder de Raúl se había consolidado y no tenía vuelta atrás. Fidel comenzaba el calvario de su enfermedad y según se lee en sus artículos ya sufre una debilidad que trasciende lo físico. La capacidad que se creyó tener para ser una referencia de poder sin cargo, que no sólo fuera simbólica, la había perdido. Lo que le faltaba a Raúl era descabezar a esa generación que cometió el error de creerse lo que parecían dentro de un contexto de cambio de los socialismos: la bisagra de un cambio real para el país. La perestroika y la glasnot se habían convertido en el peor enemigo de los líderes históricos y los más jóvenes dirigentes simpatizaban. Carlos Lage, Felipe Pérez Roque, Carlos Valenciaga, eran la cabeza visible de una generación que esperaba su momento dentro de los propios despachos desde los cuales se dirigía el país, otros menos mediáticos y situados en segunda línea también sufrieron suertes parecidas. La caída de estos dirigentes jóvenes del entorno fidelista supuso la muerte y la negación por tercera vez de Fidel por parte de Raúl. Sin embargo, al contrario de lo pasó con Ochoa y los implicados en aquella purga, el motivo de las destituciones sí aluden directamente a las aspiraciones de poder de los condenados. Es precisamente Fidel quien refiere las supuestas pretensiones de los implicados en su artículo el día después de la destitución, cuando dice “La miel del poder  (…) despertó en ellos ambiciones que los condujeron a un papel indigno”, dejando claro dos cosas que han regido la actitud de la dirigencia cubana desde 1959: la infidelidad o incluso la sospecha de la misma tiene el precio más alto entre todos los delitos y la ambición de poder es la peor de todas las formas de infidelidad por amenazar la unidad de mando en torno a una sola persona.

Solo imaginando un proceso de lucha por la conservación del poder se puede analizar la construcción continua de estructuras, aparatos y relatos que justifican la improvisación permanente de los máximos representantes de la Revolución con el objetivo de no perder el control. La actual situación de cambio está sujeta a ese paradigma. Estamos aún lejos de ver un cambio sustancial en Cuba y este siempre estará condicionado por la distribución y el mantenimiento del poder de las oligarquías que continuarán fortaleciéndose, al mismo tiempo que se diluya del imaginario colectivo la idea de la Revolución. Poder que antes se limitaba fundamentalmente a las influencias y los privilegios, y en la actualidad tienen un fuerte contenido económico y financiero relacionado con los negocios y, usando un vocablo de la mecánica, reversible a los miembros de las cúpulas. Hace ya tiempo que la Revolución comenzó a generar un camino contrario al de los ideales románticos que sirvieron para el respaldo de gran parte del pueblo y Raúl con el Ejercito ha sido el activo fundamental de una reestructuración a la medida de su traje de general. La historia de la Revolución de los últimos veinte años no puede verse sin incluir la dinámica de la lucha por el poder donde los hermanos de una familia han ejercido de protagonistas. La idea de unidad siempre se vio que no era en torno de una filosofía, sino de una persona, y que la unidad no era un concepto sino una orden. Solo respetando esa norma era posible sobrevivir en la nomenclatura. Mientras escribo no dejo de preguntarme porqué algunos altos dirigentes, incluso históricos, le tenían tanto miedo a Raúl y porqué uno de los hombres más notables del país delante de cierta persona dijo que prefería equivocarse con Fidel en relación con los cambios del mundo comunista, mientras que en privado decía lo contrario. La respuesta a esas preguntas son las mismas que motivan este artículo, el cambio es un movimiento, no un cambio de estado, y no puede hacerlo otro que quien ha impuesto una forma diferente de gobernar para que nada cambie, desmontado a la Revolución del caballo. Todo parece indicar que el cambio de Cuba es simplemente una cuestión de familia.

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