La independencia catalana, un suflé envenenado

Hace unos años un amigo me llamó para colaborar como analista en la campaña de un candidato a la presidencia, pero cuando le emití algunas críticas a la gestión que estaban haciendo me despidió diciéndome que yo no podía entender la política española por haber nacido en otro país. Al final terminaron perdiendo a pesar de que el candidato era formidable, no porque no tuvieran en cuenta mis opiniones, por supuesto, si bien la idea de que ser nativos españoles otorga una visión más realista de los problemas domésticos es un error. Puede que por el mismo motivo las opiniones de uno como yo sobre el actual conflicto catalán no tengan ningún valor, aunque mutatis mutandis de igual manera la mejor historia escrita de España quedaría huérfana porque algunos de sus mejores escritores han sido extranjeros, aquí incluyo al cubano Pablo de la Torriente Brau, muerto en Majadahonda en 1936 durante la defensa de Madrid y del que nunca han aparecido sus restos. De cualquier modo, como sujeto político me siento aludido y con derecho a opinar sobre un asunto que es político, nos concierne a todos y en último caso todos deberíamos decidir.

La dificultad para hablar del conflicto catalán radica en la complejidad que aporta al problema la manipulación de los sentimientos que conforman el catalanismo, mediante la politización de los mismos por políticos nacionalistas de izquierda y derecha. Y no menos importante las fundamentaciones históricas que hacen de las razones independentistas un batiburrillo de datos contradictorios y tan deterministas como lo es la descendencia a la realeza. De hecho a veces no sabemos acorde a las causas que exponen si son independentistas o secesionistas, que comportan dos problemas distintos. No es que los catalanes sean más patriotas de la patria catalana que los gallegos de su Galicia o los vascos de su Euskadi, tampoco creo que se trate de un viejo problema sin resolver entre el resto de España y los catalanes, más bien puede que sea un viejo problema por resolver primero de los catalanes con ellos mismos, luego de España con el resto de sus nacionalidades, incluyendo la catalana. Este problema que podría estar más cerca de la psicología social y el psicoanálisis que de la desigualdad y la discriminación, junto a las frustraciones que no han contado con las respuestas que esperan los catalanes del Gobierno central acorde con sus expectativas, constituyen el núcleo real del conflicto que dirigentes catalanes quieren resolver con la independencia, arrastrando tras de sí a un notable por ciento de la población catalana, mucha de la cual ignoramos si son catalanes por doctrina, igual que no podemos saber si detrás del exceso independentista se ocultan otras motivaciones.

No hay una sola causa de cualquier tipo que no sea la ideológica que justifique la independencia. Mal estaríamos si pensáramos que la independencia es un deseo, no una necesidad. ¿Realmente el independentismo se sustenta en una necesidad del pueblo catalán como la hubo en el pasado que no sea la generada por una ideología del patriotismo extemporáneo y démodé? ¿Y en caso de que hubiera necesidad, la misma tiene en cuenta al resto de los pueblos y los ciudadanos españoles que, no importa el porcentaje, pueden sentirse catalanes como andaluces o gallegos en la medida en que son parte de un todo? Esa necesidad no es real y ese todo sí existe de partes articuladas y legalizadas por la Constitución, si bien esa articulación no es perfecta y seguramente sí tiene la necesidad de otra escritura. El independentismo en las actuales condiciones, no sólo es ridículo, sino que es injusto, egoísta y narcisista, en el que destaca de modo significativo la idea de la diferencia y por tanto de la exclusión. No se trata tanto de los errores o las dificultades de la integración del mapa territorial español, que no es perfecto y debe adaptarse a los cambios que se han producido en el desarrollo de las regiones y la ciudadanía, sino de la idea que algunos puedan tener de sí mismos. El catalanismo no es un problema para la estabilidad política de España, sino el uso político de ese sentimiento legítimo y enriquecedor de la diversidad española. El problema no es antropológico, ni cultural, ni económico, aunque sus causas sean antiguas y estén en la base del patriotismo catalán, sino de índole política, y sus razones ideológicas.

Quienes hemos podido ver a España desde fuera antes de verla por dentro, nos resulta difícil de entender el nacionalismo catalán y aún menos el independentismo. Desde fuera España se ve por lo que más destaca, Gaudí es una de esas cosas junto a un conjunto de valores y géneros de toda su geografía. Gaudí y la Sagrada Familia son tan españoles como Cervantes, Picasso, el cante o el flamenco. Si los catalanes se vieran como se les ve desde fuera, dentro de un todo, tal vez serían menos independentistas, aunque esta visión es diferente de la que se tiene desde fuera de Cataluña sin salir de España. Esta visión española arroja un conjunto de tópicos que dan una imagen de trazos gruesos, no exenta de errores, en la que los catalanes no llevan la mejor parte, porque está más cerca de lo que dijo Quevedo que de lo que dicen los líderes independentistas. Lo peor de la situación actual no es la independencia que es una utopía, es que se está creando un conflicto falso entre unos españoles con otros, catalanes y no catalanes, y de eso no hablan las estadísticas ni la prensa porque como suele suceder se oculta el sentimiento fratricida que deriva de la oposición de los nacionalismos. Se delinea un perfil anticatalán que también han ayudado a generar los propios nacionalistas. En Cuba, sin embargo, donde hubo una importante comunidad catalana de prestamistas, algunos de los cuales desarrollaron la banca en los años veinte del siglo pasado y donde se inició uno de los tramos históricos del independentismo de la mano de Francesc Masià, la gente solía tener una idea peculiar del hombre de negocios catalán, y les llamaba popularmente “judíos”, sin embargo no hay anticatalanismo porque muchos de estos fueran usureros, se enriquecieran a su costa y luego construyeran parte de modernismo barcelonés con ese dinero. Eso me hace suponer que no sólo el nacionalismo mal enfocado por los independentistas en negativo para la convivencia, sino que no tienen otro modo de argüir un discurso ideológico.

El producto que han logrado los independentistas manipulando sentimientos reales de pertenencia a una cultura y a una región es una mezcla explosiva cuando se crea un enemigo, que en este caso es el Gobierno central, al que se le acusa de los problemas de todo tipo que solo se pueden resolver con la ruptura de los vínculos que le unen al mismo. La ideología independentista no es posterior a los problemas actuales como búsqueda de alternativas a las soluciones, o sea, no es una consecuencia, sino una causa que apela a extraer del pasado motivos reales asociados con la identidad. Pocas ideas que no sean las historicistas se suman a la manipulación de los sentimientos que una base popular sostiene y sobre la que se interpreta que una consulta popular es la vía democrática para resolver el problema. Si la democracia fuera únicamente un fin en sí misma y nada menos que un asunto técnico y formal, entonces no sería la democracia el sistema adonde hemos llegado para mejorarlo, sino una especie de anarquía “rousseauniana”. La democracia no puede ser ni es la justificación de todas las cosas, igual que no todo puede estar permitido más allá del interés de todos y de las normas, que pueden ser cambiadas. En todo caso si hubiera consulta popular debería hacerse desde la idea de que Cataluña y el resto de los españoles somos parte de un todo. El referéndum no es el Ave María de la democracia y la interpretación de quiénes somos es una discusión histórica pendiente que debería empezar a hacerse. Seguramente un replanteamiento de la memoria histórica que aborde críticamente lo que somos, en vez de la justicia histórica que es lo que se hace y debería llamarse, nos permitiría reconocernos como lo que somos realmente.

Según el independentismo actual y su fórmula manipuladora del pasado que mezcla derechos, valores y sentimientos, podría parecer que España y Cataluña se hallan todavía en la Edad Moderna o en el difícil siglo XIX español cuando surgen los nacionalismos, incluso todavía más acá en el XX donde fraguan y consolidan los nacionalismos y los independentistas. A este movimiento le gusta ignorar que después de ese largo tiempo oscuro de España, en 1978 “la indisoluble unidad de la nación española” y el derecho a la autonomía de las “nacionalidades y regiones que la integran” plasmada en la Constitución alcanzó el respaldo del  90,5 por ciento de los votantes catalanes. No obstante la Constitución no es un texto sagrado que no se pueda tocar para adaptarlo a la realidad y si fuera necesario se debería hacer para mejorar la funcionalidad del tejido nacional español, ya sea como conjunto de autonomías y regiones o como federación o cualquier ecuación posible sin poner en riesgo al conjunto de España. Cuidado con la acriticismo histórico del que padecemos y que a veces nos impide ver con perspectiva el presente y el futuro.

No es ocioso decir, aunque sea de paso, que el independentismo y la voz del pueblo que se imposta desde las tribunas no siempre son una solución para los problemas, véase el caso de Cuba a lo largo de su historia colonial, republicana y revolucionaria después de 1959. También sirve de ejemplo el reciente referéndum no vinculante en Puerto Rico que optó por la anexión a los Estados Unidos, después de haber contado ese país con uno de los movimientos independentistas más añejos del hemisferio primero contra España y luego contra Estados Unidos. Incluso la credibilidad de la voz del pueblo en la que ponen el acento los populismos no es más que un argumento político más, no hay ninguna evidencia de que eso que llaman “el pueblo” tenga razón o sea garantía de la verdad o el triunfo de una opción política. Esa voz no sólo es heterogénea, sino también voluble e incluso puede sintonizarse acorde a intereses que no son los suyos. Por defecto, cuando para justificar un discurso político me dicen que las bases, el pueblo, piensan, quieren, dicen; saco mi estilográfica y escribo un párrafo contra los populismos.

El independentismo catalán es un suflé envenenado tanto para Cataluña como para España. El descontento catalán no se resuelve en las urnas del modo que lo plantean los independentistas, a no ser que el Estado incurra en una irresponsabilidad política creando un antecedente legal negativo y peligroso de cara al futuro de la integridad territorial. Si hay consulta que sea de todos los españoles, si no siempre se puede parchear la Constitución que es la letra por la cual nos regimos, aunque la música a veces la pongan otros. Como diría José Ortega y Gasset en las Cortes republicanas en mayo de 1932, posiblemente “el problema catalán es un problema que no se puede resolver, que solo se puede conllevar”. Y, además nos advirtió que un Estado decadente es aquel que fomenta los nacionalismos, me gustaría apostillar que de igual modo los políticos decadentes son aquellos que manipulan y promueven el nacionalismo estéril de unos contra otros, ya sea desde del poder o no, de un lado u otro del espectro ideológico. El derecho nacionalista por encima del derecho ciudadano será siempre un peligro no importa si de izquierda o derecha, la historia está plagada de injusticias y crímenes en su nombre.

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LA RESURRECCIÓN DE PEDRO SÁNCHEZ

Foto de León de la Hoz

Hace unos días se produjo uno de los hechos más insólitos que pueden ocurrir en política, se trata de la resurrección. Crucificar a alguien como lo hicieron con Pedro Sánchez es fácil y no deja de ser habitual en política, sobre todo en la española, pero que se produzca la resurrección es un milagro. El exsecretario general del PSOE y excandidato a la presidencia había tenido que renunciar a su escaño de diputado y portavoz del socialismo en el Parlamento por un golpe de estado en el partido, acusado de haber perdido las elecciones con el peor resultado de la historia, de haber dividido al partido, de acercarse temerariamente al populista Pablo Iglesias y de atentar contra la estabilidad de la nación, más otras fruslerías y polémicas argumentaciones sustentadas en las medias verdades y la manipulación, a la que contribuyeron viejos líderes como el expresidente y renovador del PSOE en su momento Felipe González y medios de comunicación como el diario El País. Además de haber sido negado en más de tres ocasiones por miembros de su Ejecutiva y dirigentes territoriales y traicionado por su sombra.

Nunca antes un político había sido tan acosado por propios y extraños para su derribo, todos lo querían muerto, y lo lograron, con lo que no contaron fue conque el muerto fuera a resucitar como en las grandes narraciones mitológicas gracias a la creencia de que era el salvador. Ese será de ahora en lo adelante y en primer lugar el gran capital de Sánchez, gran parte de sus correligionarios creen que es la persona que ha logrado interpretar el sentir del pueblo y las señales de los tiempos. Y en segundo lugar, como consecuencia de lo dicho, ha renacido sin la tutela de las vacas sagradas del partido y contra la burocracia del aparato partidista que desde hacía tiempo estaba siendo fuertemente criticado por la corrientes renovadoras, que no tuvieron otra respuesta que las declamaciones paternalistas de la nomenclatura. Haber vuelto de entre los muertos de esta manera lo convierte en un jefe de partido con un enorme poder y una gran capacidad de resolución, incluso mayor que la que tuvo Felipe González para dar un golpe de timón al partido al centro que le permitió la integración plena dentro de la socialdemocracia europea.

El problema de Sánchez es cómo administrar ese capital frente al otro partido que le ha robado por la izquierda gran parte del electorado decepcionado. El secreto está en la masa. Sánchez no puede alejarse de su electorado, que pide cambios de actitud en el PSOE acorde a los tiempos de corren, pero tampoco puede acercarse al partido que mejor ha sabido interpretar la crisis que viven los partidos tradicionales. Lo peor que podría ocurrírsele a Sánchez sería una alianza con el Podemos de Pablo Iglesias, que es una agrupación que va perdiendo fuelle en la medida en que el movimiento social que lo sostiene empieza a ver que al joven partido le falta aliento para las distancias largas y se comporta como un botiquín de socorrista. Sin embargo los problemas que dieron lugar a la disensión de buena parte de los afines del PSOE no se han acabado, de modo que una política inteligente y sensibilizada con dichos problemas podría ser la base de un cambio verdadero que devuelva la ilusión. Precisamente ese discurso de articulación con las bases ha sido el revulsivo que dio a Sánchez la resurrección. La clave para ganar no está en la corrupción alarmante e inmoral del partido de Gobierno, como podría ser en una sociedad sana que no es la nuestra, sino en quitarle los papeles a Podemos y volver a escribir el guión de la oposición.

Posiblemente la mejor manera de volver a dominar la izquierda desde el centro sea volver a los orígenes, no para hacer una oposición “útil” que los ideólogos de la utilidad llenaron de utilitarismo para contentar a todos, sino para hacer una oposición ilusionante, ya que la política no es cosa de utilidades, sino de ideas que describen, explican y argumentan la ilusión por un objetivo. El miedo a la ideología es uno de los fenómenos que mejor revelan la enajenación actual de la política tradicional y su crisis de credibilidad. La política nueva, acorde con los tiempos, debería dejar de ser un instrumento en manos de la tecnocracia política y recuperar los argumentos de los hechos y las razones que dan sentido al poder como una forma de dominación. La ideología podría volver a ser el argumento de la ilusión, el relato que sustentara los hechos nuevos. Los nuevos populismos de izquierda y derecha no han hecho otra cosa que dar sentido a su discurso con una ideología, eso sí, revenida. La ideología no ha muerto, pero sí murieron determinadas ideologías que fueron la argumentación de otra época. Ha sido un error de la izquierda, desaconsejable hoy día, asumir el rol de alter ego de la derecha como hizo el PSOE, motivo por el cual sus votantes desilusionados se han marchado a otras filas. El socialismo debería poder escribir un relato diferente de la política lejos de la ambigüedad de la utilidad y más cercano a la identidad.

En esta dirección es donde el PSOE debería situar su análisis para convertir la resurrección de Pedro Sánchez en la resurrección del partido y con ello ponerse a la cabeza de concepciones y políticas nuevas que devuelvan a Europa los valores del pragmatismo que le valieron la admiración del mundo a lo largo de la postguerra. La vuelta de Pedro Sánchez en hombros de la militancia socialista tiene especial significado porque se produce en un momento crítico no sólo para la izquierda española, sino también para la socialdemocracia y en general para la democracia europea, uno de los bastiones de la democracia que había alcanzado su mayor relevancia a este lado del muro o cortina de hierro, como se solía llamar, frente a las sociedades comunistas al este del continente. La continuada involución de la socialdemocracia con el fracaso de la tercera vía y de sus críticos, además de los excesos del neoliberalismo, ha llevado a la democracia a un callejón sin salida que pone en peligro a las sociedades frente a riegos derivados de la globalización de las tecnologías, las finanzas y las crisis económico-financieras. La última de estas crisis puso de manifiesto la culminación de un peligroso proceso de enajenación de la política, alejada de los ciudadanos y del pensamiento político.

La misión de Sánchez no será fácil y puede que necesite más de un milagro. Sin embargo muchos esperan que si ha logrado la resurrección, darle una segunda vida al PSOE no tenga porqué ser imposible. Está en el semáforo que controla el semaforero sin cabeza y solo habrá una vía que lo lleve a la salvación, tal vez debiera ir con la señal prohibida.

 

 

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Lectura y presentación de la tercera edición de Vidas de Gulliver

El sábado que viene la editorial Betania en la persona de su editor y poeta Felipe Lázaro presentará mi libro Vidas de Gulliver (3ª edición). Debería decir que están todos invitados, pero se trata de un lugar pequeño donde no cabríamos, no obstante es un sitio que desborda el encanto que pone la mano del tiempo encima de las cosas. Ese es el motivo de que haya aceptado la invitación de Chago (Santiago Méndez Alpízar). Pensé, ya que no tengo La Habana cerca, no está mal ir a La Fugitiva.

Hace años comprendí que los “actos literarios” no tienen nada que ver con la literatura, sino con la vanidad. La literatura nada tiene que ver con otros géneros de la creación artística y la creación artística tampoco tiene que ver con los géneros menores y la degeneración a que son sometidos por el mercado, la publicidad y el mercadeo en las redes sociales. Entonces, después de haber presentado mi novela La semana más larga, decidí no presentar ningún libro más en lugares que no vivieran al margen del mundo oficial, el brillo, la apariencia, la banalidad y la representación de la literatura.

La intimidad de la librería café La Fugitiva es uno de esos sitios adonde volvería con mis amigos y aquellos que sin serlo quisieran la amistad del poeta y la poesía que huyen de la representación de la literatura. A esos, aquí les dejo la invitación.

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20 años de Gastón Baquero reaparecido en todas partes

José Lezama Lima al borde izquierdo de la foto, Gastón Baquero al otro lado en la derecha.

A veces nos sorprendemos de la forma en que el tiempo nos revela que existe. La rutina de la existencia es de una crueldad de la que no tenemos verdadera conciencia. Incluso podemos ser incapaces de ver nuestras arrugas cuando nos miramos al espejo después de veinte años. A veces necesitamos un acontecimiento que nos sirva de brújula, nos oriente en medio de la maraña de horas y nos ponga a pensar en que el tiempo existe. Hoy es uno de esos días. Han pasado veinte años desde que el poeta y amigo Gastón Baquero nos dejara físicamente. Apenas nos habíamos percatado que ya ha pasado una vida. Hay gente que a los veinte años ya ha vivido todo cuanto debía vivir.

Era un día gris, con la lluvia en la ventana, era triste y aún no sabíamos porqué, aunque la ciudad celebraba a su patrono San Isidro. Seguramente a Gastón le hubiera gustado saber que iba a morir ese día del santo labrador y habría hecho una sarcástica lectura oblicua, al decir de Lezama Lima, porque él, ingeniero agrónomo, había torcido su destino por la poesía y el arte de pensar. Se habría ido al otro mundo con una sonrisa, una vez más, después de haberse convertido tantas veces en literatura alterando el sentido del tiempo viviendo en otros mundos. Nadie como Gastón jamás había escrito tanto y con tanta originalidad sobre el destino y la trascendencia creando un nuevo misticismo sobre la vida, que nada tiene que ver con su credo católico, sino más bien con la magia y la reencarnación. Vida y muerte unidos por el principio de la trascendencia como transformación de la materia y la superposición del tiempo, en contra del principio del idealismo católico.

Si fuéramos a ser fieles al poeta este día en el que lo recordamos con más fuerza, seguramente después de veinte años podríamos imaginarlo sobrevivido en cualquiera de sus transfiguraciones: un tigre, un leopardo, un príncipe de Abisinia, un pez o un niño. Yo siempre lo recuerdo en aquellos tiempos en los que nos veíamos casi a diario para hablar de lo humano y lo divino, bastón en mano y sombrero al alcance como a punto de salir a un viaje sin regreso. Donde quiera que pueda estar quiero agradecerle la hermosa e intensa amistad que me dio en el último tramo de su vida, y sobre todo disculparme por no parecer tan devoto suyo como debiera, seguramente él sí lo entenderá, lo sabe, como supo el profundo cariño, admiración y respeto que nos tuvimos. De cualquier modo y a pesar de algunos, Gastón ya sobrevive en la poesía del mundo y en su caudaloso río. Su sobrevida empezó antes de morir y no nos necesita. Gastón está en todas partes.

 

Breve viaje nocturno

Según la leyenda africana, el alma del durmiente va a la luna

 

Mi madre no sabe que por la noche,

cuando ella mira mi cuerpo dormido

y sonríe feliz sintiéndome a su lado,

mi alma sale de mí, se va de viaje

guiada por elefantes blanquirrojos,

y toda la tierra queda abandonada,

y ya no pertenezco a la prisión del mundo,

pues llego hasta la luna, desciendo

en sus verdes ríos y en sus bosques de oro,

y pastoreo rebaños de tiernos elefantes,

y cabalgo los dóciles leopardos de la luna,

y me divierto en el teatro de los astros

contemplando a Júpiter danzar, reír a Hyleo.

Y mi madre no sabe que el otro día,

cuando toca en mi hombro y dulcemente llama,

yo no vengo del sueño: yo he regresado

pocos instantes antes, después de haber sido

el más feliz de los niños, y el viajero

que despaciosamente entra y sale del cielo,

cuando la madre llama y obedece el alma.

 

Fábula

Mi nombre es Filemón, mi apellido es Ustáriz.

Tengo una vaca, un perro, un fusil y un sombrero;

vagabundos, errantes, sin más tierra que el cielo;

vivimos cobijados por el techo más alto;

ni lluvias ni tormentas, ni océanos ni ríos,

impiden que vaguemos de pradera en pradera.

Filemón es mi nombre, Ustáriz es mi apellido.

No dormimos dos veces bajo la misma estrella;

cada día un paisaje, cada noche otra luz,

un viajero hoy nos halla junto al río Amazonas,

y mañana es posible que en el río Amarillo

aparezcamos justo al irrumpir el sol.

Somos como las nubes, pero reales, concretos:

un hombre, un perro, una vaca, un sombrero,

apestamos, queremos, odiamos y nos odian,

vagabundos, errantes, sin más tierra que el cielo

-Filemón es mi nombre, Ustáriz mi apellido-;

los míos me acompañan, lucientes o sombríos,

pero con nombres propios, con sombras bien corpóreas,

seres corrientes, sueños, efluvios de una magia

que hace de lo increíble lo solo de que creemos.

Filemón es mi nombre, Ustáriz  mi apellido;

somos materia cierta, cifras, humareda,

llevados por el viento, hambrientos de infinito,

un perro, una vaca, un palpable sombrero;

simples y sin misterios seguiremos el viaje:

por eso yo declaro al tomar el camino,

que es Filemón mi nombre y Ustáriz mi apellido,

que la vaca se llama Rosamunda de Hungría,

y que al perro le puse el nombre de una estrella:

le digo Aldebarán, y brinca, y ríe, y canta,

como un tenor que quiere romperse la garganta.

 

Retrato

Ese pobre señor, gordo y herido,

que lleva mariposas en los hombros

oculta tras la risa y el olvido

la pesadumbre de todos los escombros.

 

Él dice que lo tiene merecido

porque aceptó vivir, que no hay asombro

en flotar como un pez muerto y podrido

con la cruz del vivir sobre los hombros.

 

Cenizas esparcidas en la luna

quiere que sean las suyas cuando eleve

su máscara de hoy. No deja huellas.

 

Sólo quiere una cosa, sólo una:

descubrir el sendero que lo lleve

a hundirse para siempre en las estrellas.

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La enfermedad de castigar, una epidemia social

el-castigadoxUna de las cosas que más me llama la atención de los padres y profesores es el uso y la concepción del castigo. La siguientes reflexiones son el resultado de esa observación, son las reflexiones de un padre y en ese sentido tienen las virtudes y los defectos propias de esa condición, seguramente otros podrán hacer las suyas diferentes. He sido ojo y oído ante un problema al que se enfrentan a diario unos y otros y que en el fondo lo que probablemente encontremos sea un dilema de autoridad.

El castigo es el recurso más socorrido, el más primitivo, para regular las conductas y alcanzar determinados objetivos. Lamentablemente el castigo solo se mira desde el lado de la psicología, si se analizara desde el punto de vista de la sociología, diferentes serían los derroteros y más graves las conclusiones, ya que en realidad no somos más que la representación simbólica del poder para hacer cumplir ciertas normas y ejecutar el castigo de las mismas. Piezas de un puzle del poder en el que actuamos como defensores de una estrategia social determinada. Este orden empieza en la familia y en la escuela donde nos forman más que lo que nos educan.

Entre los muchos errores de la educación actual uno de sus puntos neurálgicos es la falta de preparación para pensar y para la felicidad. Se enseña para ser útiles, eficientes y dóciles. Sin embargo todos estamos contentos porque nunca la sociedad nos ha demandado un papel tan relevante con nuestros hijos y educandos. Ver el castigo desde el punto de vista de lo que representa como estrategia de poder no es mi cometido en este artículo, pero sí es necesario tenerlo en cuenta para profundizar en nuestro papel y pensar que el castigo es una manipulación y como tal no debería existir. El castigo como se concibe en general es una práctica que deberíamos desterrar de nuestras relaciones con los hijos y los educandos, que fundamentalmente genera dolor, frustración y resentimiento; que puede variar la conducta pero no enfrenta la causa que la generó.

No está de más decir que la primera referencia que recuerdo del momento en el cual empecé a preocuparme por este tema fue cuando me tentaron a leer una biblia de los padres primerizos, donde el método principal era dejar llorar a los niños hasta que se agotaran. Ese libro me mostró hasta que punto la crueldad puede ser argumentada por especialistas y consentida por quienes nunca nos preguntamos nada y esperamos las respuestas de otros como sumisos actores.

Si el lector es de los que cree que el castigo es necesario, me gustaría decirle que el principal responsable de que tenga que aplicar un castigo es él mismo, seguramente porque la relación de autoridad con su hijo o el educando ha sido mal enfocada. Si de cualquier modo no puede evitarlo, lea antes estas siete razones antes de castigar para que el castigo sea lo menos insano posible.

  1. Hablar, oír, razonar, entenderlos. El castigo que es eficaz con un niño no tiene porqué serlo con otro, tampoco es buena idea comparar un niño con otro para imponer el castigo. Los niños deben conocer las normas y respetarlas, pero la aplicación del castigo varía según las características de cada niño. Un niño es un ejemplar único, una persona distinta a todos, incluso a los propios padres. El castigo debe estar condicionado no sólo por la falta, sino también con el motivo de la misma, las características del niño, el contexto, y si hay reteración. Es indispensable prestar atención a los argumentos del niño, empatizar, entenderlo y crear una relación de respeto en ambas direcciones. La autoridad mal entendida suele desconocer este principio. Se debe explicar hasta la comprensión las razones del castigo, las consecuencias de los actos y el beneficio de un buen comportamiento. Escuchar al niño y no castigar sin oír su versión del motivo por el que va a ser sancionado. Hacer caso de lo que otros dicen y tomar medidas sin considerar su opinión de los hechos desacredita al niño y lo predispone a mentir, afectando valores de su personalidad.
  1. Más racionalidad y menos improvisación. La impulsividad es mala para tomar decisiones de cualquier tipo y el castigo es una muy importante porque afecta a nuestros niños. Si después de castigar invade un sentimiento de culpa, puede ser que no hayamos pensado bien antes de decidir el castigo, y nos arrepintamos para luego levantarle el castigo con la consecuente pérdida de autoridad. Un buen consejo es no castigar a la primera y menos si estamos cansados, enojados o agotados. Hay una relación estrecha entre el castigo y la autoridad, y la autoridad no se forja con castigos. La autoridad de padres y maestros se forja en un proceso complejo y a largo plazo, donde el factor fundamental es el respeto y no el miedo. Si funciona la autoridad el castigo tiende a desaparecer. La relación castigo-miedo es perjudicial. La improvisación al castigar es negativa para la configuración de la autoridad y se corre el riesgo de cometer errores. Es mejor esperar el momento adecuado o hacer un aparte con el niño antes que dejarnos llevar por la espontaneidad. Un castigo es una decisión que puede afectar muchas facetas del menor como su autoestima, por tanto conviene no improvisar si usted es de los que prefiere castigar a hablar y dar ejemplos.
  1. Los castigos físicos son totalmente inapropiados. Ya nadie duda que los castigos físicos son contraproducentes, cuando no crueles. No obstante un “buen azote” es algo que casi todos ven con displicencia, cuando es una forma encubierta de nuestra impotencia y de violencia de baja intensidad y similar a la verbal. Ni siquiera pegues a los niños un azote si lo puedes evitar. Sus efectos a largo plazo si son continuados pueden ser negativos. Es un patrón a erradicar de nuestra herencia cultural y desterrar de las conductas. Aún hay quienes dan por bueno el azote, pero sólo puede arreglar una situación puntual, una descarga mutua de adrenalina entre el adulto y el niño que devuelve la situación al punto cero, pero no va a la solución del problema y refleja más la frustración del adulto que una enseñanza para el niño.
  1. Los castigos deben ser una herramienta excepcional. El castigo es un instrumento para corregir y enseñar, no está al servicio del escarmiento. Tampoco debe ser una amenaza cómo se oye a menudo a padres y educadores. Nunca debe convertirse en el elemento regulador de la conducta que a largo plazo puede crear un círculo vicioso muy nocivo, en el que adultos y niños se transforman en prototipos de una violencia implícita, víctima y victimario, en el que cada uno aprende un rol que puede ocasionar enormes costos para la vida futura del niño. Demasiados castigos deben hacernos sospechar que no lo estamos haciendo bien. Por otro lado, puede que el niño estuviera llamando la atención por algún problema desconocido por nosotros y por lo general más grave. En ese caso, debemos corregir la adopción de los castigos y, si es necesario, pedir ayuda externa de un especialista en conducta. El castigo es dañino si no es educativo. No se debe castigar sin buscar alternativa, hay que hacer entender el motivo del castigo, si no es mejor no hacerlo. Castigar es la última opción, debe ser racional y tiene que verse claramente la relación causa-efecto.
  1. El objetivo primordial es que el niño entienda las relaciones de causa-efecto entre la falta y el castigo. Si un niño incumple con alguna de sus obligaciones o comente cualquier falta, lo primero es saber si merece el castigo o si es suficiente con una amonestación. El castigo no solo trata de poner límites, sino de que el niño entienda por qué existen esos límites. De esa manera aprenderá a evitar por si solo las conductas que le acarrearán consecuencias negativas. También es bueno advertir antes de que pueda cometer la falta: “si haces esto, te ocurrirá lo otro”, pero no en relación con el castigo sino con las consecuencias de sus actos. El castigo tiene una función reguladora y como tal educativo, si no es educativo es el adulto quien debiera ser castigado. La relación antecedente-conducta-consecuencia es fundamental para ayudarlo a visualizar qué es lo que se quiere de él y cómo puede solucionarlo. Cuando hay una buena relación de autoridad puede ser suficiente con que el niño medite y entienda este esquema con la ayuda de nosotros.
  1. Proporcionalidad. No debemos imponer castigos excesivamente duros, ni tan complicados de cumplir, ni difíciles de supervisar. Hay castigos que pueden convertirse en suplicios tanto para el niño como para el adulto, ya que sobrepasan la racionalidad y al final terminan produciendo una situación problemática a veces insostenible en torno a la propia medida. Por ejemplo, “No juegas durante un mes”… “No te levantas de la cama durante el fin de semana”… El castigo debe ser consecuente y proporcional con la falta. En vez de un castigo largo es mejor fraccionarlo para evaluar el efecto a corto plazo y moderar su aplicación al cumplimiento del objetivo con el que se impone. Tenemos que ayudar al niño a ser capaz de evaluar su propia conducta para evitar la reiteración de la misma. La supervisión permanente del castigo y la conducta es una buena medida para centrar la atención de manera ponderada en la causa-efecto. Uno de los problemas que enfrentamos a menudo es el de los castigos duros de los padres blandos, son aquellos que convierten el castigo en una rutina porque lo terminan sin que el niño haya cumplido el objetivo. El castigo pierde sentido y los padres o maestros la autoridad. También hay castigos contraproducentes, por ejemplo: a un niño que disfruta al tocar un instrumento musical no debemos prohibírselo de forma indiscriminada porque es su necesidad, la extroversión de su libertad y del deseo. El peor de los castigos es el intento de prohibir el deseo, que es algo imposible de prohibir. Un castigo excesivo o equivocado puede causar un resultado contrario al que buscamos.
  1. Resulta mucho más eficaz fortalecer las conductas positivas que erradicar las negativas. El castigo debe ser ponderado no solo en sí mismo, sino también con el fortalecimiento de las áreas donde el niño mejor se desenvuelve o donde más lo necesita. Si es perezoso para los deberes, pero se levanta enseguida para ir al colegio o es diligente para otras tareas, elogiarle esas fortalezas. Debemos mostrarle el amor que sentimos por ellos, cuando el castigo está rodeado de amor es mucho más comprensible y visible el objetivo que nos proponemos, pero no el amor que a veces mostramos en regalos materiales, sino aquel que premia las virtudes y se expresa comprensivo con sus flaquezas y lo apoya para ayudarle a vencer sus dificultades. Esa es la mejor manera de expresarle amor a un niño. Mucho cariño y pocos castigos. Felicitar y celebrar los aciertos presentes evita los errores futuros.

Ni la educación funciona como una ciencia exacta, ni los niños se comportan como autómatas de respuestas siempre previsibles, ni son los mismos en todas las edades. Los niños son personas y deberíamos ponernos en sus zapatos a la hora de hablar con ellos y decidir un castigo: ni permisivos, ni verdugos. La disciplina y la autoridad, la confianza y el amor, la racionalidad y el sentido común, la creatividad para relacionarnos con ellos y para hacerlos pensar y entenderlos son piezas fundamentales de un difícil equilibrio de convivencia, que en cualquier caso han de servir para elaborar el castigo inevitable. Tampoco debemos ceder a la tentación de castigar como lo hacían nuestros padres, ni trasladar nuestras frustraciones a la decisión de castigarlos, ni hacernos cómplices de una agresión que proviene de nuestra civilización y que eufemísticamente llamamos estrés. Mucho enfermo por castigar anda suelto y va repitiendo un patrón que terminará por enfermar a sus hijos y educandos.

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