Los cambios de pintura de Raúl Castro

En estos días en los que con razón fuera de la Isla se habla y escribe a menudo sobre los cambios y la posible transición cubana, todavía hay a quienes les parece ocioso hablar y aventurar conjeturas sobre el asunto, como si no fuera uno de los realmente importantes y sin resolver que nos concierne a todos los cubanos. Sin embargo y a pesar de la misma actitud de medios oficiales de dentro, nunca antes y mejor se había planteado tan seriamente el problema que soberanamente ha quedado en manos del exilio para que éste lo piense, ya que por desgracia el silencio impuesto por el Gobierno cubano a este supuesto teórico del futuro del país impide que se pueda tratar. Según la lógica del Gobierno, dentro de las expectativas triunfalistas del régimen no cabe esa posibilidad por lo tanto no se puede hablar de un problema que no existe. Tampoco dentro de la política de saneamiento ideológico del lenguaje está previsto ni permitido hablar de otros temas como democracia, libertad, régimen o dictadura referidos al contexto cubano —incluso esas simples palabras parecen arder en los oídos de los interlocutores— y, no obstante, nada está más cerca a un cubano de un modo práctico y teórico que esos conceptos. Siguiendo esa lógica, la realidad cubana está acotada por un discurso y un lenguaje político-patriótico que siempre ha planteado la vida en antónimos y dicotomías: dentro-fuera, sacrificio-eternidad, enemigo-amigo, patria-muerte, individuo-sociedad, valor-cobardía, fidelidad-traición, etc., ninguna otra cosa existe fuera del lenguaje ideológico, político y social de la retórica de la guerra y tampoco es permisible introducir nada a riesgo de parecer un enemigo. La misma realidad parece inventada por el lenguaje. Es el lenguaje de la paranoia.

Los gobernantes cubanos a lo largo de casi cincuenta años no sólo se propusieron en vano crear un Estado aséptico, sino también un lenguaje que exaltaba la inmovilidad del régimen y su partido al darle categoría de eternidad y, además, inducía a un comportamiento psicótico mediante mensajes que invadieron la esfera privada con valores destinados a crear más enemigos de los habituales y a la sospecha social con la finalidad de preservar la integridad del régimen, una integridad falsa que hacía de la unidad Revolución-patria, Revolución-partido, Revolución-nación, sociedad-individuo, un falso paradigma; sin embargo, hoy día se ven en la disyuntiva de aceptar la contaminación del país y su sociedad como alternativa a la salvación o convertir a Cuba en una Corea tropical con su consiguiente implosión. Como se ve en el periodo de Raúl Castro al frente del Gobierno, en lo que parece no querer ceder ni un ápice es en el lenguaje, y no es poca cosa cuando vemos el papel que éste ha desempeñado en la instrumentalización de las políticas sociales y la conformación de valores éticos y morales propios de la ideología única de un partido único y un jefe único. Pareciera que no es la realidad quien determinara el discurso y su lenguaje, sino al contrario. Y es así que las promesas de cambio se han visto sustentadas desde la misma verborrea política que ha acompañado a los cubanos desde el 59, y no parece haber sido para encubrir una maniobra de cambios frente al sector más duro del Partido. Dicho de otro modo, se trata del mismo perro con el mismo collar.

Aunque mucha gente de buena voluntad o por oportunismo político se afane en proclamar un cambio del discurso o de la práctica gobernante, lo cierto es que esos avisos de supuestos intentos de cambios del discurso no son nuevos, forman parte de la incapacidad del régimen para transformarse y ya se han escuchado en más de una ocasión, puntualmente cuando la opinión pública ha reclamado cambios, nunca motu proprio. Recuérdese, a modo de ejemplo, la campaña titulada de rectificación de errores y tendencias negativas encabezada y castrada por el propio Fidel. Es así que al analizar el gobierno del general-presidente Raúl Castro hasta su reciente discurso del 26 de julio, lo más lógico es pensar que ha sido incapaz de cumplir su palabra o se trata de una operación de marketing más del régimen o, en el mejor de los casos, de la ralentización de un proceso de transformación encubierta o, no quiera Dios, de suicidio colectivo donde lo más significativo al día de hoy es la autorización a que los cubanos se cambien de sexo —loable acto de justicia e igualdad que lamentablemente no resuelve los graves problemas del país. El discurso es el mismo y el lenguaje del discurso, que de alguna manera pudiera ser la expresión de algún contenido nuevo, es idéntico al que durante décadas ha adormecido la capacidad de pensar de otro modo distinto al que impone la modelación ideológica. Nada cambiará realmente hasta que ese discurso al margen del contenido que sea pueda traslucir una actitud política diferente.

Los actuales cambios que casi todos vitoreamos aunque sólo sean pinturas de fachada, no son transformaciones, a pesar de que en realidad a estas alturas en que la Revolución ha dejado de ser tal cosa lo que quiere el pueblo agotado de esperar, el exilio y la comunidad internacional son transformaciones o que esos tímidos cambios conduzcan a ellas con la mayor brevedad posible. El proyecto político en las actuales circunstancias y como está concebido no tiene ningún futuro, incapaz de darles a los cubanos una vida mejor sin que haya que esperar otra vida prometida que no tenemos en la tierra, por lo menos. Los verdaderos cambios no son los que el Gobierno está produciendo a cuentagotas para evitar el desmoronamiento de la Revolución, sino los que a nivel social se van acumulando producto de la inconformidad, la insatisfacción, el cansancio, la corrupción, los desniveles de vida y la comparación de la vida propia con la de aquellos que se marchan del país, quienes para humillación de la Revolución ayudan a mantener el país con las remesas familiares. El más grande de esos cambios y el peor para la política inmovilista heredada del anciano líder enfermo es el cansancio físico y mental que soportan las viejas y nuevas generaciones, condenadas a vivir en una isla donde el principal rol es el de ser mártir por una Revolución que traicionó su razón de ser revolucionaria, burocratizándola y convirtiéndola en religión a favor de una nueva clase política, que lucha por sobrevivir a costa del sufrimiento del pueblo. Los pequeños cambios introducidos por el hermano Raúl ni siquiera son suficientes para solucionar esas modificaciones en la sicología social que pueden evolucionar de la inconformidad a la rebeldía pasiva de la que ya hay síntomas.

Es tanto el deterioro de las políticas para hacer frente a la mengua física y moral de la nación y tan grande la rutina inmovilista que cualquier medida, aunque ridícula, como las tomadas por Raúl, son vistas con un optimismo exagerado por amigos y enemigos. El Gobierno parece tener datos de que aún cuenta, a pesar de todo, con un notable apoyo de la población y que los cambios producidos en la mentalidad de la gente aún no han pasado a la exigencia política. No lo dudo, la gente en general confía en cualquier Gobierno cuando teme al futuro y más si éste es sin la paternidad del Estado, a veces como es el caso con un miedo infundado que le causa el discurso apocalíptico y redentor, uniforme como una letanía a la espera de que se produzca un milagro. Por otro lado, dada la naturaleza popular de la Revolución y populista de sus líderes, es mucho más difícil que el desapego a ella se produzca si no es luego de una larga cadena de fracasos y del cambio generacional que se está produciendo.

Los dirigentes deberían darse por satisfechos de haber triunfado y sobrevivido frente a la potencia más poderosa e influyente del mundo moderno, pero también deberían ser generosos y valientes para comprender que nada es eterno. La Revolución ha cumplido mal o bien —que cada cual lo juzgue como quiera— al satisfacer una necesidad histórica de la joven nación y resolver un complejo histórico heredado de sus relaciones de dependencia colonial y de vecindad neocolonial a los Estados Unidos que, no obstante, cumplió a medias sometiéndose más tarde a una “hermandad” solidaria que nos dejó miles de muertos en los campos de guerra internacionales, a cambio de una condición favorecida que los dirigentes no supieron aprovechar para consolidar un desarrollo real. El récord de la Revolución es impresionante en algunos índices sociales ya conocidos, pero también lo es en cuanto a la destrucción y deterioro de las familias, de la economía, de las tierras cultivables, del medio ambiente, de la moral cívica, de la historia y de un largo etcétera que tiene su costo y responsabilidad inmediata en sus líderes.

Estos gobernantes de turno deberían ver en la actual Revolución un estadio más del desarrollo histórico de la nación y no un fin en sí misma. El propio hecho de concebirla así la ha privado de su propia evolución y transformación y la vuelve como está siendo, ahistórica y reaccionaria. Actualmente, hoy más que nunca, la Revolución es una contrarrevolución conducida por ancianos biológicos e ideológicos sin capacidad de reacción para entender los nuevos retos. La inercia ha convertido a la vanguardia política en una vanguardia conservadora. La política de los enemigos y del miedo, hiperbolizada por el propio Gobierno y el Partido como razón de ser  ha condicionado el desarrollo de alternativas incluso dentro de los sectores más reformistas. Posiblemente nunca había sido tan limitada en inteligencia política e ideológica para aventurar, indagar y experimentar. Que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, sea el abanderado de la cruzada del llamado “Socialismo del siglo XXI” que prolonga la agonía cubana, habla mucho de la indigencia del pensamiento político-ideológico.

Los que esperan haciendo guiños a Raúl Castro se equivocan, Raúl es más fidelista que el propio Fidel y su pragmatismo no pasa por sacrificar al hermano que, por otro lado, aún tiene y tendrá un peso significativo sobre la ideología y la política de un amplísimo sector de cubanos como el hombre que simboliza todo un periodo de la historia cubana, igual que lo fue el peronismo para la Argentina o el franquismo para España, de modo que Fidel no es desechable. Es de suponer que el postcomunismo cubano tenga un posfidelismo en la nueva época de democracia que tarde o temprano se abrirá, y exista entonces un partido político que represente a un fidelismo con amplia representación social con capacidad de ganar elecciones. Tanto Raúl como parte del pueblo no se ven sin esa imagen barbuda, como tampoco los religiosos podrían vivir sin Dios.

Lo que no se dice es que Raúl a pesar de su publicitado pragmatismo no va a cambiar las cosas más allá de lo que hizo en el Ejercito para hacerlo autónomo, ni cruzará los límites del fidelismo sobre todo con el hermano atento a todo cuanto ocurre. Aún si quisiera, el gran problema con que se enfrenta es parte consustancial de la Revolución: el concepto fidelista de unidad como principio fundamental de la acción política. Esos cambios que hizo para garantizar la supervivencia del ejercito fueron posibles por la propia naturaleza del cuerpo armado que hacía difícil una fisura del mando y la disciplina, sin embargo en las actuales condiciones del país una aplicación de medidas similares a escala de estructuras sociales y económicas podría implicar un riesgo desmedido para el control, la cohesión y la disciplina social que está en la base de una sociedad que se rige por parámetros diferentes a los democráticos. Ese es el problema del actual presidente, quien sabe de las expectativas puestas por el pueblo en él para arreglar el país que llevó un cosmonauta al espacio pero no tiene tomates, y que también conoce cuán difícil es acometer una empresa de reformas sin poner en peligro la unidad y propiciar la destrucción de la Revolución, su propia vida. También debe saber que los tímidos cambios hechos no son suficientes y que todos los que se le ocurrieran no tendrían resultados prácticos antes de cinco años, que es teóricamente su propia fecha de caducidad. Lo único claro es que de cierta manera la gente se va contentando con las expectativas mientras él gana tiempo, ¿para qué? Eso es un misterio, tal vez a la espera de que el hermano muera o suceda el milagro, en definitiva ya los miembros del Partido pueden creer en Dios, rezar y comulgar, y eso también forma parte de la ayuda que el Gobierno de Raúl necesita.

La verdad es que los cambios de Raúl darían risa, si no fuera porque en ellos está en juego la felicidad del pueblo y el futuro del país, cada vez más lejos del paraíso terrenal de los clásicos. Veamos rápidamente algunas de las medidas anunciadas o cumplidas: permiso para adquirir teléfonos móviles y ordenadores y entrada por aduana de artículos vetados, permiso para disfrutar de hoteles, permiso de compra y venta de viviendas y para adquirir tierras para producir, permiso para salir del país. ¿Realmente cree alguien que estas medidas excepcionales servirán para resolver la crisis económico, moral, social, política e ideológica que enfrenta el país? No parece que sea así, como no parece que vaya a hacerse una autocrítica por haber mentido en cuanto a la justificación que hacen de su incapacidad culpando al bloqueo o por la violación que se ha hecho de la propia Constitución. Ese tal vez podría ser un buen principio para ser creíbles, podría ser el inicio de un nuevo discurso y un nuevo lenguaje, ya que no hay cambio verdadero sin ello.

Al cabo de dos años y de múltiples quinielas vemos que las posibilidades de cambios no son nada halagüeñas. Las prometedoras palabras del 26 de julio de 2007 no han podido ocultar el verdadero discurso en el lenguaje del populismo fidelista: somos un pueblo elegido, el enemigo está en todas partes, el sacrificio nos hará libres. Los viejos centuriones históricos dedicados a velar por la unidad en torno a una jefatura bicéfala, parecen decididos a morir con las botas puestas, y las nuevas generaciones de dirigentes ven cómo envejecen atados a un proyecto que ya nos les pertenece y del que han sido desterrados. La inercia cunde en la población y el descontento por ahora se resuelve huyendo los que pueden, o resolviendo o resistiendo con resignación nadie sabe porqué, a qué o a quién. Los americanos y la comunidad internacional no adscrita al proyecto chavista espera también los pasos. El exilio ha cambiado su discurso agresivo y de confrontación que mantuvo cuando fue rehén del liderazgo de las primeras oleadas de exiliados. Las nuevas generaciones de exiliados, el descenso de la tensión global de la guerra fría y el surgimiento de nuevos focos de conflicto, la frustrada política de confrontación de los gobiernos estadounidenses y la inminente desaparición física de líder de la Revolución, han influido junto a otros factores a renovar el discurso y con ello el lenguaje del exilio.

Después de casi medio siglo de un Gobierno en el que primó el sueño sobre la realidad, la ineficacia sobre las oportunidades, la hombría sobre la inteligencia, la represión sobre el diálogo, el miedo sobre la verdad, y del que van quedando cada vez más pedazos dispersos por el mundo, además de los que permanecen irrecuperables en el estrecho de la Florida, ¿qué se puede esperar luego de haber traicionado o distorsionado el espíritu con que se fundó aquella Revolución del lejano 1959? Creo que nada o sólo más pedazos. Posiblemente la solución más temprana para el problema de la transformación de Cuba sea un indoloro golpe de Estado. Sé que es una idea difícil de aceptar, incluso de expresar, y mucho más de ejecutar, pero lo único que podría invalidarla al margen de las posibilidades concretas es la derivación de un derramamiento de sangre que empeore las cosas para el pueblo. Un golpe de Estado desde dentro y a partir de conocimiento profundo que los propios servicios de inteligencia tienen de la situación real del país, los posibles actores y las condiciones reales para ejecutarlo sin que fuera sangriento. No es invocando falsos patriotismos o fidelidades condicionados a políticas de políticos cómo se logrará romper de una vez con una inercia de cambio prometida e incumplida. La patria existe antes de la Revolución, no es patrimonio de ésta y es mucho más que ella y el Estado, y la fidelidad ciega puede conducir al crimen como víctima o victimario, incluso a la estupidez. Este tiempo en que se destroza el país y se nota la incompetencia del Gobierno de Raúl Castro para cumplir con su responsabilidad como presidente, justifica que un gobierno de facto se responsabilice con acabar con la dictadura del partido y convoque elecciones amparadas por la comunidad internacional que ha de volcarse luego en el apoyo político y económico necesario para el despegue y la consolidación de una etapa nueva para todos los cubanos. Fue el propio Fidel quien justificó su intento golpista del Moncada aludiendo a la subversión como legítima cuando no hay otra vía. Así es y tal vez esa sea su propia medicina. ¿Por qué un golpe de Estado en Cuba? En mi próxima entrega trataré de responder a esta pregunta.

2008, septiembre