prohibir prohibir

Escena de la película Casablanca en la que Rick (Humpherey Bogart) era detenido por fumar en su bar y permitirlo a los parroquianos. Ingrid Bergman observa estupefacta cómo Rick trata de esconder un cigarrillo entre los dedos.

La última prohibición antifumadores impuesta por el Gobierno español ha empezado a cambiar la fisonomía de las ciudades, en un país que tiene todavía, a pesar de la crisis, más bares y restaurantes que cualquier otro por metro cuadrado, los parroquianos comienzan a improvisar un nuevo escenario fuera de los bares para fumar. Pronto habrá bares propiamente dicho y fumaderos o abrevaderos para fumaderos. Ya antes quisieron cambiar la historia de la literatura reescribiendo la literatura para niños en la que supuestamente se discriminaba a las niñas, Caperucita ya no sería más Caperucita. Y hoy se habla de un proyecto para adaptar los juegos en los patios de las escuelas, ya que presentan serios síntomas de machistas. Por esta norma pronto la Ministra de Cultura prohibirá fumar en las películas porque puede inducir al vicio, de paso nos quedaremos sin Orson Welles, Groucho Marx y Bogart, por ejemplo. Si no creyéramos en la buena fe del Gobierno podríamos pensar que son señales de distracción ante la incapacidad para resolver los verdaderos problemas del país.

Yo me llevo las manos a la cabeza al ver cómo el populismo o el paternalismo es convertido en política de estado cuando el gobierno se preocupa con honda pasión por la salud de sus ciudadanos y la reglamentación de sus conductas. Ya sabemos, gracias a Foucault, adónde han conducido y cuáles han sido los objetivos de esas políticas represivas encubiertas precisamente con una aparente, y real veces, actitud progresista.

A mi juicio, lo peor de la ley antitabaco tiene que ver con la ideología y la política de los gobernantes, que infieles al espíritu y los valores de la izquierda han hecho de la prohibición un dogma, moral en algunos casos como es la de los toros. Los jóvenes ministros y el propio presidente, tal vez lejos de las fuentes ideológicas y del fragor de la lucha por la libertad y sin una verdadera renovación ideológica, parecen con prisa por dejar algo escrito y redactan leyes, producen decretazos que tuerzan rápidamente las cosas heredadas.

Prohibir se ha convertido en un modus operandi también de esta izquierda, aunque tiene cerca la gran tradición humanista europea. Será porque la cultura del espíritu y el conocimiento ya ha sido sustituida definitivamente por la del entretenimiento, la del mercado no como medio sino como fin y los gobernantes se ponen a la vanguardia. Quizás toda la responsabilidad no sea de ellos, sino del sistema político y de nosotros que los votamos cada cuatro años a veces por cierta fidelidad ideológica o falta de alternativas.

Estos apóstoles de “lo social” se ponen cada vez más en el furgón de cola de sus predicamentos. Desde la guerra de Irak han desarrollado toda una campaña populista que muy poco ha resuelto los verdaderos problemas sociales y sobre todo sus causas. Las promesas mal cumplidas, las cumplidas innecesariamente, los retrocesos en sus propias decisiones, la falta de visión política y previsión, el despilfarro en la creación de entidades innecesarias como aquel Ministerio de Igualdad (de sexos, no social). Los problemas de un país no se resuelven con “progresismos” de una generación trasnochada con una conciencia histórica anclada en el infantilismo de izquierda. Si no miremos los propios ejemplos españoles de la transición para no ir más lejos, claro, faltan esas personalidades que el partidismo arrojó a los almacenes de jubilación.

La nueva ley antitabaco, en realidad ley antifumadores, es tan radical que asusta, y se nos muestra como un síntoma más del deterioro de la ideología, la política y el sistema. No es solamente por la salud de los ciudadanos, también porque no puede pagarse el costoso tratamiento de las enfermedades asociadas. Si las tabaqueras no se responsabilizan y el gobierno no puede, entonces se prohíbe alegando que es por el bien público. Cinismo. Hay otras medidas de tipo impositivo fiscal, educativo y preventivo que pueden haber evitado una ley como esta, pero lo más fácil es prohibir aunque eso no esté acorde con el espíritu ni de la izquierda democrática ni con la democracia. De hecho las estadísticas hablan de un notable descenso del consumo de tabaco desde que comenzaron las medidas de educación sanitaria propugnadas desde la OMS.

Existen muchas otras cosas que también perjudican la salud y el bienestar de los ciudadanos y sin embargo no se toman medidas tan radicales. En fin, cualquier cosa siempre es mejor que prohibir y poniéndonos a prohibir hay muchas cosas que deberían serlo antes que el tabaco, pero no quiero dar ideas. Últimamente en todas partes aceptamos las prohibiciones como algo normal, natural, es una de las aberraciones del sistema. Los problemas de este tipo como el que ha provocado la ley no se resuelven prohibiendo, sino educando y mucha educación que nos hace falta.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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