Un año más de Revolución cubana y también uno menos

96af96f9-6a4b-4a87-8b36-2aab641902dbSegún la lógica de la existencia, cuantos más años se cumplen, menos años de vida nos quedan. La Revolución Cubana cumple ahora cincuenta y ocho y no es una excepción. Es el primer aniversario sin su líder y autor.  Su muerte es el colofón de un largo proceso de deterioro de la Revolución que alcanzó su punto crítico en la autodestrucción del mundo socialista, con quien Cuba mantenía una estrecha dependencia económica y condicionados lazos políticos. Fidel fue el último en sostener los telones de una trama que él escribía al mismo tiempo que se representaba. Su objetivo era fingir la felicidad, no obstante hoy el país enfrenta la peor crisis por la supervivencia.

Todavía en vida de Fidel, lejos del poder activo, poco a poco el sistema se fue distanciando de sus ideales doctrinarios y fundadores, a cambio de la conservación de una oligarquía que al fin ha encontrado el modo de legitimar su modo de subsistencia mediante la duplicidad del propio sistema: dos economías pero una misma doctrina. Dos imágenes de un mismo sistema que sirven tanto para mantenerlo como para cambiarlo. Esa oligarquía que ha sobrevivido al autor de la obra de la Revolución tiene el imperativo de incluir aportes en la trama de modo que se aseguren una vida más, es decir, la suya propia sin la presencia del tramoyista mayor.

Aún es muy pronto para especular, aunque no parece que la muerte de Fidel Castro vaya a significar también la muerte de la Revolución. Ya estaba muerta. A ella me refiero por el conjunto de valores que representaron el discurso ideológico, político y moral del país que empezó a morir con el envejecimiento de los protagonistas del drama, sobre todo de quien la escribía mientras la actuaba. Su propia decadencia vital desinfló sus palabras.

El fallecimiento de Fidel podría facilitar la revitalización de un segmento del poder desideologizado, carente de las aspiraciones programáticas típicas del ideario de sus predecesores, a pesar de sus profundos vínculos políticos e incluso familiares, tan necesarios para afianzar su poder económico y establecer un paradigma nuevo. Ese segmento del poder actual constituye una élite perfectamente visible y establecida. Es el verdadero motor del cambio cubano con una visión pragmática configurada por la dependencia inevitable de la política, pues de ella depende su destino.

En Cuba las aspiraciones de un ciudadano cualquiera y las de esa élite no son muy distintas a priori. Ambos son sobrevivientes y actores que desempeñan distintos papeles en la narrativa de la Revolución que su autor ya había dejado de escribir. Los diferencia el acceso a los privilegios, a las fuentes de financiación de sus deseos y a la capacidad de transformar las tramas del guión original. Cuanto más se alejen la política y la economía de la Revolución hasta hoy conocida, mejor será para el candidato a resolver sus necesidades por cuenta propia en la base de la pirámide social y también para la élite. Esta necesita formalizar y legitimar sus ambiciones aunque deban disfrazarlas con las palabras del difunto. La presente Revolución es la gran enemiga de amplios sectores, que no sienten lo mismo que los envejecidos protagonistas de la Revolución, porque no creen en ella o porque han sido expulsados del proceso sin ninguna compensación, siquiera moral.

La peor de las crisis que vive la Revolución es la de credibilidad moral, pues socava a la sociedad de abajo hacia arriba. Es la crisis de los valores que preservaron al sistema con eslabones invisibles, convenientemente alargados y recortados por el poder. La gran disyuntiva a la que se enfrenta la élite es la siguiente: cómo sostener en las actuales condiciones la Revolución que a ellos le conviene, debido a que la propia Revolución les resulta necesaria y suficiente para conservar el estatus de oligarcas herederos. O sea, cómo reescribir el drama de manera que ellos continúen detrás de las bambalinas con nuevos actores y bajo otra dirección de la que podrían participar de forma emergente.

Es una paradoja que se ha empezado a resolver no sin una enorme dosis de cinismo: cuanto menos Revolución, mejor para esa élite, mayor el espacio para vivir de ella. En verdad, es la negación de la Revolución pero bajo la condición de que ciertas argumentaciones antiguas son imprescindibles para la sobrevida de esa nueva clase. Si cayera de golpe y porrazo sería una tragedia. Si se derrumbara sin parecerlo, la oligarquía podría salvarse. De ahí que el cambio sin cambiar es la garantía suprema de la salvación. Ahora bien, el problema radica en hasta dónde se arriesgarían a llegar, y cuál debería ser la naturaleza de dicho cambio.

En este punto habría que tomar en consideración la experiencia acumulada en los países de los acabados regímenes socialistas del Este europeo, así como los procesos en China y Vietnam. Cuba no tiene porqué ser una excepción aunque los transformaciones estén apareciendo tardíamente, a paso lento y con timidez, de modo que la reescritura del drama parezca menos torcida y riesgosa. La verticalidad de la sociedad cubana condiciona la forma en que esos cambios se expresan. Todo cambio es un cálculo ordenado de arriba hacia abajo. La única forma de evitar el quiebre de tal verticalidad consiste en hacer las maniobras acorde con dicha estructura, absolutamente tolerada por la sociedad, sin perder ni el mando ni el control, para evitar que el edificio donde han vivido se venga al suelo.

Por eso la oligarquía cubana es el principal agente de cambio y una aliada fundamental para lograrlo, matiz que aún hoy los analistas al uso no han sabido entender, ya que ven el papel de ese sujeto como los viejos marxistas-leninistas veían las renovaciones sociales: se obtenían a golpe de martillazos y mediante la lucha de clases. En ese sentido, no serán los intelectuales tradicionales la vanguardia encargada de los cambios, sino la oligarquía  que usa el periódico Granma como rosario del partido tradicional, mientras compone las verdaderas oraciones del relato que le interesa imponer. Dichos analistas piensan: cuanto más hambre haya, más rápido caerá el sistema, sin tener en cuenta determinadas características de la cultura política que implantó el exitoso relato de la Revolución durante muchos años.

En las condiciones actuales, determinadas por un cambio de ciclo social, político, económico y de protagonistas dentro de un régimen moribundo, renuente a pasar página, resignado a fallecer pero a su manera y de modo que sus herederos sigan viviendo, posiblemente lo mejor que se puede hacer no sea darles una razón armada sino un pedazo de pan con la posibilidad de crédito renovable.

La nueva administración de los Estados Unidos debería tener en cuenta estos factores a la hora de decidir una política diferente a la que inició el presidente Obama. Debe pensar en una adaptación que permita la movilización de iniciativas políticas por parte de los gobernantes cubanos. Sabemos que no será fácil. Volver a la confrontación sería darles lo que Cuba no necesita. Sus gobernantes, acorralados en la esquina del ring, saben moverse mejor que nadie. No obstante, cuando se les amplía el cuadrilátero nunca han sabido mover los pies si no ha sido para volver a la esquina. Y volver allí no está en los planes de la  nueva oligarquía. Tampoco el pueblo agotado que, no obstante, al cabo de más de medio siglo de Revolución todavía es capaz de descansar y esperar. Esperar es una actitud que el cubano ha logrado cultivar hasta convertirla en arte.

Los próximos años serán determinantes para saber si la nueva oligarquía cubana ha logrado convencer de que menos Revolución será la mejor manera de sobrevivir a su autor y máximo líder. Se cumplen cincuenta y ocho años, un año más pero también otro menos en la vida de la Revolución y del pueblo cubano. El inmenso cartel que desplegaron ayer durante el desfile de celebración en La Habana: “Somos Fidel”, es una oración del primer párrafo de la nueva versión del relato de la Revolución que se empieza a escribir.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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