
Hace cuatro años en Cuba se produjo la rebelión popular más importante del periodo que se conoce como de la Revolución. El 11 de julio de 2021, de forma espontánea, gente de los barrios más deprimidos de varias regiones del país empezaron a salir a la calle al grito de “Libertad” y “Patria y Vida”, en alusión al tema musical que respondía la emblemática frase conque Fidel Castro quiso representar el destino de los cubanos: “Patria o Muerte”. Uno de mis sobrinos estuvo allí, es el joven que aún siendo menor de edad fue perseguido por los cuerpos represivos por llevar una bandera ensangrentada que ondeó sobre un patrullero volcado. Ese joven de la foto que ha pasado a representar la protesta se salvó de no ser detenido gracias a la inteligencia de su madre, el apoyo de activistas y la solidaridad de otras personas a las que estamos eternamente agradecidos.
Lo verdaderamente valioso, simbólicamente, es que ellos, todos los que participaron en la «operación» para salvar a Elías, vencieron a la dictadura, si bien el desenlace es personal. Fue un proceso doloroso, lleno de peligros, sacrificios e incertidumbres, aunque nada comparable con el de quienes fueron detenidos y encarcelados con penas criminales. Ese día y los posteriores fueron arrestados entre 5,000 y 8,000 personas que han padecido, según organismos y organizaciones de Derechos Humanos, la violación de siete patrones procesales del «debido proceso» y la «defensa efectiva». El 65 por ciento de los presos políticos actuales fueron detenidos por participar del 11-J, 28 eran menores cuando fueron detenidos y 5 de ellos permanecen encarcelados. Los datos, que se pueden consultar en varias entidades, entre ellas los que ofrece Prisoners Defenders, son brutales.
Otras protestas importantes habían tenido lugar de forma diferente en repudio del régimen en estos años. Primero, en 1980, fue la toma de la Embajada del Perú que dio lugar al éxodo masivo del Mariel, y después, en 1994, las que tuvieron lugar en La Habana conocidas por el Maleconazo. Nadie se atrevería a decir, si no es para defender al Gobierno, que estos dos eventos en los que miles de personas quisieron abandonar el país no son una reprobación del régimen. Durante 66 años, se dice pronto, los cubanos se han opuesto escapando por su cuenta, como han podido, al destino obligado de la dictadura, unas veces en balsas, otras en aviones y en eventos masivos como los enunciados. Parecería que “escapar”, esa palabra con una presencia inevitable en el habla popular cubana, había sido la mejor forma de expresarse contra el régimen hasta el julio de hace cuatro años que recordamos.
La primera gran expresión de disconformidad en 1980 dio lugar al ensayo de una forma de represión en la que el propio pueblo se encargaba de atemorizar y castigar a sus compatriotas. Fue algo excepcional que parecía patológico por la crueldad, el contagio y la irracionalidad. Quienes vivimos aquellos años podemos recordar los piquetes “revolucionarios” que al grito de “¡que se vayan!” y «abajo la gusanera» tiraban huevos y apaleaban a sus compatriotas y vecinos en sus propias casas o en los sitios donde tenían que solicitar el permiso de salida. Muchos de aquellos que participaron en las cacerías de sus vecinos hoy viven fuera de la isla, quizás en los Estados Unidos, dentro del monstruo y su enemigo natural, según la doctrina. Y la segunda, en agosto de 1994, tuvo como antecedente el crimen del remolcador “13 de marzo” y dio lugar a la crisis de los balseros conque los Estados Unidos justificaría la limitación a la emigración cubana con la ley conocida como “pies secos, pies mojados”.
En la década del 60, cuando todavía el poder único no se había consolidado, se produjeron otras manifestaciones que constituyen antecedentes de las protestas cívicas actuales, en un contexto completamente distinto al que se empezó a vivir a partir de la década del 70. Fueron, en febrero de 1960, la manifestación estudiantil en el Parque Central, protagonizada por jóvenes estudiantes católicos de la Universidad de La Habana en protesta por la visita de Anastas Mikoyan (URSS); la huelga estudiantil nacional de 1961 por la expropiación de todos los colegios privados, con el lema: “Que caigan los lápices hasta que caiga el tirano”; y el “cacerolazo” de Matanzas (1962) en el que las mujeres que se lanzaron a la calle golpeando sus cacerolas por las restricciones del racionamiento fueron reprimidas con tanques al mando del comandante Papito Serguera.
Otros éxodos de características diferentes en cuanto al origen y los fines, la composición social y los recursos usados para la salida de la isla, se produjeron con los “vuelos de la libertad” (1961) en aviones que volaron a España y EE. UU., primordialmente. Y en 1965 por Camarioca en barcos hacia Mami.
Antes de la reforma de la ley migratoria cubana de 2012, querer salir del país era un recurso de salvación personal que muchas veces no significaba una expresión de disidencia, aunque quienes lo hacían eran considerados apátridas, gusanos, traidores y cualquier otro epíteto con el cual se denigraba a los opositores, ya fueran clasificados así porque no estuvieran de acuerdo con la ideología y la política del régimen, porque se opusieran o porque sencillamente fueran considerados vagos, desafectos, críticos y homosexuales. Estaba prohibido salir del país y ni siquiera los ciudadanos tenían derecho a tener pasaporte. Los que eran atrapados en un intento de salida ilegal del país acababan condenados a dos años de cárcel, y quienes no lograban salvarse en la otra orilla, morían de modo espantoso ahogados y comidos por los tiburones. Escapar había sido la forma de protestar por antonomasia ya que estábamos obligados a estar y participar a riesgo de ser castigados aunque fuera con el ostracismo. El miedo y la doble moral fueron conformando una conducta social tipificada por la superviviencia de la que la sociedad ha logrado sintetizar a la perfección el arte de la simulación.
La paradoja más inquietante, que sólo puede explicarse por los fuertes lazos de cohesión en la familia cubana que no han podido ser rotos, a pesar de que la política de la Revolución se propuso destruir la familia y sustituirla por “la familia de la Revolución” con un padre barbado que no han podido renovar, es que esos mismos que han repudiado al régimen, luego se han ocupado de colaborar en su sostenimiento indirecto ayudando a sus familiares que quedaron a merced del despotismo y el nepotismo del Gobierno. Sobre todo a partir de la reforma de la ley migratoria, cuando la fuga legal, el escape, se ha convertido en un alivio para las economías domésticas, y de paso también para el Gobierno que es incapaz de detener el deterioro sin que su economía vuelva a ser subvencionada por otro patrocinador. Si la incapacidad del Gobierno es proporcional a la destrucción física y moral del país, así mismo a las necesidades individuales y colectivas que se han vuelto sistémicas, entonces las consecuencias políticas deberían ser equiparables al drama que vive la sociedad y no ha sido así.
Hace unos días las redes y los medios digitales cubanos de dentro y fuera del país se llenaron otra vez de palabras altisonantes, que parecían predecir el fin del régimen a causa de las protestas de jóvenes universitarios después de las subidas de las tarifas de internet, quizás las más caras del mundo en uno de los países más pobres y con menos liquidez privada y estatal de occidente, subvencionadas, además, por las recargas de los familiares que se han ido. Sin embargo todas las protestas en Cuba parecen destinadas al fracaso y al sacrificio. El sistema de obediencia basado en la configuración de valores ideológicos de justicia social, identidad e independencia ha creado una mentalidad de feligresía, capaz de comprender, justificar y crear complicidad con el represor aunque sea a costa de la propia integridad moral. En Cuba la teoría del sufrimiento como motor de la conciencia social y política y la rebeldía fue alterada por la del amancebamiento doctrinal, el dolor de la represión y el miedo consecuente, produciendo un individuo de moralidad relativizada y relativista, que se mueve y funciona con un algoritmo mental activado por otra palabra imprescindible en el lenguaje: «resolver». El cubano escapa resolviendo o resuelve escapando, patético, pero comprensible.
Para decirlo con otras palabras ajenas a las que usa la psicología social, la identidad del cubano es un caso típico de esclavitud ideológica, política y cultural que sólo podrá empezar a cambiar con un cambio de régimen, no de Gobierno, y este casi seguro podrá verse si el poder decide hacerlo para sobrevivir porque es incapaz de garantizar aquellas cosas mínimas con las cuales la gente sostiene su precaria vida de sobreviviencia. Hasta ahora todo el barniz que se ha puesto en el muro de la isla ha sido para facilitar la supervivencia del poder. En todo caso el verdadero poder es el que se haya entre bambalinas, la oligarquía de origen militar que ha creado una estructura de lacayos y testaferros de sus intereses. Si el Gobierno logra llegar a un acuerdo con un nuevo patrocinador habrá dictadura para rato aunque desaparezca la anciana nomenclatura histórica. Ni Martí, ni Maceo, si volvieran de algún lugar, podrían cambiar la idea distorsionada que el Gobierno ha creado de lo que los cubanos creen de sí mismos, todo lo contrario, Martí y Maceo, distorsionados y manipulados, forman parte de esa complicidad que ha logrado crear el sistema para justificar la miseria, la incapacidad, la crueldad y la represión contra quienes se apartan de la voz del amo. Es muy difícil vencer a un represor que como en alguna técnica de combate le otorga al contrario un papel con el cual le anulamos.
No sabemos si el 11 de julio volverá a repetirse, pero es ya histórico y significativo que por primera vez la forma en que el cubano mostraba su desacuerdo no era yéndose, sino exigiendo en las calles la libertad como solución a sus deseos y necesidades. Los manifestantes no pedían comida, ni luz, ni internet, sino libertad mostrando el verdadero carácter y la naturaleza del régimen. Mientras la gente pida comida para saciar el hambre y luz para iluminar el plato vacío o internet para saciar el apetito de ver otra realidad y compartir la desgracia, el Gobierno contará con los recursos para alargar la agonía del país aunque no satisfaga la demanda. A veces la libertad no se conquista con el filo del machete, sino con pensar con la propia cabeza. La libertad empieza con cambiar la forma en que nos pensamos y los cubanos puede que todavía estén lejos de hacerlo.
Cuando nos ponemos frente a los hechos que refrendan al régimen y aquellos que lo niegan en sesenta y seis años, uno puede ver que no hay nada que justifique la continuidad de ese Gobierno con una oligarquía militar al margen de los ideales en nombre de los cuales se enriquece de privilegios, y que en la sociedad ha producido el más grande experimento de sumisión mediante la manipulación de la identidad y la ideología. Es sintomático y significativo que al cabo de más de 60 años la forma de rebelarse el pueblo aún sea la de huir, antes en balsas de donde se apearon miles de muertos en el estrecho de la Florida, hoy en aviones y a través de las selvas o páramos nevados en condiciones infrahumanas. También apuntándose como carne de cañón a la guerra del amigo Putin porque parece mejor ir a dar la vida contra Ucrania que por la patria, que vale menos.
A veces parecería que la actitud de los cubanos da la razón a Cicerón cuando dijo que “Son pocos los que prefieren la libertad; la mayoría solo quiere un amo justo». Esos pocos fueron muchos, aunque no suficientes, el 11 de julio que recordamos como un día que pareció el último. Puede que el fin haya que empezar a contarlo desde ese primer día hace cuatro años. La luz verde del semáforo frente al joven que iza la bandera ensangrentada quizás sea una señal de la providencia. Los que hoy son jóvenes, cuando ya peinen canas, dirán: «Todo empezó un 11 de julio».
