PRÓLOGO PARA UNA ISLA ROTA

El siguiente texto encabeza la segunda edición conmemorativa de Poesía cubana: La isla entera, de Felipe Lázaro y Bradimir Zamora (Betania, 2025). Lo publico en este blog a petición de amigos y lectores, interesados y preocupados por la escasez de información y estudios sobre la poesía y la cultura artística en general de aquellos lejanos años, que se iniciaron con la toma de la Embajada del Perú en 1980, y acabaron en los 90 cuando se eliminaron todas las expectativas de hacer y vivir un país diferente, que ha terminado siendo la imagen y la semejanza de la mediocridad y la represión, frustrado en lo esencial, como diría José Lezama Lima de la Cuba anterior a 1959, si bien el genio de Trocadero no llegó a ver la actual destrucción física, moral y espiritual de la nación que llora lágrimas de sangre. Este texto quisiera ser un granito de arena, o una gota de agua, como se quiera.

Van a cumplirse 30 años desde que la editorial Betania publicó en Madrid la antología Poesía Cubana: La isla entera1, de los poetas Felipe Lázaro y Bladimir Zamora, ambos separados por la maldita circunstancia de la isla, dividida y traumatizada por la política, en lo que eufemísticamente se ha dado en llamar “los de adentro y los de afuera”. Ese hecho aparentemente geográfico, que podría parecer sin importancia, fortuito y quizás caprichoso, fue el motivo que los condujo a juntarse con otros poetas, condenados a la dispersa geografía cubana como ellos y tantos cubanos más, con algunos que vivían temporalmente en otros países, nacidos todos entre 1940 y 1971. Así pudieron hacer una isla entera de poetas de “adentro” con poetas de “afuera”. El objetivo no podía ser mejor que mostrar a los poetas de las más recientes generaciones en esa isla ejemplar y utópica, provenientes de una isla fragmentada, cuyos poemas eran un “valioso y posible” punto de encuentro. Así rezaba escuetamente en la contraportada del libro que los lectores recibían. Dicho resumen, elegante, aunque aséptico, no dejaba de reflejar aquello de lo que la obra era un resultado: la fractura de la nación cubana con consecuencias que todavía no podemos calcular, si bien ya están siendo catastróficas. 

Esta edición conmemorativa obliga a hacer un repaso del contexto de La isla entera, disperso, como la isla, en comentarios y visiones de la realidad, que nunca podrán completarse por la turbiedad informativa y de las relaciones en un país donde gran número de sus ciudadanos hemos sido en mayor o menor grado, incluso simultáneamente, protagonistas, secundarios y figurantes, víctimas y victimarios, inocentes y culpables de una dramática escenificación de la muerte física y espiritual de un país, pequeño pero luminoso, en nombre de ideales que se han convertido en una nueva religión, como parte de una realidad de complicidad que parecería una ficción si no se volviera a contar aunque sea fragmentariamente para los muchachos y muchachas del futuro, quienes necesitarán de referencias de lo que ha sido y de dónde provienen para orientarse en una isla que está y vive en todas partes. 

Es necesario decir ante todo que una de las cosas que ha cambiado al final de todos estos años, desde la preparación y publicación de esta antología, es que algunos de los poetas que aparecen han fallecido, entre ellos uno de los artífices, Bladimir Zamora (1952- 2016)2, que se ocupó de la selección de los poetas que vivían dentro de la isla. También otros poetas que aparecen como de “adentro” se fueron a vivir “afuera” y forman parte de la fragmentación cubana en el exterior, unos cambiaron su manera de comprender el país y otros se mantienen fieles a la doctrina que ha fragmentado a la isla entera. Algunos no pudieron volver nunca más a la isla o decidieron no hacerlo, mientras otros forman parte de ese enorme contingente de cubanos que hoy les está permitido ir y volver, entrar y salir, a los cuales en los años 90 Carlos Aldana3, ideólogo del Partido entonces, acuñó con innegable ingenio peyorativo “los quedaítos”. Todos son parte de una realidad que es terca y cambia a pesar de que no lo quisiéramos, no queramos verlo o no podamos comprenderlo, es cierto que a veces no lo suficiente ni cómo debería ser para evitar que las generaciones más jóvenes padezcan la descomposición de todo tipo que sufre la isla. 

En cualquier caso, la situación de poetas separados y juntados por la voluntad de los antologadores no sería una anomalía, si no fuera por las razones que dan lugar a esta separación y a la necesidad de reunir a unos y otros, pertenecientes a una comunidad con su causalidad histórica e identitaria, aún frustrada en lo esencial, como le gustaría repetir a José Lezama Lima. No constituye ningún problema para otras culturas y naciones el que sus escritores escriban en otras orillas, ya que nada impide que existan como parte del conjunto, independientemente del credo ideológico, religioso, su orientación de género, la posición política y su vida social actual o pasada. En Cuba, a diferencia de otras sociedades e incluso de otros regímenes totalitarios, la identidad ideológica ha suplantado por la fuerza a las otras identidades que conforman el conjunto de rasgos y valores configurados por la evolución de la nación. De hecho, la ideología política ha tenido un carácter de exclusión y segregación que aún divide al país en “adentro” y “afuera”, a tal punto que esa partición no sólo se produce “por dentro”, sino también “por fuera” entre quienes después de salir del país utilizan los mismos argumentos del Gobierno para justificar los problemas nacionales y desconfían de cualquier otro razonamiento. En este sentido hay que ver que dicha ideología está definida por una doctrina excluyente que se justifica a sí misma para lograr el fin, en este caso el de la patria que, además, está modelada a imagen y semejanza del discurso de quien gobierna. El dilema “Patria o Muerte” en el contexto de la ideología de la patria es el referente más aterrador posible para la convivencia de un país donde pensar diferente, aunque no sea desde el punto de vista de la oposición, convierte al sujeto en un enemigo y traidor en potencia. 

Aunque ahora parezca que todo siempre fue así como es hoy, con los cubanos saliendo y entrando de no estar condenados a algún régimen especial conque se les convierte en apátridas internos o externos por no aceptar la identidad ideológica, hasta la reforma migratoria de 2012 que consagró y flexibilizó las salidas y entradas se podía viajar excepcionalmente, si bien en los 80 el Ministerio de Cultura logró un tratamiento excepcional para los escritores y artistas. Quienes se iban no podían volver y los que se quedaban no podían tener relaciones con quienes se habían ido sin el riesgo de ser puestos en la lista de sospechosos o colaboradores de la “gusanera”, eso que hoy se ha dado en llamar con solera “la diáspora” migratoria. Todo lo que se quisiera ser o hacer dependía de la consistencia de la identidad ideológica de cada cual, que era suministrada, administrada, controlada y probada desde las instituciones y las organizaciones sociales y de masas, con las cuales el poder del Estado alcanzaba a toda la actividad humana, edades y lazos vecinales y familiares. El mayor aparato de sometimiento nunca conocido en la isla en el que cada individuo era cómplice activo y pasivo de la construcción de una gran entelequia de futuro: la patria ideológica. La única manera de poder sobrevivir a esa industria de la identidad era con la obediencia y la simulación, de lo contrario se corría el riesgo de la exclusión y el castigo que formaba parte de esa maquinaria de adoctrinamiento y servidumbre con todos y por el bien de todos en nombre de la patria. 

Han de verse los limitados, insuficientes y controvertidos cambios económicos, más la reforma migratoria, como un recurso más de la supervivencia del Gobierno, que es sostenido a duras penas por el trabajo de una parte numerosa de esa población hoy migratoria, pero exiliada en otro tiempo según las mismas causas que les obligaba a partir. Nada en su esencia ha cambiado, sino unos brochazos aquí y allá con los cuales la isla navega precariamente con una pintura nueva, ahora más dividida que nunca dentro de ella misma en miserias y privilegios por una oligarquía política-económica de origen militar surgida con los cambios generacionales del poder político, y las modificaciones productivas y financieras introducidas desde que el ejercito ocupó las instituciones con Raúl Castro a raíz del proceso contra el Ministro del Interior, José Abrantes. Esta es la peor fragmentación que vive hoy la isla entera, que todavía hoy milagrosa y precariamente se halla unida por la ideología, también a un notable segmento de la emigración. 

Si fuera cierto que la literatura y el arte en general, y la poesía en particular, se parecen o imitan a la vida —una idea descabellada, a pesar de Aristóteles, en cualquier época y régimen político—, la propia doctrina de la Revolución terminó por invalidar ese criterio al asumirlo como dogma sobre la creación, ya que si la doctrina cultural obligaba al realismo socialista lo que se escribía era un reflejo fingido y simplista de la realidad. Desde la reunión con los intelectuales en la Biblioteca Nacional (1961), y diez años más tarde con el castigo al poeta Heberto Padilla4 y otros sobre quienes cayó definitivamente la espada del Congreso de Educación y Cultura (1971), la propia poesía que se publicó a partir de ese momento desmentiría ese precepto, errático en sí mismo, pero con el cual se intentó modelar una visión del poeta que se pareciera a la idea que los políticos tenían del país. En ese sentido la poesía que se ha escrito en Cuba durante la Revolución nunca fue tan paradójica: se quería que los poetas escribieran la vida de modo que realidad y poesía fueran la misma cosa, pero no toda, sino aquella ideal que los ideólogos veían a través de sus anteojos. Cada vez que los poetas creyeron que podían escribir según sus propios ojos para describir las contradicciones, se vieron sorprendidos por la imposición y el castigo de los vigilantes de la poesía que obligaban a que la realidad se viera como ellos la idealizaran. 

Lo cierto es que nunca la poesía ha importado tanto a un Estado como en aquellos regímenes en los que la libertad individual es un peligro. Platón, a pesar de que la concebía como medio de educación y corrección de los jóvenes, de la República decide expulsarla ya que no contribuye a la excelencia moral y su carácter imitativo le impide restringir la imitación a lo bueno. También lo que no convenía al poder político era reflejado, imitado por la poesía. Los poetas, que al fomentar una parte irracional en el alma de los individuos alimentan un mal gobierno de sí mismos, deberán ser rechazados por aquel Estado que quisiera ser bien gobernado, según el pensador griego. En fin, es una vieja historia que tiene su comienzo en los orígenes de la filosofía y los cimientos de la democracia. En el caso de Cuba adquiere tintes patéticos, cuando no dramáticos, porque el Estado es igualado a la patria y esta a una ideología con un Gobierno único e intemporal que arbitra toda la vida social, económica y política, desde aquellas partes del alma de los individuos que Platón decía eran racionales e irracionales. Una patria que obliga a ser amada de una manera y al mismo tiempo expone a sus hijos a la expulsión. La esquizofrenia cubana tiene que ver con esta doble moral en la que la sociedad ha tenido que vivir después de haber sido obligada a fingir para poder sobrevivir. 

Dicho así, parecería que ser poeta y escribir con libertad estaría entre las profesiones más arriesgadas, y no falta razón a quien lo piense. El oficio de reescribir la vida, dar testimonio de su existencia y ponerla en duda nunca había encontrado en la historia de la isla un Gobierno que le diera tanta importancia, ni siquiera durante las guerras de independencia, mientras se conformaban los elementos de la nacionalidad, las instituciones habían intervenido tan groseramente en el qué y el cómo de aquello que los poetas debían escribir, aunque entonces gran parte de ellos de una u otra manera conspiraron contra el poder en busca de una solución, que no siempre fue la independentista como han proclamado los ideólogos de la patria. El periodo que se inicia en 1959 se caracteriza por la intervención del Estado en el espacio privado de la creación, el control y la modelación del ethos nacional a través de la educación, la propaganda y la represión, creando un ciudadano acorde con la ideología del poder. Si los poetas de hoy pudieran escribir la realidad tal cómo es, y no cómo la ideología les dice que debe ser, posiblemente ya el Gobierno se habría caído

No es La isla entera la primera vez que se intentaba romper con ese destino trágico al que la circunstancia política parecía haber condenado a los poetas y la poesía después del 59, discriminando la propia existencia de los poetas por criterios que no eran de calidad ni de otro tipo, sino políticos e ideológicos. Humberto López Morales en temprana fecha había publicado en Nueva York la primera antología de la poesía cubana sin fronteras: Poesía cubana contemporánea. Un ensayo de antología (Nueva York, 1967); José Mario, “La casi novísima poesía cubana” (Granada, 1970), Orlando Rossardi, La última poesía cubana (Madrid, 1973) y León De La Hoz, La poesía de las dos orillas. Cuba (1959-1993), (Madrid, 1994). Con estos antecedentes, todos radicados lejos de las aguas territoriales de las autoridades cubanas, La isla entera fue el último intento de normalización hasta que dentro de Cuba, por primera vez, Jorge Luis Arcos da a conocer Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana. Siglo XX (La Habana, 1999). Un arañazo en el muro por donde ha empezado a deslizarse la poesía de la isla entera hacia dentro y hacia fuera.

La inquisición había llegado tan lejos que, además de poner un cerco a la libertad con la imposición de una norma que interpretaron y difundieron la generaciones barbudas del Caimán con sus teóricos de turno a su servicio, también se borró a los poetas que no compartían la interpretación realista socialista cubana de la expresión poética o que habían disentido de esa “metrología” ideológica, como fue el caso de quienes por implicación directa o indirecta padecieron la muerte poética después del “caso Padilla” (1971), aún viviendo en el país5, además de los que se fueron6. No fue hasta 1982, cuando se inició el proceso de rectificación desde el Ministerio de Cultura, con un polémico vuelo de avión hacia Canarias en el cual iba un grupo de escritores castigados para participar en un evento organizado por el escritor canario J. J. Armas Marcelo. En aquel avión, que se decía despectivamente de la sexualidad de sus viajeros volaba sin gasolina, se inició un complejo proceso de revalorización y cambios de la política cultural a cargo del Ministro de Cultura, Armando Hart, que acabaron cancelados una década después con el IV Congreso del Partido (1991) donde se puso punto final a cualquier sueño de apertura, tolerancia y transparencia. 

La obediencia de los jóvenes que teniendo como centro El Caimán Barbudo y la Brigada Hermanos Saíz, ambas dependientes de la Unión de Jóvenes Comunistas —brazo del Partido Comunista de Cuba—, llevaron adelante lo que consideraron la poesía de la Revolución enmarcada por la financiación y el patrocinio ideológico del Partido, la represión de la diferencia y la uniformidad del lenguaje, el modelado de un punto de vista social y optimista, y la cancelación de todo aquello que no estuviera en el plan temático de la moral ideológica, casi conduce a la desaparición de parte de la mejor tradición de la poesía. Hasta los 807, cuando una generación nueva se opuso a los patrones formales, estilísticos y temáticos, se recuperó el ideario poético de autores silenciados así como una visión menos ideológica, más cultural, ontológica y experimental. 

Esa reestructuración del ethos poético formaba parte de una mentalidad nueva que se fue imponiendo en el ethos social, cuando en la política se producía una inadaptación a la realidad que ha acabado retrayendo la isla a índices de pobreza material y espiritual desconocidos. La política del Gobierno fue incapaz de adaptar sus métodos y el razonamiento de una realidad que cambiaba con la misma rapidez con que la gravedad ponía en el suelo los fragmentos del Muro de Berlín y los despojos del mundo como se había conocido hasta ese momento. En aquellos años en los que todo parecía que podía cambiar y nada cambió, también todos los caminos convergían en hechos, ideas, condiciones, conductas y atisbos de que la más lógica de las rutas, aunque podría ser más compleja, era la de usar para el cambio el enorme patrimonio ideológico que la Revolución aún tenía en gran parte de la sociedad. Sin embargo el Gobierno dilapidó ese patrimonio con una torpe política de barricada que a la postre ha profundizado la crisis de la política, la fractura de la sociedad, la debilidad de la ideología y la banalización de la política.

Los años 80 son fundamentales para comprender que la sociedad y la política habían completado un ciclo con una enorme crisis a la que el Gobierno no dio las respuestas pertinentes con las cuales se hubiera podido producir un cambio y una adaptación de la política a la realidad. La crisis que se inició en 1980 con la ocupación de la Embajada del Perú, los actos de repudio alentados por el Gobierno contra quienes mostraran la intención de irse del país, la escalada represiva contra los opositores y defensores de los Derechos Humanos, el éxodo del Mariel, el ridículo de los soldados cubanos durante el enfrentamiento a los marines durante la invasión de EE. UU. a Granada, la controvertida participación en la guerra de Angola, el juicio y condena de los generales Arnaldo Ochoa, y José Abrantes, la movilización permanente que alcanzan su clímax con la creación de las Milicias de Tropas Territoriales (MTT), fueron hechos, justificados o no, que abrieron una brecha entre el discurso del poder y la sociedad. A estos hechos de índole nacional se suman las expectativas creadas por la “perestroika” y la “glásnost” (1985), la visita a La Habana de Mijail Gorbachov y el Periodo Especial. 

Los acontecimientos de entonces dejaron una profunda marca en parte de una nueva generación nacida en la Revolución y desvinculada de la experiencia que podía justificar la causalidad del proceso, los errores y las políticas de fidelización ideológica, la fundamentación del patriotismo y racionalización de la supervivencia basada en el sacrificio, y la convivencia como ejercicio de represión a la diferencia y el disenso con la supremacía de modelos de autoridad envejecidos. Poesía cubana: La isla entera no es un hecho literario aislado. Por un lado, como hemos visto aunque fuera brevemente, cuando se publica en 1995, las causas de la isla dividida no sólo eran las mismas, sino que a pesar de la cancelación de Fidel Castro a toda idea de cambio en el IV Congreso del PCC (1991), gran parte de la opinión dentro y fuera del país, creyó que Cuba no podría dejar de ser arrastrada por la ola de cambios que se estaban produciendo en el bloque socialista del cual dependía. Ese mismo año se produjo la represión y encarcelamiento de algunos de los firmantes de la carta abierta a Fidel Castro, conocida como La carta de los diez, donde se pedían cambios democráticos, y emerge una oposición que se declara ideológicamente en la izquierda, diferente a la que se conocía hasta entonces con raíz en el cambio de poder y de sistema político iniciado en 1959. También se exhibe la película Alicia en el pueblo de las maravillas, de Daniel Díaz Torres, que produjo un gran impacto en las autoridades y la población. La precaria situación del Periodo Especial hacía creer en que el Gobierno terminaría por hacer transformaciones, aunque no fueran del tipo que se estaban dando en otros países y que acabaron con cambios de regímenes. De modo que dicho contexto político era propicio y estimulaba a que por varios caminos se creará la necesidad de una transformación con todos y en la que la cultura se había convertido en depositaria de actitudes y opiniones críticas sobre esta necesidad. 

Lo sucedido en torno del caso de la librería El Pensamiento, en Matanzas (1988)8, fue un buen indicio de la presencia de dos corrientes, una conservadora y la otra renovadora, que estaban dispuestas a luchar por no ceder y, además, de que algo debajo de esas corrientes se movía sin que pudiéramos saber hacia dónde lo hacían, quiénes eran y si era para bien o para mal. Las pocas historias mal contadas que se han escrito sobre este suceso, sintomático de la falta de respuesta a la evolución de los cambios en el bloque aliado, de la incertidumbre sobre las decisiones al respecto y de la lucha interna que se vivía en torno a cuál sería la posición del Gobierno, no han permitido dejar ver más allá de la narrativa de los hechos su trasfondo. 

Estas tendencias pudieron verse reflejadas en las corrientes de ideas y opiniones que se formaron durante la campaña a las elecciones de la presidencia de la UNEAC en el IV Congreso de la UNEAC (1989) donde Lisandro Otero perdió frente a Abel Prieto. Lo cierto es que los castigos que se lograron contra los responsables de aquel complot en que participaron autoridades del Partido, el MININT y Cultura, se resolvió por primera vez en la historia de la Revolución gracias a la comunicación que habían empezado a tener Abrantes y Hart, antes y al margen de que se hiciera público y algunos escritores y dirigentes conocidos actuaran y representaran la protesta e incluso quisieran monopolizar el resultado. Sin dudas, fue significativo el rechazo público, no habitual, de los escritores a aquel episodio de represión. La reacción, inédita e insólita del Ministerio del Interior, con la que se dispuso a investigar y castigar a los responsables no tiene parangón de quien su papel había sido el contrario. 

El polémico discurso de Abrantes el 26 de marzo de 1989 en el aniversario 30 de la Seguridad del Estado con la presencia de un nutrido grupo de profesionales del arte y la literatura no es una casualidad, sino una causalidad que formaba parte de una conducta destinada a impulsar cambios que fue derrotada por el inmovilismo, aunque no estamos seguros de saber cúal era el objetivo de esos cambios. Si se trataba de una manipulación de la demanda y necesidad de cambio encabezada por el sector cultural con la intención de controlar el poder, o si era un paso en la transformación del régimen aunque no fuera una deposición del mismo. Estábamos asistiendo a la puesta en escena de un duro enfrentamiento entre un sector moderado y reformista encabezado por Hart, y el otro núcleo duro donde se hallaba la dirección ideológica del Partido, los jefes de Organismos, los periódicos y destacados intelectuales algunos de los cuales luego acabaron oponiéndose a aquello que apoyaron. También algunos intelectuales que respaldaron la línea “liberal” de Cultura, como decía ese sector dogmático, más tarde aceptaron las prebendas del Gobierno que acabó ganando la partida cuando Fidel Castro renunció a los cambios y eligió el camino más seguro de Gobierno pero el más difícil para su pueblo, después de perder la manutención de la URSS que Rusia decidió no seguir otorgando. 

Para muchos de la línea dura, el peligro de los espacios de tolerancia librepensadora, crítica y experimental, que se habían estado auspiciando desde Cultura, no estaba en las obras en sí mismas que podían tener un carácter efímero y ser toleradas o no, sino en las ideas y la reflexión que los poetas e intelectuales en general podrían proponer contrarias a lo establecido, en sintonía con la experiencia de los países del Este9. El empuje de una nueva generación de pintores, teatristas y poetas, que empezaban a replicar la realidad de una forma crítica y experimental, ajena a los moldes de reproducción convencionales heredados, había creado una nueva necesidad política puesta en el escenario por una nueva contingencia que no podía ser leída como años atrás. Las discretas discusiones que tuvieron lugar entre Armando Hart y una parte de la intelectualidad, hacían ver que una época diferente se avecinaba a la que los políticos tendrían que dar respuestas adecuadas a un modelo nuevo lleno de fricciones no necesariamente traumático. Sin embargo, como él temía, la readecuación no se produjo y llegaron “los talibanes”, como llamaba a la horda de nuevos dirigentes afines al sector dogmático, improvisados, mal formados y uniformados que han convertido la represión en el modus operandi, al más viejo estilo, que ni siquiera era pensado por quienes en los 80 jugaban a ser “perestroikos” como un medio para tener el poder. Las dudas sobre quiénes de los actores políticos de esos años estaban por un cambio de renovación del sistema o de lucha por el poder10 usando los comodines del cambio posiblemente no lo sepamos nunca, ateniéndonos a lo que José Martí nos dejó aclarado cuando dijo que la política es lo que no se ve, casualmente lo mismo que dijera Gastón Baquero para referirse a la poesía. 

El año 1994, año de La isla entera, fue especialmente dramático, en julio de 1994 las tropas guardafronteras hundieron el remolcador 13 de marzo secuestrado por familias enteras que murieron huyendo del país. Un poco más tarde, en agosto de 1994, se produjo el estallido social conocido como El Maleconazo, que fue reprimido por brigadas paramilitares. 

Fuera de Cuba, las expectativas del cambio no eran menores, aunque condicionadas por cierto mecanicismo que hacía parecer a Cuba como una pieza más de la arquitectura del comunismo europeo en la que la pérdida de esos apoyos arrastrarían consigo al Gobierno. Realmente, como he apuntado antes, los cambios que todos esperaban, sin ser los que hubiéramos querido ni los que necesitaba el país, ya se habían producido cuando Raúl Castro sustituyó el poder de su hermano por el de los militares que tomaron las instituciones, despojándose de los uniformes que cambiaron por corbatas cuando hizo falta. El último vestigio de moderación acabó en 2009 con la destitución por parte de Raúl Castro del Ministro de Exteriores sustituto de Roberto Robaina, Felipe Pérez Roque, y con él al todo poderoso Vicepresidente de Cuba, Carlos Lage, acusados de cosas similares por las cuales se había justificado la condena de otros altos dirigentes que eran vistos como bisagras del cambio. El propio Fidel Castro, en un artículo del periódico Granma, decía sobre los que fueron sus benjamines: “La miel del poder por el cual no conocieron sacrificio alguno, despertó en ellos ambiciones que los condujeron a un papel indigno. El enemigo externo se llenó de ilusiones con ellos”. En realidad ese parece ser el motivo por el cual todas las posibilidades de cambio, aunque fuera dentro del propio sistema, fueron derrotadas por quienes velaban celosamente porque no sucediera si ese cambio no venía de ellos mismos con el objetivo de no perder el poder. La caída en desgracia de estos hombres tiene que ver más con el poder que con otros motivos propios de sus habilidades para desempeñar sus responsabilidades. 

El cambio introducido por Raúl fue un traspaso de poder a los militares, un cambio al más puro estilo de Tancredi Falconeri: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. 

El traspaso de poderes de los Organismos estratégicos del país a manos de los militares que se transformaron en civiles, la caída en desgracia de los hombres de Fidel, la desarticulación del Grupo de Apoyo donde éste cultivaba a sus fieles, y la puesta en práctica del plan de reformas económicas, limitadas para no poner en riesgo el poder de la nueva oligarquía político-militar, fueron, a grandes rasgos, los cambios que se fueron profundizando con un poco más de gestualidad democrática que fue interpretada erróneamente por muchos. 

Dentro de esas expectativas de conciliación, diálogo y reconocimiento mutuo de las dos orillas se encontraba el lobby de personalidades del exilio por el diálogo, que tenía sus propios interlocutores oficiales dentro de la isla, “los dialogueros”, como se les solía llamar desde fuera de Cuba por los opositores al diálogo. Hay que recordar que las tensiones entre “dialogueros” y “no dialogueros” no se rebajaron hasta que con la reforma migratoria el Gobierno cubano empezó a crear su cabeza de playa permitiendo la salida de gran cantidad de personas, que querían irse para vivir mejor pero que eran rehenes de la patria ideológica en la que habían sido educados y convertidos en prosélitos de la Numancia caribeña. Aquellas plataformas de cubano-americanos organizados en ONGs manipuladas por la ideología patriótica en el espectro de la izquierda del Norte hoy han dejado de existir y han sido sustituidas por subsidiarias de la superviviencia del Gobierno. La solidaridad se ha convertido en una empresa de medios de comunicación y organización de eventos que lavan la cara del régimen y soportan actividades económicas bajo la legalidad del mercado estadounidense. 

Aunque pueda ser de mala educación, puedo poner un ejemplo autobiográfico de esa resistencia en el exterior al acercamiento de los “de adentro” con los “de afuera”, al recordar que un eminente poeta de la llamada generación del 50, Armando Álvarez Bravo, escribió un encendido artículo en el Herald contrario a mi antología La poesía de las dos orillas: Cuba 1959-1993) (Madrid,1994) aduciendo razones políticas, no literarias, donde me acusaba de cosas a las que uno se acostumbra porque de lo contrario también había sido acusado en Cuba. Gastón Baquero se encargó de responderle tomándose el trabajo de ponerlo en su lugar. 

Aunque La isla entera aparece fechada a principio de 1995, el 28 de enero, el proyecto y su preparación corren parejos a dos grandes eventos literarios cubanos de implicaciones políticas inestimables, se trata del Encuentro de Estocolmo, organizado por el Centro Internacional Olof Palme, adscrito al Partido Socialdemócrata Sueco, del 24 al 28 de mayo de 1994, y las Jornadas de Poesía Cubana: La Isla Entera, del 21 al 25 de noviembre del mismo año, organizadas en Madrid por el Ministerio de Asuntos Exteriores de España. 

En el Encuentro de Estocolmo se subrayaba el carácter político del coloquio, precisando que éste se dedicaría al “análisis del proceso de democratización de Cuba y su revolución”, y expresaba su esperanza de que los participantes dieran “un ejemplo de tolerancia, valentía política y sensatez, que abra, si no un camino, al menos sí un trillo que alguna vez sea transitable hacia la libertad, el desarrollo y la reconciliación nacional que anhelan millones de cubanos”. Dicho encuentro en el que participaron diez poetas, cinco de dentro y otros tantos de fuera, fue el primero que se realizaba entre dos Cubas separadas por el hecho político, la represión, la manipulación y los prejuicios cultivados a ambos lados por la circunstancia política. En el mismo se constataron dos posiciones, una marcada por el oficialismo de quienes llegaban de la isla, y la otra por la oposición de parte de los que vivían en el exilio, claramente expuestas por Manuel Díaz Martínez, uno de los participantes.11 

El otro evento, “Jornadas de Poesía Cubana: La Isla Entera”, (del 21 al 25 de noviembre, 1994) tenía un contenido eminentemente cultural, amistoso y poético, sin bien, dado el origen que tenía la separación de los poetas, algunos de ellos grandes amigos cuando vivían en Cuba, tenía una finalidad política indirecta. Las sesiones se celebraron en la Universidad Complutense y la Casa de América donde participaron 24 poetas e intelectuales de dentro y fuera de la isla12, muchos de los cuales se volvían a encontrar después de muchos años en los cuales las posiciones respecto a la Revolución y las ideologías los habían mantenido enfrentados indirectamente y sin la oportunidad de discutir sus puntos de vista, si bien la fraternidad, la amistad y la comunidad de intereses de otro tipo, establecían un puente que relegaba las diferencias y los temas que pudieran enfrentarlos. En ese sentido el evento fue un éxito rotundo que podía servir de metáfora de lo que a nivel general la sociedad podría lograr con una política orientada a la conciliación, y no a cultivar el enfrentamiento basado en la exclusión de las diferencias ideológicas sobre el sentido de la patria y las conductas que se derivaban de la interpretación de la misma. 

Es necesario decir que las jornadas de la “Isla Entera” en Madrid se produjeron gracias al esfuerzo de la Cancillería española con el recién nombrado Canciller cubano Roberto Robaina de 1993 a 1999, quien había mostrado signos aperturistas que le costaron el puesto13. El que fuera entonces presidente de la UNEAC, Abel Prieto, durante la reunión “La nación y la emigración”14 los días 22, 23 y 24 de abril de ese año, había vuelto a despertar el fantasma del colonialismo, la traición a la patria y la anexión llamando “plattistas”, en alusión a la Enmienda Platt, a quienes se oponían a la Revolución, y pedían cambios y diálogo entre todos los cubanos. Dicho antecedente podría ayudar a entender porqué al año siguiente, después del éxito alcanzado en el encuentro de los poetas, se organizó un evento similar de narradores también financiado por España pero al que Cuba permitió la salida de los escritores después de acabado el plazo del evento, fue la manera en que boicotearon dicha reunión. 

Seguramente en aquellos años no había una ciudad en el mundo que pudiera representar mejor que Madrid el espíritu de convivencia cultural cubana y conciliación del viejo exilio con las nuevas generaciones que llegaban a esta orilla. La música, el baile, el arte y la cultura cubana en general estaban de moda y se abrían discotecas, restaurantes, editoriales y tertulias conformando un clima colectivo de comunión con la cultura como anfitriona ante las expectativas de un cambio dentro de la isla. Se funda la Revista Encuentro (1996), dirigida por Jesús Díaz, una de las mejores revistas cubanas creadas a partir de 1959, donde publican tanto los escritores de dentro como los de afuera. Víctor Batista crea la editorial Colibrí que publicó algunos de los mejores libros de ensayos sobre cultura e historia cubanas no oficiales. Es creada la Fundación Hispano-Cubana (1995) y su revista, que se convierten en un espacio para la discusión de temas cubanos y el encuentro de escritores residentes en Madrid o de paso por la ciudad. La tertulia del Café Central15, se hace de un sitio de diálogo mensual sobre temas culturales y de actualidad cubanos. También en mayo de ese mismo año 1994 aparece en la editorial madrileña Libertarias/Prodhufi, S. A., la primera edición de la antología La poesía de las dos orillas. Cuba (1959-1993), de León De La Hoz, con 36 poetas de dentro y fuera de Cuba que se dan a conocer desde el triunfo de la Revolución hasta la fecha de la publicación del libro. 

En ese escenario merece la pena recordar el papel de españoles y cubanos que lucharon porque se consolidara aquel clima de tolerancia y concordia en el que se producía el trasiego de cubanos a raíz de la flexibilización de los permisos de viaje, la demanda de cultura cubana y la incertidumbre que vivía el país sobre su futuro. Especialmente, Gastón Baquero, quien con la autoridad que le daba su temprano exilio y su obra, se enfrentó no sólo a la ideología castrista y comunista, sino también a los extremistas de la derecha exiliada que se oponían al diálogo entre cubanos de ambas orillas. El valiente apoyo público de Baquero (El Nuevo Herald, viernes 20 de mayo, 1994) a la reunión de Estocolmo frente a la repulsa de otros destacados intelectuales exiliados como Levi Marrero, Guillermo Cabrera Infante y Carlos Franqui, fue un punto de inflexión para comprender de otra manera la necesidad de diálogo aunque fuera doloroso, así terminaba aquel artículo: “Creo en la conveniencia, y aún más, en la necesidad del diálogo cultural. Si de este hecho se beneficia o aprovecha momentáneamente el tirano, no debe preocuparnos. Cuando una cultura se manifiesta abierta y libre, acaba siempre por derribar a la tiranía”. 

Tuvo que ser en Madrid, como podía haber sido en cualquier lugar del mundo menos en Cuba, donde los dos poetas se pusieran de acuerdo para organizar esta Isla entera. Entonces, en aquellos años, todavía unos vivían dentro y otros vivían fuera, condenados a vivir separados por una circunstancia que en la actualidad no ha cambiado en lo esencial, antes de que las autoridades isleñas en 2012 liberaran el flujo de cubanos hacia afuera y hacia adentro, y hoy veamos la salida, la entrada y la doble residencia de cubanos, dentro y fuera como algo que siempre existió. Podría parecer que somos de una isla como otras de donde siempre se ha salido y entrado libremente con la única condición de tener visa y dinero, así piensan hoy muchos que viviendo afuera pueden entrar y salir con sus maletas cargadas para ayudar a sus familias mientras lucen unas simbólicas cadenas de oro en sus cuellos. 

Pero no siempre fue así, antes salir y entrar de la isla no se podía si no era con un permiso especial del Gobierno y las salidas ilegales habían convertido el estrecho de la Florida en un gran cementerio, como el Estigia pero lleno de tiburones que iban cazando balseros de una orilla a la otra, si no eran arrastrados por la corriente. Conozco a uno que se lanzó al mar en Matanzas y fue rescatado cerca de Haití, creyendo haber vuelto a La Habana a través del barrio Palo Cagao por un afluente del Almendares, una aventura que podría ser el mejor poema de este amigo. Por otro lado, querer salir te convertía en un apestado social y enemigo de la patria, de modo que a nadie se le ocurría pensar en tal cosa si no quería convertirse en un paria dentro de su propio país. 

Desde que salió La isla entera a la fecha, la idea sobre la cual se estructura el libro no ha cambiado. El origen político de la separación de los cubanos no ha variado aunque los motivos de quienes se marchan hoy no sean los mismos. Antes el que se iba era “gusano”, hoy es “mariposa” que potencialmente colabora con la economía familiar y doméstica, eufemísticamente se le llama “comunidad” cubana en el exterior, “diáspora” en vez de “gusanera”. 

El volumen reúne a poetas de dentro y fuera que habían quedado separados o no se conocían porque después de haber salido de niños o mayores no podían entrar y eran considerados ciudadanos y poetas de otro mundo. Sin patria estos poetas habían quedado fuera de las instituciones y por consecuencia sus obras no podían ser tenidas en cuenta ya que al abandonar la isla se habían quedado sin país. Y aunque todo cubano que se precie sabe que se puede vivir sin patria pero sin amo, muchos fueron condenados a morir de silencio acusados de servir a enemigos de la patria. Aunque es una verdad de Perogrullo, conviene recordar que a pesar de las modulaciones de la política con las cuales el Gobierno ajusta su supervivencia y a duras penas la del pueblo, existe una dependencia total a las instituciones incluso de aquellas actividades aparentemente desligadas de su control, pero que en realidad están sujetas al uso del Gobierno en la medida de las necesidades de su propia supervivencia y de la oligarquía política-económica en el poder. 

Es lamentable tener que aludir a razones políticas e ideológicas cuando se habla de poesía, pero en el caso de Cuba es imposible hablar del género, su concepción y escritura sin referirnos al proceso político que cambió la vida de los cubanos. No sólo la vida material, sino también, y es lo peor, todo aquello que no se puede tocar y que forma parte de la racionalización y la racionalidad del mundo, de las normas que rigen el albedrío, los comportamientos y la espiritualidad. Y aún peor, si cabe, trastocó el sentido de la identidad mediante la manipulación de la historia, de la moralidad patriótica y de la finalidad del ser cubano con la creación de una identidad ideológica. Sólo afines o ignorantes prefieren desconocer esta razón o justificarla por el diferendo con Estados Unidos y el embargo. 

Al cabo de este tiempo Cuba sigue dividida por la misma argumentación política e ideológica con la cual se inició el cisma en 1959 que creó dos patrias, la de los que asentían y la de los que disentían. Ni siquiera se puede decir que la de los que estaban de acuerdo y la de los que no lo estaban, ya que la política obligaba a ser un agente del sistema que de lo contrario marginaba al individuo. De ese modo el sistema convertía a sus ciudadanos en cómplices activos o pasivos de la partición de la comunidad en culpables e inocentes. Es un esquema patriótico que se ha trasladado hacia el exterior de la isla, a pesar de que quienes se han alejado de su centro en la diáspora disfrutan de las garantías democráticas de aprender a convivir y ejercer el derecho de compartir de otro modo desde la diferencia, también de no compartir pero respetando el derecho de los demás a quererlo aunque no lo deseemos. 

Un lugar especial merece Baquero en ese fragmentado mosaico de la isla entera donde nace esta antología de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora. Ya Baquero había dedicado su magnífico Poemas invisibles (Verbum, 1991) “A los poetas que llegan y seguirán llegando. A los muchachos y muchachas nacidos con pasión por la poesía en cualquier sitio de la plural geografía de Cuba, la de adentro de la Isla y la de fuera de ella”. Él mismo volvió a reencontrarse con antiguos colegas y amigos que le habían dado la espalda al salir de Cuba y en el nuevo contexto regresaron rendidos a sus brazos. Su amor por la patria, la comprensión de la misma y su sentido democrático y humanístico después de haber sufrido el desprecio de un bando y de otro por sus ideas, pero también por el color de su piel y su extracción social, le colocan en un lugar privilegiado en esa otra Cuba soñada como una quimera, la de todos martiana, que Fidel Castro había hecho suya obligando a los cubanos a adoptar la patria ideológica de la exclusión, no como excepción sino como la naturalización de la supervivencia, la represión y la manipulación de los orígenes de la nación con el apoyo de poetas e intelectuales de todas las generaciones. 

Poesía cubana: La isla entera es un libro magnífico y necesario que nos revela no sólo la calidad y vitalidad de la poesía cubana en todas partes, sino que ese centro geográfico que es la Isla es sólo un accidente que hoy se repite en una Isla dispersa, sin ejes temáticos ni estilísticos impuestos por la burocracia. Y que si bien no existe una isla entera, sí podemos hablar de una isla total compuesta por fragmentos cada vez más abundantes y distintos. La Isla entera es nada más que una utopía, como han sido todas las islas con las que se ha querido representar una ideación utópica o distópica, el “no lugar” quevediano construido por la poesía que es capaz de todo. Cuba es una más entre esas islas imposibles como Utopía, de Moro o La isla, de Huxley, La ciudad del sol, de Campanella o la Atlántida, de Bacon, por sólo mencionar algunas que fueron escritas, en tanto la isla del Caribe es la entelequia de aquello que nadie recordará cómo era y pudo haber sido. Como muestra la poesía de los más jóvenes de dentro y fuera, Cuba ha dejado de ser el centro para los poetas que temen al tirano y no quieren verse obligados a elogiarlo como en la República de Platón, esa otra utopía, llenando la geografía dispersa de muchas islas, que quizás no serán las soñadas ni en ellas se reconozca la isla entera pero son las únicas posibles en libertad. 

Como en la isla de Huxley, “El patriotismo no basta. Pero tampoco es suficiente ninguna otra cosa. La ciencia no es suficiente, ni lo es la religión, ni el arte, ni la política y la economía, ni el amor, ni el deber, ni acción alguna, por desintegrada que fuere, ni la contemplación, por sublime que sea. Nada sirve, como no sea el todo”. 

NOTAS

1. Felipe Lázaro y Bladimir Zamora. Poesía Cubana: La isla entera. Betania. Madrid, 1995. 

2. Poetas fallecidos: Roberto Valero (1994), Ángel Escobar (1997), Julio E. Miranda (1998), José Mario (2002), David Lago González (2011), Guillermo Rodríguez Rivera (2017), Alina Galliano (2017), Lilliam Moro (2020), Sigfredo Ariel (2020), Raúl Rivero (2021), Teresa Melo (2023), Lourdes Gil (2023) y Reinaldo García Ramos (2024). 

3. Curiosamente, Carlos Aldana Escalante, quien jugó un papel protagónico, contradictorio y paradójico contrario a los cambios de transformación demandados por el movimiento artístico cultural, colaborador de Raúl Castro y vinculado a los condenados por las Causas 1 y 2, es uno de los poetas antologados por Roberto Díaz Muñoz en: Nuevos poetas. ICL. La Habana, 1970. Como solía suceder con otros altos cargos de la época, las causas por las cuales fue apartado de su cargo no parece que fueran realmente las que dieran lugar a su democión. Otros autores de dicha antología, algunos de los cuales se conocerían luego por otros géneros y oficios, fueron: Luis Beiro, Pedro de la Hoz, Raúl Doblado del Rosario, Ibrahim Doblado del Rosario, Alex Fleites, Omar González, Roberto Manzano, Efraín Morciego, Armando Orozco, Norberto Codina, Albis Torres, Yolanda Ulloa y Bladimir Zamora. 

4. El blog de Manuel Díaz Martínez (1936-2023) acumula la más completa información que se puede tener del proceso y los entresijos del conocido como “Caso Padilla” en el que el poeta jugó un papel fundamental. 

5. Nombres, libros y fechas conque volvieron a aparecer: Rafael Alcides (Agradecido como un perro, 1983), Pablo Armando Fernández (Campo de amor y de batalla, 1984), Manuel Díaz Martínez ( Mientras traza su curva el pez de fuego (1984), Antón Arrufat (La huella en la arena, 1986), César López (Ceremonias y ceremoniales, 1988).

6. Salieron del país: Belkis Cuza Malé (1979), Heberto Padilla (1980), Armando Álvarez Bravo (1981).

7. Ver: “Exploraciones temáticas y éticas de la más joven poesía”, de Basilia Papastamatíu. Ponencias. Coloquio sobre Literatura Cubana, La Habana, 1981. También “Movimiento poético de los 80 (1981-1993)”, en La poesía de las dos orillas. Cuba 1959-1993), de León De La Hoz. (Libertarias/Prodhufi, 1994, y Betania, 2018). Este fenómeno renovador no fue excepción de la poesía, ya que era parte de un movimiento más abarcador, fundamentalmente en artes plásticas, el teatro y las ideas. Y de tal magnitud que a la política del Ministerio de Cultura le costaba adaptarse a esa demanda mientras enfrentaba al sector más dogmático del poder. Ejemplos significativos de esta conciliación no conseguida son Paideia, Arte Calle, el espacio alternativo del Castillo de la Fuerza por el cual se sacrificó a la responsable, y la irreverente exposición de 23 y 12 que tuvo que ser movida de sede por la protesta a causa de obras que herían la sensibilidad patriótica de muchos.

8. Un grupo paramilitar en coordinación con las autoridades de Cultura, el Partido y el MININT, fingiendo ser “el pueblo enardecido” en apoyo a la Revolución, irrumpió en una lectura de jóvenes poetas donde también se hallaba la conocida poeta Caridad Oliver Labra y golpeó a los asistentes, uno de los cuales casi pierde un ojo. La primera investigación la realizó León De la Hoz por orden de Hart, quien supo lo que había pasado después que el primero le pusiera al tanto de sus sospechas sobre la identidad de los atacantes. 

9. La renovación de La Gaceta de Cuba con un equipo de jóvenes al frente del cual se situó a León De La Hoz, después que muriera Nicolás Guillén y cuando la UNEAC es intervenida por la corrupción, la mediocridad y el funcionamiento burocrático, permitió que, entre otras cosas, dicho medio se convirtiera en el único donde aparecían textos de la “perestroika” y la “glásnot”, traducidos por Desiderio Navarro y Justo Vasco, y otros autores silenciados, como el propio Cintio Vitier a quien se le publicó por entrega el libro prohibido Rescate de Zenea, publicado después por Ed. Unión. Además, La Gaceta sirvió para auspiciar los debates sobre las demandas de los jóvenes escritores y la política cultural. 

10. Ver “Norberto Fuentes: Never Say Die”, entrevista de Ladislao Aguado a Norberto Fuentes. Hypermedia Magazine, 31 de julio 2022. También en Libreta de Apuntes, blog de Norberto Fuentes, otras alusiones a aquel momento del cual Fuentes era un testigo privilegiado. 

11. Ver: “De mi archivo / Reunión de escritores cubanos en Estocolmo” Blog de Manuel Díaz Martínez. (10 de enero de 2010). Ver también: Bipolaridad de la cultura cubana. (Suecia: Centro Internacional Olof Palme, 1994). Ponencias del Primer Encuentro de Escritores de dentro y fuera de Cuba. Compilación de René Vázquez Díaz, 128 pp.

12. Participaron 24 poetas cubanos de dentro y fuera de la Isla: Desde Cuba: Rafael Alcides, Guillermo Rodríguez Rivera, José Prats Sariol, Cleva Solís, Jorge Luis Arcos, Efraín Rodríguez Santana, César López, Delfín Prats, Reina María Rodríguez, Enrique Saínz, Pablo Armando Fernández, León De La Hoz y Bladimir Zamora. Desde fuera: Manuel Díaz Martínez, Alberto Lauro, Mario Parajón, Gastón Baquero, Orlando Rossardi, Heberto Padilla, Pío E. Serrano, José Kozer, José Triana, Nivaria Tejera y Felipe Lázaro. 

13. Al principio de septiembre de 1994, Roberto Robaina se reunió en Madrid con representantes del exilio moderado, entre los cuales estaban Ramón Cernuda y Eloy Gutiérrez Menoyo, recién excarcelado. Entonces fue duramente atacado por otra parte del exilio. Uno de los argumentos contra esta reunión excepcional era que las conversaciones deberían realizarse dentro de la isla con la oposición. En 1995 en la ciudad de Cienfuegos, Cuba, Robaina se volvió a reunir con Menoyo. Robaina fue destituido en 1999 y más tarde en 2002 fue despojado de todos sus “atributos revolucionarios”, acusado de deslealtad, relaciones indebidas y ambicionar el liderazgo del país. 

14. Conferencia de Abel Prieto: “La nación y la emigración”. Días 22, 23 y 24 de abril de 1994; (http:revolucioncubana.cip.cu/logros/cuba-en-el-mundo-/ nacion-y-emigracion/1290-2./).

15. Tertulia convocada por el Comité Cubano Pro Derechos Humanos, dirigido por Martha Frayde.