MUERTE A JOSÉ MARTÍ

Hoy puede ser un buen día para dar muerte a José Martí, y mañana también. El pobre Apóstol se ha convertido en la mano de cualquier patriota en una pistola vacía, que se dispara automáticamente para adoctrinar, ejemplarizar y llenar la falta de ideas sobre cualquier problema. De hecho, si sirviera para algo, por el uso que se le ha dado como remedio la isla de Cuba sería un paraíso. No se conoce ninguna cultura que haya hecho un manoseo tan obsceno del pensamiento de su más eminente prohombre, ni siquiera Venezuela con Bolívar que lo tienen hasta en la sopa. Cada vez que un cubano me saca a Martí para responder ya sé de antemano que no tiene ideas propias y que no merece mi atención. No en vano el último trabajo que hice en Cuba fue preparar un programa político de contingencia basado en el pensamiento martiano. Si tú quieres que un cubano te quiera o ponerle una soga al cuello, háblale de Martí y sírvele un par de citas.

En estos días en los cuales la situación cubana se ve más cerca del desastre total, pero también de la hipotética solución con la particular diplomacia del presidente Trump, Rubio mediante, los cubanos que no han logrado sacudirse el patriotismo manigüero y antiimperialista siguen pensando en inmolarse por la patria —sacan a Martí, lo cargan y disparan—, antes que permitir que los Estados Unidos caigan con esa fuerza más sobre el techo de la casa de los Castro. Todo ello a pesar de que la “patria martiana”, esa que han defendido de una u otra manera como cómplices activos y pasivos del régimen cubano, nada tiene que ver con Martí, y sí con Fidel Castro, ese que los ha dejado sin patria y con amo que es él mismo aunque no esté.

Estoy escribiendo demasiado de prisa para darme cuenta si estos cubanos martianos necesitan a Freud o a Lacan, quizás a los dos, para comprender el patriotismo antiyanqui que han aprendido, no de Martí, sino de su alter ego marxista nacido en Birán. La esquematización y manipulación del pensamiento del naciente antiimperialismo martiano de finales del siglo XIX, sin embargo, nada dice para explicar la actitud complaciente  de Gómez con la intervención de Estados Unidos en la guerra, ni los extraordinarios beneficios de las relaciones comerciales con ese país antes del 98 y después, ni la necesidad real de la Enmienda Platt para evitar que el desgobierno, la insalubridad, el caciquismo y la incertidumbre destruyeran en los primeros años la creación de unas bases para caminar solos aunque cojeando. Independientemente de la idea anexionista de algunos congresistas que nunca llegó a ser un peligro real.

Ya sabemos que los historiadores no tienen ni una puñetera idea de política y que la política no se puede historiar porque no se ve, como diría el mismísimo Martí. Pero el sentido común debería poder explicar porqué puede ser preferible una intervención de cualquier país para ayudar a los cubanos a deponer el régimen actual de la forma menos cruenta posible y luego solucionar una transición que afecte lo menos posible la soberanía. Un poco de pragmatismo y menos sueño martiano podría llevarnos a una experiencia con caminos que hoy no existen. Qué es lo más importante: ¿Solucionar el problema que nadie ha solucionado y que está llevando a la desaparición física y moral de la idea de la patria martiana? ¿Y porqué no arriesgar lo que queda por una solución aunque no sea la mejor como en el 98?

Uno se pregunta de qué patria nos hablan quienes la defienden negando la posibilidad de la asistencia estadounidense, ya sea Trump o Supertramp. ¿La patria martiana que es un ideal o la patria que ha creado el régimen cubano? Un poco de realismo político —aunque fuera como el de la discusión de la paz de la isla Melos con Atenas, conocida gracias a Tucídides—, no vendría mal para solucionar el problema de sobrevivencia de un país que se aleja cada vez más de Martí cuanto más reine el idealismo fidelista disfrazado de martianismo. En definitiva la bandera cubana, la imagen simbólica de la nación, no es martiana, sino de un pragmático que vio en la anexión una solución, como los reformistas criollos que eran acusados de independentistas en el Parlamento español de entonces.

Sería de risa, si no fuera tan grave y dramática la situación que vive el país, ver cómo tanto la izquierda en el exilio de Estados Unidos como la que huye de la represión del Gobierno cubano, levantan la bandera antiimperialista poniendo por delante la misma moralidad identitaria que ha hundido la nación. Una identidad creada con la negación de valores martianos y la apropiación de aquello que era contingente de su pensamiento y acción política. La parte por el todo y la hiperbolización del pragmatismo martiano han servido para crear una identidad ideológica ajena al hombre moral, demócrata y espiritual ajeno a un régimen que lo ha usado como pistola.

Recuerdo haber tenido hace ya muchos años una discusión pública sobre este tema con Carlos Alberto Montaner. Era el final de una de las tertulias que el Comité de Derechos Humanos, dirigido por Martha Frayde con la ayuda de Víctor Batista, realizaba todos los domingos en el famoso Café Central de Madrid. Entonces Carlos Alberto señalaba con claridad el daño que Martí hacía siendo manipulado por el Gobierno cubano, y yo le respondía que era una situación difícil porque si nos quitaba a Martí perderíamos la mejor, la más grande y excepcional referencia que tenían los cubanos. Era como quitarle Dios a los creyentes, cuando de él han hecho una iglesia. Creo que él tenía razón y que debería ser una tarea de las nuevas generaciones leer a Martí sin el filtro “revolucionario” y contextualizarlo, conscientes de que posiblemente hubiera revalidado su genio político adoptando miradas que nos sorprenderían.

Hoy al cumplirse 173 años del nacimiento del apóstol cubano, sería bueno matar al que nos dieron a conocer, y buscar al genio que era capaz de adaptarse y adaptar su pensamiento para lograr un fin tan quimérico como fue unir a todos los cubanos para lograr una Cuba para todos. Pensar con cabeza propia, cortándonos ese sesgo ideológico, podría ser una buena celebración.