
Reseña aparecida en el blog de la editorial Betania
Nos complace presentar Escrito en el infierno (Betania, 2026), de León De la Hoz, un libro que reúne íntegros los libros que el autor publicó mientras vivía en la isla. No se trata de una antología, ni tampoco de todos los libros escritos allí, ya que Betania ha publicado Cuerpo divinamente humano (1999), un poemario ilustrado por Roberto Fabelo, que iba a salir en la Editorial Unión con el nombre de El libro oscuro del deseo. Y como cuenta el autor en su prólogo, pronto dará a conocer Las puertas del naufragio, un inédito que en 1990 debió salir en Letras Cubanas. Ambos libros dejaron de publicarse listos para entrar en producción.
Escrito en el infierno cuenta con una introducción donde el autor hace un análisis de los años 80, una de las épocas más fecundas en conflictos internos y externos que demandaban un cambio que no se produjo. Los poemas que conforman este libro reflejan una actitud generacional que se distanciaba de sus predecesores por el uso experimental del lenguaje, el punto de vista crítico y la diversidad estilística y temática.
La introducción nos explicita y ayuda a entender un contexto, desde el cual es posible ver qué la disposición al cambio no era sólo de un grupo de escritores y artistas, ni únicamente un reflejo de los cambios en Europa del Este de la perestroika y la glásnost, sino que había una voluntad generacional y una lucha por el poder en coincidencia con las transformaciones y la posterior destrucción del socialismo como forma de gobierno. Según De la Hoz, es necesario un análisis de todas las partes y de la poesía de entonces para comprender mejor y sin sesgos ese periodo de los 80, determinante en el hundimiento posterior de la isla.
LAS CASAS DEL MUNDO
En cada casa hay un hermano que duda.
Otro que no está y otro
se abre los ojos con una cuchilla.
Eso es este pueblo.
Y nosotros hemos aprendido a odiar
con las puertas cerradas
a los vecinos que todavía cuelgan el odio
en la cerca del jardín.
En cada casa hay gente que espera
el salto del sol a lo más alto del cielo,
como el nadador contra corriente en este río
donde familias flotan huyendo del fuego del bosque.
Familias, maderas y familias y maderas.
La gente espera en sus casas,
hay quien limpia una mancha descuidada,
otro arregla la ranura de la puerta del baño
donde hay un ojo que vigila,
otro se tapa los oídos
para no escuchar cómo cantan los náufragos.
Y los vecinos siguen colgando el odio y el tedio
en la cerca del jardín.
Este es el pueblo.
Y esta es la casa en la que podía caminar
con los ojos cerrados.
Alguien ha muerto en este pueblo
y en esta casa voy solo como el invisible
que no puede recordar su nombre.
La gente espera en sus casas del tiempo.
Tengo miedo, amor mío,
no reconocer tu respiración en la oscuridad
al tocar tu cuerpo desnudo.
Tengo miedo poner el oído en los árboles
del bosque donde la gente arrastra la madera
para levantar sus casas de esperar,
sin oir a aquellos sentados en la colina
del viento que mueve los molinos,
y el río que pasa con sus balsas de madera
llenas de gente cantando hacia el mar.
Este es el pueblo y sus casas.
Familias y maderas.
Limpia de esta herida de luz su sombra.
Pon estopa en mis oídos
para no escuchar la palabra melodiosa
de quien promete vida eterna al muerto
y lo suelta al río de albañales que bebemos
ocultos y desnudos en el cuarto de la casa.
Es todo cuanto pido,
llevando un poco de la arena del mar
a cada hermano que levanta su pequeña casa
con los despojos del bosque,
ese es en fin un oficio del poeta.
