
En alguna otra parte lo he escrito, la izquierda vive su peor crisis ideológica, política y de credibilidad. Léase la moderada, la ultra, la cubana de dentro y de fuera, y la que no es cubana, cualquiera de las izquierdas sufren esta crisis de identidad. Nada más hay que ver los programas políticos para comprenderlo y las opiniones de líderes y prosélitos en su defecto. Después de la caída del muro de Berlín la izquierda no ha podido recuperarse, todo lo contrario, y cae como un peso muerto que es arrastrado por su propia sombra en el vacío dejado por la entelequia del comunismo.
La crisis de Cuba también es ideológica en el más ancho y restringido uso de la palabra, como sistema de ideas que articulan una estructura particular como la economía y como sistema que sostiene una estructura simbólica igual a la patria. Si pensamos que la ideología política es la base del razonamiento de la dictadura y que ella justifica su acción y la interpretación de la realidad, entonces podríamos preguntar, por ejemplo: ¿si otra fuera la ideología política habría la persecución política que soporta la ideología judicial?
Lo que ha estado pasando en los últimos días en torno a la situación cubana pone ante los ojos del mundo las carencias de esta izquierda ciega y sorda al clamor de un pueblo y varias de sus generaciones que han esperado un cambio, un pequeño cambio donde se pueda respirar, parafraseando a Guillén, el malo.
Lamentablemente, la izquierda demócrata y de centro ha perdido peso y se ha dejado ganar el espacio por los radicales que hoy vociferan en todas partes con distintas denominaciones. Incluso han creado una cultura moralista del igualitarismo y la justicia histórica que se caracteriza por el mal gusto y la vociferación a la cual conocemos como “woke”, desplazando con el victimismo a aquellos otros ideales de libertad y justicia. Hace años en los 80, cuando se iniciaba la ola reivindicativa del “todo vale” de la cultura postmoderna, lo decíamos: “todo no vale”. De aquellas filtraciones en el viejo edificio de la cultura occidental, viejo pero sostenido como un do, estas inundaciones con la porquería a raudales que amenaza la convivencia en plena transformación civilizatoria, en la que ser de izquierda parece ser hoy día estar de acuerdo con la destrucción del edificio y no con su transformación.
He leído, he visto, he oído cómo esa incierta izquierda se pone de lado para solidarizarse con el represor de izquierda y cómo justifica el poder implacable e indiscriminado sobre el ciudadano simple con el mismo artefacto ideológico que usa el poder en su defensa. Un silogismo diabólico: la patria es la Revolución, la Revolución es indestructible; si se destruye la Revolución se destruye la patria. No recuerdo en la historia política un caso de manipulación de la identidad de la nación como el de Cuba, del que todos somos víctimas de alguna u otra forma, así como somos también victimarios, y cómplices activos y pasivos de esta manipulación de la conciencia nacional, de la represión del ser que debiera dudar y errar en libertad y del consentimiento doctrinario de una mentalidad cederista.
Según el discurso de izquierda, el mismo de los gobernantes cubanos, podría deducirse, si no fuera una deducción falsa basada en una lógica diabólica, que la gente no tiene libertad, comida, agua, luz, transporte, ni democracia por el bien del país, la nación y la Revolución, ya que ceder a un cambio acabaría con la Revolución, si bien estos no podrían existir sin la gente que, además, son quienes le dan sentido en su pasado, presente y futuro. O sea, tener sumido al pueblo en la miseria física y espiritual se justifica porque el sacrificio sostiene a la Revolución que es la entidad suprema de la nación. Ceder al cambio aunque signifique la salvación del pueblo destruiría, según esto, lo que le da sentido.
Dicho de otro modo, esta argumentación viene a decir: si el poder, que está en el ejército y sus testaferros, cediera a una transformación del régimen ya fuera en una democracia liberal o en el peor de los casos en un sistema que hablara chino, con el fin de dar todo aquello de lo que privan al pueblo, entonces estarían traicionando a la Revolución, la patria, el país y la nación. Entonces, no es difícil de comprender que todas esas cosas están por encima de la gente, a pesar de que en el discurso han pretendido identificar al pueblo con esas instituciones simbólicas. Según esto lograr el arreglo de la situación cubana pasa por el sacrificio del pueblo o de su Gobierno.
Por otro lado, hay una izquierda cubana que en su argumentario elíptico juega a lo de siempre, se mete con la cadena pero no toca al policía que la sostiene: analiza sesudamente las estructuras económicas históricas, el pasado, los errores, las implicaciones y las probabilidades, aísla como un taxidermista unos órganos de otros para evitar el contagio, y llegar a la conclusión de que si se cambiara el sistema económico los cubanos podrían tener todo aquello de lo que carecen a causa del «bloqueo» o «embargo», dicen según a qué distancia ideológica se esté del Gobierno.
Esta izquierda jamás alude a la falta de libertades; la represión institucionalizada; la manipulación de la historia en la que la causalidad doctrinal e ideológica ha sido asumida sin dudar; la omisión, la prohibición y la suplantación de hechos, personas e ideas que conforman la identidad cultural; la creación de una identidad nacional basada en la ideología; la configuración de un sistema de valores donde el miedo y la obediencia condicionan el comportamiento social; el establecimiento de una autoridad pretoriana y hereditaria que hace, dicta el discurso y lo hace ejecutar en función de una costosísima quimera para el país. Sin contar los muertos, los presos, el sufrimiento y las privaciones que se ha cobrado ese sueño de la actual oligarquía militar, cuyo quehacer se caracteriza por la inmoralidad de vivir al margen de sus conciudadanos y con el auxilio que ofrecen a sus familias aquellos que hace unos años no podían salir del país si no era a riesgo de sus vidas por el Estrecho de la Florida, eso que eufemísticamente ellos mismos nombraron «la diáspora», los que huyen y aceptan el regalo de salir y sostener la mesa de sus familia junto a los testaferros de la oligarquía.
Da igual que se trate de historia, cultura artística y literaria, sociedad civil, economía, la izquierda tiene una fe enorme en sus homónimos ideológicos, mala memoria para sus crímenes e ignorancia porque sólo miran con el ojo izquierdo, históricamente ha sido así, aunque también tienen ojo derecho que usan para vivir lejos de lo que proclaman. Recuerdo hace unos años que fui invitado a un debate con un eminente, brillante y citado economista cubano en un think tank del Gobierno español en el que argumentaba contra el embargo económico y las consecuencias del mismo para Cuba, pero en ningún momento se habló de aquello otro que caracteriza a una dictadura y sus consecuencias en la economía doméstica y para la ciudadanía. Mis alusiones, razonadas, cayeron como un jarro de agua fría. Entonces, cuando nos encontrábamos en el protocolo de las despedidas, uno de los representantes del Gobierno se me acercó y casi al oído, como una disculpa, me dijo: Es que tenemos que velar por los intereses españoles en ese país.
Si el que reprime y mata es de derechas, da igual el origen y los motivos, se apela a los «derechos humanos» y el «derecho internacional», según sea el caso. Pero si el gobierno que comete esos actos es de izquierda, la izquierda mira para el lado contrario o lo justifica con el discurso de los viejos manuales que hoy cobran vida en otras circunstancias y con actores distintos. Así los «derechos humanos» y el «derecho internacional» han alcanzado un relativismo de tal grado que merecerían reescribirse, así como la moral y la ética deberían impartirse en las escuelas con la esperanza de que algún día los intereses de todo tipo tuvieran ese filtro que se ha perdido en la política que hace tanto la izquierda como la derecha, ya que si los intereses y la mentira han sido siempre un componente inevitable de la política, tal vez la moral y la ética debieran restaurarse en las instituciones.
Para quienes se consideran de aquella izquierda en decadencia, menos emotiva pero más inteligente, que Gramsci caracterizó permeable porque se situaban en un centro del espectro político-ideológico, donde podía compartir también con la derecha asuntos de interés y confluencia con sus prosélitos, hoy día es imposible convivir. No se trata sólo de la izquierda, pero de la izquierda estamos hablando después del espectáculo que ha ofrecido en La Habana, esos de esta neoizquierda que llaman fascistas a todo aquel de la izquierda que piensa diferente a ellos y mira la realidad con los dos ojos.
Claro que el problema de Cuba también es ideológico como el de toda la izquierda, parodiando al presidente Díaz Chanel, la ideología es la base de todo: la falsa creencia de sí mismos, la fundamentación del miedo y la represión, el sesgo conque se defiende el sistema, la representación de la nación y del patriotismo, y un largo etcétera. Si el caso de Cuba no es comparable al de los países socialistas que implosionaron es porque la Revolución construyó sobre las ruinas de la nación una representación ideológica e institucional de sí misma y de los cubanos, y ese gen se muestra incluso en circunstancias como la de hoy, en la que se puede recordar al dramaturgo René Ariza para concluir que el problema de los cubanos es la Revolución que llevan dentro. El fin… el mar.
