la absurda muerte de heriberto hernández

El poeta Heriberto Hernández Medina en su estudio de arquitectura, foto de León de la Hoz

A estas horas todo el mundo sabe que el poeta Heriberto Hernández ha muerto de un modo absurdo. Yo volaba de vuelta a Madrid hace poco más de una semana. Todavía me cuesta creer que aquel hombre que parecía hecho para tumbar árboles se haya derrumbado, si no es porque su enorme sensibilidad pudiera ser también su talón más vulnerable. Era una de las personas más sensibles que se pueda conocer. Y esas dos cualidades, la fuerza de leñador y su corazón de poeta se fundían en una sola a veces contradictoria, siempre vital. A ese leñador que se volvía árbol y viceversa yo le debo dos cosas inapreciables: su amistad y parte de mi vida cuando me salvo de manos de una mujer que quería castrarme. También le debo su propia familia que descubrí en un viaje cuando espantado de todo no podía refugiarme en mis hijos. No he dejado de pensar en él pero tampoco en Eric y Ely, su gravedad en la tierra. Por eso lloro que nos haya dejado, su poesía no es suficiente para sustituirlo. Es uno de esos casos en que la poesía no puede cambiarse por el poeta.

Aunque aún nos cueste dar crédito a las noticias la evidencia es aplastante. Lo que nos preguntamos es por qué, si bien es una pregunta que nada añadirá a la realidad conocida y que probablemente no tendríamos que hacer. Siempre lo hacemos porque es una forma de comprender y sostener nuestra propia precariedad en este mundo, sobre todo cuando además de un modo absurdo se muere de una muerte absurda, como suele ser cuando un hombre vive en la poesía y parece destinado a morir sólo por la belleza, a manos de ella misma o persiguiéndola. Aquella con la que volvía a salvo y con la cual eludía ese lado oscuro donde reina el silencio y ha quedado finalmente. Los otros tal vez mueran por no soportar la soledad, pero un poeta muere por no resistir la fealdad que cada vez nos rodea más cerca y a la que todos estamos expuestos peligrosamente, unas veces de forma cómplice. Puede que Heriberto no quisiera ser cómplice. Es un sentimiento que acecha más o menos a todos los poetas. A veces uno se cansa.

Heriberto era uno de los pocos para quien la poesía era su oxígeno, cuando hoy ya ni siquiera los poetas hablan de poesía. Eso lo hacía diferente. Un niño grande como son los verdaderos poetas con unos brazos para arar que usó para sacar luz donde solo había sombras. Travieso, sensible, brillante, amador y lleno de poesía. Así es el libro inédito que estaba amasando antes de publicar, un texto estremecedor que evoluciona su propia visión del lenguaje, dejando de ser un montón de paletadas de luz para construir con ellas un puente sobre nuestro vacío. Parecía seguir una progresión semejante a la pintura del hijo que idolatraba. Ese libro lo situará en un lugar preeminente dentro de la generación de los 80 y en la poesía cubana en general.

Heriberto era incansable y hacía planes continuamente. A todo le ponía la pasión desbordante con la cual vivía. Hace un año, después de haber afilado nuestras estilográficas, pensamos ponernos a trabajar en una antología de la poesía de los 80, la más relevante en la actualidad para nosotros. Era una idea hermosa pero polémica, sin embargo era su juicio equidistante de las devociones una de las cosas que más me atraía del proyecto. No habría concesiones. Primero la poesía, pero, ¿qué poesía? Heriberto era un poeta de una sensibilidad extraña, inefable, sabía ver la poesía en poéticas diametralmente opuestas a la suya. Un valor muy escaso. En más de una ocasión me hizo ver un poeta donde no parecía o lo contrario, poetas que se habían depreciado o desgastado como doblones de oro sumergidos en el mar por el naufragio de sus poemas. Además, si fuera poco lo anterior, tenía el coraje de ir en contra de la corriente. Otro de los valores que se echan de menos cuando todo nos parece dado y hecho. Lo necesitábamos, le vamos vamos a echar de menos. Te vamos a extrañar, Heriberto.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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