La enfermedad de castigar, una epidemia social

el-castigadoxUna de las cosas que más me llama la atención de los padres y profesores es el uso y la concepción del castigo. La siguientes reflexiones son el resultado de esa observación, son las reflexiones de un padre y en ese sentido tienen las virtudes y los defectos propias de esa condición, seguramente otros podrán hacer las suyas diferentes. He sido ojo y oído ante un problema al que se enfrentan a diario unos y otros y que en el fondo lo que probablemente encontremos sea un dilema de autoridad.

El castigo es el recurso más socorrido, el más primitivo, para regular las conductas y alcanzar determinados objetivos. Lamentablemente el castigo solo se mira desde el lado de la psicología, si se analizara desde el punto de vista de la sociología, diferentes serían los derroteros y más graves las conclusiones, ya que en realidad no somos más que la representación simbólica del poder para hacer cumplir ciertas normas y ejecutar el castigo de las mismas. Piezas de un puzle del poder en el que actuamos como defensores de una estrategia social determinada. Este orden empieza en la familia y en la escuela donde nos forman más que lo que nos educan.

Entre los muchos errores de la educación actual uno de sus puntos neurálgicos es la falta de preparación para pensar y para la felicidad. Se enseña para ser útiles, eficientes y dóciles. Sin embargo todos estamos contentos porque nunca la sociedad nos ha demandado un papel tan relevante con nuestros hijos y educandos. Ver el castigo desde el punto de vista de lo que representa como estrategia de poder no es mi cometido en este artículo, pero sí es necesario tenerlo en cuenta para profundizar en nuestro papel y pensar que el castigo es una manipulación y como tal no debería existir. El castigo como se concibe en general es una práctica que deberíamos desterrar de nuestras relaciones con los hijos y los educandos, que fundamentalmente genera dolor, frustración y resentimiento; que puede variar la conducta pero no enfrenta la causa que la generó.

No está de más decir que la primera referencia que recuerdo del momento en el cual empecé a preocuparme por este tema fue cuando me tentaron a leer una biblia de los padres primerizos, donde el método principal era dejar llorar a los niños hasta que se agotaran. Ese libro me mostró hasta que punto la crueldad puede ser argumentada por especialistas y consentida por quienes nunca nos preguntamos nada y esperamos las respuestas de otros como sumisos actores.

Si el lector es de los que cree que el castigo es necesario, me gustaría decirle que el principal responsable de que tenga que aplicar un castigo es él mismo, seguramente porque la relación de autoridad con su hijo o el educando ha sido mal enfocada. Si de cualquier modo no puede evitarlo, lea antes estas siete razones antes de castigar para que el castigo sea lo menos insano posible.

  1. Hablar, oír, razonar, entenderlos. El castigo que es eficaz con un niño no tiene porqué serlo con otro, tampoco es buena idea comparar un niño con otro para imponer el castigo. Los niños deben conocer las normas y respetarlas, pero la aplicación del castigo varía según las características de cada niño. Un niño es un ejemplar único, una persona distinta a todos, incluso a los propios padres. El castigo debe estar condicionado no sólo por la falta, sino también con el motivo de la misma, las características del niño, el contexto, y si hay reteración. Es indispensable prestar atención a los argumentos del niño, empatizar, entenderlo y crear una relación de respeto en ambas direcciones. La autoridad mal entendida suele desconocer este principio. Se debe explicar hasta la comprensión las razones del castigo, las consecuencias de los actos y el beneficio de un buen comportamiento. Escuchar al niño y no castigar sin oír su versión del motivo por el que va a ser sancionado. Hacer caso de lo que otros dicen y tomar medidas sin considerar su opinión de los hechos desacredita al niño y lo predispone a mentir, afectando valores de su personalidad.
  1. Más racionalidad y menos improvisación. La impulsividad es mala para tomar decisiones de cualquier tipo y el castigo es una muy importante porque afecta a nuestros niños. Si después de castigar invade un sentimiento de culpa, puede ser que no hayamos pensado bien antes de decidir el castigo, y nos arrepintamos para luego levantarle el castigo con la consecuente pérdida de autoridad. Un buen consejo es no castigar a la primera y menos si estamos cansados, enojados o agotados. Hay una relación estrecha entre el castigo y la autoridad, y la autoridad no se forja con castigos. La autoridad de padres y maestros se forja en un proceso complejo y a largo plazo, donde el factor fundamental es el respeto y no el miedo. Si funciona la autoridad el castigo tiende a desaparecer. La relación castigo-miedo es perjudicial. La improvisación al castigar es negativa para la configuración de la autoridad y se corre el riesgo de cometer errores. Es mejor esperar el momento adecuado o hacer un aparte con el niño antes que dejarnos llevar por la espontaneidad. Un castigo es una decisión que puede afectar muchas facetas del menor como su autoestima, por tanto conviene no improvisar si usted es de los que prefiere castigar a hablar y dar ejemplos.
  1. Los castigos físicos son totalmente inapropiados. Ya nadie duda que los castigos físicos son contraproducentes, cuando no crueles. No obstante un “buen azote” es algo que casi todos ven con displicencia, cuando es una forma encubierta de nuestra impotencia y de violencia de baja intensidad y similar a la verbal. Ni siquiera pegues a los niños un azote si lo puedes evitar. Sus efectos a largo plazo si son continuados pueden ser negativos. Es un patrón a erradicar de nuestra herencia cultural y desterrar de las conductas. Aún hay quienes dan por bueno el azote, pero sólo puede arreglar una situación puntual, una descarga mutua de adrenalina entre el adulto y el niño que devuelve la situación al punto cero, pero no va a la solución del problema y refleja más la frustración del adulto que una enseñanza para el niño.
  1. Los castigos deben ser una herramienta excepcional. El castigo es un instrumento para corregir y enseñar, no está al servicio del escarmiento. Tampoco debe ser una amenaza cómo se oye a menudo a padres y educadores. Nunca debe convertirse en el elemento regulador de la conducta que a largo plazo puede crear un círculo vicioso muy nocivo, en el que adultos y niños se transforman en prototipos de una violencia implícita, víctima y victimario, en el que cada uno aprende un rol que puede ocasionar enormes costos para la vida futura del niño. Demasiados castigos deben hacernos sospechar que no lo estamos haciendo bien. Por otro lado, puede que el niño estuviera llamando la atención por algún problema desconocido por nosotros y por lo general más grave. En ese caso, debemos corregir la adopción de los castigos y, si es necesario, pedir ayuda externa de un especialista en conducta. El castigo es dañino si no es educativo. No se debe castigar sin buscar alternativa, hay que hacer entender el motivo del castigo, si no es mejor no hacerlo. Castigar es la última opción, debe ser racional y tiene que verse claramente la relación causa-efecto.
  1. El objetivo primordial es que el niño entienda las relaciones de causa-efecto entre la falta y el castigo. Si un niño incumple con alguna de sus obligaciones o comente cualquier falta, lo primero es saber si merece el castigo o si es suficiente con una amonestación. El castigo no solo trata de poner límites, sino de que el niño entienda por qué existen esos límites. De esa manera aprenderá a evitar por si solo las conductas que le acarrearán consecuencias negativas. También es bueno advertir antes de que pueda cometer la falta: “si haces esto, te ocurrirá lo otro”, pero no en relación con el castigo sino con las consecuencias de sus actos. El castigo tiene una función reguladora y como tal educativo, si no es educativo es el adulto quien debiera ser castigado. La relación antecedente-conducta-consecuencia es fundamental para ayudarlo a visualizar qué es lo que se quiere de él y cómo puede solucionarlo. Cuando hay una buena relación de autoridad puede ser suficiente con que el niño medite y entienda este esquema con la ayuda de nosotros.
  1. Proporcionalidad. No debemos imponer castigos excesivamente duros, ni tan complicados de cumplir, ni difíciles de supervisar. Hay castigos que pueden convertirse en suplicios tanto para el niño como para el adulto, ya que sobrepasan la racionalidad y al final terminan produciendo una situación problemática a veces insostenible en torno a la propia medida. Por ejemplo, “No juegas durante un mes”… “No te levantas de la cama durante el fin de semana”… El castigo debe ser consecuente y proporcional con la falta. En vez de un castigo largo es mejor fraccionarlo para evaluar el efecto a corto plazo y moderar su aplicación al cumplimiento del objetivo con el que se impone. Tenemos que ayudar al niño a ser capaz de evaluar su propia conducta para evitar la reiteración de la misma. La supervisión permanente del castigo y la conducta es una buena medida para centrar la atención de manera ponderada en la causa-efecto. Uno de los problemas que enfrentamos a menudo es el de los castigos duros de los padres blandos, son aquellos que convierten el castigo en una rutina porque lo terminan sin que el niño haya cumplido el objetivo. El castigo pierde sentido y los padres o maestros la autoridad. También hay castigos contraproducentes, por ejemplo: a un niño que disfruta al tocar un instrumento musical no debemos prohibírselo de forma indiscriminada porque es su necesidad, la extroversión de su libertad y del deseo. El peor de los castigos es el intento de prohibir el deseo, que es algo imposible de prohibir. Un castigo excesivo o equivocado puede causar un resultado contrario al que buscamos.
  1. Resulta mucho más eficaz fortalecer las conductas positivas que erradicar las negativas. El castigo debe ser ponderado no solo en sí mismo, sino también con el fortalecimiento de las áreas donde el niño mejor se desenvuelve o donde más lo necesita. Si es perezoso para los deberes, pero se levanta enseguida para ir al colegio o es diligente para otras tareas, elogiarle esas fortalezas. Debemos mostrarle el amor que sentimos por ellos, cuando el castigo está rodeado de amor es mucho más comprensible y visible el objetivo que nos proponemos, pero no el amor que a veces mostramos en regalos materiales, sino aquel que premia las virtudes y se expresa comprensivo con sus flaquezas y lo apoya para ayudarle a vencer sus dificultades. Esa es la mejor manera de expresarle amor a un niño. Mucho cariño y pocos castigos. Felicitar y celebrar los aciertos presentes evita los errores futuros.

Ni la educación funciona como una ciencia exacta, ni los niños se comportan como autómatas de respuestas siempre previsibles, ni son los mismos en todas las edades. Los niños son personas y deberíamos ponernos en sus zapatos a la hora de hablar con ellos y decidir un castigo: ni permisivos, ni verdugos. La disciplina y la autoridad, la confianza y el amor, la racionalidad y el sentido común, la creatividad para relacionarnos con ellos y para hacerlos pensar y entenderlos son piezas fundamentales de un difícil equilibrio de convivencia, que en cualquier caso han de servir para elaborar el castigo inevitable. Tampoco debemos ceder a la tentación de castigar como lo hacían nuestros padres, ni trasladar nuestras frustraciones a la decisión de castigarlos, ni hacernos cómplices de una agresión que proviene de nuestra civilización y que eufemísticamente llamamos estrés. Mucho enfermo por castigar anda suelto y va repitiendo un patrón que terminará por enfermar a sus hijos y educandos.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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