Hart personal

De derecha a izquierda, Armando Hart, Carlos Martí, León de la Hoz y Abel Prieto. En la sala Villena de la UNEAC, durante una de las reuniones que discretamente se realizaron con los jóvenes a solicitud de Hart, para conocer de primera mano el motivo por el cual se habían convertido en blanco de la invectiva de algunos sectores del poder político.

Ha muerto Armando Hart Dávalos, los obituarios se han encargado de resaltar todo aquello que justifica sin ambages su prominente lugar en la jerarquía política cubana, pero lo que no pueden decir es aquello que a mí me justifica para escribir por primera vez un elogio sobre un líder de la Revolución. No solo es un acto de justicia personal con un hombre que lo merece según mi punto de vista, también es un acto de fe en que pueda haber otros como él en la Isla, sin que podamos verlos detrás de los papeles que les toca representar, incluso cuando ya la obra por la cual debutaron, y en muchos casos amaron, ha dejado de existir, aunque el escenario conserve de antaño la decoración y los discursos empolvados. A mi modo de ver, las cualidades de Hart que motivan mi homenaje, y con el mismo una reflexión como le hubiera gustado que fuera, no son precisamente las que forman parte del patrimonio de los gobernantes cubanos, tampoco de muchos de sus enemigos políticos del exilio. Lo que yo más apreciaba de Hart era precisamente una virtud que reúne esas cualidades y que los extremos políticos conocen, pero practican poco: la tolerancia.

No éramos amigos ni mucho menos, pero la intensa relación que sostuvimos mientras yo dirigía La Gaceta de Cuba y luego cuando me pidió ponerme al frente del Consejo Técnico Asesor del Ministerio de Cultura, creó una estrecha complicidad dentro y fuera de los despachos en momentos de enorme tensión entre la política y la cultura, entre las instituciones y los artistas y escritores. Esa cercanía me hizo testigo privilegiado en los corredores donde se diseñan los escenarios de la política, en una de las etapas más complejas e interesantes de la política cubana, seguramente donde se pudo haber movido alguna pieza para el cambio si no se hubiera temido a la renovación. Eran los años 80 y una generación de creadores irrumpía con desparpajo en la vida social, más allá de los tradicionales consumidores del arte y la literatura, con un punto de vista nada complaciente que disparó las alarmas del poder político. Fue el propio Hart, siempre le llamé así en lugar de ministro, quien quiso verificar directamente con los jóvenes las acusaciones que se les hacían desde medios de comunicación e instituciones no culturales, por alejarse, según decían los voceros de los sectores más dogmáticos y politizados, de los preceptos revolucionarios y socialistas de la Revolución.

Sin desconocer las consecuencias, incluso para él, Hart convirtió esa virtud, la tolerancia, que debería ser inherente a cualquier político, en un arte para dialogar e intentar vertebrar los propósitos de las generaciones más jóvenes con el proyecto de los más viejos. En las reuniones que se realizaron a petición suya con diferentes representantes de los jóvenes y no tan jóvenes creadores e intelectuales, estos tuvieron el privilegio de poder expresar abiertamente al ministro lo que pensaban, sin cortapisas ni condicionantes que no fuera la propia autocensura, fue entonces cuando se abrió la primera trinchera de un frente nuevo, desde la cultura, en una problemática social y política que se insinuaba en la creación y el pensamiento de esos años, pero que formaba parte de un problema general de inadaptación del “hombre nuevo”, demandado por el discurso del poder, que no encontraba encaje entre los viejos uniformes en una realidad social que tuvo su primer capítulo en el Mariel (1980) y continuó en el conato de revuelta llamado Maleconazo (1994). El Mariel no fue sólo un éxodo masivo de inadaptados y desafectos, sino que significó la más grave señal de alarma de una enfermedad que durante mucho tiempo el Gobierno mantuvo bajo control con aspirinas, cuando el enfermo lo que necesitaba era un cambio de tratamiento y una intervención de choque con antibióticos, que el equipo médico de cabecera no haría nunca mientras pudiera imponer su diagnóstico.

En ese contexto de inflexión social y cuando se debieron adoptar medidas políticas de normalización y articulación de la misma, Hart asumió la representación de los jóvenes y convirtió al Ministerio de Cultura en el refugio de aquellas voces que corrían el peligro de convertirse en víctimas de un sector de la burocracia política a causa de su inadaptación y crítica social. Se enfrentó directa e indirectamente a altos cargos de primera línea del Partido, organizaciones sociales, periodistas y escritores, que hablaban en nombre del poder desde los medios de comunicación y las instituciones, contra una manera menos ortodoxa de ver la creación artístico-literaria de un movimiento alternativo de las artes plásticas, la literatura y el teatro, fundamentalmente. En aquellas reuniones “privadas e informales” Hart pudo darse cuenta de que había dos concepciones enfrentadas no sólo en cuanto a la creación, sino también en la concepción del mundo. Era una lucha ideológica con alcances más profundos que los que reflejaban las anécdotas de represión, censura y acusaciones contra los jóvenes creadores. En aquellos años, previos a la implosión de la Unión Soviética, en Cuba comenzaba a generarse un cambio generacional que implicaba un cambio en la sociedad y de la forma de relacionarse. El bloqueo, la complacencia política del autobloqueo que alimentaba el victimismo, la falta de subvenciones del desparecido bloque socialista y la falta de medidas de ventilación comenzaban a convertir al país en una olla a la que de cuando en cuando se le mueve la válvula para que no reviente. Ese, en definitiva, es el patrón de conducta de la política de los gobernantes cubanos. Pensábamos entonces que no era una olla, sino una bomba de tiempo que se debía manejar de otra manera.

Los escritores y artistas fueron la punta visible de un problema más profundo que terminaría por pasarle factura al país con el incremento de la desafección que ya no era solo ideológica y política, sino también sentimental. Esa especie de “no exilio” del que hoy disfruta una parte de los llamados emigrantes económicos que viven en un limbo donde no sienten ni padecen a la Revolución. El cambio posible fue aplastado por el discurso en una sola dirección del miedo, el enfrentamiento y la supervivencia que a Fidel Castro siempre le dio buen resultado y que acabó con la posibilidad de una reposición generacional, social y político coherente, sin traumas. A la postre, políticos jóvenes de enorme valía fueron desmontados de la primera línea con acusaciones ridículas, sobre todo si miramos críticamente la descomposición de las familias que componen la nueva oligarquía. Aquel periodo en que se fraguaba un debate social, ya que no era cultural solamente, de enorme transcendencia para la vida del país, concluyó con la cancelación del diálogo intergeneracional a la vista de los sucesos del bloque socialista que acabaron con su autodestrucción. Sin embargo, aquellos gérmenes contra los que se rebeló la conciencia de buena parte de los jóvenes de entonces, dieron lugar a estas enfermedades que sobreviven a pesar de los paliativos: la doble moral, el discurso viciado de los enemigos como culpables de todo, el desgaste generacional, la corrupción, el monoteísmo ideológico, la degradación de la vida, la vuelta de males propios de la etapa prerrevolucionaria, por ejemplo, y ha creado otros que ponen en tela de juicio los ideales por los que mucha gente dio la vida.

Mientras pudo, Hart se enfrentó a aquella tendencia reaccionaria que intentaba ahogar los deseos de los jóvenes de cambiar las cosas, lo hizo con energía y valor, pero también con la inteligencia y la astucia que había acumulado en su larga vida política. José Martí decía que la política es lo que no se ve, lo mismo que pensaba mi querido amigo Gastón Baquero de la poesía, ambas definiciones son las que mejor ilustran a mi modo de ver el trabajo que hizo Hart desde su cargo de ministro. Es habitual creer que una persona en el desempeño de un puesto como aquel pudiera arreglar todas las cosas que eran de su competencia, pero eso no sucede en ningún país del mundo y menos podía pasar en Cuba, esa creencia forma parte de la idea falsa del poder y de nuestros representantes en el mismo. Como joven que fui y padecí junto a mis compañeros de generación en aquellos años y por la información privilegiada que tuve, después de su desaparición física puedo decir que el norte de su vida entonces fue facilitar la libertad de expresión, crear las condiciones para el desarrollo del pensamiento, la integración generacional en las instituciones, fiel a la idea de que la disensión no era contrarrevolución y que José Martí era y debió haber sido siempre el referente moral, cívico, patriótico y democrático. Cuando me pidió que dirigiera y restructurara el Consejo Técnico Asesor lo hizo con la intención de poner la primera piedra de una revolución en ese sentido, que tendría un enorme impacto en la política cultural conocida y marcada por las Palabras a los intelectuales de Fidel.

Hoy viene al caso poner un poco de color a la figura de Hart que justamente ha sido resaltada por los medios oficiales y oficialistas cubanos de la Isla, pero el color es el de siempre, sin tener en cuenta los matices que a mi entender son los que marcan la diferencia entre unos hombres y otros. Siempre lo recordaré como un político a quien vi poner sus energías, infatigables, en querer cambiar las cosas a favor de las nuevas generaciones, Cambiar las reglas del juego, como un amigo me recuerda que llamó a uno de sus libros. Nunca me dio la espalda cuando nos encontramos casualmente después de haberme ido del país como sí lo hicieron algunos colegas escritores, y fue en un momento determinado quien me alertó con honestidad sin precedente que ya no podríamos seguir haciendo las cosas que pensábamos y me dio permiso para renunciar. A propósito de la tolerancia, recuerdo que en una de las dos ocasiones en que le ofrecí mi renuncia fue porque algunos burócratas partidistas, yo no pertenecía al Partido, argüían la sospecha de que yo perteneciera a la CIA –eso puede suceder en Cuba de la misma manera de que afuera te acusen de ser de la Seguridad, pero dentro es de suma gravedad–, y no obstante me pidió que me quedara porque prefería la actitud crítica a la complaciente de aquellos. Pocos jefes son capaces de pensar de esa manera. Ahora que ya no está hay muchas cosas que me gustaría contar y que reivindican su figura frente al esquematismo de los de dentro, los de afuera y los que ignoran, pero por el momento solo quiero dejar constancia de mi respeto por un hombre que no fue mi amigo, sin embargo siempre se portó como si lo fuera, a pesar de nuestras diferencias. Que por fin descanse en paz.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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