La independencia catalana, un suflé envenenado

Hace unos años un amigo me llamó para colaborar como analista en la campaña de un candidato a la presidencia, pero cuando le emití algunas críticas a la gestión que estaban haciendo me despidió diciéndome que yo no podía entender la política española por haber nacido en otro país. Al final terminaron perdiendo a pesar de que el candidato era formidable, no porque no tuvieran en cuenta mis opiniones, por supuesto, si bien la idea de que ser nativos españoles otorga una visión más realista de los problemas domésticos es un error. Puede que por el mismo motivo las opiniones de uno como yo sobre el actual conflicto catalán no tengan ningún valor, aunque mutatis mutandis de igual manera la mejor historia escrita de España quedaría huérfana porque algunos de sus mejores escritores han sido extranjeros, aquí incluyo al cubano Pablo de la Torriente Brau, muerto en Majadahonda en 1936 durante la defensa de Madrid y del que nunca han aparecido sus restos. De cualquier modo, como sujeto político me siento aludido y con derecho a opinar sobre un asunto que es político, nos concierne a todos y en último caso todos deberíamos decidir.

La dificultad para hablar del conflicto catalán radica en la complejidad que aporta al problema la manipulación de los sentimientos que conforman el catalanismo, mediante la politización de los mismos por políticos nacionalistas de izquierda y derecha. Y no menos importante las fundamentaciones históricas que hacen de las razones independentistas un batiburrillo de datos contradictorios y tan deterministas como lo es la descendencia a la realeza. De hecho a veces no sabemos acorde a las causas que exponen si son independentistas o secesionistas, que comportan dos problemas distintos. No es que los catalanes sean más patriotas de la patria catalana que los gallegos de su Galicia o los vascos de su Euskadi, tampoco creo que se trate de un viejo problema sin resolver entre el resto de España y los catalanes, más bien puede que sea un viejo problema por resolver primero de los catalanes con ellos mismos, luego de España con el resto de sus nacionalidades, incluyendo la catalana. Este problema que podría estar más cerca de la psicología social y el psicoanálisis que de la desigualdad y la discriminación, junto a las frustraciones que no han contado con las respuestas que esperan los catalanes del Gobierno central acorde con sus expectativas, constituyen el núcleo real del conflicto que dirigentes catalanes quieren resolver con la independencia, arrastrando tras de sí a un notable por ciento de la población catalana, mucha de la cual ignoramos si son catalanes por doctrina, igual que no podemos saber si detrás del exceso independentista se ocultan otras motivaciones.

No hay una sola causa de cualquier tipo que no sea la ideológica que justifique la independencia. Mal estaríamos si pensáramos que la independencia es un deseo, no una necesidad. ¿Realmente el independentismo se sustenta en una necesidad del pueblo catalán como la hubo en el pasado que no sea la generada por una ideología del patriotismo extemporáneo y démodé? ¿Y en caso de que hubiera necesidad, la misma tiene en cuenta al resto de los pueblos y los ciudadanos españoles que, no importa el porcentaje, pueden sentirse catalanes como andaluces o gallegos en la medida en que son parte de un todo? Esa necesidad no es real y ese todo sí existe de partes articuladas y legalizadas por la Constitución, si bien esa articulación no es perfecta y seguramente sí tiene la necesidad de otra escritura. El independentismo en las actuales condiciones, no sólo es ridículo, sino que es injusto, egoísta y narcisista, en el que destaca de modo significativo la idea de la diferencia y por tanto de la exclusión. No se trata tanto de los errores o las dificultades de la integración del mapa territorial español, que no es perfecto y debe adaptarse a los cambios que se han producido en el desarrollo de las regiones y la ciudadanía, sino de la idea que algunos puedan tener de sí mismos. El catalanismo no es un problema para la estabilidad política de España, sino el uso político de ese sentimiento legítimo y enriquecedor de la diversidad española. El problema no es antropológico, ni cultural, ni económico, aunque sus causas sean antiguas y estén en la base del patriotismo catalán, sino de índole política, y sus razones ideológicas.

Quienes hemos podido ver a España desde fuera antes de verla por dentro, nos resulta difícil de entender el nacionalismo catalán y aún menos el independentismo. Desde fuera España se ve por lo que más destaca, Gaudí es una de esas cosas junto a un conjunto de valores y géneros de toda su geografía. Gaudí y la Sagrada Familia son tan españoles como Cervantes, Picasso, el cante o el flamenco. Si los catalanes se vieran como se les ve desde fuera, dentro de un todo, tal vez serían menos independentistas, aunque esta visión es diferente de la que se tiene desde fuera de Cataluña sin salir de España. Esta visión española arroja un conjunto de tópicos que dan una imagen de trazos gruesos, no exenta de errores, en la que los catalanes no llevan la mejor parte, porque está más cerca de lo que dijo Quevedo que de lo que dicen los líderes independentistas. Lo peor de la situación actual no es la independencia que es una utopía, es que se está creando un conflicto falso entre unos españoles con otros, catalanes y no catalanes, y de eso no hablan las estadísticas ni la prensa porque como suele suceder se oculta el sentimiento fratricida que deriva de la oposición de los nacionalismos. Se delinea un perfil anticatalán que también han ayudado a generar los propios nacionalistas. En Cuba, sin embargo, donde hubo una importante comunidad catalana de prestamistas, algunos de los cuales desarrollaron la banca en los años veinte del siglo pasado y donde se inició uno de los tramos históricos del independentismo de la mano de Francesc Masià, la gente solía tener una idea peculiar del hombre de negocios catalán, y les llamaba popularmente “judíos”, sin embargo no hay anticatalanismo porque muchos de estos fueran usureros, se enriquecieran a su costa y luego construyeran parte de modernismo barcelonés con ese dinero. Eso me hace suponer que no sólo el nacionalismo mal enfocado por los independentistas en negativo para la convivencia, sino que no tienen otro modo de argüir un discurso ideológico.

El producto que han logrado los independentistas manipulando sentimientos reales de pertenencia a una cultura y a una región es una mezcla explosiva cuando se crea un enemigo, que en este caso es el Gobierno central, al que se le acusa de los problemas de todo tipo que solo se pueden resolver con la ruptura de los vínculos que le unen al mismo. La ideología independentista no es posterior a los problemas actuales como búsqueda de alternativas a las soluciones, o sea, no es una consecuencia, sino una causa que apela a extraer del pasado motivos reales asociados con la identidad. Pocas ideas que no sean las historicistas se suman a la manipulación de los sentimientos que una base popular sostiene y sobre la que se interpreta que una consulta popular es la vía democrática para resolver el problema. Si la democracia fuera únicamente un fin en sí misma y nada menos que un asunto técnico y formal, entonces no sería la democracia el sistema adonde hemos llegado para mejorarlo, sino una especie de anarquía “rousseauniana”. La democracia no puede ser ni es la justificación de todas las cosas, igual que no todo puede estar permitido más allá del interés de todos y de las normas, que pueden ser cambiadas. En todo caso si hubiera consulta popular debería hacerse desde la idea de que Cataluña y el resto de los españoles somos parte de un todo. El referéndum no es el Ave María de la democracia y la interpretación de quiénes somos es una discusión histórica pendiente que debería empezar a hacerse. Seguramente un replanteamiento de la memoria histórica que aborde críticamente lo que somos, en vez de la justicia histórica que es lo que se hace y debería llamarse, nos permitiría reconocernos como lo que somos realmente.

Según el independentismo actual y su fórmula manipuladora del pasado que mezcla derechos, valores y sentimientos, podría parecer que España y Cataluña se hallan todavía en la Edad Moderna o en el difícil siglo XIX español cuando surgen los nacionalismos, incluso todavía más acá en el XX donde fraguan y consolidan los nacionalismos y los independentistas. A este movimiento le gusta ignorar que después de ese largo tiempo oscuro de España, en 1978 “la indisoluble unidad de la nación española” y el derecho a la autonomía de las “nacionalidades y regiones que la integran” plasmada en la Constitución alcanzó el respaldo del  90,5 por ciento de los votantes catalanes. No obstante la Constitución no es un texto sagrado que no se pueda tocar para adaptarlo a la realidad y si fuera necesario se debería hacer para mejorar la funcionalidad del tejido nacional español, ya sea como conjunto de autonomías y regiones o como federación o cualquier ecuación posible sin poner en riesgo al conjunto de España. Cuidado con la acriticismo histórico del que padecemos y que a veces nos impide ver con perspectiva el presente y el futuro.

No es ocioso decir, aunque sea de paso, que el independentismo y la voz del pueblo que se imposta desde las tribunas no siempre son una solución para los problemas, véase el caso de Cuba a lo largo de su historia colonial, republicana y revolucionaria después de 1959. También sirve de ejemplo el reciente referéndum no vinculante en Puerto Rico que optó por la anexión a los Estados Unidos, después de haber contado ese país con uno de los movimientos independentistas más añejos del hemisferio primero contra España y luego contra Estados Unidos. Incluso la credibilidad de la voz del pueblo en la que ponen el acento los populismos no es más que un argumento político más, no hay ninguna evidencia de que eso que llaman “el pueblo” tenga razón o sea garantía de la verdad o el triunfo de una opción política. Esa voz no sólo es heterogénea, sino también voluble e incluso puede sintonizarse acorde a intereses que no son los suyos. Por defecto, cuando para justificar un discurso político me dicen que las bases, el pueblo, piensan, quieren, dicen; saco mi estilográfica y escribo un párrafo contra los populismos.

El independentismo catalán es un suflé envenenado tanto para Cataluña como para España. El descontento catalán no se resuelve en las urnas del modo que lo plantean los independentistas, a no ser que el Estado incurra en una irresponsabilidad política creando un antecedente legal negativo y peligroso de cara al futuro de la integridad territorial. Si hay consulta que sea de todos los españoles, si no siempre se puede parchear la Constitución que es la letra por la cual nos regimos, aunque la música a veces la pongan otros. Como diría José Ortega y Gasset en las Cortes republicanas en mayo de 1932, posiblemente “el problema catalán es un problema que no se puede resolver, que solo se puede conllevar”. Y, además nos advirtió que un Estado decadente es aquel que fomenta los nacionalismos, me gustaría apostillar que de igual modo los políticos decadentes son aquellos que manipulan y promueven el nacionalismo estéril de unos contra otros, ya sea desde del poder o no, de un lado u otro del espectro ideológico. El derecho nacionalista por encima del derecho ciudadano será siempre un peligro no importa si de izquierda o derecha, la historia está plagada de injusticias y crímenes en su nombre.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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