Democracia con menos teatro

Foto de León de la Hoz

Una de las características de la democracia está representada por la siguiente paradoja: a más crisis, mayor democracia. Yo diría que esta paradoja es la piedra angular del sistema y la diferencia fundamental con todos los demás, si no se cumpliera la misma no podríamos estar hablando de una democracia plena y real, y estaría mostrando su primera vulnerabilidad que es no cumplir la paradoja. Pero para que se produzca es imprescindible que se cumpla una ley básica de acción y reacción similar a la tercera ley del movimiento o de la mecánica: a una determinada cantidad de fuerza ejercida sobre un objeto le corresponde la misma magnitud de fuerza y dirección a la producida pero en sentido contrario. O sea, a toda acción siempre le sucede una reacción igual y contraria. El desarrollo de la democracia depende de esta relación o ley de proporcionalidad entre la sociedad civil y las instituciones, entre la política y lo político, siendo la política el qué y el cómo se hace y lo político el objeto y la razón de ser de la política, así la política sería todo cuanto se hace para representar lo político. Para decirlo de un modo más profano, la política es el reflejo de lo político. Lo político puede ser la igualdad entre hombres y mujeres, por ejemplo, mientras que la política es la forma, el tipo de acción o la imagen en que se realiza lo político. Si comparamos lo que hacen dos gobiernos con diferentes concepciones sobre la igualdad, digamos para ilustrar mejor y con un contraste más claro, uno de derechas y otro de izquierdas, veremos que cuanto distingue a una política de la otra para alcanzar el objetivo no es solo la forma en que se aborda, sino también la calidad de lo político. La idea de la igualdad no es la misma para la derecha que para la izquierda, no digo que una sea mejor que la otra, y la política será según su calidad el reflejo más o menos fiel de lo político. La política adopta a lo político en su afán de comprenderlo y lo político se adapta a la política mientras se ralentizan los conflictos. No es solo una cuestión de adaptación de la política a lo político que es la baza del populismo, sino de adopción.

Todas las relaciones que permiten que se cumpla la paradoja de que a una determinada cantidad de crisis corresponde igual cantidad de democracia son una relación de conflicto. Sin embargo cuando hablamos de conflicto la gente tiende a llevarse las manos a la cabeza, hay una parte de la sociedad que es propensa a ver en el conflicto un motivo de crisis, en la crisis un principio de cambio y en el cambio la pérdida de la estabilidad, la identidad o cualquier aspecto de su estatus, aunque eso sólo pueda suceder cuando se deteriora el equilibrio entre las instituciones y la sociedad civil. Ahora bien, si partimos del presupuesto teórico de que esa relación de acción y reacción mutuas es de conflicto, tendremos que aceptar que de la resolución del mismo depende la eficacia de la política, y no solo eso, sino que así como sea la eficacia y la eficiencia de la política, así será la calidad de la ideología. Una política es eficaz en la medida en que soluciona el conflicto. Así mismo, el conflicto es inevitable incluso cuando la política sea capaz de prevenir el conflicto porque lo político es portador del conflicto emanado de las contradicciones propias e internas de la acción y la reacción a niveles elementales e individuales a veces imperceptibles. El conflicto es inherente a lo político y es necesario como premisa democrática. Una ideología es acertada cuando es capaz de sostener con su discurso una política adecuada para el conflicto. En este sentido cabe recordar el análisis de uno de los pensadores más notables de la democracia contemporánea, el filósofo Giovanni Sartori, en relación con el marxismo: el marxismo está derrotado como ideología, pero no como filosofía. Tradicionalmente la ideología, que es un cuerpo teórico para racionalizar lo político, ha degenerado en determinados contextos y grupos sociales en una creencia y eso ha ayudado a la banalización de la ideología. Ser de derechas e izquierdas se ha convertido en una profesión de fe, y a veces no importa que la política y la ideología vayan por sendas descaminadas, los correligionarios siempre van a seguir los diferentes ideologemas que los sitúa en un lado y otro de la raya que separa ambos campos de contingencia política. Tal vez la responsabilidad de esta actitud de corderos que se mueven en la oscuridad no la tengan los correligionarios de las ideologías, sino la confusión que los propios políticos han hecho interesadamente de la ideología, la política y lo político con la creación de la partidocracia que se ha enquistado como un cáncer en el cuerpo de la democracia.

En contra de lo que suelen decir algunos críticos neoliberales de la democracia, no es la fortaleza de las instituciones la causa de las dificultades de la democracia, la democracia descansa en las instituciones y de la fuerza de las mismas depende su estabilidad. Se confunde la fuerza de las instituciones con el volumen de las mismas, la proliferación parásita de la burocracia y la consecuente ineficiencia de las mismas que les impide reflejar de forma activa los conflictos nuevos. Lo cierto es que tanto la izquierda como la derecha han enajenando las funciones de las instituciones con la adaptación que hacen de ellas a la medida de intereses personales, coyunturales o partidistas. Ese es precisamente uno de los problemas más graves de la democracia, no son las instituciones el problema. La corrupción que tanto lastima la credibilidad de la democracia y que fue el motor de las movilizaciones que dieron lugar al movimiento 15M español hasta la caída del Gobierno de la derecha con la moción de censura reciente tiene su origen en esa enajenación. Cuantas más grandes sean las instituciones mayor será la lentitud de la democracia, que es la incapacidad para responder eficientemente a las demandas de una sociedad cada vez más compleja. La fuerza de las instituciones no es proporcional a su tamaño, sino a la capacidad de responder a la acción de la sociedad, adaptándose y asimilando la fuerza ejercida por esta en sentido contrario. Sería un error creer que la cantidad de personas, departamentos, funciones y normas pueden ser la garantía de la proporcionalidad democrática que es la ley fundamental que debe cumplir la sociedad. En la medida en que la fuerza de las instituciones sea proporcional a la demanda de la sociedad entonces podemos decir que la democracia está siendo capaz de cumplir la paradoja que le permite reflejar las nuevas relaciones de los conflictos. Sin esta fuerza las instituciones serían incapaces de enfrentar uno de los retos desconocidos hasta ahora que es la cada vez mayor participación de la “sociedad de la opinión” en la democracia virtual que corre paralela a la real.

El dilema que vive hoy la democracia es aquel que surge de su propia fortaleza, no de su debilidad como proclaman teóricos y políticos del nuevo populismo de izquierda y derecha. Lo único que hace posible la existencia de la contestación, incluso de lo marginal y alternativo, como una fuerza con derecho a la reivindicación es la democracia, cuanto más sólidas sus instituciones mejor. La falta de respuestas adecuadas está llegando tarde o no llegan acorde con las nuevas e inéditas necesidades de la sociedad. Si los partidos y la política fueron en otra época los agentes del cambio, de un tiempo a esta parte no sucede así. Los partidos y los políticos se han quedado anticuados por la falta de respuestas y las nuevas vías que la sociedad ha encontrado para encaminar su descontento y sus demandas. La política, los políticos y las instituciones no se han actualizado todavía al reciente pero veloz cambio de realidad donde nuevos actores se identifican con demandas inéditas surgidas de unas relaciones diferentes de la sociedad, dominadas por la demanda frente a la poca oferta del poder político. El problema que no logra resolver la democracia es la paridad entre esa demanda y la oferta, y su resolución es cada vez más difícil, porque quienes demandan una política más útil de las instituciones a su servicio, han adquirido una voz propia mediante nuevos medios de intercomunicación que han sustituido a los tradicionales medios de comunicación como agentes de poder. Esa voz mediante las redes o soportes como Change. Org, por ejemplo, son capaces de movilizar de manera geométrica y horizontal a miles de personas en pocas horas y sin gastos de ningún tipo. Va a ser cada vez más difícil hacer una política realista y no populista sometidos al escrutinio y la movilización permanente de la sociedad.

Los cambios de las relaciones entre la sociedad y las instituciones son un retrato en movimiento de la democracia que vendrá, la democracia estupefacta ha devenido en una democracia de protagonismo, esperemos que en la representación de la sociedad en las instituciones haya un poco más que teatro.

Acerca de León De la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed, 2017 3ª ed.). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe en el Blog de León y hace Textículos de León de la Hoz.
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