
Lo que todo el mundo espera en Cuba y de Cuba es un cambio. No es un deseo nuevo, ya en los finales de los años 80 también muchos pensaban en ello, incluso antes de la caída del muro de Berlín y en circuitos de poder, hasta que llegó el Comandante, mandó a parar, y Raúl alargó la sombra de su hermano con la muerte de “el caballo”. Sin embargo ese cambio, antes y ahora, se ha convertido en motivo de especulación entre facciones con denominación ideológica de origen diverso cuando se trata de saber qué se quiere cambiar y cómo. A veces lo que pudiera parecer la mejor solución, la más adecuada o la ideal, se torna con elucubraciones hervidas al fuego de la ideología, en el caldero de la patria y sin que falten los condimentos de lo que cada cual ha sido bajo la influencia de los constructos sociales del poder. La ideología, la idea de la patria y el sesgo, hoy como ayer no han dejado de ser obstáculos para considerar un cambio u otro, en un escenario de caos que parece sostenerse en la inercia generada por las reglas con las cuales se ha reproducido el régimen cubano desde el principio y que cambiaron la conciencia de sí mismo del cubano.
Estas reglas fundacionales han sido los pilares de la construcción de una identidad basada en la ideología y la destrucción de un país, en la que gran parte de quienes hemos sido sujetos de la historia de este periodo socialista, en cualquiera de sus fases, tuvimos un papel de complicidad activa o pasiva más o menos relevantes. En este papel incluyo desde el ciudadano más simple que aceptó las normas de convivencia de la nueva sociedad hasta aquel que con su desempeño hizo daño a sus conciudadanos. Estas reglas se pueden resumir de esta manera en cinco grandes constructos sociales: 1- Una memoria histórica de la nación afín a los propósitos políticos sobre la base de la destrucción, la edición y manipulación del pasado. 2- Una patria ideológica excluyente controlada por un partido, administrada y sostenida mediante las instituciones y las organizaciones sociales y represivas. 3- Un discurso de moralidad basado en la lealtad, el estímulo, el castigo, el sacrificio, la represión y la obediencia. 4- El discurso de un relato y un lenguaje épicos que construyen la realidad de una utopía frente a un enemigo. 5- Identificación colectiva con los valores que dan sentido al poder.
Considerando estas determinantes, la pregunta que deberíamos hacernos no es cuál es el cambio que se espera, sino qué se quiere cambiar y cómo, ya que el sistema no solo es caótico por improductivo, sino también por haber creado unas relaciones de renovación institucional basadas en la obediencia y un credo que impiden el cambio real. A pesar de que la situación límite que vive el país es propicia para generar expectativas de cualquier tipo que acaben con el caos que acompaña la supervivencia. Los cambios en un sistema y una sociedad donde esos constructos han configurado formas de interpretar y comprender que han normalizado el sacrificio como una necesidad, por ejemplo, difícilmente puedan ser suficientes si no se sabe qué se quiere cambiar, cómo y adónde llegar para crear otro país diferente. Sabemos que en una dictadura la opacidad del sistema impide hacer previsiones ajustadas a la realidad ya que cualquier variación donde no se cambian las reglas lo que hace es ampliar la incertidumbre.
Primero, están unos que esperan un cambio «de Cuba» sustentado por el propio régimen, que se traduzca en una transformación que por lo menos devuelva a la isla el precario bienestar de antes. La preposición no es ociosa e infiere la pertenencia y la representación que ha asumido y se le dado al Gobierno del destino de la nación, dejando fuera una eventual solución desde fuera y la participación de la sociedad civil y la oposición. A este grupo pertenecen fundamentalmente las generaciones menos jóvenes, la mayoría vive en la isla y fueron beneficiarios de «las mieles del poder» de alguna u otra manera por vía de la recompensa inmaterial o material. Otros tienen comprometida seriamente por la ideología su capacidad de interpretar y comprender, y su identidad con la doctrina del poder. No importa que muchos puedan vivir de lo mismo que negaron antes: remesas, pequeños negocios privados, por ejemplo, e incluso vivan fuera del país a costa de los beneficios de nacionalidad o residencia en otros países. A este grupo pertenece el principal activo de las políticas del poder y conforman gran parte de la burocracia y sus familiares. Paradójicamente, hay una enorme cantidad de personas de este grupo que viven fuera de la isla, salieron por mejor vida después que el Gobierno creo conveniente un modificación de la ley migratoria levantando la puerta de hierro para evitar mayores conflictos sociales, aliviar la dependencia de la gente a la cada vez más miserable economía que impedía darles de comer, así como facilitar el desarrollo de una economía paralela de la que se sabe poco y gira en torno al grupo paramilitar Gaesa. A este grupo también pertenece un número de opositores de izquierda, así es, dentro y fuera, que forman parte del caos y se ven a sí mismos como la alternativa para reconstruir la utopía que ha derrotado al Gobierno.
Segundo, hay otros que esperan un cambio «en Cuba», donde no hay un actor principal sino un escenario, o sea, da igual quién, cuál o cómo, siempre y cuando las condiciones que sustentan al régimen acaben y den lugar a una transformación del país. Este grupo no necesariamente podría definirse ideológicamente de derechas si bien se sitúa en las antípodas del discurso del Gobierno y de la izquierda, que ven la solución como un parto de Mariana Grajales, madre de los Maceo, donde los parteros y los instrumentos del paritorio tienen que ser tan nacionales como las Palmas y deben regir determinadas condiciones que garanticen supuestos objetivos sociales y de independencia. Lo que define este cambio «en Cuba» es la perspectiva de una sociedad democrática, la urgencia de que se inicie el proceso para no perder la ocasión que propicia el presente mandato estadounidense, la negativa a que dicho cambio sea liderado por los actuales gobernantes o que sea de gobernantes y no de régimen, el miedo a que élites económicas y políticas se pongan de acuerdo o a que la experiencia de Venezuela pueda servir para una transición congelada, la visión radical de un cambio de régimen que pudiera incluir el juicio a quienes han cometido delitos contra los Derechos Humanos o de lesa humanidad, la suposición de que cualquier solución incluida la militar o un levantamiento apoyado desde fuera conlleve al fin del régimen y el inicio de la democracia.
Una simple variación de las preposiciones puede darnos lo que la teoría del caos necesitaría para hacer comprender la experiencia cubana: un orden determinista como el cubano, aparentemente aleatorio por cambios en las prioridades coyunturales, no es suficiente para predecir el futuro aunque conozcamos sus reglas. Desear un cambio que destruya las estructuras de poder actual no tienen necesariamente que llevar a una transformación democrática, ni la misma tiene porqué conducir a un tipo de bienestar que se espera de ella. Ni un cambio «en Cuba», ni «de Cuba», asegura una transformación real y radical. Pero un cambio que contemple el qué y el cómo debería ser mucho más garantista en una ecuación de cuyo contenido se supone una finalidad, el para qué. En este sentido el pragmatismo de la Opción 2 dejaría fuera la posibilidad de que los actuales regentes del poder ejercieran la capacidad de influir con su gestión de “no suceder” que podría ser respaldado por una parte de la sociedad cubana de dentro y fuera rehén de los constructos sociales antes mencionados.
Efectivamente, las evidencias históricas, los movimientos de personas y soluciones conque hoy responde la dictadura a la presión de la administración estadounidense, nos indican que cualquier cosa puede «no suceder» a contrapelo de lo que la lógica política y su realidad obligan como ha sido hasta ahora en el curso de la Revolución, donde todo se ha producido al dictado de un orden establecido para conservar el poder, incluso aquellos hechos que pudieron haber parecido un cambio en la dirección de la supervivencia. Lo verdaderamente relevante desde el punto de vista político y que algunos atribuían a un rasgo de genialidad de Fidel Castro, es la capacidad de convertir el «no suceder» en hechos políticos positivos para sus propósitos. Dígase de otro modo, revertir lo azaroso, incierto, fortuito, inesperado y casual en piezas del discurso de sometimiento de la voluntad colectiva e individual: la necesidad del sacrificio como vía para la salvación. En los momentos en los que el juicio sobre la realidad cubana se hizo sobre la base de la evidencia de lo que «puede suceder», la respuesta política ha sido lo que «no puede suceder», acorde con el orden de una serie de valores deterministas y preestablecidos de conservación del poder. No importa que la actual dirección del país padezca de un déficit de inteligencia notorio, el sistema responde a los mismos mecanismos de supervivencia del poder en que lo aleatorio, se convierte en «no suceder» desplazando la consecuencia lógica de la causa-efecto conque se ha querido interpretar el pensamiento y la acción política.
La represión institucionalizada supo hallar el mejor de los argumentos al crear una identidad colectiva amenazada. De lo cual podemos inferir que “el no suceder” caracterizado por respuestas equivocadas a problemas y los cambios producidos por el régimen a contrapelo de su propia doctrina siempre hallaron la justificación en la comprensión y la conformidad de la sociedad determinada por los valores que conforman los constructos antes mencionados. Desde los primeros años de la Revolución “el no suceder” constituyó un rasgo distintivo de la política, por ejemplo, la respuesta de Fidel Castro a la amenaza de los Estados Unidos que dio lugar a la «Crisis de los misiles», en otro orden la tolerancia de la práctica religiosa o de la homosexualidad que antes habían sido condenadas o los más recientes maquillajes de libertad económica, no han sido otra cosa que expresiones aleatorias del caos de un régimen estático que sin embargo se adapta según el guion de necesidades de supervivencia. El más significativo y determinante de esos cambios fue el de la ley de emigración que creó una diáspora, donde antes hubo exilio, con una cohorte de rehenes y testaferros que han pagado la ineficiencia del régimen y han profundizado las diferencias sociales a unos niveles que habrían hecho implosionar el sistema si no fuera porque el «no suceder» se ha convertido en una respuesta de control del caos.
Según lo que he tratado anteriormente, dilucidar la naturaleza de los cambios en Cuba nos obliga a tener en cuenta cómo ha sido la política o los comportamientos del poder político a lo largo de estos casi 68 años. No se puede pretender un cambio sin conocer las características de una sociedad domesticada por una serie de factores donde el control, la desinformación, el miedo ha sido herramientas del poder, pero también donde la creencias conformaron una identidad patriótica particular y una identificación con el propio poder como representante de esa identidad colectiva. Si nos atenemos a la historia de Cuba más reciente, a la que pertenecemos desde 1959 como sujetos de la misma, un cambio «de Cuba» como quisiera la opción Segunda, no dejaría de ser similar al que proponía el señor Tancredi de El Gatopardo, de Lampedusa: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie». De hecho, los pasos que el régimen dicen que está dando o quiere dar, presionado por supuestas conversaciones y la política actual del Gobierno estadounidense, sobre todo por la acción de su Secretario de Estado, Marco Rubio, están dirigidos a la conservación del poder dentro de un nuevo statu quo.
La posibilidad de valorar y enjuiciar el destino de Cuba desde la perspectiva de ser sujetos del propio proceso nos permite ver, sentir y comprender a través de lo que somos, sin embargo dicha perspectiva está mediatizada en gran medida por la manipulación de la identidad donde el condimento ideológico condiciona cualquier juicio. La otra historia previa al 59, la que nos fue contada acorde con los intereses ideológicos que conformaron la mentalidad militante y nacionalista en boga, difícilmente pueda servirnos para saber cuál puede ser el futuro. Las mutilaciones y las manipulaciones que hicieron del ser histórico cubano un émulo de los personajes de las novelas del realismo socialista centrado en el sacrificio, el ideal nacionalista revolucionario y la creencia en una distopía del paraíso en la isla custodiada por nosotros mismos, nos han privado del juicio crítico para comprender si lo que importa es el destino de la nación ideológica creada a imagen y semejanza de la dictadura o el de aquellos que conforman y dan sentido a ella por libre elección.
Si pensamos sobre la Segunda opción podríamos suponer un escenario mucho más diverso que incluye per se la finalidad y el modo en que esos cambios podrían producirse. Incluso que la participación de los Estados Unidos sea determinante, a pesar del tufo independentista y el miedo a la leyenda negra creada por el radicalismo y editada por la nueva ideología de la Revolución, que solo ha resaltado sin contextualizar lo negativo de las relaciones históricas con los Estados Unidos, sin referir los beneficios de esas relaciones desde antes de la guerra iniciada en 1868 con los que la historia debería actualizarse y los nuevos historiadores documentarse en las fuentes nuevas. Por otro lado, en el escenario del cambio “de Cuba” y “en Cuba”, hay que tener en cuenta cuál puede ser el papel de Estados Unidos y si los papeles que pueda desempeñar para producir el cambio en Cuba no afectan a ese país para condicionar su participación. Por ejemplo, las consecuencias que pudiera acarrear una intervención mayor que produjera una crisis migratoria en la primera fase o una acción que careciera de la legalidad suficiente y actuara como boomerang contra los propios intereses norteamericanos.
Sin embargo, cabe suponer que a pesar de que los cambios «de Cuba» han estado determinados siempre por las necesidades del poder y su cúpula, un arañazo en el muro puede provocar una inundación que acabe con todo aquello que se construyó a imagen y semejanza de un ideal corrompido, que se justificaba a sí mismo a partir de la construcción de la propia idea de necesidad como una religión hoy incomprensible. Incluso el caos ha alcanzado cotas tan altas y los referentes de sostenibilidad se ha deteriorado tanto que diferencias mínimas de las partes en conflicto pudieran crecer y generar resultados inesperados como el «efecto mariposa», que nunca ha sido mejor descrito que en el relato de Gombrowicz publicado por José Rodriguez Feo en su Orígenes.
