el cementerio marino cubano

 

Cuba es para muchos un paraíso y para otros tantos un infierno, para mí es además un cementerio marino. Nunca he podido pensar en tantos muertos que flotan en sus aguas y olvidar que éstos también nos unen a lo que decimos ser, igual que los que reposan en los camposantos de tierra. En las aguas alrededor de las islas que componen el cuerpo impresionante de la diversa geografía del país hay cientos de muertos conocidos, ignorados y silenciados por las estadísticas oficiales. Ahora mismo mientras escribo es posible que alguien se esté lanzando al mar donde morirá. Difícil saber cuántos seres humanos han perdido su vida tratando de salvar el abismo de 90 millas entre Cuba y Miami junto a los tiburones del estrecho. Imposible imaginar el drama de esa multitud de personas queriendo arrancar sus vidas de la muerte, sólo comparable al fragmento pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, donde se ve a quienes forzados a subir a la barca de Caronte luego son arrojados a las tinieblas.

Aguas podridas y consagradas por los muertos, que han sembrado su sementera de sueños cruzando el mar, y peces que llevan de un lado a otro del mundo esos sueños carcomidos. Ese es el elemento natural que nos identifica y –si como sentía el poeta Gastón Baquero—nuestra carne puede transmutarse en el alma de un niño, mañana los niños de todas partes del mundo crecerán con el alma nutrida del sufrimiento de todos aquellos que intentaron escapar del terrible destino de nacer y vivir en una isla condenada a ser lo que no quería. Si somos parte de todo en el proceso de creación y extinción entonces además de llevar algo de glorioso en nosotros también arrastramos el dolor y la angustia de los enterrados en este cementerio nuestro. Una isla en el aire y en el mar, isla de ella misma flotando en la nada.

En Miami, en la parte trasera de la Ermita de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, hay un muro liviano que contiene el mar. Allí se da constancia del cementerio en que se ha convertido el mar. Con la esperanza de que puedan regresar y tocar la orilla de la isla, aunque sea ya sin vida, muchos cubanos arrojan las cenizas de sus seres queridos, igual que otros guardan o tiran al viento el polvo enamorado. El cubano allí tiene su cementerio marino cerrando un ciclo de vida y muerte, muerte y resurrección. El mar es el puente, el abismo, la muerte y la vida. En él perecen muchos de quienes intentan romper con la circunstancia inmovilista de vivir en una isla cerrada, y a él vuelven aunque sea en el estómago de un pez muchos de los que han podido dar testimonio de vida fuera de la isla. Así el cubano siempre regresa y nunca se distancia de su centro, la isla. El mar lo traga, lo devuelve y lo reproduce. En vez de decir “del polvo fuiste tomado y al polvo volverás”, el cubano podría decir, del mar fuiste arrancado y al mar volverás.

La gran metáfora de la frustración de este país, no es ni ha sido la cortina de hierro de los países comunistas del Este, ni otra imagen similar que tipifique la relación entre el adentro y el afuera, el ser y el querer, el poder y el reprimido, sino la del mar y el cementerio marino en que se ha convertido la isla que Virgilio Piñera vio maldecida por la circunstancia del agua. La represión y el aislamiento impuesto por los políticos lo que hicieron fue acentuar un problema y el síndrome de vivir rodeados de agua, creando las condiciones para que se erigiera este gran cementerio marino, que sí es una metáfora del deseo de los cubanos de ser otra cosa y no poder. Ese cementerio simbólico tiene su correlato en el cementerio real que nos rodea y un día tendrá su fin. Yo pongo una flor en el agua. En paz descansen. La mer, la mer, toujours recommencée.

Ce toit tranquille, où marchent des colombes,
Entre les pins palpite, entre les tombes ;
Midi le juste y compose de feux
La mer, la mer, toujours recommencée

Paul Valery. Le Cimetière marin

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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