el tamaño no importa, sí los ojos

Elizabeth Taylor y Paul Newman en La gata sobre el tejado de zinc caliente, dirigida por Richard Brooks

Liz Taylor era diminuta como una adolescente, pero cuando actuaba o miraba a los ojos se engrandecía. Eso habrán sentido otros dos grandes actores como Paul Newman y Richard Burton, el primero porque pudo hacer una actuación inolvidable en La gata sobre el tejado de zinc caliente apoyándose en la interpretación singular de Liz como Maggie y el segundo porque la amó como a Cleopatra dejándose amar en una de las relaciones más apasionantes que debiera ser llevada al cine.

El tamaño a veces no importa cuando la gente mira a los ojos, sobre todo si esos ojos son violetas. Dicen que así eran los suyos. Una vez un amigo pudo tenerla cerca como para besarla y no se los vio porque le miraba a la boca. Imperdonable. Para él siempre fue la mujer sin ojos. Así es la vida.

El cine crea mitos, es cierto, pero los mitos también hacen el cine. Es el caso de Liz Taylor, la de los ojos que hablaban aunque los filmes fueran en blanco y negro. Nunca supe si realmente fueron violetas antes de cerrarse para siempre. No importaba. Yo tuve una amiga con un ojo verde y otro azul, morena, era bellísima y rara, sin embargo si la veía venir huía por otra puerta, y si no podía evitarla hablaba con ella mirando la punta de mis zapatos. Así no fue el color de los ojos de Liz lo que me rendía a Maggie o Cleopatra, como tampoco lo fue para Burton, sino la mirada. Daba gusto verla mirar con esos ojos que pudieron ser violetas, verdes o grises, sin perder el matiz que produce el ansia y la tristeza que imantaban.

No fue el color igual que tampoco lo es el azul para el mar, sino el misterio y eso es lo que hay que buscar en sus ojos cuando la eterna Maggie le suplica, le exige y recrimina a Brick, en nombre del amor que también es una forma de la frustración.

En paz descanse, por fin.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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