la sociedad idiota (2)

Fuck you in black and white, foto de León de la Hoz

Una de las características más pronunciadas de la sociedad idiota en la que vivimos es el miedo. El Papa en su visita a España se lo recordaba a los jóvenes cuando les pedía que no tuvieran miedo a ser católicos. Hubo una sustantivación del peligro que nos rodea con la apelación continua al miedo y al valor como hacen los generales a sus huestes.

La época que se inició hace más de veinte años con la caída del muro de Berlín ha alcanzado unas cotas de madurez tan rancia que sus frutos empiezan a podrirse. El miedo generalizado es una de sus expresiones más evidentes y que más riesgo presenta de cara a los problemas reales que el mismo puede generar en el futuro. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Muro el discurso dominante era de libertad y democracia, siendo situados como un objetivo político en torno al cual se generaría el bienestar individual, social y económico. Hoy es la especulación con el miedo de forma directa o indirecta y a ello ha contribuido el desarrollo de las tecnologías de la información.

Todas las esferas de la vida se mueven bajo el efecto del miedo que nos compele a buscar  la solución al mismo. Los medios portadores del miedo son fundamentalmente la prensa, los libros y la información electrónica. Y en gran parte de los casos el miedo está fundamentado por autoridades individuales o institucionales, estudios científicos, estadísticas y otros recursos de credibilidad. Con ellos no es difícil crear el síndrome del peligro en individuos acostumbrados a creer y que aprendieron a no poner en duda a las instituciones. Las únicas instituciones en las que esa credibilidad ha menguado son las políticas.

El miedo es uno de los componentes más aterradores de la sociedad postcomunista que contribuye a la idiotización de la sociedad y está presente de forma subrepticia en todo, cuando nos lo informan sin ambages es terror.  Nada escapa a la estrategia del miedo. La comida, la naturaleza, el cuerpo, la salud, la política, la sociedad, la economía. Todo puede ser objeto de manipulación por el miedo, desde la individual a lo colectivo. Nos lo trasmiten y lo trasmitimos hasta nuestros hijos y nietos generalmente disimulados.

Uno de los factores que ha contribuido a la expansión del miedo es la actitud irreflexiva de la sociedad, dinamizada por la naturaleza libérrima, invasiva y espontánea de la información electrónica. El resultado es una sociedad enferma que recurre a todo tipo de paliativo a sus verdaderos problemas, compuesta por individuos frágiles, en gran medida dóciles, que reaccionan previsiblemente a determinados estímulos y fines ajenos a su voluntad en muchos casos. Uno de ellos el consumo.

Al miedo natural a lo extraño o desconocido como puede ser a otros individuos de etnia y culturas distintas como ha sucedido en países como España, se suma el miedo a lo que se conoce, o sea, lo que forma parte del nuevo universo informativo. Si nos dejáramos llevar por los peligros que nos rodean, reales, irreales, exagerados, inventados o dudosos sería más difícil vivir si no hubiera contrapartidas y soluciones a los mismos en la farragosa información que nos rodea. Es esta relación con el peligro la que crea el miedo y las alternativas al mismo la dependencia y la docilidad de la sociedad. Las ramificaciones de la relación que establecemos entre la información, el peligro, el miedo y las alternativas pueden llegar a ser casi infinitas. Si temiéramos sin reflexionar podríamos creer que estamos en el peor de los mundos posibles, sin embargo hay solución para todo.

Algunos de los peligros que conforman el miedo son suficientes para querer despertar de esta pesadilla, por ejemplo, la alimentación (exceso, ingredientes, dietas); la naturaleza, ahora llamada medio ambiente (alergias, destrucción del planeta, etc.); la tecnología (uso, abuso, radiaciones, etc.); la soledad, el estrés y otras patologías asociadas a la relación social (mobbing, síndrome de burnout, etc.); el cuerpo, la estética y el terror a envejecer (hedonismo, narcisismo, peterpanismo, etc.). Quien despertara de un largo sueño podría suponer que vivimos para sufrir ya que todas las actividades que antes tenían que ver con la vida normal están llenas de peligros: comer, dormir, fornicar, pasear, trabajar, relacionarse, hacer familia.

Todo lo hacemos bajo la asechanza del peligro aunque también asediados por las soluciones. Uno y otro se complementan. Ahí están los manuales, las terapias de todo tipo (aromaterapia, risoterapia, musiterapia, danzaterapia, etc.) y la vida alternativa de las religiones y filosofías de bolsillo. Hasta el ahorro que antes fue un valor familiar ahora es un peligro porque pone en riesgo la estabilidad del sistema y los mandatarios nos piden que gastemos nuestro dinero, aunque no dan trabajo y sin importar que el suyo lo hagan mal. Es imposible abarcar en este espacio la avalancha de contenidos y los comportamientos con que nos inmoviliza el discurso del miedo. Tampoco la infinidad de soluciones que compramos a diario.

Después de la democracia y la libertad nos queda el miedo y la estupidez con que alejándonos de lo colectivo hemos ido abriendo nuestro propio foso del individualismo irracional.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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