la sociedad idiota (3): contra el optimismo

Fuck you, foto de León de la Hoz

Me dicen que sea optimista y me niego a ser un idiota más. Hablamos de optimismo y pesimismo sociales, no de otros, aunque tengan una relación muy estrecha con la filosofía y la psicología. Seré optimista cuando haya razones. Mientras prefiero ser un pesimista como lo fue Ciorán hasta su muerte y sin que ningún optimista haya logrado superar una sola de sus diatribas, ni hallar una solución a las causas de su pesimismo. El pesimismo no tiene porqué ser paralizante o frustrante como a veces se quiere ver, es una forma más de posicionarse frente a la realidad. Parte de un análisis independiente, autónomo, escéptico y crítico del lugar que tenemos en relación con el poder. Paradójicamente, el optimismo si puede ser una rémora cuando se instala en la complacencia y la creencia. El pesimismo es una actitud política de desafección y uno de los pilares del pensamiento equidistante y marginal. Quizás esta sea una de las razones de que Schopenhauer y Ciorán vuelvan a vender. Si hay filósofos que pueden servir de autoayuda son ellos.

En la relación que cada uno tiene individual y colectivamente con el poder a través de las instituciones que socializan las políticas, el optimismo es uno de los dogmas sociales más extendidos y mejor aceptados. Te dicen que hay que ser optimista y cómo, además te proveen de todo un catálogo ideológico y un soporte material para aprender a ser optimistas. Es un instrumento del poder, algo tan alejado en apariencia de los ciudadanos como los mercados necesitan del optimismo para funcionar mejor. La propia naturaleza humana es propicia, vencidos en occidente los traumas que las religiones, sobre todo el catolicismo, imponía sobre el bienestar y la felicidad terrenal, el optimismo, más heterogéneo, se ha adaptado a la vida racional y las necesidades del individuo convirtiéndose en un nuevo cuerpo doctrinario provisto de filosofía, psicología y política. El optimismo es hoy el estado natural de los individuos y la sociedad en general, un conjunto de ideas, sentimientos que conforman un comportamiento de mayor tolerancia.

A pesar de los datos empíricos y las estadísticas nunca ha habido una sociedad más optimista. La industria cultural y la política, la pseudociencia y la ciencia misma son la base de toda una estructura destinada a hacernos optimistas a la fuerza y ser felices a toda costa, profundizando aún más el abismo entre el individuo y la sociedad. La argumentación psicológica ha llegado de parte del profesor Martin Seligman, padre de la psicología positiva. En España un gran divulgador científico, E. Punset, se ha apuntado a la moda con un nuevo libro. Es razonable ser pesimista porque los poderes que debieran propiciar el optimismo lo que me piden es que lo seamos, en vez de crear condiciones para no serlos. Todo el mundo se ha convertido en agentes de la pasividad que el optimismo sin ideas de cambio propugna desde el poder: montañas de libros, músicas, antiguas tendencias orientales recicladas. Soluciones individuales para una sociedad que tiene en la pérdida de sus referentes colectivos, como la política, uno de sus problemas esenciales. Se trata de un tratamiento indoloro para empezar a vivir en el mundo nuevo a donde traemos a los hijos. Les creamos los problemas y luego la medicina.

En efecto, no soy un optimista, sí un inadaptado y procuro no ser un idiota. Es mejor ser un pesimista como lo fueron Freud o Wittgenstein y morir por el peso de realidad. El exceso de optimismo induce a la irrealidad y su bienestar consecuente. Al optimista se le da con toda intención una fisonomía. Es uno que continuamente sonríe, asiente, lee ciertos libros, obedece y camina a ciegas por la senda que le han dicho conduce a la felicidad. Y el pesimista es un amargado, un aguafiestas que posiblemente no sepa arreglar problemas. Poco ha cambiado el mundo, antes nos decían que fuéramos optimistas para alcanzar el paraíso, las sociedades comunistas nos pedían algo parecido por otro paraíso pero en la tierra y ahora las postcomunistas seguimos igualmente manipulados. Obedecer la voz del gran hermano. El optimismo es parte de una nueva religión con rostro diferente, feliz. Siempre es mejor ser sodomizado con una sonrisa que con una lágrima. Así estamos.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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