la ocasión la pintan calva

La soprano calva, foto de León de la Hoz

La calvicie es fea y poco afectuosa, que me disculpen los calvos y sobre todo mis amigos. No digo que los amigos calvos igualmente lo sean, algunos de ellos la soportan con la admirable dignidad de Yul Bryner, que era más guapo sin pelo que con él, aunque se de un aire a Vladimir Putin. Sin embargo se ha puesto de moda como otras tantas cosas feas o innobles. Es una de las estéticas más estrafalarias que ha visto la humanidad en su huída al futuro, negando la calvicie como sinónimo de vejez y muerte. Lo veo claro cuando ha devenido en una moda que las mujeres, sabias, no la han asumido en tiempos en que belleza y fealdad, masculinidad y feminidad mantienen un trasvase continuo y acelerado, hombres y mujeres usan atributos y abalorios que antes fueron privados de uno y otro género. La estética masculina se feminiza sin más, pero la femenina, más voluble y volátil, se fija menos en lo masculino. Por algo será que las mujeres no aceptan ciertas modas masculinas y sin embargo los hombres las aceptan todas de sus eternas rivales, por algo será.

La naturaleza que, dicen, es sabia como las mujeres, aunque muchos ecologistas duden y piensen lo contrario, nos ha dotado sin excepción de cuanto necesitamos para vivir y reciclarnos, menos de la belleza y la inteligencia con las cuales ha hecho una primorosa selección. El pelo es uno de esos regalos naturales que dio para protegernos no sólo a cambio de que tuviéramos cabeza. Podemos suponer que también tuvo un criterio estético al cubrir una parte del cuerpo que en algunos casos al hallarse sin sombrero puede provocar miedo. No es casual que el cine de horror haya tenido en los calvos su principal víctima, Nosferatu, de Murnau, por ejemplo, fue el motivo que me hizo sospechar de la complacencia de los calvos con su calvicie. Una mujer calva, con excepción de La soprano calva, es el más aterrador de los espectáculos, de hecho siempre he dudado sobre la estética calva y el sexo de Nosferatu y Yul Bryner. La muerte también es calva, así aparece en la pintura del Bosco y en casi toda. Si creyéramos poca la imagen negativa que ha tenido la calvicie, pensemos, por ejemplo, en esa frase amenazadora de uso en España que vaticina lo peor, “¡se te va a caer pelo!”.

Hay una variedad de mitos sobre los calvos y la calvicie que con el comienzo del verano me vienen a la mente al verlos expuestos al sol sin sombrero. Se llegó a decir que el pelo nos abandonaba a causa de mucho pensar y por esa razón los alopésicos eran más inteligentes, también que eran más vigorosos sexualmente e incluso que no tendrían solución que no fuera el peluquín. Hoy sabemos que nada de eso era cierto. Gracias a Dios hay un reciente hallazgo de científicos de la Universidad de Pensilvania, publicado en la revista Sciencie de la American Association for the Advancement of Science, en el que parecen haber hallado la causa y la solución para acabar con una plaga de la humanidad que ha sido una de las grandes obsesiones de la población masculina a lo largo de la historia. Los césares la odiaban y se esforzaron en disimularla. En los mercadillos del Medioevo hasta las farmacias de hoy no han faltado los productos milagrosos para hacer crecer el pelo y los artilugios que disimulaban la calva de los desafortunados.

Paradojicamente fueron los gays quienes, no hace mucho, usando lo que fue uno de los símbolos más machos, la calvicie, encontraron la medicina al asumirla como baluarte que anulaba su efecto antiestético. Fueron para los hombres lo que Dalila frente a Sansón, rompieron la frontera que para ellos dividía dos mundos separados ficticiamente por la estética. Fue una solución social que no devolvió el pelo pero sí el control sobre la estima de los calvos que la sufrían, a veces lastimando su propia virilidad. Desde hace algunos años ya es estupendo ser calvo y todos los que la padecen la usan, la exhiben sin complejos, no sé si la disfrutan. Los calvos están de moda aunque sea horrible y hasta antinatural. La estética gay logró acabar con el problema de los calvos socializando la calvicie, fueron los primeros que salieron a la calle a exponer valientemente esa intimidad que supone el cuero no cabelludo, o sea, ponerse al desnudo o en cueros de la frente hacia el cielo. No sabemos si la medicina logrará acabar con dicha estética, supongo que sí. La ocasión la pintan calva.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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