sacralización y culto de la democracia

La realidad, foto de León de la Hoz

Una de las cosas buenas de las democracias jóvenes es el miedo a perder la democracia, sin embargo ese sentimiento virtuoso que promueve la defensa de la misma, también es un elemento inmovilizador. El miedo hace que todo cuanto se haga gire en función de demostrar, primero, que sé es demócrata, segundo, que no hay otra forma que esta democracia, y se crean comportamientos que ritualizan su funcionamiento aunque sea errático. Es un miedo que estremece a todo el cuerpo de la sociedad. A resultas, lo que es virtud se convierte en un freno para cambiar y mejorar el funcionamiento de la democracia. Claro que no hay otra cosa mejor que la democracia, aunque yo preferiría decir que no hay nada mejor que mejorar la democracia cuando lo necesita. Es razonable que el miedo a perder la democracia y la necesidad de autoconfirmación vuelva conservadora a la democracia como sucede en España, lo que no es razonable es que ese espíritu se convierta en el único tolerable como sucede ahora, creando una paradoja a la democracia. No es sólo un problema de qué ideología detente en poder, ya sabemos que el poder, sobre todo en determinadas condiciones, es conservador. Los de izquierda acusan a la derecha de conservadores, cuando lo cierto es que la izquierda es tan conservadora como la derecha en términos de cambios de estructuras y funciones de la democracia, que como se conoce tiene gran parte de su sustento en la burocracia. A la posición conservadora del poder ellos le llaman responsabilidad de Estado, no importa que se pueda llamar irresponsabilidad del Estado.

Muchos de los problemas que estamos viviendo en España en estos momentos tienen que ver con la falta de renovación de la democracia, que nació escorada a causa de la necesidad de equilibrar intereses y poderes que peligrosamente coexistían en el tránsito de una sociedad cerrada a otra abierta, la cual, en muchos aspectos, inició una pendulación entre el culto a la democracia y el culto encubierto de la nostalgia a la dictadura. El miedo a perder la democracia y la necesidad de crear una imagen como demócratas ha generado el culto a la democracia, que como todo culto es errático porque sacraliza el objeto de culto. Esta actitud sacralizadora hacia la democracia sobre la que haría falta una reflexión que los poderes no se plantean, convierte a la sociedad en víctima de un sistema que empieza a paralizarse, no como un muerto, sino como esos enfermos que sienten, oyen, miran y hablan pero son impotentes para moverse. Una de las formas en que esto sucede es mediante la corresponsabilidad de Estado que se promueve desde el poder cuando nos pide una actuación similar a la de ellos. Nos piden responsabilidad y que actuemos responsablemente ante la situación de crisis de la que los poderes, sobre todo el político, son responsables, leyendo de otra manera el discurso de la responsabilidad: nos piden que nos corresponsabilicemos de sus errores y falta de responsabilidad. También esta es una forma de populismo que no se basa en promesas, sino en la creación ficticia de un peligro que paraliza y convoca a juntar fuerzas en torno a algo que nos dicen y es improbable.

Lo que más me entristece de esta situación es que gran parte de la sociedad hace suyo el discurso de la responsabilidad sin meditar en su origen y consecuencias. Por ejemplo, las familias son responsables de la crisis porque comprando pisos sin dinero inflaron la burbuja inmobiliaria o los políticos no son responsables sino los bancos, como si los políticos no hubieran creado las condiciones para que el mercado financiero se desmadrara durante la euforia neoliberal. Ahora se asume que quienes protestan con más o menos acritud, de forma más o menos pacífica o violenta, son irresponsables democráticamente e incluso que son responsables de la actitud represiva del gobierno, además, se da el caso que se justifica la represión desproporcionada que el poder político pone en circulación antes de reprimir, durante la represión y después de la represión. Es así que no sólo somos víctimas de la irresponsabilidad de la gobernanza, sino que además nos convertimos en cómplices del discurso del miedo y de la represión, haciendo nuestras las justificaciones del poder que se aprovecha del complejo democrático a que nos somete el culto de la democracia. La criminalización de las protestas o la disminución de la importancia de protestar son algunas de las formas más evidentes en que la sociedad, supuestamente libre, asume el papel que le exige el poder.

Me pregunto si la democracia, tal y como la vemos hoy, deteriorada, merece que en su nombre podamos permitir que los poderes actúen exigiéndonos el culto a la Constitución como garante de la misma. No es una pregunta de Perogrullo, es la primera pregunta que uno debiera hacerse para comprender en qué punto se halla la democracia a la que rendimos culto y si realmente podemos seguir apoyando el discurso conservacionista del poder. Hasta que no se vea claramente que gran parte de los problemas de hoy tienen que ver con el estancamiento y deformación de la democracia, seguiremos dando palos de ciego y haciendo que se profundice la brecha entre la política y la sociedad. Los problemas territoriales, autonómicos y de soberanía, de reparto, distribución, limitación y ampliación del poder político, así como los de soberanía popular, son aspectos fundamentales que se hallan en el meollo de la renovación de la democracia y sólo podrán abordarse con una reforma de la Constitución. A la apelación de la responsabilidad que hace el poder político, la mejor respuesta es exigirle la misma receta responsable para consigo mismo. No es justo que se exija responsabilidad a quienes obedecen y se reprima a quienes sufren por adoración a un dios democrático decrépito, encarnado en un texto sagrado con renglones torcidos que podrían volverse a escribir. El culto a la democracia, como a cualquier cosa, también genera una práctica contraria a lo que se cultiva. Se nota. ¿Es esta la democracia que queremos o la que nos obligan a tener? Seguramente este artículo será leído por algunos como un texto irresponsable, más de lo mismo.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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