en armas vive la muerte

Cruces, foto de León de la Hoz

Cruces, foto de León de la Hoz

El asesinato de 20 niños y 6 adultos en Newtown, Connecticut, Estados Unidos, cometido en el día de hoy por un joven norteamericano, vuelve a abrir el debate sobre la posesión de armas en este país. El propio presidente lo ha sugerido al intervenir desde la Casa Blanca, a pesar de que en su campaña de reelección fue uno de los temas que inteligentemente olvidó para ganar a su contrincante republicano. Ir contra las armas en un país donde la Constitución refrenda su uso es un suicidio que Obama no quiso, a pesar de que ha expresado en más de una ocasión la conveniencia de una mejor regulación de las mismas. La reflexión que se abre en torno al uso de las armas de fuego es imprescindible en una sociedad que hace culto de la palabra de su Carta Magna, aún cuando hechos como los de la masacre de Newtown superan cualquier juicio que no sea moral. Uno solo de los niños muertos en esta ciudad cercana a Nueva York vale más que todos los argumentos sobre la libertad y cultura individualista que creció en la supervivencia del pueblo estadounidense.

El hecho de que la Asociación Nacional del Rifle sea uno de los grupos de influencia y presión —lobby–, más antiguos e influyentes de los Estados Unidos, es un síntoma del problema que tiene ese país con las armas, aún más que el altísimo por ciento de muertes que se producen anualmente por el uso de las mismas. Si comprendemos la importancia absurda de los lobbies en la política de Washington, podríamos hacernos una idea de lo difícil que puede ser acabar con una práctica profundamente arraigada en la mentalidad de los ciudadanos como un derecho adquirido en tiempos atrás, cuando era una necesidad defenderse uno mismo y cuidar de sus propiedades con un rifle en la mano. La supervivencia de este sentimiento y el respaldo de anacrónicos grupos de influencia como el de la ANR, es una de las paradojas más sustantivas de una de las democracias más fuertes y donde mayor autonomía e independencia existe entre los poderes públicos. Nada hace pensar que esta tragedia vaya a hacer cambiar las cosas a pesar del interés del presidente.

Estados Unidos tiene casi un arma legal por habitante, si sumáramos las ilegales y las agrupáramos se levantaría una montaña desde la cual podríamos ver el confín de la tierra. El país tiene un grave problema con las armas porque las personas tienen un problema mayor, tanto es así que en un país moderno donde el espíritu de la ley es un dogma que a veces dificulta la convivencia, todavía creen que son las armas el recurso de disuasión, defensa y conservación de la integridad personal y los bienes. El problema no son las armas, sino el criterio con que se tienen y el uso que se le pueda dar en una sociedad demasiado permisiva con la cultura de la violencia, al tiempo que es represiva en otras direcciones, contribuyendo al aislamiento de los individuos y al desarrollo de patologías sociales y sicológicas con consecuencias imprevisibles o reconocibles como la obesidad, por ejemplo. Yo sé de gente que se ha salvado por llevar un arma en el momento oportuno, eso está bien, pero la pregunta que uno tiene que hacerse es, ¿cuál es la razón que nos lleva a creer que la necesitamos?

Una vez un amigo sacó de su sobaquera una pistola para mí, una Beretta, porque, según creía, era necesario para sentirme seguro. Sin embargo, yo nunca he sentido miedo, ni me he sentido inseguro en los Estados Unidos. No la acepté y nunca la aceptaría porque eso conllevaría a comportamientos que configuran la liturgia de la violencia. El miedo crea la necesidad del arma. El arma la necesidad de su uso. Y finalmente la satisfacción. Los niños que han sido asesinados son víctimas de este círculo vicioso de una sociedad enferma, tan grave como la necesidad de llevar armas. Algunos de esos inocentes que no tuvieron tiempo de crecer para convertirse tal vez en monstruos también, tenían la edad de mi hijo menor. Yo, como padre, he sentido un disparo en el pecho. La muerte siempre vive en las armas, incluso aunque no se usen.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
Esta entrada fue publicada en política y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.