el no papel de los intelectuales

Súper, foto de León de la Hoz

Súper, foto de León de la Hoz

La muerte del escritor José Luis Sampedro, quien se caracterizó por la honestidad y la crítica al sistema donde creo sus propias obras, me ha vuelto a recordar a los que se han dado en llamar los intelectuales, casi desaparecidos en las últimas décadas de la atención de los medios y los escenarios sociales donde habitualmente era notable la presencia de éstos. Los intelectuales, así llamados desde el caso Dreyfus (1894-1906), pero también en alusión a la clásica división del trabajo y en particular a los profesionales de la cultura que erróneamente fueron considerados la conciencia moral, se convirtieron en meros reflejos de una época caracterizada por el predominio del mercado que terminó institucionalizando políticamente Margaret Thatcher –también fallecida en estos días–. Ellos mismos acabaron siendo institucionalizados por el mercado, organizaciones, asociaciones, partidos y todo tipo de entidad que pudieron representar a cambio de un poco de algo. La intelectualidad, en general tendría que decir, se convirtió en cómplice del deterioro de la democracia.

En la segunda mitad del siglo xx, durante el ascenso del comunismo y los movimientos independentistas, al amparo y al servicio de estas causas, los  criterios de valor estéticos se depreciaron primero a costa de una ideología política hasta el extremo de convertir el panfleto ideológico en un género aplaudido, más tarde hacia la última década del siglo, esos valores se relativizaron a cuenta de lo lúdico, con la complicidad de la propia intelectualidad que alentó teóricamente y con sus obras esta modalidad neoliberal, que llegó a ser dogma como lo fue su antagonista el ideologismo. En el otro extremo del extremismo el fin de las ideologías o de la historia consagró la relativización de los valores que se halla en el fondo de esta gran crisis de la civilización. No me gustaría decir que la intelectualidad siempre ha sido cómplice del poder cuando no se ha situado frente a él. La apelación que se hacía al papel de esta grey de personas que se caracterizaban por una ideología política, sobre todo de izquierdas, surgida en tromba durante la postguerra y que se mantuvo como un paradigma de valores durante generaciones ha ido muriendo con cada uno de sus sobrevivientes, como Stéphane Hessel hace unos días y Sampedro hoy.

Los últimos tiempos nos han revelado que los intelectuales no tienen ningún papel o no lo ejercen, por lo menos como antaño, o tal vez no tengan otro que el de Narciso, el gran masturbador. No porque se los hayan quitado, sino porque las nuevas generaciones han encontrado un mundo agotado de los valores que antes caracterizaron a los ciudadanos y, en el mejor de los casos, esos valores se han trasladado y adulterado al ser institucionalizados por los partidos, los Estados y la sociedad civil. La propia democracia silenció la capacidad individual del intelectual como referente crítico y diferencial del poder, difuminando la vieja conciencia crítica de la sociedad en las instituciones, asociaciones, partidos y organizaciones no gubernamentales. O sea, la propia democracia absorbió la capacidad de disidencia que siempre había sido una de las facultades de los intelectuales para pensar desde fuera. De hecho, uno de los fundamentos del capitalismo clásico, el individuo, se ha visto suplantado por la opacidad de instituciones que lo representan pero lo enajenan. El intelectual es hoy un trabajador cualificado del sistema, orgánico como le llamara Gramsci, ya sea desde el poder político o cualquiera de aquellos poderes en los que se reparte la enorme madeja de inflexiones, reflexiones y genuflexiones, que constituyen el sistema.

Lamentablemente la sociedad se va quedando sin el relevo de aquellos que por su cultura y autoridad podían contribuir con sus ideas a la alteridad indispensable en democracia. Las propias instituciones están siendo sometidas a la prueba de resistencia de una sociedad volátil que peligrosamente ha perdido las referencias. El principio de autoridad, tan importante para el desarrollo de la sociedad y la cultura de la cual nace la futura intelectualidad –más que la hiperbolización del consumo– se ha visto difuminado y el de la libertad restringido a pesar de vivir una época aparentemente libérrima con el uso de las tecnologías de la información. Quedan pocos y son escasísimos los que pueden sobrevivir a la disentería informativa que lo volatiliza todo, como parte de un proceso de destrucción de valores culturales intrínsecamente éticos y morales de la modernidad que nos está llevando a la decadencia. También parte de lo que en un momento se creyó constitutivo del papel de los intelectuales, como la honestidad creativa y cívica se ha convertido en papel mojado al ingresar gran parte de ellos en la enorme plantilla de los utileros del gran espectáculo del que todos participamos como actores principales o secundarios.

Hace unos años publiqué un artículo sobre la importancia de la autoridad cultural como parte de un equilibrio interno de las sociedades frente a otros poderes, pero la joven intelectualidad emergente, acrítica con ella misma y el pensamiento postmoderno epígono, lo rechazó porque entonces la autoridad, cualesquiera, estaba sometida a un descrédito que hoy es endémico, además de que la autoridad cultural era identificada no sin razón con la burocracia. Sigo pensando lo mismo que entonces cuando mi apelación iba dirigida a la responsabilidad intelectual frente al poder omnímodo de la burocracia política. Los tiempos han cambiado pero el problema sigue siendo el mismo. La crisis que vivimos, y de la cual la economía es la punta de un iceberg, es un problema mucho más grande y grave asentado en el triunfo de un modo de ver la vida que ha acaparado todos los ángulos del quehacer material y espiritual, similar a los grandes movimientos culturales que marcaron el desarrollo de las sociedades. Hoy el péndulo está en la derecha y sobrevivir costará trabajo con o sin los intelectuales, sin embargo se extrañan las voces razonadas que en medio de tanta paja, mentiras, confusión, periodistas y tertulianos, eche una mano a la gente que hace algo por revertir la situación.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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