nuestra inmoralidad consumista

Foto de una de las víctimas de la fábrica textil en Bangladesh: Tomada de internet.

Foto de una de las víctimas de la fábrica textil en Bangladesh.  Tomada de internet.

Al contrario de lo que suele decirse, una de las cosas peores a que nos podemos enfrentar no es a nuestros miedos, sino a nuestras miserias. Esas acciones que nos definen mejor que nuestras virtudes y que vamos acumulando con la vida, aunque también las podamos borrar con una confesión y un Padre nuestro en algunos casos. Nuestras miserias nos hacen más frágiles, poderosos o desalmados y en ocasiones nos definen mejor. A veces nuestras miserias son compartidas y no las vemos porque son parte de un modo de ser o de ver la vida. Cada uno tiene las suyas, yo conozco a personas muy honorables con las suyas, incluso alguna mujer que he amado con ellas puestas. Lo mejor que nos puede pasar es ver nuestras miserias, reconocerlas y eliminarlas.

El reciente caso del millar de muertos en Bangladesh, en un edificio donde se agrupaban varios talleres textiles de ropa para importantes firmas occidentales, revela de golpe las miserias de otros, pero también las nuestras. La de unos, es la de someter a una población natural de trabajadores con salarios que nadie soportaría en las sociedades nuestras en condiciones legales, laborales y ambientales similares a la de los esclavos asiáticos del siglo XIX. La de los otros, es la de tener que trabajar como nuevos esclavos y además agradecer a los empleadores porque esos trabajos en economías y sociedades paupérrimas son privilegios. La miseria nuestra es ser cómplices de los primeros.

Hace unos meses el incendio de otra fábrica dejó cien muertos. La época que vivimos desgraciadamente no tiene memoria. El exceso de información borra lo que en otro tiempo habría permanecido en nuestro recuerdo y el mundo feliz al que nos aferramos como una balsa a la deriva en un sueño, nos impide conmovernos más de un minuto. La tragedia de Bangladesh es la peor de la historia de la industria de la confección de ropas y la más grande producida por causas no naturales, después del atentado de las Torres Gemelas. Imaginar simplemente que quienes hacen la ropa que nos da abrigo y se pega a nuestra piel han muerto en condiciones espantosas es algo terrible. Hoy mismo el caso del rapto de las tres mujeres en Ohio ocupa más espacio en los medios, no porque sea una tragedia mayor, sino porque tiene más morbo, está más cerca y se parece más a nosotros.

Casi toda la ropa que usamos se fabrica en esos países, y las marcas más famosas allí tienen sus paraísos que les permiten ampliar el margen de beneficios. Eso me recuerda lo que se dice sobre las costureras gallegas que fueron explotadas para asentar el imperio de Zara. Las empresas que se alimentan de la necesidad de la gente parecen inevitables, pero si se puede evitar ser cómplice de la miseria moral de las mismas. Hoy cuando cogí la ropa con la que iba a vestirme miré la etiqueta y vi que había sido hecha en Bangladesh, tal vez por la mano que aparece en la foto que encabeza el artículo. Antes me vestía con el sudor de las costureras y ahora lo estaba haciendo con su sangre. Veo esa mano que parece buscar otra y me pregunto cómo hubiera podido salvarla. Yo lo sé, pero no está en mis manos, tal vez en la de todos. Todos de cierta manera la hemos matado sin sonrojo.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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