el espíritu santo de la revolución cubana

Una de las veces que vi de cerca a Fidel Castro fue un 14 de julio en la casa del Embajador de Francia, la celebración del día de la fiesta nacional de ese país había terminado. Casi nadie sabía que llegaría y yo era uno de los pocos que esperaba. Llegó rodeado de la parafernalia de los hombres de verde con armas largas. Aún producía la sensación de ser más alto que lo que realmente era. Recuerdo que ese día parado junto a él tuve ese pensamiento y me dejé atraer por el color de su uniforme con un verde que no se parecía al de los demás. Al cabo de treinta años, en los primeros días de enero se le ha podido ver otra vez en público convertido en un anciano encorvado que parece arrastrarse. Es una imagen patética del poder y una caricatura de los hombres que sin piedad han ejercido un poder descomunal sobre los demás. La historia está plagada de ejemplos como éste. Las dos imágenes son la metáfora de una Revolución fracasada y decrépita, representada en la única y suprema transustancia de su espíritu santo. El Estado soy yo, la Revolución soy yo, el Partido es inmortal, son ideologemas diversos que han sustentado el ideal de la Revolución Cubana, que hoy sin su principal justificación ha creado un problema identitario que conlleva a la decadencia y muerte de la dictadura.

Este mes la Revolución Cubana cumplió 55 años. En vez de una celebración ha parecido una conmemoración, una ceremonia sobre un ataúd vacío. No hay nada realmente nuevo que mostrar a los fieles. Evidentemente, la Revolución no es lo que fue, ni siquiera con su peor rostro. Nunca fueron tan bajos los índices de popularidad y apoyo nacional e internacional, ni tampoco nunca tuvo una estrategia menos clara y una dirección menos representativa y con menos liderazgo. Todo ello a pesar de las expectativas de una parte de la izquierda, generalmente tan ingenua y condescendiente con la Revolución, y otra de la derecha, oportunista y cínica, que vieron en Raúl Castro al Deng Xiaoping cubano. Dictadura política con libertad de mercado, una fórmula que al parecer todos han dado como buena o la menos mala. Lo peor para esa Revolución languideciente no es que ya no sea lo que fue, sino que no será lo que pudo ser. Su máximo líder y referente fundamental va muriendo con ella y con él todo lo que realmente fue para lo bueno y lo malo, para sus seguidores y detractores. Cualquier Revolución, si fuera necesaria e inevitable, debería ser y valer únicamente como transición, incluso tal vez hacia otra.

Cualquiera después de los cincuenta años, sabe que suele decirse que la salud es lo primero. Eso mejor que nadie lo sabe el Gobierno cubano, y se dedica a cultivar la conservación o la taxidermia política, lo que lo hace extremadamente conservador. Para eso ha organizado una campaña de maquillaje con la cual pretende luchar contra la muerte. Cambios de administración y gestión a los que aspiraba gran parte de la población y que antes el propio Raúl había hecho en el cuartel, cuando mermaron las subvenciones del campo socialista para sostener al ejército. Sin embargo, una ojeada a los cambios adoptados por Raúl Castro presidente podría hacernos pensar que no están dirigidos a cambiar el país, sino a contentar a la sociedad de dentro-fuera y preparar las condiciones para legalizar el enriquecimiento de determinadas castas del poder. Aquellos que él mismo ha determinado que sean los herederos del espíritu santo. La permanencia de la Revolución ya no está relacionada con la utopía revolucionaria, representada en el ideal de las masas por sacrificios, héroes y mártires, igual que en las tragedias griegas.

Si fuera cierto que en política hay que darle al pueblo lo que necesita en cada momento, eso no sería un buen argumento para detener la desafección producida a pesar de los cambios, que llegan tarde, no son suficientes y contribuyen a acrecentar la brecha entre unos cuantos pudientes y el resto del pueblo. Una tímida revolución a la china, que se inició en los 90, cuando se crearon las empresas mixtas en las que los militares se quitaron las charreteras para convertirse en fructíferos y también corruptos comerciantes con el dinero del pueblo. Con dicho antecedente se hizo creer a la gente que el nuevo gobierno del menor de los Castro no sería el de un ventrílocuo del mayor, sino el de un reformista. Falso, Raúl se empeñó en cargarse a parte de la única generación con poder, presuntamente capaz de acometer reformas o servir de puente entre la Revolución fracasada y una sociedad diferente. Nadie en Cuba cree que los motivos de la purga de Pérez Roque y Carlos Lage sean ciertos, por ejemplo.

La última esperanza para quienes todavía confiaban en que Raúl Castro hiciera agua el dominó, terminó cuando destruyeron a la generación que había accedido al poder todavía con Fidel vivo, hoy es un vegetal político aunque se quiera justificar la mediocridad del hermano acusándolo de ser Comandante en Jefe en la sombra. La destrucción de los opositores políticos en Cuba no es un fenómeno nuevo, es una herencia de la política republicana que Fidel supo ejecutar desde el principio de la Revolución en función de la sagrada unidad en torno suyo o del poder absoluto, como se quiera leer. Raúl primero destruyó a la generación que el propio Fidel sacó de su entorno en lo que llamara Grupo de Apoyo para que dirigiera el país y luego devolvió el poder a la vieja guardia pretoriana de abuelos ideológicos. Fue un plan hacia el poder que se inició cuando el Ejército tomó los mandos del Ministerio del Interior, después de los escándalos emanados del caso Ochoa. Nadie se llame a engaño, en aquel momento se decidió el destino, no sólo de una Revolución que hace tiempo entró en fecha de caducidad, sino además de un país y su futuro. La vida le estaba dando una segunda oportunidad al hermano segundón para instaurar su propia hegemonía.

La Revolución sólo existe en el discurso, sin embargo los cubanos siguen manteniéndola conectada al respirador artificial, el Gobierno crea las condiciones y los cubanos de dentro y de fuera destinan remesas a los negocios autorizados, más un poco de manga ancha para hablar. Tampoco a los Estados Unidos les conviene otra cosa. Los cambios están hechos a la medida de los nuevos sustentadores del poder que ya no es el pueblo. Muerto el espíritu santo, bienvenido el demonio, pensarán desde el Palacio de la Revolución. Aviso para los idólatras, el santo y seña ha cambiado.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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