Pedro Sánchez, el hombre que todos querían muerto

muerto-viviente2Pedro Sánchez, al frente del partido socialista (PSOE) dividido, vive los peores momentos de su vida de advenedizo. Se agarra del apoyo de las bases a pesar de la ruptura de su Ejecutiva, aunque sabe que es el hombre que todos quieren ver muerto, antes no había sido así. Antes parecía el hombre en el que se confiaba para arrebatarle la hegemonía a la derecha española, salvar al partido de la deriva derechista en la que había entrado, e impedir que la izquierda moderada dejara de existir de tanto parecerse a esa derecha contra la que habían luchado en el pasado. Hoy todos quieren verlo muerto, enterrado, y nadie da una peseta por su cadáver, sus propios compañeros de partido lo quieren muerto, la derecha también, la izquierda radical con sus nacionalistas le pide la vida con un cuchillo en el cuello a cambio de su complicidad. No se trata de muerte natural, como parecía traducirse de los recientes fracasos electorales, sino de un asesinato fraguado en el propio partido y desde algunos medios de comunicación, como El País, que crearon una opinión en un solo sentido y sin matices en la que Sánchez es el hombre a matar. El principal argumento para ordenar su muerte no es baladí: la Patria, estable y la gobernable. Y una narrativa que se basa en el deber, la responsabilidad y el supuesto de que Sánchez podría atentar contra la unidad del país, no obstante su negativa a pactar acuerdos nacionalistas con la izquierda radical que estuvo en la base de su fracaso de investidura.

La disyuntiva del moribundo Pedro Sánchez es el mejor ejemplo de la confusión que vive el Partido Socialista, un partido que hace tiempo empezó la caída libre que el gobierno de Sánchez ha pretendido detener, sin que haya podido evitar que el partido se lo lleve en su descenso. No es él quien hunde al partido, sino aquellos que sembraron una herencia negativa contestada por los simpatizantes. Sánchez se halla entre tres enemigos: los llamados barones de su partido, el PP y Podemos, pero han sido los suyos quienes están apurando su muerte. Los primeros (esos que mandan entre bambalinas), lo quieren muerto, y ya le han hecho públicamente la primera herida mortal, porque va por libre y creen que entre dejar gobernar a la derecha y gobernar con la izquierda radical y sus nacionalistas, la primera es la mejor opción, no obstante que ese puede ser el suicidio del partido. Los segundos (la derecha), lo quieren muerto porque sólo podrían gobernar si Sánchez se retracta y lo permite, ya que los votos y las alianzas no le alcanzan para salir de la actual situación de temporalidad. Y los terceros (la izquierda radical), también lo quiere muerto, porque el fin de esta izquierda conformada por la confluencia de grupos más o menos radicales, eventuales y perecederos, salidos de la reciente y contestada crisis económica, social y política, es monopolizar el espíritu contestatario de la izquierda.

Sánchez es un soldado que parece morir por su partido y es muerto por quienes tiene a su lado. A pesar del margen de ambición política que pueda pesar en sus decisiones, se infiere del juicio de sus victimarios que no es un patriota y, además, no ha detenido la sangría de votos, de modo que es un mal socialista. Eso lo hace doblemente culpable. Ninguno de los barones analiza porqué se ha producido dicha sangría, tampoco se dice que ellos son corresponsables de la misma. Tampoco que los fracasos electorales son una consecuencia de sus propios actos cuando gozaban del beneplácito del bipartidismo. El patriotismo es el comodín más usado en política y el que mejor funciona cuando se quieren justificar medidas excepcionales, arbitrarias e intolerables durante una crisis, sobre todo si se quiere sacrificar a alguien, un chivo expiatorio. Según tales barones socialistas y la derecha, se debe dejar gobernar a Rajoy por la estabilidad de la nación, casualmente dicha estabilidad es la que exigen los mismos que han estado chupando la sangre de la nación en desmedro de gran parte de la ciudadanía que exige cambios, aquellos que han decidido acabar con el bipartidismo PSOE-PP porque esa estabilidad se estaba convirtiendo en un diálogo de sordos con los poderes políticos. A Sánchez se le puede juzgar por no sanar la herida dejada por la institucionalización de un partido que se enamoro de su propia imagen histórica, pero éste no ha gobernado todavía, de modo que no se le puede responsabilizar de la herida que le encargaron curar.

Por un lado el PSOE está en una situación de franca caída a causa de las posiciones que mantuvieron sus gobernantes, contribuyendo a políticas con compromisos y actitudes más cercanos a la derecha que a la izquierda, y lo peor, cuando empezó la gran desafección social por la política, los gobernantes de ese partido mucho más que maquillaje no hicieron para recuperar el prestigio de la política y el compromiso exigido por gran parte de sus simpatizantes. Todo el mundo recuerda aquel artículo de la Constitución, el 135, que Zapatero cambió con nocturnidad y alevosía en contubernio con la derecha a demanda de la Unión Europea, que no se ha caracterizado precisamente por sus aciertos en materia económica y financiera. Las mismas vacas sagradas o barones, ciegos de vanidad y poder, que no vieron el toro que venía por la izquierda, son responsables de la fuga de adeptos hacia la abstención y la agrupación de Podemos. Siendo así, a Sánchez y al partido no parece quedarle más remedio que moverse hacia la izquierda y recuperar el espacio perdido, si no quieren terminar asesinados por Podemos y arrojados al depósito de cadáveres de la historia. A riesgo de que moverse demasiado a la izquierda puede confundirse con las siglas de los más radicales y perder la identidad que ha hecho fuerte al PSOE en la izquierda social y moderada, cuando el país era el vergel de dos partidos.

Es una situación difícil en la que está en juego la propia existencia del partido socialista. Si Sánchez cede a la presión de los barones que han ganado el primer combate con la dimisión de casi la mitad de la dirección del partido y admite su derrota dejando gobernar al partido más corrupto de la democracia, entre otras lindezas, puede darse por muerto junto a su partido. Podemos y sus confluencias acabarán enterrándolos, no porque sean mejores, sino porque han sabido tomarle la temperatura a un tiempo nuevo. Sin embargo, hoy el principal problema es que ahora el problema de Sánchez es el de su propia sobrevivencia. La gran paradoja en este estado de cosas es que la salvación de Sánchez y su proyecto, si no puede ser por una sublevación de las bases del partido, voto al que parece apelar, podría venir por un acuerdo entre Podemos y sus adláteres para gobernar después que dejaran las exigencias irresponsables que tienen que ver con la desestabilización del país que los socialistas rechazan. Esto último no lo cree nadie de quienes esperan ser los enterradores del PSOE.

Sea cual fuere el resultado de la batalla que Sánchez sostiene contra una parte de su partido, y con independencia de quién sea el próximo líder, posiblemente la única forma de defender al partido y salvarlo, en caso de que se pueda salvar, sea compitiendo con la izquierda por un protagonismo social que han perdido o se han dejado arrebatar. Es un escenario nuevo que necesita del valor a que obliga el peligro a desaparecer, de modo que se pueda restablecer una identidad acorde a los tiempos que se viven. Las posibilidades del cambio son difíciles porque son radicales y quien quiera hacerlo necesita del coraje, además del apoyo interno y social, ya que la unidad es una quimera cuando no hay un liderazgo fuerte. El espectáculo que estamos viendo en el PSOE no es el resultado del fracaso de las elecciones, ni responsabilidad única de Sánchez, sino de muchos años de poltrona y políticas de errónea interpretación social. La muerte del soldado Sánchez forma parte de ese guión autodestructivo que los ha llevado a la indefensión y a él le ha tocado ser la víctima. El PSOE está herido, sin líder, y la derecha con la otra izquierda espera para enterrarlos. Y Sánchez es un muerto viviente, el primero de la democracia española, que sólo podría ser salvado por una rebelión en la granja, y eso es lo que espera.

 

 

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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