La perversa complicidad cubana

Se acaba de aprobar la nueva Constitución cubana, al margen de todas las suposiciones, sospechas y juicios sobre la legitimidad o legalidad de dicha consulta, ya Cuba tiene otra letra, aunque la música siga siendo la misma. Si alguien creía que podía pasar otra cosa, es que no conoce ni la historia reciente ni a los cubanos. A los cubanos nos importa más la música que la letra, sin menoscabo de nuestras virtudes, tal vez sea una de ellas bailar con la música que nos pongan. No se podía esperar otra cosa, parodiando el título de García Márquez, la ratificación de dicha Constitución era la letra de una Constitución anunciada como lo fue la de 1976 y han sido todas las consultas populares en estos 60 años de Revolución, orientadas ideológicamente, diseñadas para su masividad, definidas en su populismo y dirigidas por el partido único. Todo el proceso de consulta popular formaba parte de un relato, concebido con el único fin de garantizar un texto que legitimara una nueva maquetación de la supervivencia con el objetivo de cambiar para que nada cambiase, limitando cualquier transformación. La respuesta ciudadana ha sido la esperada, no obstante que el contexto social, político y económico es distinto, y aunque ha contado con una contestación inédita de un reducto de la ciudadanía residente que es a la que le está permitido votar, ya que otra parte que estuvo en el primer referendo constitucional y sus modificaciones ya no está en la isla y no tiene la condición de residentes para votar. Votaron los que van quedando y que presumiblemente podrían estar afuera si dentro de unos años se volviera a convocar un referéndum. La propia norma legal obliga a que sean esos los que votan y no todos los que debieran, una limitación que tiene una enorme importancia si nos ponemos a pensar que la Cuba de afuera ha adquirido un peso fundamental en el sostenimiento de la economía y la paz social de la isla.

No hay que rasgarse las vestiduras, casi todos los cubanos en algún momento hemos votado lo que no deberíamos ni querríamos votar, unos están dentro levantando la mano todavía y otros estamos fuera diciendo a quienes lo hicieron que no debieron hacerlo. Es una de las lógicas de ser cubano en estos 60 años de un proceso dolorosamente controvertido en el que gran parte de la gente creyó que formaba parte de algo, incluso aunque no estuviera de acuerdo con todo, al mismo tiempo que se adoptaban las más peculiares genuflexiones y disfraces por el miedo a ser represaliados de alguna de las claras o sutiles formas en que uno podía convertirse en víctima por no participar como se exigía. Posiblemente, si la Revolución no se hubiera contradicho, desmintiéndose repetidamente a lo largo de este periodo y definitivamente en estos últimos años, la idea de la Revolución como un hecho del pueblo se habría mantenido en el imaginario popular como el sostén principal que ha sido del desgobierno, la manipulación de la identidad nacional representada falsamente en un partido, y la configuración ideológica de una política basada en los enemigos de dentro y de afuera conque se justificaba la represión visible o invisible mediante el castigo o la vigilancia. La ineficacia, la falta de renovación, el discurso viciado, conllevaron al descrédito que aún, sin embargo, la gente vota, ya sea por inercia, resignación, credulidad, apatía o el grado de dependencia emocional y de complicidad que se tenga con un régimen virtuoso en hacer creer que merecía la pena sacrificar la democracia política y parlamentaria, las libertades inherentes a las mismas e incluso la vida del pueblo, a cambio de la fidelidad y los beneficios sociales de una sociedad igualitaria, mientras ocultaban que en otras latitudes con democracia se resolvían problemas similares de la desigualdad en sociedades solidarias.

Llama la atención que al cabo de este tiempo convulso y doloroso de un pueblo que ha sufrido doblemente a su Gobierno y las relaciones de antagonismo real o ficticio hacia dentro y fuera del país, todavía la participación del pueblo en este tipo de evento que refrenda la política de los gobernantes sea tan alta y positiva para el régimen si nos atenemos a los datos oficiales. Y solo se puede explicar por la dudosa credibilidad de las únicas fuentes de referencia del Gobierno y la psicología de rehenes de gran parte de esos votantes condicionados por el discurso político que ha adulterado el sentimiento de pertenencia a la patria y la Revolución, que así misma se ha hecho ver como reflejo de la patria y la nación representadas en un partido único que victimiza y crea una complicidad basada en el patriotismo y el miedo, fomentados con un arsenal de instrumentos coercitivos y represivos, físicos, legales, ideológicos y políticos. Posiblemente esta sea la mejor explicación a una paradoja en la que todos somos piezas del discurso y el antidiscurso: a 60 años de una Revolución desidealizada y derrotada, aunque no caída, con varias generaciones frustradas de las cuales una parte significativa se ha ido afuera o a muerto, todavía el Gobierno puede darse por satisfecho del respaldo alcanzado en una consulta popular que en cualquier lugar del mundo habría fracasado estrepitosamente. Sobre todo porque no ha sido un referéndum que fuera a dar solución a la crisis del país, sino que ha servido para refrendar la política del Gobierno y la consolidación de la nueva oligarquía política emergente de un hipotético vacío de liderazgo, que poco a poco va trasladando el poder político-militar al económico, el poder de los líderes históricos a los grupos, familias y conglomerados que conforman entidades económicas-financieras.

No os rasguéis las vestiduras, la nueva Constitución es una obra formidable de la complicidad consciente, inconsciente y obligada de casi toda la Cuba que ha podido votar el 24 de febrero y también de aquellos que un día fuimos a las urnas, difícilmente se habría podido variar el resultado en el contexto nacional del que he descrito unas líneas maestras que conforman una sociedad obediente, dependiente y administrada por un Gobierno y un partido que durante 60 años adulteró las relaciones con la sociedad y de la sociedad. No todos comen del mismo plato, sin embargo todos sí lo sostienen, incluso aquellos más jóvenes que se creen sin culpa o pecado. Es razonable. Cualquiera podría decir que las cosas de Cuba no se resuelven dentro, sino fuera de la isla, las diferentes oleadas migratorias, con características de éxodo han servido de aliviadero para las distintas crisis a lo largo de 60 años. Actualmente el Gobierno cubano ha encontrado una fórmula más civilizada, permitiendo la salida y la entrada de todo aquel que pueda y cuente con su respectiva visa —también esos han podido votar— excepto aquellos que considere no aptos. Muchos olvidan o no saben que su supervivencia tanto dentro como fuera de Cuba se debe a que la isla extramuros hoy día es el mantra conque se cubren las partes nobles. Posiblemente, si no fuera así, otro gallo cantaría y el 24 de febrero habría podido ser un acto silencioso y cívico de rebelión. El Gobierno ha encontrado el más sutil de los subterfugios para aprobar lo que quiera, entreabriendo una puerta para enfriar el país y dotarlo de la liquidez que la economía es incapaz de producir. Negocio redondo.