¿Por qué Fidel? / GASTÓN BAQUERO

Siempre que llega este día me acuerdo de Gastón, no lo puedo evitar, tampoco el día y él pueden evitarme. Desde que Gastón murió, el que fuera un día festivo se ha convertido en un día de luto, lleno de recuerdos. A pesar de que el 15 de mayo es la fecha en la que Madrid celebra a su patrono agricultor, San Isidro, esta es la ciudad más triste, donde llueve siempre desde que Gastón murió hace 23 años. Hoy Madrid, desolada también por miles de muertos, espera que salga el sol para salir a recordar, y esperar el día en que pueda volver a llenar la pradera y el santuario de San Isidro de parroquianos que celebran. Los cubanos también esperan el día en que la palabra y la imagen de Gastón Baquero y tantos otros pueda volver a ser restituida cabalmente en su país.

El siguiente artículo que reproduzco a continuación lo hallé entre las cosas suyas que conservo. No he podido verificar si es inédito, de cualquier manera me ha parecido oportuno darle voz a Gastón, el criollo rellollo, ahora que un viejo y rancio patriotismo instalado tanto dentro de Cuba como fuera empieza a renovarse. Un patriotismo que no tiene en cuenta su papel en estos más de 60 años de dictadura de la Revolución, y que será necesario extirpar para un día poder reconstruir de los despojos ese país.

Aprovecho para remitir aquí mismo al contundente artículo que Baquero publicó en Cuba antes de salir para siempre en 1959: Palabras de despedida y de recomienzo


¿Por qué Fidel?

Porque en general el pueblo cubano confió siempre sus esperanzas políticas, su Utopía, a la aparición de un Hombre Providencial, llamado a realizar los sueños y esperanzas, los ideales del pueblo. Siempre esperamos el milagro.

Desde el nacimiento de la República en 1902, se vio siempre vinculada mágicamente la persona del Presidente, del Jefe, a la solución de los problemas nacionales permanentes.

Este vínculo entre el Presidente, el Jefe, y la marcha de la economía, del orden público, del empleo, de las oportunidades, se hacía tan fuerte que los programas del gobierno, la autoridad de las Instituciones del Estado, y el Estado mismo, ocupaban en la mente de la ciudadanía un lugar secundario ante la preeminencia concedida a la persona del Jefe.

Las ideas y aún la conducta del Jefe antes de llegar a la Presidencia no eran tomadas en cuenta. El carisma, o sea, el aspecto mágico de la relación entre el gobernantes y los gobernados, era lo definitivo.

De hecho, el poder concedido tácitamente por el pueblo al Hombre era ilimitado. El presidencialismo se ejercía en Cuba, por los sucesivos Jefes, sin más límites que los que él mismo quisiera darse.

Si tuviésemos tiempo y espacio para relatar paso a paso la sucesiva traslación de la esperanza de un líder a otro, veríamos que el culto a la personalidad creció entre los cubanos con la misma celeridad que se sucedían las frustraciones, los desengaños.

La adulación al gobernante, en los medios de comunicación como en las manifestaciones de “sus” seguidores, llegaba a extremos vergonzosos. El presidente se convencía rápidamente de que él era en efecto el Salvador, el Hombre de la Providencia, al que todo le estaba permitido, porque acertaba siempre.

Cuando se apagaba o disminuye el fervor, ya era tarde para que el Jefe reaccionase. Seguía oyendo los aplausos y las alabanzas aún cuando en la realidad no le quedasen más aplausos que el de los aprovechados del régimen: los llamados “guatacas”.

El ensoberbecimiento, el halago incesante, la vanidad que fomenta el poder aún en los hombres más humildes, convencía a los Presidentes de que “la patria” solo podía salvarse con ellos, porque la alternativa era: Yo, o el caos.

Por eso todos los Presidentes soñaron con la reelección. Desde Estrada Palma hasta Gerardo Machado, las tragedias políticas se sucedían por el afán de seguir en el poder “para salvar a Cuba”. Estrada Palma forzó de manera humillante al Presidente Theodore Roosevelt para que interviniese y ocupase la República si él, Estrada Palma, “el único hombre honrado”, no era reelegido. Las rebeliones armadas, las guerrillas, se cuentan en nuestra historia por presidente tras presidente.

Pero hay que tener en cuenta que siempre se produjo un desencanto, un cansancio y un rechazo del antes ensalzado y deificado. “El poder desgasta”, se decía. Es el gobernante, el Jefe, el que pierde el sentido de la realidad. Según sea su talento personal –violento como Machado o Batista, o suave como Zayas—reaccionaban ante el rechazo del pueblo. Si la adulación y el elogio han llegado muy lejos, el Jefe decide resistir. Apela a la corrupción masiva para amañar las urnas, o a la mano dura del agente de la autoridad convertido en matón. Entra en guerra contra el pueblo, que ya se estaba fabricando otro Salvador.

Este sucinto recuento del pasado inmediato de nuestra República puede resumirse así:

Un pueblo descontento con su historia por las frustraciones continuas que padecía, albergaba en su espíritu la ilusión, la Utopía, de ver realizados los viejos ideales.

Este ensueño le llevaba a ver en cada gobernante al Salvador posible. Éste a su vez le entusiasmaba de tal modo, que entregaba a ese Mesías todo cuanto tenía y era. ¿Cómo asombrarse de que un día llegara al Puesto de Mando un hombre que por su carácter, por su personalidad, se dejara arrastrar por la adulación más ciega y absoluta, hasta verse a sí mismo como un Mesías, como un Dueño de la Verdad, como un Vencedor de lo Imposible.

El pueblo cubano entregó a Fidel Castro en Enero de 1959 una carta de crédito total, sin condiciones, sin obligaciones, sin análisis, sin nada.

Él podía hacer lo que quisiese. Todo lo que él hiciera estaba bien hecho. “Somos tuyos Fidel, Cuba es tuya Fidel, guíanos, no importa adonde nos lleves. ¡Llévanos!”

Investido de unos poderes que nadie tuvo jamás en la isla, el Amo echó andar, ciego como un Frankenstein, arrogante como un Napoleón. Veía como se le arrodillaban las jerarquías, se le humillaban los altos prestigios, cómo permanecían mudos de admiración y de servilismo los que se tenían por “protestones”, por independientes, por libres.

La entrega total de las conciencias y de las libertades fue pagada por él, desde el primer día, explicando su pensamiento, su concepción de la política, del Estado, y de la Sociedad. No consultaba, explicaba, dictaba, como a los niños en el colegio, lo que era bueno para Cuba y para los cubanos. Dándole un gran vuelco a lo que la gente esperaba: un gobierno con gente nueva, con hombres honrados y con amor a las convicciones políticas del pueblo, y con amor a las convicciones políticas del pueblo, el Amo dictó las Nuevas Tablas de la Ley.

¿Qué tenían de nuevo esas Tablas? Nada. En la cabeza del César solo había espacio para dos o tres obsesiones anticuadas, negativas, desechadas ya por los medios donde actúa la inteligencia, donde rige el saber.

Como una modista loca y perversa que viste a la joven ingenua con un miriñaque y un corset, Fidel Castro le endosó al pueblo de Cuba un traje remendado y viejísimo, confeccionado tiempos atrás por Marx y por Lenin, y ajustado por Stalin.

La cabeza no le daba para más al Todopoderoso Zar. Si se le hubiese ocurrido hacer espiritista al pueblo, o hacerlo budista, o calvinista, la gente lo habría obedecido. ¡Lo que diga Fidel!

El Amo dictó lo peor, la doctrina más absurda, el sistema más inhumano e ineficaz. Y ahí está. Braceando en la corriente, asfixiando a todo un pueblo. Soberbio y presuntuoso, sigue creyendo poseer la Verdad, ser él la Verdad.

Original del artículo anotado por el propio Gastón Baquero.