RACISMO EN BLANCO Y NEGRO

No iba a escribir sobre la reciente muerte de un negro a manos de la policía, el señor Floyd, ni siquiera por la extensa e intensa reacción de las protestas, muchas de ellas violentas, pero me sentí estimulado por la ola de opiniones que ha caído sobre mi mesa sin poderlo evitar, opiniones de racismo negro y de racismo blanco unas veces encubiertas con todo tipo de subterfugios construidos más allá de los niveles racionales, y otras queriendo ser justificadas por la frustración social de la que hacen responsable al sistema tanto unos como otros. El racismo negro y el blanco existen encubiertos debajo de múltiples capas y a veces cuesta ver el desprecio o el odio a lo que no sé es y con lo que no queremos identificarnos, todos de alguna manera podemos haberlo sentido como negros, blancos e incluso mestizos discriminados o discriminadores, pero el que padecen los negros que ha dado lugar a las protestas es histórico, sistémico y cruel, quizás mayor del que sufrieron o infringieron también los inmigrantes o colonos y solo comparable al que exterminó a los nativos durante la fundación de esa nación, esa es una verdad que no se puede ocultar como hacemos con nuestro racismo eventual y anecdótico. Lo primero que debería quedar claro es que el racismo es un fenómeno de la identidad, tiene su origen en la diferencia y es multicausal. Forma parte de la necesidad de los individuos de identificarnos y diferenciarnos, puede ser individual y colectivo, eventual y permanente, local y sistémico. Da igual la composición étnica del país y la cultura o el nivel educacional para que el racismo exista y se exprese, pero posiblemente la cultura social es el mejor de los antídotos como parte de un tratamiento junto a otras terapias funcionales para combatir las diversas causas, unas más acusadas que otras que es imposible abordar en tan poco espacio.

¿Es realmente el racismo un problema de justicia? ¿Es histórico con raíces en la esclavitud y la segregación abortada por el movimiento de los derechos civiles? ¿Es de  verdad un problema cultural, y si lo fuera de qué tipo? ¿Es la expresión de la discriminación y la falta de oportunidades de la población negra? Estas son algunas de las preguntas que debiéramos responder para intentar hacer un diagnóstico antes de buscar respuestas al problema. Sobre todo tendríamos que preguntar cómo se ve a sí mismo el negro, cómo cree que lo ven, y preguntar cómo es que el blanco lo valora. Una mirada profunda a lo que es y cómo cree que es, ayudaría mucho a saber cuáles son los problemas reales y cuáles son importados desde otros grupos, algunos con fuertes motivaciones ideológicas, además de facilitar un reconocimiento de su propio rostro con vistas a que sea parte real y protagónica de la solución del problema. Sin embargo las opiniones más serias y con esa pretensión, van acompañadas de estadísticas y referencias históricas, económicas, educacionales y sociales que reflejan la marginación del negro frente al blanco o la marginación del blanco por las políticas de discriminación positiva, de igualitarismo, utilitarismo o favoritismo para eliminar la discriminación al negro, que a veces lo que hacen es añadir más confusión o gasolina a la situación. Y las menos serias están conformadas por estados de ánimo comprometidos en vídeos, fotos, memes y emoticones situados en un espectro u otro de la polémica que es política e ideológica, por no decir que también filosófica. Estas opiniones no son un ingrediente menor en la situación de violencia verbal y física, ya que tanto la información formal como la informal son un estimulante de estados emocionales contagiosos y conductas disruptivas.

Lo cierto es que el racismo es un conflicto que sigue sin resolverse en los Estados Unidos, donde es una paradoja del desarrollo que la libertad, el derecho, la economía, la ciencia, la tecnología, la cultura y la educación han alcanzado en ese país hasta ser un modelo y un destino para muchos. Es un problema complejo, de enorme sensibilidad social y lleno de aristas afiladas que lo hacen difícil de explicar y embarazoso para una moralidad que nos toca a todos. El racismo no es una excepción en este país, en otros lugares del mundo los problemas de identidad y la relación con lo que se halla fuera de nosotros institucionalizado como “lo diferente”, también adquiere la forma cruel y destructora de los arquetipos raciales o se diluye en otros conflictos donde se enfrentan nacionalidades, géneros, etnias, religiones e ideologías. Lamentablemente un problema de tal complejidad ha sido abordado poniendo un simple algodón en profundas heridas históricas que sangran sin cicatrizar, cuando ha hecho falta una cura de todo un equipo sanitario para suturar y prevenir. Si no se va al origen del mal y se hace una intervención lo más drástica posible económica, social, cultural y educativa con políticas nuevas, la enfermedad del racismo que será inevitable por mucho tiempo, puede convertirse en el inicio de una catarsis social de consecuencias imprevisibles hacia otras etnias que ya están en el ojo de la mira. Hoy es el negro, pero mañana pueden ser el chino o el latino. El racismo no se puede aislar de otros problemas que tiene la sociedad, y eso es lo que se deduce de las opiniones del racismo negro y del blanco, pero lo grave es que haya desbordado la esfera social reflejándose en la esfera institucional, ya que si bien el racismo no está institucionalizado sí es identificado con personas que actúan, representan y se benefician de las instituciones, como es el reciente caso de la muerte del señor Floyd.

No es fácil la solución de un problema que se ha vuelto estructural, ya que no es únicamente político, ni cultural, ni económico, ni social, ni educacional, como algunos aciertan de forma fragmentada, sino es todo ese conjunto de relaciones entre lo público y lo privado, lo colectivo y lo individual, la historia y la memoria, la democracia y lo que John Rawls llamó los dos principios de la justicia: el derecho de igualdad y el modo en que son conformadas las desigualdades sociales que han dado lugar a la exclusión y la autoexclusión de un hecho referencial y constitutivo de la nación norteamericana. El racismo no es el único problema creado como un subsistema o sistema “parcial” de relaciones, como le llamara T. Parsons, que funciona cada más independiente del sistema, pero posiblemente sí es el más grave, aunque cuando un subsistema funciona mal habrá otro que tampoco lo haga bien, como se deriva a nivel teórico de la teoría de sistemas del científico norteamericano. Al problema, ya de por sí complejo, se suma la ideologización del victimismo que sobre todo desde cierta izquierda se ha lanzado como un fantasma a recorrer el mundo. Aunque en la discusión que ha generado el racismo, prima una enorme cantidad de discursos marcados por las ideologías de izquierda, la derecha tampoco se queda atrás, y ambas tratan de “legalizar” pautas de comportamiento fortaleciendo la cultura del racismo negro y del blanco. Las discusiones de quienes buscan una solución parecen dirimirse entre dos extremos: la ingeniería social y el desmantelamiento del sistema, sin embargo ni uno ni otro son soluciones correctas, duraderas y viables, que sí pudiera ser la intervención del Estado con profundas reformas que mediaran en el cisma que se está produciendo como consecuencia de una demanda de solución que ya traspasa las fronteras de los grupos más perjudicados.

Culpar al sistema y no al funcionamiento de las partes del sistema con lo que implica la parte que nos toca a todos como una pieza de este, es facilitar la creación de una leyenda de victimización sin tener en cuenta la responsabilidad colectiva de la democracia, que incluye a quienes representan las instituciones y los que somos representados dentro del conjunto de los grupos sociales. El racismo como todos los demás objetos de las microideologías de la mujer, el género, el medio ambiente, entre otras, es un problema de la sociedad, pero el sistema no es el problema como se quiere hacer ver en el relato que se practica del racismo. El sistema no es racista, pero las personas que interaccionan en las instituciones y fuera de ellas sí sufrimos un tipo de racismo activo o pasivo, somos emisores o receptores, como parte de una mala adecuación de los valores normativos de la cultura social que aprendemos durante el proceso de estratificación cultural, social y económica en la que los valores de la diferenciación –heredados de la familia y los grupos sociales a los que pertenecemos– son más fuertes que los de las semejanzas. Los valores endógenos con los cuales nos identificamos positivamente se enquistan dificultando la movilidad social de un grupo a otro a través de la semejanza con el otro diferente. Este enquistamiento es histórico y ha fortalecido la cultura identitaria del negro como reacción a la dificultad de integración. A ello han contribuido las políticas emanadas de las teorías multiculturales mal sustentadas que favorecen a las minorías pero limitan la integración, como ha sucedido en Francia donde los grupos étnicos no perciben el multiculturalismo como una política de justicia social, sino como exclusión, algo así como “te quiero y te ayudo como puedo, pero manteniéndote en tu lugar”. La filosofía del multiculturalismo no ha demostrado que sea la solución para la discriminación, pero sí ha exacerbado el problema identitario del principio de la diferencia, que debía cambiar el paradigma por  todos somos diferentes, pero no menos que los que son iguales.

Habría que abordar el problema desde el punto de vista estructural que implicaría unas reformas profundas destinadas no sólo a evitar las consecuencias de la discriminación racial, sino a prevenir cualquier tipo de discriminación haciendo un viaje hacia las causas viejas que lo han motivado y las causas nuevas que lo alientan. Ni los negros ni los blancos son el problema del racismo, sino una falta de adecuación de pautas del sistema que permitan que las identidades étnicas fluyan sin que unos vean a los otros como victimarios, ni se vean a sí mismos como víctimas. Las políticas de discriminación positiva como la de las cuotas a empleos, matrículas y cargos lo que han hecho es reforzar la idea de la víctima y el victimario, que ya no solo se parapeta detrás de una representación simbólica del poder, sino que además reproduce en sí mismo para la víctima una identificación con el sistema. Si hay discriminación positiva es porque hay discriminación negativa y ambas como se quiera son discriminatorias tanto para el blanco como para el negro, que se ve a sí mismo como alguien que recibe compensaciones del sistema no porque lo merezca por su talento y capacidad, sino porque es un ser deficitario, con lo cual se amplía la imagen de víctima que ya tiene de sí mismo por vivir en un sistema que desde la infancia y la familia lo enseña a ser “lo diferente”. La discriminación positiva como las políticas multiculturales lo que hacen es reforzar la idea de que son comunidades diferentes y por tanto están fuera de la idea de sociedad ideal que tienen algunos.

Como se ve actualmente, la discriminación positiva por sí sola no es una solución si no viene acompañada de una transformación estructural del subsistema de las relaciones sociales con las minorías. Podemos suponer que el verdadero problema es el de la identidad de la diferencia que ha trasladado la interpretación de los conflictos tradicionales de las desigualdades sociales y económicas al terreno de las etnias, los géneros, las nacionalidades y las religiones, fundamentalmente, conformando comportamientos sociales nuevos sustentados por microideologías que han sustituido aquellos dos relatos ideológicos que rivalizaron cuando los dos grandes sistemas se disputaban la hegemonía antes de la desaparición del bloque comunista. Ni las políticas igualitarias, ni las utilitarias, ni las prioritarias que han sido aplicadas de alguna u otra manera después de la Segunda Guerra Mundial son suficientes hoy en día para solucionar el problema de las diferencias. Al revés, posiblemente estas soluciones estén en el eje de los conflictos y son aprovechadas por las políticos del oportunismo y el populismo. De cualquier modo la discriminación positiva institucional con la cual se trata de paliar la discriminación social de razas, géneros y etnias no deja de ser otra forma de discriminación institucionalizada, con graves consecuencias como las actuales si no hay un cambio de mentalidades que solo son posibles mediante la educación en valores de semejanza e igualdad, ya que aunque no se quiera la semejanza no es correlato de la igualdad, junto con medidas políticas que estimulen el esfuerzo de los desfavorecidos por la desigualdad y protejan la discapacidad y la incapacidad. Esas políticas por un lado han creado una mentalidad de víctima en un segmento de la población negra y por el otro de discriminación de una parte de los blancos que acusan de parasitismo a los negros, cuando muchos de ellos mismos hacen uso de las Foodstamp y el Medicaid, por ejemplo, sin que sea justificada su necesidad.

Los posicionamientos frente al caso que ha suscitado el debate, las protestas y los saqueos han estado mediados por una idea de la justicia que las microideologías de izquierda han estandarizado responsabilizando al sistema, a pesar de que el racismo, como otras discriminaciones de minorías, de género y otros tipos, por ejemplo, en sistemas de izquierda no ha sido solucionado. Es así cómo las opiniones han tomado un sesgo que impide ir al fondo del problema de las relaciones de identidad que favorecen la diferencia asimétrica que formalmente se define como la desigualdad en sus múltiples formas. Aunque parezca un silogismo, la diferencia y la desigualdad son dos caras de la misma moneda, la desigualdad es la forma de la diferencia asimétrica y ambos son representados simbólicamente en el lenguaje y los comportamientos racistas individuales, colectivos e institucionales. Lo que las instituciones y la sociedad debieran prepararse para aceptar es la diferencia simétrica: somos diferentes los individuos y los grupos sociales donde estamos integrados para nuestro confort, pero también somos iguales en la igualdad real, insisto en real, de medios para satisfacer las necesidades del valor propio del individuo dentro de nuestro grupo y fuera. La idea de la igualdad que se promueve desde esas microideologías sociales que han estimulado los comportamientos antisociales de resistencia a la autoridad y de saqueo como una forma de equiparación al poder, son discutibles desde el punto de vista de la justicia, sin embargo hay que decir que políticamente hablando son un recurso de último grado que posibilita a las instituciones rehacer la prioridad de la justicia sobre los errores de la eficiencia del sistema, permitiéndole a la democracia la ampliación de su capacidad de absorción.

Finalmente, me gustaría acabar este retrato en blanco y negro con una reflexión que pudiera salir de la propia vivencia de cualquiera que haya vivido en una sociedad multiétnica. En estas sociedades en razón de la diferencia todos somos racistas en un grado mayor o menor en dependencia de los patrones culturales y educativos y de la situación en la que nos encontremos, sin embargo consideramos racistas a aquellos que practican una actitud dominante de la diferencia en su relación con los que no son sus iguales de grupo étnico y cultural. Lo mismo se puede decir de las relaciones de diferencia con otros grupos sociales a los que no pertenecemos. El machismo, la homofobia, el etnocentrismo de la ciudad frente a los del campo, por citar pocos ejemplos, son parte de ese mismo principio de la identidad de la diferencia que nos define de una forma positiva. El paradigma de lo diferente es el que rige la representación que podamos tener de los demás, cuando vemos a una persona que se arrastra sin piernas le cedemos el sitio porque no constituye un peligro y además reconforta nuestra demanda de gratificación moral, pero si esa persona está andrajosa y maloliente o lleva un arma, nos alejaremos de ella disimuladamente o con rapidez. Lo diferente puede o no llevarnos a tener un comportamiento u otro en la medida en que pueda afectarnos, no sólo por los patrones educativos y los valores con que nos conducimos. Hay un sinnúmero de motivos por los cuales los negros rechazan a los blancos y viceversa y todos tienen que ver con aspectos con los cuales se ha conformado nuestra identidad desde la niñez y con la relación que tenemos con los grupos sociales a los que pertenecemos. En dependencia con los valores que emanan de esta relación es normal no sólo el surgimiento de paradigmas de rechazo, sino también de comportamientos episódicos que no llegan a convertirse en actos que nos caracterizan.

Los estudios que se han hecho sobre el racismo, basados en famosos experimentos psicológicos como el Dolls Test, demuestran la tendencia del individuo a elegir o rechazar según un patrón que forma parte de su identidad. La identidad no es un proceso concluido y definitivo, y sí es aprendido acorde a una serie de factores de la personalidad, de las pautas culturales y sociales y de la situación que condiciona al sujeto a un comportamiento u otro. En ese sentido todos tenemos actitudes racistas hasta que no se cronifican y empezamos a pensar como racistas. Muchas de las opiniones y de las actitudes de negros y blancos están basadas en este supuesto. Es necesario que se tumbe esa pared como decía Banksy en su homenaje al señor Floyd, para que el sentimiento de justicia de la sociedad blanca y negra se corresponda con la concepción de justicia de la democracia, entonces podremos pensar que vivimos una idea estable de la misma, mientras tanto habrá que seguir hablando de racismo y de mejorar el sistema, de negros malos y blancos buenos, de negros buenos y blancos malos. El problema del negro y el blanco tiene muchos colores que corregir.


Ilustración: Pulp Fiction, de Banksy