EL MINUTO DE GLORIA DEL MINISTRO

Antes de ayer pudimos ver, gracias a los teléfonos móviles que llevaban los jóvenes, la peor imagen que un país podría dar de sí mismo cuando el Ministro de Cultura cubano agredió a un joven que dirigía el teléfono hacia él para grabarle. La paranoia y el miedo que a veces suele traducirse como valentía puede que le haya jugado una mala pasada al ministro que se sintió agredido y apuntado, no por un joven intelectual o artista, sino por un mercenario pertrechado con la peor de las armas contra la falta de libertad: un teléfono con conexión a internet que pronto fue censurado por el Gobierno dejando sin conexión a los habaneros de la zona. A pesar del respaldo oficial y oficialista la acción del ministro no tiene ninguna excusa razonable, ni la defensa de su integridad estaba amenazada, ni la de la Revolución con la cual ya se ha naturalizado cualquier barbaridad y contradicción entre el ideario y la práctica, adaptándose uno y otro según la conveniencia, como está siendo ahora con la nueva Constitución en una extraña demostración de lógica paradójica en la que se avanza para atrás. Con un ministro que le teme a la cercanía de un teléfono móvil y agrede a quien lo lleva es imposible hablar si no es por teléfono. El diálogo como solución de problemas o como recurso de distensión es imposible con un señor que parece sentirse agredido porque sus prejuicios hacia el interlocutor lo convierten en enemigo. Y si el diálogo que es la esencia de la cultura se vuelve imposible entonces el Ministro no es la persona para representar a ninguna de las partes.

Lo que vimos frente al Ministerio de Cultura de Cuba es el primer fotograma de una película que ha echado a andar y que podrían titular el principio del fin aunque no se sepa el metraje, el próximo Congreso del Partido podría ser el guión o en su defecto la escaleta de los acontecimientos que el propio Lenin llamó situación prerevolucionaria. No es un hecho aislado del contexto anacrónico y de paranoia política que vive el país acrecentado por la incultura política de los actuales líderes, particularmente relevante como síntoma de la mediocridad de la vida cultural y sus relaciones institucionales como reflejo de la mentalidad política que se ha fraguado durante años de estancamiento y obsolescencia. Habrá que recordar este momento memorable de la cultura del chancleteo en el cual la máxima autoridad política de la cultura, representante de las instituciones del estado y de los creadores, se enfrentó físicamente a un grupo de jóvenes artistas acusados de mercenarios aunque la única arma que portaban eran sus teléfonos móviles, gracias a los cuales la represión hacia ellos no ha tomado un camino aún peor del que hemos visto, desde que la política cultural ya de por sí cuestionable, en manos de estos burócratas se ha convertido en un arma represiva per se, en vez de un instrumento político como habrá muchos partidarios de la Revolución que hubieran querido que así  fuera. Eso sucede cuando la burocracia se viste de policía y la sustituye de sus funciones, lo mismo que dicen querer erradicar con uno de esos decretos con los cuales prevén disimular la represión.

¿Con qué moral se podrá reprender a otros jóvenes que decidan defenderse con la fuerza cuando el Ministro ha agredido a uno sin que estuviera justificado por la necesidad de defenderse? ¿O es que el Ministro sintió amenazada su vida por el teléfono que “lo apuntaba” como dicen que dice el periódico Granma? ¿O es que el Ministro ausente el 27 N se ha visto en la obligación de refrendar su autoridad y valor revolucionario ante sus jefes? ¿Cómo se puede hablar con un Ministro de Cultura que a la primera contradicción con lo que él cree debe ser le puede lanzar un puñetazo a su interlocutor? ¿Cómo se puede conversar con uno que es incapaz de marcar distancia de su cargo y edad para enfrentarse a unos jóvenes que son hijos de la sociedad que él representa políticamente? Hay muchas preguntas que pudiéramos hacernos sobre la actitud del tal Alpidio, ya que muy lejos está de haberse portado como un Ministro de Cultura, pero la que no podemos dejar de hacernos es ¿Cómo es posible que ese país haya llegado a una degradación tan grande cuando cuenta con una rica tradición cultural y educacional, sostenida por una relevante galería de autoridades literarias y artísticas que han servido a la cultura y la política cultural durante la República y la Revolución, respectivamente, con sus aciertos y errores de todo tipo?

Lo que ha pasado no puede considerarse una anécdota aislada del comportamiento díscolo de un miembro del Gobierno, sino un síntoma de la degeneración política de una clase política emergente que ha heredado un problema para el cual no tiene preparación con que afrontarlo. Los lugares comunes a los que apela la prensa oficial y la burocracia de gobierno son el resultado del reciclaje de lo peor de políticas de contingencia en las que el machismo, la “guapería” y la intransigencia son significantes de la impotencia, la ignorancia y el manejo de situaciones de estrés político con gasolina en la mano. Cuando la autoridad cultural ha sufrido una deformación tan grande y la misma no se basa en el prestigio y la calidad de la obra artística o de gestión, sino en la obediencia política y el provincianismo cultural al que no escapa buena parte de los que hoy viven fuera del país, dichos burócratas están obligados a valerse de cualquier medio para sobrevivir, ejerciendo el poder con la soberbia, el matonismo y la chabacanería que pudimos presenciar y que forma parte de una manera de ver el mundo. Las élites culturales que habían compartido con la cultura popular la creación y la administración han sido desplazadas por eso que hoy corroe los estamentos de la vida nacional y de lo cual el representante de la cultura ha sido el mejor ejemplo.

No se justifica la conducta del Ministro que ha abusado de su poder, en cualquier circunstancia, y la peor de ellas, que esos jóvenes se hubieran presentado dirigidos, pagados y con la intención de provocar a los funcionarios de Cultura, supuesto del que no hay testimonio, aunque no les faltaría razón para ello, si cuando en la propia historia cubana desde el siglo XIX se haya documentado que quienes se rebelaban necesitaron ayuda y apoyo económico y logístico también de los EEUU. La historia, esa que efectivamente se ha escrito desde el poder como en otros países, pero sin oportunidad para ver otras versiones, no es la única aunque así se haya hecho creer. Por otro lado, seguramente, muy pocos de los próceres de esa historia y representantes de la cultura del país, patriotas de izquierda y de derecha, independentistas, no independentistas y revolucionarios que triunfaron en el 59 aprobarían semejante actitud del Ministro. Además de que es un error político que sólo lo favorece a él en el papel de coreuta del Presidente de los generales y doctores, pero no al país ni a la misma política que su Gobierno trata de llevar a cabo.

Sería insólito en cualquier país normal que un ministro cometiera públicamente una pérdida de sus papeles de ese modo y luego no se disculpara o pusiera su cargo a disposición del jefe del Ejecutivo. Un mal día puede tenerlo cualquiera, sin embargo este señor que no parece trabajar para la sociedad, sino para una parte y que actúa para sus jefes, ha recibido el aplauso de aquellos, garantizando y autorizando la violencia y con ello la reciprocidad de la misma. Es un hecho realmente alarmante que la defensa de la ideología y el poder desde la cultura ya no se haga mediante la política, sino que ahora se esté legalizando la anticultura expresada mediante el extremo del cual la cultura siempre se mantuvo alejada. Hoy se ha equiparado la defensa del poder a través de la cultura también por la violencia y la misma se ha legitimado con el apoyo del propio Presidente. Lo que parece una simple anécdota de barrio en la cola por el pan, adquiere una connotación política grave que a ojos de los coreutas satisface, pero también a los ojos de quienes pueden estar viviendo una situación de enajenación social y política y ven cómo la violencia civil ha encontrado una justificación en el lugar donde siempre se había logrado dejar la violencia fuera.

En cualquier otra situación, sin el respaldo de los pretorianos y del aparato del Estado, y frente a alguna otra persona, sería interesante ver cómo el Ministro y otros bravucones guardan y dónde la cólera ideológica. Como sabemos, los llamados abusones, lo son generalmente por motivos que pueden ser denigrantes y no merece la pena enunciar aquí, y escogen bien el lugar y las víctimas. Que unos advenedizos abusaran de unos jóvenes que solo llevaban los teléfonos móviles como garantía los hace equipararse a aquellos que durante la dictadura de Batista abusaron de diferentes maneras y alentaron a que se le enfrentara la generación de jóvenes de aquella época. La violencia engendra violencia y a veces puede ser justificada incluso para quienes no la prefieren, el mismo Gandhi hacía notar la excepción. El Ministro y aquellos que respaldan un gesto como ése ponen en riesgo la idea de la no violencia y la resolución de las diferencias por otras vías. Como me dijo una vez un amigo poniéndome una pistola en la mano, cuando llevas una pistola y la sacas tienes que saber usarla y justificar que la usas, si no es mejor dejarla en el bolsillo porque es un acto con consecuencias imprevisibles. El Ministro ha sacado la suya, ojalá sus jefes al menos sepan parodiar lo que dicen que le dijo el dictador Francisco Franco al Embajador Lojendio cuando se enfrentó a Fidel, ‘bueno como cubano, malo como político.’

Cuando en un país por el motivo que sea un ministro se enfrenta a un teléfono móvil que “le apunta”, como dicen que dice el periódico del país, y no hay quien se atreva a desaprobarlo y al contrario se le premia con elogios al valor, sin que exista otro medio o personas públicas que desapruebe esa actitud, es que ya ha entrado en una fase de deterioro que sólo puede sanarse con un cambio profundo. Habrá muchos que hubieran querido estar allí para poner a prueba el arrojo del Ministro a pesar de la cohorte que lo rodeaba. Como dice el dicho, dime de qué presumes y te diré de qué careces. Si el fin justifica los medios, como parece entenderse de las opiniones de apoyo al Ministro, y los llamados revolucionarios ven en la violencia ese medio, pudiéramos estar llegando a esa fase en el que la gente se da cuenta que nadie escucha, tampoco deja hablar y se ve obligada a dejarse oír. No puede ser bueno para un país que todo se arregle con la exclusión y la violencia, no importa los fines que se persigan. Lamentablemente a veces parece que detrás del poder no sólo nadie escucha, sino que tampoco piensa. Eso sí es grave.

Este ministro ha tenido dos minutos de gloria y los dos han sido por jóvenes de su gremio y sus demandas, el primero por huir del problema, y el segundo por enfrentar el problema con gasolina, ojalá sea el último por lo menos para evitar la extensión de las llamas que ha provocado su política y su actitud como político, poco responsable y nada modélica de quien gobierna sólo para una parte en tiempos que no son de ministriles que confunden la unidad con la unanimidad.