SÓLO LOS CRISTALES SE RAJAN

Por otro lado es necesario hacer una distinción entre disidencia y oposición para entender que es un error satanizar y castigar a personas por representar a la dictadura sin haber cometido crímenes, ya que a pesar de lo que siempre se ha supuesto desde el exilio, el cambio y el fin del régimen presumiblemente no llegará de afuera, sino de las propias filas de aquellos que han representado el poder y desde el poder hayan ido obligados a transformar su visión para conservar el estatus quo. Cualquier régimen en decadencia como es el cubano lleva en sí mismo el cambio, y si este no se ha producido es también porque la falta de soluciones, esta siendo sustituida de forma notoria y progresiva por la represión y el miedo que se deriva de esta sin una oposición creíble y con capacidad de movilizar a la disidencia. La convocatoria de movilización planeada por el grupo Archipiélago para el 20 de noviembre es un ejemplo, junto con la gran cantidad de disidentes que huye por cualquier vía. En las actuales condiciones hay un notable porcentaje de disidencia, in crescendo a la medida con la frustración en que el discurso deja de corresponderse con la realidad y los ideales, sin embargo el coraje para defender la disidencia y convertirla en oposición es privilegio de unos pocos, que aún no se corresponde con el tamaño del aparato represivo.

Dicho aparato no sólo puede contabilizarse por el acoso, la persecución, la represión física y la encarcelación con la petición de penas desproporcionadas incluso de menores. También el sistema de relaciones, de competencias y méritos se basa en la disciplina ideológica, haciendo de la disidencia una forma silente, sostenida por la doble moral, so pena de sufrir el castigo que se da a los que se oponen. La línea que separa la disidencia de la oposición es tan fina que caminar sobre ella puede romperla, a veces basta un error de apreciación o una crítica, haciendo que quienes disienten aunque sea dentro de la complicidad ideológica se inhiban. Todo el sistema institucional es una parte fundamental de ese aparato represivo, actuando como brazo legal para normar y normalizar la represión mediante las políticas institucionales, da igual que sea a través de la enseñanza que modela el discurso de justificación de la represión, configurando un tipo de individuo acorde a la finalidad política e ideológica del poder. La meritocracia del régimen está basada en competencias que premian la fidelidad, la disciplina y el patriotismo según el discurso ideológico sin fisuras ni alteridad, son un ejemplo los castigos impuestos a quienes creyeron en el proceso llamado de rectificación en los 80 y más tarde la depuración de la nomenclatura con visos reformistas. La disensión en Cuba convive en el único espacio donde es tolerada la diferencia: la clandestinidad, la intimidad y el silencio. Es imposible saber cuántas personas disienten y serían capaces de romper la inercia para expresar su oposición a la situación de privaciones que viven a diario.

El papel de víctima y el de represor están tan institucionalizados e interiorizados en el cubano que a veces resulta difícil separar el uno y el otro de los comportamientos, incluso fuera del contexto. La doble moral es la solución para sobrevivir a una dicotomía tan abrumadora, y forma parte de la política del poder como un instrumento más de dominación y de compensación a la falta de libertad y soluciones a los problemas que padecen los ciudadanos. En este sentido viene al caso señalar que la gran obra de la Revolución cubana ha sido crear un ecosistema capaz de producir un “hombre nuevo” determinado por la doble moral, que ha logrado exportar hasta conformar fuera de la isla una población altamente rentable para sus intereses. El exilio político y más reciente exilio económico, que gusta llamarse a sí mismo migración, comunidad y otros eufemismos, acorde con el criterio del Gobierno para ocultar la verdadera causa y raíz de la necesidad de emigrar, no sólo es un aliviadero para deshacerse de la disidencia y la oposición, sino que también es un apoyo financiero fundamental. Gran parte de este exilio es rehén de su doble moral con la cual legaliza la represión de otra parte de Cuba que se encuentra dentro de la isla, neutralizado políticamente por la extorsión a que es sometido por el Gobierno con determinadas obligaciones, incluidas la del comportamiento sanitario para poder mantener derechos como el de entrar al país. No obstante la doble moral siempre encuentra el modo de ser justificada por el miedo a la represión, la necesidad y la familia.

Acorde con su visión, tanto la izquierda como la derecha han intentado comprender y justificar los más de 60 años de la dictadura cubana por el heroísmo frente a los Estados Unidos, si son unos, y los otros con la represión del Gobierno. Sin embargo la respuesta es menos simplista y compromete la honestidad y la inteligencia de todos. Los análisis mecanicistas al uso ya sean porque convierten la conciencia de clase, económica y política en sujeto de los procesos o porque independizan los mismos del sujeto, nos hacen ver que las cosas transcurren en mundos paralelos, cuando en sociedades como la cubana, sin separación de poderes ni libertad de elección y con una meticulosa manipulación ideológica de las relaciones, la represión se ha reinventado en sutiles formas de corresponsabilidad de la sociedad a través de políticas institucionales. Los sujetos, desprovistos de su carácter individual, son meros instrumentos que colaboran activa o pasivamente en la construcción del sistema de represión en el cual conviven sin siquiera comprender su papel. Con una sola lectura de los fines ideológicos de la propaganda política y el sentido de la unidad que constituía la joya de la estrategia de su líder, podemos hacernos una idea de cómo la complicidad se convirtió en el engarce de todas las piezas de la maquinaria del poder, creando un sistema en el que la complicidad es una forma ficticia de poder, compartido y repartido en toda la estructura social, del cual ni aún hoy las generaciones menos comprometidas han podido separarse totalmente de su funcionamiento. Hasta años recientes en los que el único empleador era el Estado nadie podía decir que no fuera una pieza de ese aparato, hoy a pesar de los pequeños intersticios de autonomía la dependencia sigue siendo abrumadora.

Por otro lado, si fuéramos a ajustar las cuentas de todo el que se ha marchado del país, después de haber ejercido un cargo de representación o poder dentro del régimen, haya abjurado o no, tendríamos que hacer un muro de fusilamiento tan largo que una de sus puntas entraría por las ventanas del Palacio de la Revolución en La Habana y la otra por la puerta del Versalles en Miami, sin que pudiéramos evitar el error de fusilar a gente inocente. Siempre la idea de convertirnos en justicieros, esa misión tan romántica de la cual la izquierda ostenta patrimonio, nos puede convertir en asesinos. La gran fórmula de las transiciones y cambios de regímenes, incluso mediante la fuerza, ha sido la reconciliación aunque esté de moda por una parte de la izquierda la revisión del pasado para ajustar cuentas en el presente. Si después de la derrota de Hitler se hubiera juzgado a todo el pueblo alemán, que fue cómplice por acción y omisión de los crímenes de führer, se habría tenido que condenar a toda la población incluyendo a aquella que después de la división quedó en territorio comunista. Por poner otro ejemplo, si la transición española no hubiera sido lo que fue, a pesar de la pataleta de cierta izquierda, los intelectuales franquistas, como Camilo José Cela, Premio Nobel, no habrían podido sobrevivir a la justicia comunera y los españoles no habrían disfrutado de sus excentricidades y de su obra.

Con Cuba sucede algo distinto, algunos comisarios políticos de la cultura o aspirantes, por mencionar algunos que recuerdo, después de hacer profesión de fe en el exilio fueron perdonados e incluso corremos el riesgo de que nos obliguen a hacer votos por su santidad, mientras que otros que murieron en la isla sin desdecirse de su complicidad, son recordados por esta y no por su obra. Se trata de la misma vara de medir que el régimen ha usado siempre para mutilar la parte de la producción literaria y artística de quienes han dejado de comulgar con su iglesia y asumen el camino de negarlos tres veces. Cualquier parecido entre unos y otros descansa en el mismo radicalismo que como ladrillos construyó la ideología, la política y la moral de un proceso que algunos han vivido con más o menos intensidad desde dentro y desde fuera. Un gen autodestructivo cultivado en el patriotismo ideológico conveniente al régimen, donde el arrojo y la justicia son correlatos de bravuconería y castigo, la debilidad y el consenso son castigados con la misma fuerza que la diferencia, y esta es considerada infidelidad.

Cuando se intenta castigar a un simple locutor, como el señor Smith de marras, por haber repetido el discurso represivo de la dictadura cubana, se está desviando el foco del verdadero culpable de la represión y del origen de la misma. Además de que la naturaleza de la víctima y el victimario se interpretan fuera de un contexto de excepción que obliga a revisar los criterios de justicia. Una cosa es recriminar su conducta de complicidad, de la misma manera que son censurables otros tantos ciudadanos con presencia pública como algunos intelectuales —a pesar de que dadas sus posiciones relevantes difícilmente serían tocados—, y otra es que nos tomemos la justicia por nuestra mano como hacían los alemanes para denunciar a los judíos con los que habían convivido hasta entonces. En eso los cubanos no nos quedamos cortos y hemos mostrado la oreja peluda a lo largo de las seis décadas de Revolución. Los Comités en los barrios han sido instituciones neurálgicas de la vigilancia, denuncia y represión, y los actos de repudio, de antes y de ahora, un síntoma de hasta dónde la sociedad cubana ha estado comprometida por el miedo y la complicidad, no obstante casi todos los de mi generación hicimos la guardia y participamos de los trabajos voluntarios, otros participaron en deleznables actos de repudio sin que les hubieran obligado y hoy desde la otra orilla del exilio repudian a quienes no salieron el 20N.

Hace ya muchos años le enseñaba la ciudad a un amigo de visita en Madrid, cuando de pronto nos encontramos a una persona eminente en los medios intelectuales de la época, conocida por su inteligencia y agudeza para tratar los problemas de actualidad. Mi amigo se acercó y le llamó por su nombre al mismo tiempo que la saludaba. Pero la persona le dijo: Se equivoca, no soy esa persona, no me llamo así y no soy cubana. Mi amigo le insistió mientras me miraba estupefacto, esperando que yo le confirmara su error. Sin embargo esa persona había decidido dejar de ser cubana, si eso fuera posible. Su visión era tan crítica sobre lo que creemos ser que había tomado el camino más drástico adoptando otra identidad para volverse invisible como Zequeira. Al cabo de los años, después de haber vivido por más de 30 años en la otra orilla, pude comprender a aquella persona, aunque no comparta su elección. Esperemos que el hombre nuevo que quiso crear la Revolución cubana además de ser mister Hyde no sea también Caín que acabe con la familia.

Nadie debería tener miedo de huir del miedo, y el exilio no debería ser el verdugo de quienes huyen sin haber cometido crímenes. El exilio no tiene personalidad  jurídica y su jurisdicción y jurisprudencia corresponde a la de cada país donde se halle, pero sí debería ser una abstracción de la imagen de lo que aspiramos que sea el lugar de donde huimos, la casa común con una familia diversa donde Caín no pueda vivir. Parodiando aquella frase doctrinaria de la propaganda sobre el coraje y la fidelidad, profundamente machistas, por cierto: también los hombres se rajan, y casi nunca mueren de pie.

Ilustración: Wolfgang Stiller