las vacaciones y el micro placer

La crucificción de la virgen, fotografía de León de la Hoz

Llegan las vacaciones y con ellas el placer de las cosas pequeñas. Yo disfruto de mi hijo de seis años, cada vez más pegado a mis costillas como carne de ellas. También me abandono cuando puedo y pienso en los detalles del mundo que me rodea. Es la mejor manera de pensar, me lo enseñó un amigo que trabajaba en una funeraria despiezando cadáveres. Esos detalles que parecen cosas pequeñas, aislados del todo se tornan descomunales como si esperaran una mano de alfarero que los amasara y torneara, hasta que son reducidos a la expresión humana que necesitan para ser vistos y considerados por nosotros. Pienso, luego pienso. No importa si no existo.

Disfrutar de los placeres pequeños como pensar o tumbarte en la hierba de un parque a ver los nervios de las hojas que se hallan delante de tus ojos, tiene el mismo efecto que recordar las partes de aquellos cuerpos desnudos que perdiste con la edad. De hecho esos escorzos constituyen el sostén de la verdadera memoria. La memoria son retazos de la vida, piezas que a veces se superponen formando verdaderos monstruos de nuestra existencia. Ese es uno de los motivos de la locura, no comprender quienes somos a causa de la imagen equivocada que podemos hacernos de nosotros mediante la memoria. No recordarnos.

La propia sociedad parece al tanto de esta idea para no enloquecer. Últimamente asistimos a una verdadera disentería de cosas pequeñas. Antes nuestra vida se movía hacia las cosas grandes en una demostración de poder y vanidad: grandes ciudades, grandes puentes, grandes edificios, ahora todo se vuelve a una dimensión más humana, ridícula. También el mundo de las ideas pretendía la comprensión del mundo y su cambio, ahora propone la transformación de las personas sobre todo mediante ese maremágnum de espiritualidades y manuales prácticos destinados a la felicidad individual.

Lo que más llama la atención es el empequeñecimiento del arte y la literatura no sólo porque cada día dicen menos, sino por los formatos reducidos dirigidos a su rápida ingestión. Basta ver todos los días ese engendro de la vagancia que se llama micro relatos que inunda los medios. Si hay comida rápida porqué no literatura rápida. Todo mengua, se contrae, encoge y achica para una ingesta y digestión veloz. No importa que luego lo abandonemos en el váter. Hace unos días oí hablar de micro machismo y creí entender que hablaban de un pene pequeño. Antes se decía: caballo grande, ande o no ande. Ahora se dice: el tamaño es lo de menos, chiquito pero matón. Ridículo. Adiós, me voy al mar.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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