ponerse en el lugar del otro

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El otro, foto de León de la Hoz

 

Cuando veo al padre de familia avergonzado de pedir una limosna, no puedo dejar de maldecir a aquellos que sin escrúpulos han llevado a este país a la ruina, también a los que se regodean asquerosamente en sus riquezas. Sé que no es de buen cristiano maldecir, ni de buen ciudadano o persona educada, sin embargo cuando uno ha visto a ese padre taparse la cara para pedir por sus hijos, piensa de qué sirve a veces ser buen cristiano, si Dios ha demostrado que es sordo, o ser ciudadano que reclama sus derechos, si hoy protestar es un crimen para muchos a quienes hemos elegido, incluso ser buena persona es un sacrificio en una sociedad que premia lo contrario.

Ayer vi a un hombre de los tantos que se avergüenzan de convivir con nosotros. Ese hombre con la cara contra pared, que sólo volvía para pedir en voz baja como un rezo, lloraba hacia dentro como un perro al que hemos echado y reclama un lugar en el jardín. Los perros que tenemos en nuestras casas son unos privilegiados. Este hombre era la primera vez que salía a buscarse la vida en la calle, se le veía en sus modales, en la ropa con la que hasta hace poco iba al trabajo que tenía, en los zapatos todavía sin gastar, pero sobre todo en el rostro pálido y conmocionado. No alargaba la mano, como si supiera de antemano que nada le darían, y hablaba como consigo mismo con la voz trémula de un condenado a muerte.

No sé cómo hay gente que puede conciliar el sueño. Yo todos los días vuelvo de la calle con el corazón arrugado de las escenas que veo y las historias que me cuentan. Odio ponerme sentimental y las palabras que rezuman miel, prefiero la hiel como escritor. Mi amigo José Rodríguez Feo, Pepe, que había sido millonario, me decía cuando nos quejábamos de los problemas de Cuba, que a veces la mejor manera de solucionarlos es ponerse en el lugar de los demás, o sea, en este caso, de los que más sufren. Decía que si quienes gobiernan pasaran cierto tiempo en la calle y menos en los despachos, el mundo sería diferente. Creo que siempre hay que ponerse en el sitio de los otros para entender porqué actúan de una manera y comprender antes de juzgarlos.

Yo hice el ejercicio, me puse en el lugar del padre y comprendí el sufrimiento de aquel hombre desesperado, también me situé en el de los hijos. Luego me cambié de lugar adonde los banqueros y políticos y no he dejado de maldecirlos, ya sé que no sirve de mucho, pero al menos me reafirma en la creencia de que no hay razón moral, ni ideológica, ni política para hacer sufrir a tanta gente a cambio de poder y dinero. Lo peor de todo es que hemos aprendido a vivir en la hipocresía. Nos basta con dejar unas monedas en la mano de cualquier pedigüeño, ir a la iglesia los domingos y ponernos hasta los cuernos de porquería. No importa ponernos en el lugar del otro, así estamos. Todos los días le digo a mi hijo que se ponga en el lugar de los demás, no conozco otra manera mejor de conjurar a los demonios que llevamos dentro.

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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