las oscuras mayorías

El pueblo uniformado, foto de León de la Hoz

El pueblo uniformado, foto de León de la Hoz

Uno de los peligros que afronta la sociedad actual es el de las mayorías. No hay situación más favorable para hacer a las mayorías motor de los desastres que las crisis que ahondan las necesidades de cambios. En contra de lo que se dice, normalmente las mayorías no son protagonistas de los giros que hace la historia si no es por la histeria de las mismas. Las mayorías no son otra cosa que la suma no cualificada de uno más otro que se mueven con su hambre con el discurso de un tercero. Carecen de ideas que toman prestadas de las élites para ponerse en marcha, no sin antes adicionar a dichas ideas, generalmente muy pocas, una gran dosis de sentimientos y emociones de los cuales la mayoría anda sobrada. Esta mayoría, simple, ha sido causante y en cualquier caso protagonista de algunos de los peores acontecimientos de la humanidad, siempre por motivos ideológicos, políticos o religiosos.

Que los políticos usen el concepto de mayoría como justificación, o sea, el deseo de la mayoría como argumento de legitimización en la lucha política a mí me dice todo de quienes lo hagan y lo toleren. Es el caso de uno de los problemas más candentes de la actualidad española y que más recorrido tiene de futuro: los catalanes y el Estado español. Pero también puede ser el trastorno que supone la posesión de armas en Estados Unidos o cualquier otro asunto neurálgico en cualquier país, como Cuba, donde el concepto de pueblo es un argumento configurado desde el poder para justificar una dictadura que intenta sustentarse por la vía de lo que se dice es el criterio de la mayoría. Las mayorías tienen en todo caso criterios, sentimientos y emociones, pero en ninguno ideas, ni siquiera en quienes dicen representarlas en los parlamentos. Lo que pudiera suponerse ideas de la mayoría no son tales, más bien son de élites que creen interpretar, representar y pensar en nombre de ellas.

A pesar del descrédito de la clase política llama la atención la eficacia del discurso del poder, aunque sea oportunista, cuando toca determinadas fibras populares sin que medie un debate serio y profundo de las ideas de dicho discurso. En España la pedagogía política es una asignatura pendiente que a nadie le interesa, a pesar de que la misma es indispensable para la relación dialógica entre las mayorías y las élites políticas. A mí me recuerda la relación entre padres e hijos en la cual los padres equivocadamente suponen que siempre tienen la razón porque la misma es un privilegio de la autoridad secular depositada por la tradición. Es una relación humillante y extemporánea entre la autoridad y los otros a la que la sociedad no pone objeción. Cuando la sociedad debería poner en duda el discurso de la autoridad y el poder, lo que hacemos es esperar que sea el que queremos y por ello vamos a votar. Y en eso la política es la madre de todas manipulaciones.

Eso que se llama las mayorías, el pueblo, la masa amorfa y sin rostro a la cual muchos se dedican como fin último de un proceso de consumo, son penosamente quienes parecen condicionar las políticas del poder, pero no es así. Son las políticas de las élites las que modulan mediante un entramado de consumo de información institucional muchas de las aspiraciones, sentimientos y emociones de las mayorías. Los conceptos de patria, libertad, democracia, cultura, peligro, enemigos, etc., se realizan en esa relación aparentemente inocua. Si queremos cambiar las cosas deberíamos repensar y reelaborar nuestras relaciones con las instituciones de poder, desde la familia hasta el Estado y el Gobierno. Habría que empezar de nuevo.

 

Acerca de León de la Hoz

León de la Hoz, escritor y periodista. Ha publicado Coordenadas (1982), La cara en la moneda (1987), Los pies del invisible (1988) Preguntas a Dios (1994), La poesía de las dos orillas, Cuba (1959-1993), Cuerpo divinamente humano (1999), La semana más larga (2007), Vidas de Gulliver (2012), Los indignados españoles: Del 15M a Podemos (2015). Vidas de Gulliver (2016, 2ª ed). Ganó los premios David (1984) y Julián del Casal (1987), ambos de la UNEAC, Cuba. Entre otros. Ha sido antologado en diferentes ocasiones, como en Poesía cubana: La isla entera (1995), de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora; Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (1999), de Jorge Luis Arcos; Antología de la poesía cubana, Vol. IV, de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas cubanos del siglo XX (2002), de Manuel Díaz Martínez. Dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba, en La Habana. Fue uno de los directores fundadores de la revista Otrolunes. Escribe Habeas Corpus y hace Testículos de fotografía.
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